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Boku wa Tomodachi ga Sukunai 10: Terror en la playa

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El episodio playero es una institución imprescindible para la comedia romántica en clave de harem. No cuesta explicar los motivos que alientan este tópico del fanservice: los obligatorios trajes de baño permiten la exhibición frecuente de piel al desnudo, explotando el atractivo visual del elenco de encantadoras y curvilíneas adolescentes. Si antes hablábamos de celebración del cuerpo como lugar de placer, las visitas al océano son ideales para exaltar ese espíritu carnavalesco y sensual porque la cercanía entre jóvenes de ambos sexos, vistiendo poca ropa, haciendo alabanza de su corporalidad, favorece y torna más probable el contacto, el jugueteo, las situaciones pícaras y calenturientas. Pero además del erotismo, también está presente la actitud jocosa: divertirse, bromear, participar de una circunstancia “especial”, con eventos nada cotidianos, como contarse historias de fantasmas. Sin embargo, recordemos que, en sentido estructural, Haganai es una especie de harem disfuncional porque mantiene las características elementales del género, pero en ocasiones las aplica de forma paródica o sarcástica para burlarse de la ineptitud de Yozora y compañía para calzar en las conductas estereotípicas de quienes ellos consideran la norma social (la gente popular, a quienes envidian). Para este propósito, no recomendamos sumergir la cabeza de san Agustín en una sopa miso si pretenden ganarse adeptos.

El afán por aprender las pautas necesarias para convertirse en gente sociable y liberarse de su indeseada marginalidad termina por agravar el problema inicial porque los personajes parecerían forzosamente destinados a reincidir sin remedio en su extravagancia, incapaces de reprimir su naturaleza caricaturesca, sus manías y complejos. Mientras más intentan asemejarse (o asimilarse) al discurso que -suponen- les garantiza un mejor grado de inserción social, más estrafalarios y desubicados lucen. El fallido ensayo de poses en la orilla sería apenas el intento más ridículo, pero la excursión, denominada campamento de entrenamiento, estuvo desde un principio planeada como pantomima: los integrantes del Club (salvo las menores) están obsesionados por ampliar sus nulas cualidades de socialización, pero frustrados porque extraen sus ideas de normalidad de fuentes poco confiables como la literatura, el manga, el anime o los eroge y asumen estas ficciones como referentes reales, a falta de experiencia en el mundo real. Pero incluso deshaciéndose de estas pésimas guías, los muchachos parecen carecer de cierto tornillo en la maquinaria del sentido común, les faltan habilidades o confunden los conceptos. Son ineptos narrando cuentos de terror, excepto Yozora quien, dado su perfil malicioso, es propensa a captar el sentido de lo terrorífico. Sin embargo, el resto no comprende cómo ni qué: cometen el grave error de embrollar o desconocer el significado de las conductas que desean copiar. Las asumen como reglas a priori: ignoran cuán absurdos son semejantes comportamientos, pero al descubrirlo, también se revela su ridiculez. Sin embargo, sería injusto si achacáramos este proyecto de captura de la popularidad a todos los integrantes del descabellado Club de la Buena Vecindad, porque, si fuéramos estrictos, la única empeñada en sostener esa prédica es Yozora, urgida por participar de la “normalidad” sin sacrificar su identidad marginal. Se desprende una ironía pues, según este razonamiento, la popularidad sería producto, no de actos espontáneos, que surgen sin premeditación ni imposturas, sino lo contrario: gestos estandarizados, una suerte de farsa donde cada individuo ejecuta un papel sencillo de estudiar y aprender, prefabricado, una puesta en escena sin autenticidad. Los únicos honestos son quienes, por vocación o torpeza, son juzgados como bichos raros y provocan odio o repulsión. Arribamos al punto que distingue la abundancia de amistades y la popularidad: el reconocimiento social es adverso a la intimidad porque los admiradores no acceden al mundo interior de la persona admirada, no conocen sus miedos, anhelos o defectos más secretos. Adoran una imagen que cubre sus expectativas, una figura arquetípica: no reverencian a la persona en su plenitud humana, sino al sujeto público que proyecta una serie de valores (y muchas veces parecería obligado a representarlos). Sena es popular, no requiere tips ni sesiones de adiestramiento. Pero carece de amigos verdaderos, solo tiene sirvientes, fans o pomposos aduladores. Al menos, en lugar de embriagarse con afectos ilusorios y superficiales, es consciente del cariño que falta: aunque Sena nos parezca la típica niña rica y engreída, tuvo el tino de no dejarse arrastrar por falsas sensaciones de triunfo, pues es difícil resistirse a los embusteros placeres de la popularidad. Sena desea conseguir amigas, porque quizá considere viciada su relación con el sexo masculino (como si no existiese posibilidad de establecer una amistad sincera). Sin embargo, aunque tanto ella como los demás personajes logran por momentos distinguir entre los sentimientos genuinos y esa popularidad teatral, paradójicamente toman la segunda como requisito para lograr la primera, y confunden esa noción con sus prejuicios o expectativas.

Yozora posee un background psicológico más rico: le obsesiona el tema de la amistad desde que Kodaka (Taka, en sus recuerdos de infancia) la abandonó porque debía mudarse e incluso cuando le toca relatar una historia terrorífica, regresa sobre la misma temática (el fantasma asesino castiga a quienes traicionan a sus amigos). Ese episodio traumático de la niñez significó una ruptura súbita con el único compañero espiritual que tendría durante muchos años. Su temor para socializar, su insistencia por encerrarse en su mundo, su propia tendencia al aislamiento pudieron gestarse cuando descubrió la injusticia, la soledad, el abandono. En adelante, se rehusaría a entregar su confianza, dándole la espalda a quienes la rodeaban: así evitaría salir lastimada. Su reacción es comprensible pues incluso de pequeña asumía una posición marginal, mostrando una actitud hosca, muy masculina, típica de una tomboy amargada, enojada con la vida. Tratándose de una chica lista, ingeniosa y rápida para contestar, es obvio que expresara ese resentimiento por medio de opiniones corrosivas y gestos desdeñosos. Por desgracia, su enfrentamiento dialéctico con Sena comienza a notarse excesivo además de desigual y aunque la untada de bloqueador jugaba al fanservice por alusión al hentai (la clásica escena de sumisión), los insultos se tornaron más groseros y rabiosos. En anteriores ocasiones, la dominación retórica de Yozora sobre Sena se empleaba para resaltar la habilidad de la jefa del Club para desesperar e incomodar a la rubia, pero esta última confrontación llevaba un tono más agrio y ofensivo, evidenciando su intención de agraviarla y humillarla con mala leche, como si procurase satisfacer un malévolo deseo de venganza. Los celos influyen porque, a diferencia de Yozora, Sena es más intrépida y franca, no tiende una barrera defensiva y manifiesta sus sentimientos con mayor apertura, en particular, cuando se aproxima a Kodaka. Dejando muy aparte el asunto del eroge, la ricachona es orgullosa y pedante, pero también cándida y sensible: maltratarla hasta herirla se muestra, a ojos del público, como un abuso canallesco. No sorprende que Yozora genere discusiones donde abunda el término bitch (el adjetivo más apropiado y puntual para describir su irritante conducta), pues sus sádicos embates contra Sena se tornan más próximos al bullying que al ameno trolleo: mientras se encierre en su malevolencia impenetrable, sin mostrar atisbos de arrepentimiento ni ser recriminada, seguirá transmitiendo una pésima vibra de jodona intolerable y malintencionada. Además, su rival recibe un tratamiento melodramático más conmovedor. No pretendo victimizar a Sena, sin embargo, la secuencia del ocaso en la veranda (cuando Kodaka le miente piadosamente para levantarle el ánimo) me sensibiliza como espectador, tiende puentes hacia la identificación melodramática: será una blondie pretenciosa, pero se apena y avergüenza, siente dolor y expone en imágenes su depresión. En cuanto a justicia poética, que Yozora no reciba una amonestación en serio y continúe actuando con impunidad (sin sufrir un merecido revés) le resta puntos, la recubre de antipatía: la instancia cómica pierde gracia y genera fastidio. El contraste con Sena solo agrava esta incomodidad, pues ante Kodaka, y debido a su vivaz ingenuidad, actúa con más amabilidad y creciente intimidad.

Puede aducirse que Yozora, en el fondo, valora a sus compañeros, sin embargo, incluso en este apartado, Sena es más transparente (aunque le disgusta ser llamada Niku, admite que aprecia su primer apodo) y tampoco podría acusársele de estafar o manipular a ningún inocente. Además, contra la acostumbrado en otras comedias de orientación romántica, este triángulo amoroso es implícito, una guerra no declarada, pero librada de forma subterránea y callada, con acercamientos oblicuos e indirectas pero nada preciso ni efectivo. No obstante, si juzgáramos su desarrollo sobre la base del merecimiento, Yozora también sale perdiendo y quizá entonces suene más injusto que Sena termine condenada al papel de underdog, de segundona destinada a resignar sus sentimientos. En otras series, la heroína “escogida”, la first girl, quien -todos sabemos- se impondrá al final en términos románticos, al menos se esfuerzan por tender puentes y batallar contra su desconfianza para acercarse al protagonista compartiendo actividades o experiencias que marcarán su vida en común. La única empeñada en abordar a Kodaka para congeniar y conquistar su atención es la hija del director: citas, visitas a casa, gestos de cortesía y momentos de emotividad, como cuando ella regresa llorando porque Yozora le bombardeó el celular de correos basura. Son reglas del moe-ness: cuando haces sufrir de verdad a una chica linda y la situación es exhibida con seriedad, la broma deja de parecer una inofensiva payasada para trazar un cuadro de villanos y víctimas. Para empeorar el panorama, Yozora, aunque tenga una predisposición particular hacia Kodaka (una versión genderbend del tópico osana najimi), no la manifiesta. Solamente lo intuimos porque la serie nos permite conocer sus procesos emotivos mediante algunos gestos, siempre mantenidos en secreto o perfil bajo. En sentido estricto, podría afirmarse que, hasta este episodio, no ha hechos méritos suficientes (quizá cero) para tornar verosímil un avance sentimental. Su talante, en cambio, suele lucir cerrado, poco conciliador, impedimento continuo para sincerarse y revelar esos rencores o frustraciones tácitas.

5 comentarios

  1. Este episodio tuvo ese aspecto fetichista de cuando Yozora masajeaba a Sena con los pies y esta como se contorcia con ese contacto, es algo que habla sobre la sexualidad de Sena que es muy seguro que sea bisexual por sus reacciones en el simulador de citas y su coqueteo con Kobato, por otra parte, y por la estructura de la serie, estas escenas serian apenas aventuras de epoca de instituto por causa del real interes romantico en la serie.

    24 diciembre 2011 en 19:13

  2. Si no me equivoco, esta es la primera serie en que la plana, medias altas y con tendencias tsundericas no tiene el menor chance de ganar la “competencia harem”, pero todo depende de cuan larga sea la serie… en los ultimos capis siempre se muestra la candidata definitiva, aunque la concretación de este amor tarde una o dos temporadas más. Ojala Baku wa acabé como Shuffle! o Toradora!, con un final donde se mencionan temas de lo más profundos.

    24 diciembre 2011 en 20:54

  3. davidvfx

    Comparto la sensacion de que Yozora, la verdadera protagonista, que da como una verdadera BICH!!! no se si en las novelas dara la misma impresion ó es cosa del equipo del studio que realiza la adaptacion. Por que en el caso OreImoto que he visto las novelas son mas dramaticas, el manga es mas erotico (al mismo grado que Boku wa Tomodachi ga Sukunai) y el anime mas centrado en la comedia; he aprendido que muchas conversiones y adaptaciones distorciona la obra. . . y espero que sea realmente el caso ya que Yozora se gana el titulo de la mas bicht de este año…. Kirino tan si quiera era “linda”.

    25 diciembre 2011 en 13:02

    • Entre el manga y el anime de Boku wa Tomodachi no he podido ver mucha diferencia, aunque quizás si las halla en la novela ligera. Junto con Shana, Yozora es la más insoportable de las niñas mal habladas… cierto, Kirino era una tsundere linda. Pero quien sabe, tal vez la serie da un giro para darle chance a Yozora, como en MM!, donde la Taiga rubia (es que su diseño es identico) en los últimos capis tuvo un repunte de moe, por encima de la ultra adorable oppai.

      26 diciembre 2011 en 16:20

  4. lnn

    En este cap los personajes descubren con desilución pero no con demasiada sorpresa que los gestos sociales convencionales que supuestamente son válidos para los populares no tienen sentido para ellos, pero esperan que cuando por fin les pase también a ellos (cuando se vuelvan populares) tienen que estar preparados, y por eso practican y entrenan… ¿acaso en esta serie se le da a la “popularidad” un sentido fisiológico, similar por ejemplo a la madurez sexual?

    29 diciembre 2011 en 13:41

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