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Yahari Ore No Seishun Love Comedy Wa Machigatteiru 2-3: Filosofía barata y zapatos de tenis

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El cómo la vida te moldea y te transforma es un misterio casi mágico que no suele repetirse en ningún caso. Sea por desgracias o fortunas, las experiencias que vivimos nos marcan, nos condicionan y nos aleccionan sobre cuál será el rumbo que tomaremos a lo largo de nuestra existencia. Nuestro Hikki ha tenido que pasar por la desagradable experiencia de ser poco agraciado, en aspecto y expresividad, y ser rechazado por esos motivod. En respuesta, su reacción fue más allá de solamente excluirse de su entorno y renegar de él: en estos dos episodios, Hachiman ha hecho gala de la gran habilidad para filosofar que ha adquirido producto de su aislamiento autoimpuesto. La otra opción en sus circunstancias era ser un depresivo habitante de la escuela, pero eligió el camino del razonamiento y cuestionamiento de los hábitos sociales del resto de adolescentes al más puro estilo de Freud o Engels. Con palabras sencillas pero profundas, el muchacho es capaz de elaborar intrincados ensayos sobre las relaciones humanas y el ascetismo, teoremas que son fáciles de entender y difíciles de rebatir. Pese a ello, al igual que muchos otros pensadores, su poesía no es bien recibida (ni siquiera es escuchada) y más bien es tomada como la triste fábula de un perdedor, un dispensable cuento sin final feliz, una canción que nunca estará de moda.

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El ser humano es combativo por naturaleza. Está en nuestra psique luchar por mejorar nuestra condición si ésta no es de nuestro agrado. Hikigaya está en desventaja frente al resto pues carece del carisma necesario para atraer a otros como amigos, o siquiera para hacer el esfuerzo de llevarse bien o caer simpático sea cual sea su personalidad (nótese las cursivas en hacer el esfuerzo, ya que es un acto consciente el ser agradable). Puede también interpretarse como una válvula de escape poco ortodoxa, pero su constante crítica de la sociedad moderna funciona como remedio casero para desfogar la frustración de saberse relegado. Sus parlamentos denotan que en su mente se invierten las cosas: no es que los demás lo ignoren, él ignora a los demás; como quien renuncia antes de ser despedido. Esta autodefensa pinta un retrato triste sobre el joven en medio de la festividad de su entorno. Aunque esta sea una comedia romántica, es fácil leer el drama implícito. Desde los diálogos socráticos hasta las técnicas secretas desarrolladas en años jugando en soledad, pasando por las rutinas autodespreciativas (¿existe ese término? Pues lo acabo de inventar), todo habla de un Hikigaya exiliado a voluntad en una lóbrega isla de desmotivación.

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Resulta asombrosa la capacidad de Hikki para abundar en verbosidad cuando se trata de rumiar su rencor hacia la sociedad. El ensayo que hace sobre la cadena alimenticia y la posición de los herbívoros frente a los depredadores, finalizando con una oda a los osos, merecería con toda justicia un análisis de Jung. Meditando un poco, en algún momento de la vida todos hemos tenido el deseo de ser como los osos, figuras solitarias y autodependientes, temidas y admiradas por igual. La percepción de Hachiman sobre la naturaleza animal saca a flote un aspecto en el que quizás nunca nos habíamos fijado: el ser viviente será dependiente de otros en relación al lugar que ocupe en la cadena alimenticia. No se puede ser un simple herbívoro y vivir una vida tranquila sin estar en guardia contra el acecho de los depredadores. Al llevar el asunto al terreno humano, pueda que quede en nuestra mente la pregunta de qué lugar ocupamos cada uno de nosotros en la “cadena alimenticia” social.

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El tercer capítulo abre un poco más la perspectiva del concepto Hikki sobre el mundo exterior. Para entenderlo, podríamos continuar con la metáfora y separar a las personas en “depredadores” y “herbívoros”; sin relación alguna con el esquema económico o siquiera con su calidad humana o desempeño emocional; sino más bien en temas de orgullo. Para explicarlo, los “depredadores” serían aquellos que se creen superiores a los demás, y lo demuestran en palabras y actos. Miura, Hayato y su demás corte forman parte de este grupo, gente que goza en aprovecharse de otros creyéndose superior y creyéndolos desechables. Por consecuencia, los “herbívoros” son todos los demás, que viven sin preocuparse en demasía por el prestigio social o quizás soñando con alcanzarlo. No importa si en este momento no se está siendo discriminado o no nos importa serlo: en cualquier ocasión, podría cruzarse algún depredador en el camino y menospreciar nuestra valía de diversas formas. Hikki diferencia ambos grupos y escapa de ese status quo pretendiendo (creyendo) ser un oso, solitario pero temido, incomprendido pero fiero. No llega a escapar completamente de la lucha por la supervivencia en su rol de espectador e interviene como justiciero cuando el abuso es intolerable, quizás no quedando ante los depredadores como un temible oso, sino más como un cachorro de perros en medio de una jauría de lobos.

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Sin importar la imagen dura que quiere mostrar o la afilada crítica que esgrime, se puede percibir que, en el fondo, Hikigaya todavía mantiene el deseo de socializar, de llevar una vida normal y disfrutar de su comedia romántica juvenil. A pesar de sus diálogos socráticos, Hikki no puede renegar de su naturaleza humana, que lo empuja a compadecerse de otros, más cuando van por el sendero del cual él se ha apartado, como le sucede a Yui. El breve altercado con la jauría de moda del colegio confirma los argumentos de Hachiman, pero esto no implica que apruebe la desfachatez del maltrato so excusa de amistad. Hikki ya ha superado esa normal necesidad de aprobación, pero en lugar de bailarse un tango encima de la humillación de Yuigahama empáticamente intenta salir en su defensa. Sabe bien del deseo interno que todos tenemos de pertenecer al grupo de gente cool y sentirse un VIP, aunque sea por asociación; comprende que esa lucha por encajar es estúpida pero natural, pero tiene que ser un vestigio de sociabilidad lo que lo empuja a meterse en problemas ajenos y arriesgarse a salir de su madriguera para ganarse una vez más la vergüenza pública, en nombre de otro. Pese al mal resultado, su valeroso acto habla bien de su capacidad humana, de ese algo que no se ha perdido en un mar de desilusiones. Renegar de todo vestigio de humanidad es literalmente imposible, y Hikki no es la excepción, ni mucho menos. Ya desde el primer capítulo lo vimos cuidándose de no sucumbir ante la angelical imagen que Yukinon proyecta; y ahora lo vemos siendo tentado por la delicadeza de… un varón. Cierto que este asunto sería imposible de siquiera concebir en su realidad para el espectador hispano, pero es un buen ejemplo de la diferencia de la cultura nipona, que desde antaño hasta ensalzaba las relaciones platónicas entre varones. Sea por el atractivo o por la compasión (otro rasgo de humanidad y socialización), Hikigaya es capaz de dejar de lado su retiro y colaborar con el delicado deportista.

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Un aspecto que me gustaría ampliar en subsiguientes reseñas es la manifestación del orgullo propio en los protagonistas principales. Hachiman tiene muchas rutinas aprendidas, todas preparadas específicamente para momentos exactos, estrategias infalibles que le ayuden a mantener el estatus solitario que ostenta mientras se enorgullece de manejar las cosas a su antojo sin que los demás se den cuenta, debido a lo excéntrico de ese antojo. Cuando sucumbe a la formalidad y educación, se autorecrimina y refugia detrás de un muro de orgullo, negándose a aceptar ser menos que nadie. Pasadas todas las derrotas sociales que acusa, es el orgullo lo que lo mantiene en pie, un tipo de orgullo que es más que solamente considerarse mejor que los demás, un orgullo que te otorga la capacidad de sentirte orgulloso de ti mismo, de tu capacidad de ser hacer lo que tú decidas, aun si es humillarse por voluntad propia ante otros, en un razonamiento paradójico pero comprensible. Al ser “provocado” por Miura y su tropa de perritos falderos, Hikigaya deja brotar toda su frustración por los años de discriminaciones y derrotas, quizás injustamente dirigiendo su artillería contra el apuesto y cortés Hayato, posiblemente porque representa todo lo que Hikki jamás pudo ni podrá ser. El ridículo capricho de Miura de tener todo lo que ella quiere cuando ella lo quiera da pie al lucimiento de Hachiman (solo ante nosotros como televidentes, claro está) como luchador y, al final, figura de esta jornada deportiva. La atención no se centra en Hayato y su “heroico” acto de salvar a la rubia (ni siquiera se vió como sucedió) porque no es el propósito de la serie relatarnos sobre los logros de un cualquiera que vive entre ovaciones y privilegios, sino las agridulces victorias del héroe venido a villano. Le vendrían a pelo Iron Man de Black Sabbath o Pictures of Home de Deep Purple. Yukino, a su vez, lleva ese orgullo de forma similar a la de un predador, recurriendo a la provocación y al desprecio para alterar a su oponente y conseguir dominarlo y doblegarlo. Ambas reacciones, en suma, están únicamente motivadas por el orgullo, la última línea de defensa que queda después de perder catastróficamente la batalla de las relaciones humanas.

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Mientras escribía esta reseña, leí un comentario en una revista (sobre un asunto no relacionado) que me hizo replantearme todo lo que ya había escrito al respecto de estos dos episodios. En ocasiones, intento darle una profundidad cuasi literaria a la crítica sobre los conflictos que puedan estarse desarrollando en cada capítulo o el cuestionamiento de cada personaje en base a sus actos o los motivos tras estos, quizás tratando de hacerles un juicio en base a alguna norma que personalmente haya planteado. Sin embargo, este comentario que leí sobre una reciente producción cinematográfica que calificaremos de popular y populista, decía en parte “hay quienes siguen creyendo que la cultura es privilegio de élites, y que el entretenimiento, si no nos lleva a cuestionar la vida, es malo”. Pese a lo carnavalesco y cómico del planteamiento de Oregairu, la trama encubierta que expone aborda temas incisivos, como el aislamiento y el orgullo; pero hace falta un poco de profundización para leer entre líneas ese mensaje, la cual en estos momentos no tengo, pero que, por lo visto, no hace tanta falta. Contra el deseo de escribir reseñas sencillas y simples, se impone la intensidad de un relato que alegra, invita a pensar y, sinceramente, conmueve.

Ah, y lo siento, la historia del gordito no me llamó la atención.

Una respuesta

  1. Es bueno encontrar crítica respecto a este anime, seguiré leyendo puesto que me ha interesado. Escribes muy bien, tiene similitudes, en cuanto a carga filosofica dentro de cada personaje, a Evangelion. Aunque no sea la misma trama, su intencion evoca a lo mismo. Reitero escribes muy bien🙂

    7 agosto 2014 en 18:40

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