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Cátedra de Moehistoria Universal 2: Sengoku Collection

Según los libros de historia japonesa, Oda Nobunaga, célebre lider militar del siglo XVI, unificó el país tras sucesivos éxitos bélicos y murió cometiendo seppuku en el trágico incidente del templo de Honno-ji, escenario de la traición de Akechi Mitsuhide, su general de confianza. Al enterarse del suicidio ritual de su jefe máximo, Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu decidieron vengarlo y exterminar al traidor, a quien derrotaron en la cruenta batalla de Yamazaki. Estos episodios constituyen el epílogo del sangriento período Sengoku, una época crucial para el imaginario popular del Japón, donde se confunden los hechos históricos y los relatos legendarios. Sin embargo, según la moehistoria, los textos escolares mienten: los daimyo o señores feudales no eran hombres bigotudos, despiadados y maquiavélicos que ejercían una política barbárica de signo masculino, sino simpáticas jovencitas que gobernaban sus tierras aplicando los principios de la yuricracia, como ocurrió, trece siglos antes, en China, durante el Período de los Tres Reinos. Los conflictos entre generales no respondían a intereses ni ambiciones personales, sino a desencuentros amorosos o tensiones amicales. Además, Oda Nobunaga no murió el 21 de junio de 1582, como afirman los mohosos eruditos: la Pequeña Dulce Demonio viajó a través del tiempo hasta el siglo XXI, junto a varios personajes del Japón clásico como Matsuo Basho (que instaló un concurrido haiku café en un barrio marginal), Maeda Kenji (convertida en motociclista justiciera) o Amago Tsunehisa (quien trasladó su feudo al cajón de arena de cierto kindergarten). Además, los recientes descubrimientos han demostrado que Ieyasu nunca estableció el régimen de shogunato, pues la verdadera matriarca del clan Tokugawa conquistó al país sin apelar a las armas, sino con pegajosos éxitos musicales. También se menciona, entre las viajeras del tiempo, a Liu Bei; no obstante, esta información contradice otros estudios, más acertados, que describen categóricamente cómo Ryuubi ayudó a detener la Rebelión de los Turbantes Amarillos montando un espectáculo de idols. La moehistoria es, ¿caben dudas?, una corriente revisionista, que pretende desbaratar las falsas certezas de una disciplina sesgada por discursos machistas y sustituir esos conocimientos erróneos develando los auténticos sucesos que configuraron el rumbo de las naciones. Por ejemplo, que Mitsuhide no atacó a Nobunaga porque lo culpara de provocar indirectamente la muerte de su madre, sino por causas más íntimas y pasionales: los celos, la frustración, los deseos incumplidos y una cadena desafortunada de malas interpretaciones. El temperamento tsunderesco de Nobunaga correspondía con su estilo autocrático de gobernar; sin embargo, le impedía expresar con sinceridad sus emociones y transmitir afectos a sus subordinados. Akechi se sintió desplazada y, movida por el despecho, la envidia y otros ingredientes típicos de una yandere en ciernes, provocó un incendio.

Sengoku Collection enhebra un conjunto de historias dispersas gracias a un elemento en común que recorre la mayoría de relatos: la recolección de tesoros que emprende Oda Nobunaga para invocar un hechizo capaz de regresarla a su época feudal. Mientras la protagonista mentiene la esperanza de retornar al lejano siglo XVI para reconducir su destino como gobernante, el resto de personajes ha aceptado la contingencia de vivir en un mundo ajeno. Las chicas deciden aprender las costumbres y usanzas del siglo XXI (vehículos motorizados, música pop, cajeros automáticos, celulares, escuelas secundarias) y logran adaptarse, conseguir un trabajo e incluso encuntran, como Ieyasu, una vocación, un sueño, otra forma de satisfacer sus ambiciones, aunque preservan el recuerdo de aquellos “viejos tiempos”. Cada capítulo narra las vicisitudes de algún personaje del pasado tratando de acostumbrarse al presente y desprenderse de su nostalgia. Cada episodio nos cuenta una historia cautivadora, de ilusiones y esfuerzos, de vida cotidiana y aprendizaje. Sin embargo, estos rasgos de slice-of-life tipo healing no bastan para detallar los grandes méritos de Sengoku Collection y quizá la única frase que describa con exactitud esta serie es “caja de sorpresas”, un “potpurrí”. Aparte de asignarle a cada personaje un episodio en particular para desarrollar sus primeros contactos con la vida moderna, cada capítulo también asume un género o temática específico: historias de mafiosos, ciencia ficción, comedia del absurdo, melodrama romántico, drama lacrimógeno, relatos de superación, school life, cuentos fantásticos, metamorfosis, historias de terror, detectivescas, policiales, boy meets girl. Estas variaciones incluyen también un abanico de estilos, desde parodiar un documental o reportaje de televisión, escribir todos los parlamentos de un personaje en haiku o dibujar escenarios que recuerdan a pinturas expresionistas. Incluso los capítulos más simples contienen una joya, un hallazgo: una chica que pierde la visión del color, una alegoría, un desenlace mind-fuck que termina revelándose como una pesadilla. Muchos se apresuraron a juzgar la serie como “predecible” después del primer episodio. Craso error: si existe una serie “impredecible”, imposible de calificar como “repetitiva”, que cada semana se esforzó por brindar un espectáculo diferente es Sengoku Collection. En tres episodios consecutivos pasamos del humor ridículo de Ashikaga Yoshiteru (una ruleta rusa de bocadillos con picante para vengar bromas del pasado) al conmovedor relato de perseverancia de Liu Bei, que consigue ganarse el corazón de una anciana cascarrabias y, finalmente, la trágica historia de Ootani Yoshitsugu, que involucra un conjunto de elementos fatídicos (suicidio, mala suerte, impotencia, esperanza, anhelos) cuyo contraste invoca una tristeza desgarradora. Por último, podemos agregar otra forma de variación poco mencionada por otros comentaristas: como cada episodio se concentra en chicas diferentes, resulta obvio que, habiéndose aplicado una moeficación, los daimyo, samurai, generales y personalidades históricas representen también diversos arquetipos moe: desde la idol, la pareja yuri tachi y neko, la tsundere mandona, la maid, la chica literaria, la femme fatale, la niña tierna, la chica con vendajes, la científica loca… La mayoría de capítulos pueden verse según nuestro capricho, sin seguir un orden. Mejor dicho: a la carta, en varios sentidos.

Aunque las guapas heroínas del período Sengoku arriban al Japón del siglo XXI de forma mágica, tan intempestiva como incomprensible, la serie nunca explica cómo ni por qué ocurre este forzoso viaje al futuro, quizá porque resulta innecesario al desarrollo posterior de la trama, cuyo único hilo conector reside en la búsqueda de Nobunaga. Este evento milagroso, que desafía toda lógica, ocurre a vista y paciencia de todas las personas. Al principio, causa moderada sorpresa (el joven empleado de minimarket reacciona con incredulidad), pero luego no provoca ni estupor ni genera preguntas ni cuestiona certezas. Nadie parece sorprenderse porque los “grandes hombres” que forjaron la patria eran, de verdad, chicas lindas y encantadoras, ni tampoco les asombra su vestimenta y, peor aún, que fueran transportadas por arte de magia a otro plano temporal. Un escenario neofantástico donde ocurre un suceso maravilloso, pero es asimilado de inmediato al ritmo cotidiano. No significa que pase desapercibido (todos sus vecinos, compañeros, jefes o amigos conocen las identidades reales de estas muchachas con extrañas conductas): simplemente, no genera asombro ni inquieta, quizá porque la gente anda demasiado atareada atendiendo otras cosas más importantes. La vida contemporánea nos condena al anonimato: ni siquiera los grandes personajes de la Historia se salvan de convertirse en meros peatones. Ieyasu alcanza la fama como cantante y actriz, porque a nadie le importa un pepino que inaugurase, en 1603, un shogunato que duraría hasta la Restauración Meiji de 1868 o instaurase en Edo (Tokyo) una nueva capital. Solo les interesa su próximo videoclip. El elemento genderbend ayuda a propiciar ese tipo de aceptación, pues, desde la perspectiva del espectador masculino, las heroínas históricas, además de representar objetos de deseo, son figuras de fácil identificación: encarnan virtudes y sentimientos que provocan más enternecimiento que respeto ceremonial. Son muchachas ingenuas, pese a sus actitudes grandilocuentes: Nobunaga no entiende el funcionamiento de una ducha teléfono, Ieyasu se entusiasma con las bailarinas callejeras, Date Masamune es engañada por un jefe yakuza creyéndolo un caballero respetable, Matsuo Basho se conmueve ante una tímida flor que crece en un terreno baldío, Mogami Yoshiaki tiene miedo a los fantasmas, Imagawa Yoshimoto desperdicia sus tardes echada en un sofá, comiendo dulces y viendo reality shows. Son jóvenes, bellas y vulnerables, aunque porten una espada o conserven sus actitudes despóticas y dominantes. Esa contradicción incrementa su encanto… o quizá su atractivo radique justamente en esa “inversión” de valores: en otras series ambientadas en el período Sengoku, los señores feudales, hombres curtidos en la guerra, son varones adultos, con semblantes ásperos, provistos de aparatosas armaduras y nada temerosos de ensuciarse las manos de sangre. Esa efigie épica, digna de reverencia, convertida en imagen sacrosanta, en patrimonio histórico, es trastocada por completo no solo mediante la feminización (el cambio de género), sino al insertar a estas poderosas doncellas en un ambiente distinto del campo de batallas: la vida cotidiana. En Sengoku Collection, muere el relato bélico y, entre sus cenizas, nace el slice-of-life. Aunque suene estrambótico, esta tendencia a “adaptar” la historia del período más feroz y brutal del Japón apelando a carismáticas adolescentes en lugar de bigotudos generales es habitual en el anime reciente: Sengoku Otome: Momoiro Paradox (2011), Oda Nobuna no Yabou (2012), Hyakka Ryouran Samurai Girls (2010, 2013), han explorado y explotado esta época, como antes Koihime Musou e Ikkitousen hicieran con la China ancestral. Sin embargo, todas las producciones antes mencionadas mantienen -en tono de drama o comedia- el carácter guerrero como elemento esencial de la trama. La novedad más importante en Sengoku Collection no reside en el cambio de género, sino en llevar estos elementos de moeficación hasta las últimas consecuencias.

P.D. Felicitaciones a Oda Nobunaga por conquistar su clasificación en los repechajes de Miss Anime Tournament.

3 comentarios

  1. Yo creo que es más agradable ver a los personajes históricos siendo interpretados por lindas mujeres que por hombres llenos de ambiciones. Quizás nuestro presente hubiera sido otro si las mujeres hubieran tenido el control de la historia, pero sólo nos queda imaginar, disfrutar y reírnos.

    8 junio 2013 en 16:55

    • Esto me hizo recordar del libro de ilustraciones que “moeficaba” a los dictadores modernos, como Hitler y Mao. Pero, ¡vamos! ¿se IMAGINAN a Hugo Chavez o Pinochet en versión moe? Dejando totalmente de lado la política, me perdonan, pero la imagen que tengo asociada a tales personajes (y hay otros super controversiales como Gaddafi o Hussein) no cuadra con la interpretación moe; es más, resulta demasiado bizarra y retorcida…
      Bien por Sengoku Collection, que logró romper el esquema.

      9 junio 2013 en 18:39

      • En ese mismo libro, aparecían versiones moe de Chávez, Pinochet, Castro, Trujillo, Somoza y Perón. No necesitamos ni imaginarlo porque existen… (Solo faltaban versiones moe de Velasco o Fujimori… desafío a los lectores peruanos a este ejercicio creativo).
        Sin duda, es retorcido, pero creo que esta reacción se debe a otro factor: la proximidad temporal. Nos costaría moeficar a esta clase de personajes porque nacimos en el mismo siglo que muchos de ellos. No nos separan siglos sino décadas. Y además, cuando estuvieron en actividad había un consenso mundial acerca de los derechos humanos que ellos se encargaron de pisotear.
        Un paralelo más preciso sería si aplicáramos este modelo a, por ejemplo, la época incaica y crearan versiones moe de Pachacútec, Túpac Yupanqui y el resto de los catorce o trece incas. Sería bastante divertido. (Espero no haberle dado malas ideas a nadie.)

        9 junio 2013 en 19:17

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