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Nekomonogatari [Kuro]. Una anomalía llamada “ética”

Nekomonogatari [Kuro] se estrenó en televisión en Noche Vieja de 2012 en formato de OVA larga, casi un largometraje. Este arco, a manera de precuela, relata los eventos ocurridos durante la infame Golden Week que antecede a Bakemonogatari (la temporada original). Siguiendo el modelo narrativo característico de la saga, esta historia o “monogatari” gira alrededor de un personaje femenino, Tsubasa Hanekawa, que cumple dos roles paralelos y equivalentes: víctima de anomalías y heroína por conquistar (o doblegar, según el caso, aunque estas circunstancias también resulten sinónimas). Esta dualidad manifiesta también el carácter ambivalente de toda la franquicia Monogatari, como serie de acción y comedia romántica, ambas en sentido irónico. La colección de novelas completa describe estos procesos simultáneos: mientras Araragi combate a las “extrañezas”, se constituye su harén que incluye un variopinto abanico de chicas lindas con manías, conductas extravagantes o perversiones ocultas. Típico producto de ficción posmoderna, no asume el heroísmo con solemnidad, sino con mucho sarcasmo, incluso en situaciones que exigen una cuota de dramatismo. No debería sorprendernos, por ejemplo, que Monogatari comience con alusiones metaficcionales (Tsukihi empleando métodos yandere para obtener un rasgo distintivo) y diálogos absurdos acerca del amor. Sin embargo, esa conversación, en apariencia trivial y típica de adolescentes sin experiencia, tiene consecuencias discursivas en escenas posteriores. Según su histérica imouto, Araragi no está enamorado de Hanekawa (o H-san, nombre también burlesco, para quienes sepan cómo se pronuncia “H” en japonés), solo intenta sublimar sus impulsos eróticos que, acumulados y reprimidos, le generan una terrible frustración sexual. La atracción que siente por Tsubasa es genital u hormonal, no espiritual o sentimental: su único propósito es acariciar sus tetas. La única solución consecuente es salir al kiosko, comprarse una revista porno y masturbarse. En síntesis, el héroe acepta su condición de onanista, una especie de fracasado o inadaptado incapaz -todavía- de conocer el amor, pues sus instintos animales lo dominan. Hanekawa, el objeto de deseo que estimula las pasiones de Koyomi, se encuentra en las antípodas: una muchacha recatada, discreta, obediente, que cumple las normas, obtiene buenas calificaciones y actúa como la perfecta delegada de clases. Una santa laica, tan perfecta, tan impecable, tan amable, que causa admiración y desagrado en idénticas proporciones, pues ante los ojos de observadores más astutos como Araragi o Meme, ese nivel de excelencia suena inhumano. Para colmo, Tsubasa es modesta o, mejor dicho, prefiere adoptar una actitud humilde, rechazando elogios o negando sus méritos.

Según la ética kantiana, los seres humanos deben procurar actuar siguiendo mandatos racionales, no religiosos ni ideológicos, sino sancionados por el ejercicio de nuestra razón. Además, su elaboración no puede ajustarse a determinadas condiciones o circunstancias: debe tratarse de leyes universales, aplicables a cualquier caso. Kant los denomina “imperativos categóricos”. Sobre este concepto, el filósofo alemán plantea tres formulaciones, aunque, para efectos de nuestra reseña, nos conviene restringirnos únicamente a la tercera: “Todo ser racional debe actuar como si, mediante sus máximas, fuera siempre un miembro legislador del Reino Universal de los Fines”. En otras palabras, el sujeto debe obedecer a mandatos que -se supone- deberían exigirse a cualquier sujeto con capacidad de razonamiento que pertenezca a una comunidad de seres inteligentes que conciben la moral desde una perspectiva racional. Este “Reino de los Fines” es otra utopía filosófica, una hipótesis irreal, equiparable al “Reino de los Cielos” del cristianismo: mientras todos los creyentes tienen la obligación de buscar la santidad pese a su condición de pecadores, todos los hombres, aunque sean imperfectos y cometan errores, además de intentar regirse por leyes universales, deben concebir esos mandatos suponiendo o asumiendo el papel de jueces que evalúan el comportamiento de la Humanidad. Sin embargo, las acciones humanas no suelen basarse en criterios puramente racionales y, quizá la mayoría de veces, las elecciones morales del individuo obedecen al contexto, las necesidades del aquí y ahora, nuestros sentimientos, pulsiones, deseos, inclinaciones. También nuestros odios y repulsiones. No siempre nos guiamos por motivaciones lógicas inapelables, pues buscamos satisfacer apetitos inconscientes o valoramos la Realidad de acuerdo a criterios subjetivos y arbitrarios. Esa capacidad de incurrir en errores, de hacer estupideces, de tornarnos ridículos es inherente a la naturaleza humana. El caso de Hanekawa representa los peligros del imperativo categórico. La obligación de imponernos un código de conducta inquebrantable, una disciplina ideal, implica realizar un sacrificio espeluznante: socavar nuestra personalidad hasta el extremo de volvernos inhumanos. Se exige al sujeto adoptar un punto de vista plenamente objetivo: hacer el bien no porque nos parece bueno, sino porque es bueno (sin objeción). Para lograrlo, debe reprimirse lo subjetivo: las emociones, el subconsciente, lo irracional. Tsubasa entierra al gato atropellado sin sentir compasión ni fervor religioso. Lo considera un deber. No cabría interpretarlo siquiera como acto benévolo, porque carece por completo de piedad o empatía. Entre los personajes de Monogatari, quien manifiesta menos sus intereses o aversiones es Hanekawa y pareciera que, salvo su adoración por Araragi, no abriga ningún tipo de deseo o anhelo. No pretende rebelarse contra sus falsos padres aunque le sobren motivos. Repite con insistencia frases que, pese a su tono bondadoso, suenan a amonestaciones o reproches. Ha bloqueado sus ansias, sus ímpetus, sus ganas de vengarse o romper las reglas. Ese estilo de vida es insostenible, porque esos impulsos no desaparecen, tampoco disminuyen, solo se esconden debajo del tapete, se silencian, se guardan al fondo del armario y, tarde o temprano, cuando nuestra mente no tolere semejante carga, generan estrés y terminan por reventar. El bakeneko (la anomalía en forma de gato) le permitió a Tsubasa liberarse de aquel peso, pero la delegada de clase había acumulado tanta frustración y dolor que, para aliviar su ansiedad, no bastaba con jugar al tocatimbres o hacer desmanes en un estadio de fútbol. Pasamos del superyó o superego, donde habita el imperativo categórico (la chica con lentes, trenzas y discreta falda larga) al terreno del ello o id, del inconsciente desbocado, sin ataduras (Black Hanekawa, descalza, en lencería, recostándose en poses provocativas), cercano al instinto animal (cabellera suelta, lenguaje gatuno, violencia física), pero también a la libido, al placer sexual. Tsubasa se transforma en figura erótica y tanática: una adolescente semidesnuda que masacra gente es doblemente peligrosa.

Cerremos, entonces, el círculo. Al inicio de Nekomonogatari [Kuro], Tsukihi diagnosticaba a su onii-chan como pervertido sin remedio que confundía sus inmundos apetitos con amor verdadero. Ese diálogo en tono de comedia acerca del deseo reprimido que debía satisfacerse consumiendo pornografía con cinco dedos de furia adquiere otro sentido cuando estos conceptos atraviesan el tamiz del drama: para Araragi, solucionar su problema de zozobra sexual es sencillo porque no le cuesta aceptarse como perdedor y actúa según las circunstancias, sea manoseando los senos de su hermana menor, lamiendo una carpeta, arrodillándose delante de una vampiresa para pedirle un favor o tragando una espada legendaria; sin embargo, para Hanekawa, ese ejercicio de sinceridad es inviable y recurre al enmascaramiento, la personalidad alterna, el Mister Hyde como válvula de escape que mantenga a salvo su integridad como individuo racional. Como ocurre en la famosa novela de Robert Louise Stevenson, existe respecto de esta doble dimensión un margen amplio de ambigüedad que refuerza el mito relatado por Meme acerca del campesino exorcizado que nunca fue poseído. El hombre actuaba como gato, pero ningún espíritu controlaba sus acciones maléficas: esa locura era producto del inconsciente que emergía en libertad. Un ejemplo de neurosis, una patología. En Nekomonogatari, la “anomalía” es real porque posee poderes sobrenaturales y drena la energía vital de sus enemigos, pero, en reiteradas ocasiones, se recalca que Hanekawa no recibe solamente como huésped al Gato, sino que ambas constituyen una misma persona. La palabra “individuo” sería incorrecta porque el sujeto sí está dividido: unidad mediante la dualidad, un equilibrio de opuestos en constante tensión, un yin-yang conflictivo y explosivo simbolizado en la imagen metafórica de Tsubasa y el bakeneko tomándose la mano y juntando las mejillas, fusionándose. Según Meme, aunque Shinobu venció al Gato clavándole con sus dientes la espada mítica, Hanekawa decidió (ignoramos si conscientemente) conservar la anomalía, pero dudamos sobre la posibilidad de separarlas. La muchacha corría el peligro de perderse en su inconsciente y convertirse en una máquina instintiva: el estrés almacenado en su psique rebasaba su capacidad de controlarlo o dosificar sus impulsos. Cuando ese “lado oscuro” encuentra una salida al mundo exterior, los órdenes se invierten. Nadie, ni siquiera mediante la ascética, el yoga, las técnicas de relajación, los estudios religiosos o la ciencia, puede desligarse de sus pasiones ocultas. Estamos condenados a odiarlas, disfrutarlas, darles rienda suelta o combatirlas, pero jamás seremos sujetos plenamente conscientes o racionales. El bakeneko sirvió de detonante o disparador que ayudó a exteriorizar un conjunto de sensaciones guardadas en naftalina durante largos años. Por desgracia, ese alivio contra su represión insostenible amenazaba con devorarla, aunque el Gato defienda su actitud agresiva como un recurso válido y necesario mientras Araragi (y cualquier persona común y corriente) considere sus actos un crimen, una barbaridad. Cuando discute con Meme acerca de la familia de Hanekawa, el protagonista llega a una conclusión, por completo opuesta a Kant y cercana al pensamiento posmoderno (donde se inscribe esta serie): no existen verdades universales, sino meras perspectivas particulares y nuestras elecciones éticas no dependen de mandatos racionales aplicables a todos los seres humanos, sino de opiniones particulares gestadas al abrigo de nuestros deseos y aspiraciones. En otras palabras, quizá la razón propone, pero la voluntad dispone.

5 comentarios

  1. Paco1303

    Definitivamente tengo que ver estas esplendidas Ovas. No las he visto y creo que es por eso que no he empezado a ver la Second Season, pero no importa. Escribiré otro comentario después de que lo haya visto al fin. Pues que va, es un buen articulo.

    Saludos.

    25 julio 2013 en 22:21

  2. ジョナタン

    Exelente Redacción

    26 julio 2013 en 22:10

  3. Kenshin Himura

    Soberbio…no encuentro una mejor palabra para describir lo que acabo de leer…Dejando un poco del lado tu excelente redacción (esto sin quitarle merito) me encanto la forma en la que sintetizaste la esencia de este arco…Fue excelso

    27 julio 2013 en 10:55

  4. HollowKnight

    Muy buen análisis, no se esperaba menos de Seriousman, aunque a mi parecer se podría haber desarrollado un poco mas el punto de vista de Koyomi.

    29 julio 2013 en 13:03

    • ¡Muchas gracias! No solo ese tema, sino también muchos otros se quedaron en el tintero porque escapaban al ámbito de este artículo. La OVA dura casi dos horas: limitar el análisis a 1500 palabras impide cubrir la totalidad de aspectos. Espero poder retomarlos en otra ocasión.

      29 julio 2013 en 13:46

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