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Saimoe 2013. Repechaje – Jornada 3: Al demonio

Diablos azules

La participación se redujo, pero esta disminución no impidió que Chiho Sasaki se impusiera a Aoi Futaba por score contundente: tras una jornada inicial favorable a las perdedoras en primera fase, el resto de duelos registraron triunfos de las concursantes que cayeron en segunda ronda. Hataraku y Vividred se jugaban su última carta en el certamen, pero el resultado era predecible: pese al escaso volumen faccional, la heroína de Maou-sama goza de mayor popularidad e incluso se proyectaba como pretendiente al trono (como quedó demostrado ante Kuroneko, ese nivel de apoyo no bastaba para convertirla en blackhorse, a diferencia de Watashi). Aoi-chan, la típica lady del grupo, sufrió las consecuencias de la poca repercusión que generó Vividred Operation: aunque los personajes son simpáticos, la serie nunca se consolidó como “sucesora espiritual” de Strike Witches. Ni siquiera igualaron la calidad de fanservice de su antecesora o quizá pesaron mucho las expectativas alrededor del nuevo producto. Sin embargo, un gran número de series de mediana popularidad, que iniciaban su trayectoria en Saimoe este año y contaban con elencos plagados de bishoujo que formaban un encantador abanico de arquetipos, corrió una suerte similar: puestos bajos en preliminares y penosas actuaciones en primera ronda (si acaso sobrevivía alguna concursante, se debía al azar o al antivoto, como ocurrió con Yuyushiki). Colarse en este loser’s bracket fue cuestión de suerte, un antojo del azar. En efecto, la mayoría de participantes que alcanzaron el repechaje después de sucumbir en su debut disponen de escaso respaldo individual o pertenecen a facciones débiles. Su presencia es circunstancial, una mera casualidad del fixture. El modelo de repesca debería someterse a revisión y eliminar una etapa para ocupar menos tiempo (con apenas dos jornadas de cuatro matches cada uno sería suficiente y concitaría mayor atención, en especial de las facciones más poderosas). Las candidatas sin fuerza electoral, que naufragaron durante la primera etapa, deberían quedar eliminadas: el requisito para entrar al repechaje debería ser ganar, como mínimo, un match.

Yozora venció a Haruka Minami. Los tiempos cambian y, al menos, cuando comparamos el desempeño de facciones “menores” se observa una “renovación”, una alternancia. Minami-ke tuvo su momento de auge a finales de la década pasada: la primera temporada resultó un boom pese al escaso presupuesto invertido. Una comedia ligera, sin demasiadas pretensiones (“don’t expect too much”), de estructura simple (sketches en torno a circunstancias de la vida cotidiana) logró cautivar al público gracias al ensamble de su carismático elenco, en particular, las tres hermanas del título. Aunque Chiaki disputó una final de grupo en 2009 (que perdió, ante Yuuki Kataoka), el resto de la familia protagonizó duelos históricos que provocaron admiración y revuelo. Kana eliminó a Mio Akiyama en 2009, cuando la bajista de K-ON! se estrenaba en esta clase de competiciones; sin embargo, la tradición de snipers en Minami-ke se remonta a la edición anterior del torneo, en 2008, cuando Haruka sacó de carrera por apenas un voto a Rika Furude, la defensora de la corona. Pocas series han asociado tanto su nombre al término “upset”, pero méritos le sobraban: nadie consideraba desproporcionados estos ataques porque las chicas que derrotaban por sorpresa a las grandes favoritas eran también personajes entrañables y dignos de disputar la corona. Les faltaba apoyo faccional, pero gracias al impulso del antivoto estratégico, podían suplir esa desventaja. Oponerse al concepto de sniper es absurdo porque la emoción, lo impredecible, la incertidumbre son los mejores atributos de cualquier competencia. Por desgracia, esta costumbre tan usual en Saimoe evidencia un franco retroceso. La “segunda temporada” y varias de las subsiguientes, en lugar de consagrar a Minami-ke como un clásico moderno del slice-of-life, acabaron por destruir su reputación. Mejoró la calidad de animación, pero los estudios descuidaron el espíritu de la serie: su humor llano, hogareño, que provocaba la identificación inmediata con cualquier espectador. Aunque es probable que Chiaki, Boss y la temible Banchou continúen asomando sus rostros al estilo Bible Black en próximos certámenes (si Saimoe sobrevive a si propia destrucción), este combate ante Yozora tiene un innegable tono de elegía, de despedida, de silenciosos estertores. Ojalá este post sirva como homenaja a nuestras expertas en upsets, que tanta falta hace una nueva generación de “terroristas” en este torneo.

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