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Miho Nishizumi o La apoteosis del equipo chico

Cuando Miho Nishizumi, antigua integrante del equipo de Panzerfahren del colegio Kuromorimine, se embarcó en Ooarai creyendo que huía del implacable peso de portar un apellido tan famoso, jamás imaginó que, meses después, levantaría la bandera de campeona del Torneo Nacional de Sensha-dou ante los ojos atónitos de su autoritaria madre. El asombroso éxito de Miporin al mando de un batallón heterogéneo de novatas con talento, es apenas el punto culminante de un maravilloso relato de aprendizaje por partida doble: a nivel personal, la comandante dojikko libra una lucha personal por forjarse un nombre, independizarse del mandato familiar, hallar su estilo y definir su identidad; en el plano colectivo, el grupo de chicas ingenuas sin nociones de estrategia, mecánica o terminología bélica, logran sobreponerse a sus carencias, afinar sus habilidades y ganarse el respeto del rival, además de impedir que cierren su escuela. La trayectoria deportiva de Miho traza un esquema tipo-V de descenso y ascenso, de caída y recuperación, de catástrofe y reivindicación, como ocurre a diversos héroes que, después de saborear la gloria, se desmoronan hasta el fondo del abismo, son degradados, pierden su prestigio heroico, se convierten en sujetos comunes y corrientes. Le ocurrió a Nishizumi-chan: cuando estudiaba en Kuromorimine, cometió un “error” táctico imperdonable cuando abandonó su tanque para salvar a sus compañeras de equipo, pues privilegió sus valores por encima del afán indiscriminado de triunfo que predicaba su estirpe. Hasta entonces, Miho era una “heredera”, una señorita de clase alta, la hija menor del clan más ilustre de practicantes de Panzerfahren. Sin embargo, los inflexibles métodos que predica su madre hieren su sensibilidad.

Para evitar enfrentar el conflicto, Miporin decide “exiliarse”, transformarse en un anónimo peatón, una adolescente normal, que tropieza contra un poste, se alegra de almorzar entre amigas o colecciona peluches con vendajes. Miho abandona la opulencia de su mansión solariega y emprende un “destierro” de humildad: recala en un colegio modesto, al borde del desahucio financiero, que opera sobre un barco “pequeño” (en comparación con otras escuelas) y cuyos viejos y destartalados tanques yacen olvidados en cuevas, depósitos y pantanos. Cuando la revoltosa presidenta Anzu Kadotani obliga a Nishizumi-chan a enrolarse en su descabellado proyecto, ha activado el mecanismo de causas y efectos que empujará a nuestra cándida heroína a reencontrarse con su destino épico. Los históricos duelos contra Santa Gloriana, Saunders y Pravda son pequeñas cátedras de Panzerfahren dictadas en teoría y práctica por una niña prodigio del liderazgo estratégico. La gran final, con sabor a revancha, será su ponencia de tesis, el escenario propicio para demostrar la eficacia de sus planteamientos idealistas. Miho es consciente de jugar siempre en desventaja numérica, en inferioridad de condiciones materiales, al mando de un grupo inexperto y poco disciplinado. Aprende a adaptarse a las circunstancias, evaluar las variables, descartar opciones con rapidez y diseñar al instante alguna solución ingeniosa para transformar la escasez de recursos en riqueza táctica. Sin embargo, esas proezas tienen su origen, paradójicamente, en una lucha de supervivencia. En efecto, desde el primer minuto, la comandante de Ooarai debe enfrentar una situación de desigualdad: nunca salen del filo de la navaja, sus probabilidades de triunfo son exiguas. Antes que pensar en ganar desde el arranque, Miho debe plantear fórmulas para evitar perder, para minimizar las pérdidas y sacarle el jugo al máximo a cada tanque.

Ooarai posee la mística del equipo chico que realiza la campaña perfecta convirtiendo cada jornada de competencia en una vistosa caja de sorpresas, pues las debilidades técnicas le exigen a Miho ejercitar su creatividad para idear soluciones desesperadas, además de apostar al todo o nada en cada movimiento, pendiendo de hilo o recurriendo a la inspiración. Ooarai no propone, prefiere esperar que su rival tome la iniciativa. En otros deportes, lo llaman “jugar a la defensiva”, incluso con cierto tono despectivo, pues se cree que “defender” o “replegarse” es deshonroso, poco digno, incluso oportunista. Sin embargo, no puedes evitar exponerte a semejantes adjetivos cuando tu rival te excede en número y capacidad de daño, o cuando una derrota honrosa y valiente puede costar la desaparición de tu escuela. Si cada oportunidad de ganar vale oro, entonces no puedes darte el lujo de hacerte el audaz o jugar a la ofensiva. Aunque Miho se rehusaba a admitir esa filosofía perversa de ganar sin contemplaciones, la necesidad la obliga a adoptar un modo de pensamiento pragmático: cuando ganar significa sobrevivir, cuando la victoria equivale a un suspiro de alivio, no compites para divertirte. Ooarai jugaba a las guerrillas, a desconcentrar al contrincante que jugaba “de memoria”, a desarmar sus líneas, a adelantarse con vivezas y artimañas. Las otras escuelas han aprendido una receta, la pusieron en práctica, la perfeccionaron, pero esta labor admirable de pulir un modelo y adquirir una identidad deportiva suele acarrear dos inconvenientes. En primer lugar, el componente psicológico. Cuando un equipo es incapaz de poner en ejecución su esquema de juego porque su oponente ha descifrado su funcionamiento y logra impedir su realización, ha perdido la batalla mental y comienza a cundir la desesperación, la frustración, la rabia. Las chicas de Kuromorimine se descontrolan cuando el Hetzer del Consejo Estudiantil se infiltra en sus filas generando la confusión. La disciplina táctica impone cierto grado de rigidez: quienes están acostumbrados al éxito montan en caos cuando la fórmula deja de funcionarles. En segundo lugar, interiorizar un modelo suele limitar las variantes y reduce las posibilidades de aplicar soluciones alternativas. En otras palabras, no existe un plan B para casos de emergencias porque, cuando el orgullo se transforma en obstinación, se tiende a despreciar el resto de planteamientos. Erika no tolera perder, pues los resultados no son meras casualidades o eventos fortuitos, sino pruebas de fuego donde se demuestra la verdad o falsedad de nuestros axiomas, esos dogmas absolutos de carácter incuestionable.

En cambio, Ooarai carece de plan A: las circunstancias obligan a Miho a inventar en cada episodios nuevas argucias para transformar el juego defensivo en chances de triunfo. Como dice Katyusha, “There’s one cool trick after another”, no porque Miporin se complazca en brindar un espectáculo a la platea, sino como respuesta ingeniosa a casos de urgencia. Esta sagacidad se complementa con otra virtud de liderazgo que caracteriza al “estilo” que pretende cultivar Nishizumi-chan: el Panzerfahren es un deporte colectivo y requiere la colaboración de cada integrante, sin excepción. Nadie puede quedarse fuera de la “diversión”: todos merecen su cuota de “tanoshii”. El gran mérito de Miho como Kommandant fue cohesionar al grupo alrededor de consignas básicas. Sus dotes oratorias son nulas, pero a falta de palabras, se expresa con hechos, inculcando mediante el ejemplo. Al transcurrir las batallas, esa actitud amable y positiva cosecha sus frutos: las muchachas le profesan fidelidad y admiración, son capaces de brindar hasta la última gota de sudor por defender y obedecer a su lideresa. Ni siquiera le exigen grandiosos discursos o arengas inspiradoras: basta con observarla actuar, arriesgándose por salvar al equipo Conejo, saltando entre los tanques, o invitándolas a despojarse de sus temores bailando la vergonzosa Danza del Pez Anzuelo. Cuando un vehículo es inmovilizado, pregunta de inmediato si todas sus ocupantes se encuentran sanas y salvas. Son detalles que ayudan a crear una atmósfera de cordialidad que redunda en el desempeño del equipo y motiva a retribuir esa confianza con iniciativas concretas. Algunos entrenadores o directores técnicos hablan de “motivación” y “manejo de vestuario”. Con espíritu bondadoso, Miho ha logrado congregar al elenco, convencerlo de sus capacidades, canalizar ese entusiasmo. Todas, incluso las kouhai, han descubierto y explotado sus habilidades como piezas indispensables de una maquinaria precisa: se sienten útiles porque contribuyen al triunfo aportando su particular granito de arena. Ese pelotón de colegialas excéntricas o demasiado delicadas son ahora guerreras del panzer y desean continuar rodando sobre sus tractores oruga, claro, después de disfrutar un delicioso helado.

Miho Nishizumi compite hoy en Miss Anime Tournament 2013. ¿Deseas apoyarla con tu voto? Solo necesitas ingresar a la siguiente dirección (link en la imagen) y darle clic a los nombres de tus personajes preferidos. Recuerda que puedes apoyar a diez candidatas por grupo en la etapa de preliminares. Las mejores doce obtendrán el pase directo a la Etapa Principal:

msat

Una respuesta

  1. elfdays

    Vas a hacer un review de la serie completa o hasta aqui la vas a dejar? *w*

    14 junio 2013 en 10:49

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