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El carné de extranjería de Kudryavka Noumi

La historia de Kudryavka Noumi en Little Busters!, además de dulce y enternecedora, nos invita a reflexionar sobre dos temáticas ajenas al melodrama: la condición del “mestizo” en sociedades cerradas y la pertinencia del actual sistema de calificaciones escolares basado en mecanismos falsamente objetivos como los exámenes escritos. Kudo-chan nació en Tevua, una antigua república socialista soviética ubicada en el Océano Pacífico, debajo de la línea ecuatorial. Aunque esta diminuta nación isleña, tan microscópica que apenas un punto la representa en muchos mapas, es obviamente ficticia, la historia de sus conflictos postcoloniales se describe con sorprendente verosimilitud. Los rusos invadieron la isla, la anexaron a su imperio, establecieron un régimen colonial e impusieron sus leyes, su lengua, su religión y sus costumbres al pueblo nativo. Los colonos europeos no fomentaron un mestizaje armónico y quizá se perpetuaron prácticas racistas y segregadoras. Cuando la URSS se desmembró a inicios de la década del noventa, los blancos (criollos, si cabe el término) heredaron la administración del nuevo Estado e intentaron forjar una cultura nacional asimilando elementos del acervo popular indígena (los festivales), pero los aborígenes no fueron integrados al proyecto político y quedaron relegados, impedidos de participar en el gobierno. Little Busters! no ofrece esta clase de detalles políticos, pero ofrece indicios que permiten deducirlo: las guerras civiles, las reivindicaciones étnicas, los enfrentamientos raciales son consecuencia de fallidos procesos de independencia que fracasaron en sus objetivos de reducir la desigualdad social pues las élites coloniales, de origen extranjero, se convirtieron en dueñas del país. Cuando Kudryavka regresa a su tierra natal, es atacada por un escuadrón de guerrilleros rebeldes que desfogan su rabia torturándola porque la consideran una foránea, descendiente de invasores, y merece ser exterminada con crueldad.

En Japón, sufre un drama análogo: aunque Kudo-chan proclama con alegría que posee doble nacionalidad, pues posee un cuarto de sangre japonesa, sus compatriotas nipones la tratan cual bicho raro, objeto exótico y ridículo, víctima de burlas despiadas que rondan el bullying. El abuelo de Kud admiraba la cultura tradicional del Japón y transmitió esa devoción a su encantadora nieta: desde pequeña, le enseñó la lengua, los hábitos, el uso de palillos, incluso algunas recetas de comida oriental. Sin embargo, debido a su apariencia occidental, su excéntrica vestimenta (capa y sombrero), su torpeza y su insistencia por comportarse como japonesa de nacimiento, provoca la sorpresa y desprecio del resto de alumnos. La mentalidad popular en Japón continúa evidenciando ciertos rasgos de xenofobia o discriminación, aunque disimulada bajo un manto de mediana tolerancia. Subsiste una idea errónea en el inconsciente colectivo: creer que existe una “esencia” de la nacionalidad japonesa, pura, intransferible. Los “mestizos” aparecen con frecuencia en anime (en especial, hijos de madres europeas), pero nunca se abordaba el asunto de la marginación por motivos raciales. Kudryavka tampoco es excluida o insultada porque tenga apariencia caucásica, sino por desemejanzas culturales. Mejor dicho, porque su conducta “orientalista”, su esfuerzo por “parecer” nihonjin, hace demasiado patentes esas diferencias. Sus compañeras de clase manifiestan esa hostilidad porque Kudo-chan luce, ante sus ojos, como una occidental imperfecta (¡no puede hablar inglés!) que pretende declararse “japonesa”. Un gaijin no puede “asimilarse”, aunque las leyes de naturalización lo permitan. La situación del “mestizo” es paradójica porque su riqueza (poseer dos razas, acceder por igual a dos culturas, identificarse con dos tradiciones) implica un problema de dislocación, de desubicación: ¿rusa?, ¿tevuana?, ¿japonesa? Aunque Kudryavka utilice dos pasaportes y respeta las costumbres de Tevua y Japón, aunque pinte su cuerpo para celebrar el festival de las estrellas o prepare suculentos bento al estilo nipón, sus compatriotas de ambos países se resisten a admitirla, la repudian, la tachan de intrusa. Al final, pertenecer a tantos espacios diversos significa carecer de pertenencia.

Otro motivo de escarnio hacia Kud-chan (otra excusa para ridiculizarla) sería su supuesta ineptitud académica. Este caso inusual provocó que reflexionara sobre la utilidad del sistema que emplean los centros educativos (colegios y universidades) para establecer estándares de calidad y determinar cuándo un estudiante ha logrado cumplir los objetivos de un curso. ¿Se imaginan una escuela sin exámenes ni notas? Estamos tan acostumbrados a obtener una calificación numérica que jamás cuestionamos el absurdo de transformar en cuantitativo un hecho cualitativo (las habilidades del alumno), en especial, cuando el sistema limita el marco de posibilidades disponibles al estudiante para demostrar su conocimiento: la mayoría de cursos intenta medir esta capacidad con exámenes finales escritos, pero muchos pedagogos han comenzado a desconfiar de estos métodos. En principio, toda asignatura debería identificar un “saber hacer”: la finalidad del curso sería, entonces, orientar al estudiante a madurar su habilidad para elaborar un producto o resolver algún tipo de problema gracias a los recursos que brindan las clases. Mientras nuestro conocimiento continúe midiéndose por nuestro talento para rellenar círculos en una cartilla, se alentará al aprendizaje memorístico, sin continuidad. Además, se desperdiciarán los auténticos talentos individuales. En realidad, Kudryavka no se encuentra por debajo del nivel académico de sus demás compañeros, sino bastante por encima: es capaz de leer y comentar complejos ensayos de cosmología, astronomía y astronáutica. Ha resuelto con éxito exámenes internacionales de química y física dignos de cualquier ingeniero de la NASA. Mientras los demás muchachos se regodean con sacar un anodino e inservible 100/100 y demoran en definir su vocación porque el sistema educativo elude la responsabilidad de potenciar sus talentos, Kudo-chan ha elegido una carrera, se dedica con devoción a investigar y ampliar sus conocimientos porque le divierte. Sin duda, el caso es ficticio, pero quizá hayamos conocido a personas similares, con destrezas artísticas, científicas, verbales o deportivas por encima del promedio. La escuela no contribuyó a desarrollar esas aptitudes, sino a frustrarlas o reprimirlas. Puedo referirme al caso peruano, donde muchos colegios, con el beneplácito expreso de maestros y padres de familia, han reducido y eliminado las horas de educación física o talleres de arte y creatividad porque los consideran prescindibles. Han proliferado las escuelas orientadas al aprendizaje mnemotécnico y cuyo objetivo se limita a preparar al alumno para los exámenes de ingreso a ciertas universidades. Antes, los centros educativos solían vanagloriarse de aquellos ex-alumnos notables que alcanzaban el éxito profesional como empresarios, escritores, inventores, políticos o futbolistas. Su imagen prestigiosa se presentaba como garantía de calidad educativa. Ahora, los colegios se promocionan, con descaro, publicando su porcentaje de ingresantes al sistema universitario, asumiendo una visión industrializada del oficio docente y desentendiéndose de su función primordial: forjar ciudadanos comprometidos que aporten al progreso de sus sociedades. Una educación moderna exige un grado razonable de libertad creativa, destinada a fomentar la iniciativa antes que ahogarla. Al menos, en secundaria y preparatoria, debería juzgarse el ingenio del alumno para transformar su conocimiento en actos en lugar de cuantificar esos saberes en unidades y evaluar solamente la capacidad del estudiante para resolver un examen. Se rompería el triste mito de la ineptitud que estigmatiza, desmotiva y restringe a tantos jóvenes.

Este artículo tenía como propósito celebrar la clasificación de Kudryavka Noumi al torneo principal de Miss Anime Tournament. Sin embargo, su historia proporciona el fermento para iniciar discusiones más amplias y menos frívolas. También permite demostrar que cualquier producto cultural, incluso los melodramas light, pueden proveernos, además de entretenimiento, la excusa para cuestionar nuestra moral cotidiana. Wafuu~!

2 comentarios

  1. Excelente articulo, amigo Serious. Ya quisiera yo tener esa perspicacia para elucubrar temas como los tuyos. El asunto del mestizaje en si me suena a discriminación inmediatamente, es como si el termino hubiera sido inventado para degradar a personas de “menos calidad” por el cruce de razas, como la palabra “chusco” para un animal sin raza.
    concuerdo además con el tema de la educación, aunque desde otro punto de vista. Inconscientemente e mundo esta convencido de que “si no estudias en la universidad no vas a tener éxito en la vida”; y la mayoría de padres empujan a sus hijos hacia un sistema que en muchas ocasiones no les da las herramientas para potenciar sus habilidades, las que nadie ha querido averiguar. Tengo amigos que las ven negras en la U, solo por el capricho de sus papas. Que hay de todos los que nunca hemos pisado una universidad? Acaso somos menos por eso?
    Una de las cosas que mas me gusta del anime es la capacidad de abordar temas profundos con absoluta sencillez y claridad. Ahora que estoy reseñando Oregairu tuve la oportunidad de ver “The perks of being a wallflower” y me gustaria comentar algunos puntos similares si un capitulo lo permite.

    26 mayo 2013 en 22:59

  2. Taichi

    Sabes serious que no hay nada peor que un ruso en Japón. En el contexto político Rusia es visto en Japón como unos usurpadores que han invadido su territorio (conflicto de las Kuriles), de hecho es curioso ver en mapas oficiales japoneses esa señal de irrendetismo japonés con las Kuriles y la mitad de la isla de Sajalín con líneas entramadas como territorio japonés ocupado por Rusia. Con los americanos no hay tanto problema, pero con los rusos a los japoneses en especial a los de derechas les causa ardor y mayor rechazo.

    Sobre la tierra de Kud, curiosamente en Rusia hay una pequeña república autónoma que se llama Tuva, al sur de Siberia, pero a diferencia de los rasgos de Kud, los habitantes de esa región se acercan más culturalmente y étnicamente a los mongoles. De hecho la historia de esa región está relacionada con el Imperio Mongol y fue región de China hasta 1911 cuando el imperio chino cayó y los tuvanos decidieron independizarse como protectorado de Rusia y así fue hasta la Segunda Guerra Mundial cuando los tuvanos decidieron unirse totalmente a la URSS, aunque para ese entonces los rusos habían controlado el poder y desplazado a los nativos. Durante la caída de la URSS los tuvanos comenzaron a atacar a los rusos pidiendo la autodeterminación y protección a su cultura y lengua, así fue que se convirtió en una república autónoma dentro de Rusia.

    27 mayo 2013 en 01:33

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