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Toaru Kagaku no Railgun S 1: Hi 5!

La bulliciosa princesa eléctrica corona esta primavera de reencuentros. Como expusimos en otra reseña, aunque estos episodios de “retorno” se apoyen en historias insustanciales (a modo de “relleno”), también cumplen diversas funciones orientadas a “reconectar” al público:

1) Mnemotécnica. El capítulo refresca la memoria del espectador al recordarle, a grandes rasgos, las temáticas, conflictos y atmósferas que constituyen el complejo ecosistema narrativo donde se desenvuelven los personajes (Ciudad Académica, Judgement, el Colegio Tokiwadai).
2) Afectiva. Se busca satisfacer la expectativa del fanático por contemplar en pantalla a sus heroínas favoritas y celebrar sus rasgos más admirables o conmovedores (el coraje de Mikoto, la audacia de Saten, la lésbica vehemencia de Kuroko, incluso la cándida vanidad de Kongou-san). A modo de fanservice, se incluyen las apariciones de figuras menores que crean un ambiente de universo autónomo (Touma, Haruue-san, Banri Edasaki).
3). De concatenación, porque conecta la información de etapas o arcos anteriores con indicios o pistas acerca de las tramas que desarrollará la nueva temporada (aparición de Misaki Shokuhou -alias la reina de Tokiwadai-, un misterioso flashback de Biribiri).

Sin embargo, este reenganche con Misaka y compañía fluye con mayor naturalidad, pues los directores optaron por zambullirse directo a la escena de acción, en plena situación de peligro, creando una secuencia de suspenso en apenas dos o tres minutos. Se evitaron los aburridos resúmenes o recapitulaciones. Tampoco se valieron del recurso barato de reciclar imágenes de episodios emitidos hace tres o cuatro años. Ignoramos los acontecimientos previos a esta escena (¿cómo terminó Saten cruzándose con esos maleantes?, ¿cuánto rato lleva escapando?) y quizá nunca nos enteremos qué ocurre después del rescate (¿a dónde se dirigen las chicas?): esa breve escena basta para sintetizar la esencia de Railgun (compañerismo, valentía, trabajo en equipo) y establecer una continuidad al escuchar el famoso “Judgement desu no!” o percibir las chispas de enojo que anteceden a una espectacular descarga eléctrica. Esta secuencia sirve de bisagra, no necesita ampliarse ni detallarse porque su finalidad radica en encapsular un fragmento de “heroísmo cotidiano”, típico de Biribiri, la amiga espontánea y bondadosa que electrocuta sin piedad a cinco galifardos antes de salir al shopping o saborear un parfait gigantesco en josePh’s. Railgun combina el ingrediente crucial del slice-of-life moe, “chicas lindas haciendo cosas graciosas” en tono de comedia, con espectaculares combates, duelos de habilidades, operaciones de arresto, experimentos tremebundos y planes malévolos de venganza. Esa mezcla de componentes tan variados (humor, ternura, dramatismo) ayuda a construir personajes entrañables, imperfectos, a veces ridículos, mañosos o torpes, pero igual de admirables y valerosos.

Por tanto, en Railgun, se atenúa la solemnidad, no cunde esa sensación de grandilocuencia, de exagerada trascendencia, de apostar a diario el destino del mundo, ese acento político que abunda en Toaru Majutsu no Index. Aunque ambos relatos comparten un contexto y determinados referentes, sus tonalidades difieren. El spin-off aplica las fórmulas del heroísmo femenino, cuya exponente por antonomasia es Mikoto, un personaje que adquiere verdadera “independencia” y consigue explotar a plenitud sus virtudes cuando se libera del estereotipo de tsundere temperamental. La Princesa del Electroshock revela su auténtico rostro, bondadoso, idealista, amigable, cuando interactúa con su grupo de leales compañeras en hazañas de carácter policiaco que refuerzan su amistad. En Index, las batallas sangrientas entre facciones de magos, sacerdotes o psíquicos ocurren durante la noche. Los bandos procuran movilizarse de manera subterránea, guardando el disimulo y evitando que intervengan las fuerzas del orden. En contraste, las chicas de Railgun operan casi siempre antes del anochecer (porque Mikoto y Kuroko deben regresar al dormitorio antes del toque de queda). El propósito del combate es neutralizar al enemigo y reestablecer el orden público, frenando la delincuencia. El cuarteto actúa dentro del marco legal bajo el patrocinio (o consentimiento) de Judgement, la institución encargada de arrestar y procesar al criminal. Mientras, en Index, predomina el poder “bajo la sombra”, lo oculto, lo misterioso, lo difícil de comprender o asimilar; en Railgun, cada caso se resuelve dentro del marco institucional, hurgando en la información, recogiendo pistas y testimonios para armar el rompecabezas. Algunos episodios recuerdan la estructura del relato detectivesco, con planteamientos de hipótesis, búsqueda de sospechosos, sesiones de interrogatorios y patrullajes. Biribiri funge de justiciera, no porque luchar convenga a sus intereses o alimente su orgullo, sino porque la inspira una especie de noblesse oblige, una conciencia del poder que detenta como Level 5, que otorga privilegios pero también impone un sentido de responsabilidad del sujeto hacia su comunidad. Me explico: Mikoto es consciente de vivir en una sociedad jerarquizada, constituida al amparo de un discurso científico que pretende cuantificar y rentabilizar las habilidades psíquicas de los individuos. Como observaremos en próximas reseñas, esa concepción del progreso enunciada en términos darwinistas o positivistas, solo acarrea discriminación y deshumanización. Misaka conoce las consecuencias del abuso avalado por la ambición de conocimientos (las Hermanas, Child Error, Anti-Skill, la locura del Level Upper). Solo una escasa minoría de seres humanos poseen esa clase de talentos que ensalza su sociedad (la capacidad de teletransportarse, de manipular la electricidad, el aire, los vectores, etcétera). Según Mikoto, los usuarios de alto nivel no solo deberían abstenerse de usar sus poderes para cometer fechorías. Además, están obligados moralmente a emplear sus extraordinarias cualidades para defender al débil, al necesitado, al indefenso cuando la situación lo exija. Quedarse sentado sin reaccionar ante la injusticia implica avalar la desigualdad. Por desgracia, la mayoría de espers (y, creo, ninguno de los otros Level 5) no comparte esa doctrina idealista; peor aún, no dudan en sacarle provecho a sus destrezas sobrehumanas o aplicarlas a fines egoístas y maléficos. La Reina de Tokiwadai, por ejemplo, no tiene el mínimo reparo moral en manipular las mentes de sus compañeras de escuela para amenazar a Mikoto, sabiendo de antemano que Misaka jamás lastimaría a personas inocentes.

Cuando hablaba del perfil más encantador y amistoso de Mikoto me refería a su identidad cotidiana, la imagen que proyecta con honestidad ante sus amigas. Su lado tsundere es apenas un estado de excepción que únicamente surge cuando Touma enciende la chispa. Es erróneo, entonces, considerarla una tsuntsun en constante ebullición. Ni siquiera es bulliciosa o escandalosa (¿biribiri?): esa mala fama proviene de Index. La auténtica Misaka es una quinceañera ingenua de corazón abierto que trata con franqueza y sencillez a todas las personas sin importar su nivel psíquico o condición social. No discrimina a nadie ni reclama un trato especial. Las exquisiteces aristocráticas, los aires de oujo-sama, no concuerdan con su estilo, más fresco y relajado. Trabó amistad con Saten y Uiharu, y ahora se empeña con ingenuo entusiasmo por brindarle a Banri el regalo más espectacular. Quizá muchos lectores hayan olvidado los sucesos del arco del Poltergeist, pero gracias a Misaka, los Child Errors alumnos de Kiyama-sensei recuperaron la conciencia y salvaron su vida… ¡Edasaki-san fue rescatada por Mikoto! El regalo debería entregarse en dirección inversa, pero Biribiri es tan humilde que jamás le pediría ninguna recompensa ni obsequio de agradecimiento, solo busca ganar otra amiga. Sus imaginativas propuestas parecen ridículas o desproporcionadas, pero revelan una inocencia juvenil (como su fanatismo por Gekota) que humaniza al personaje, mientras sus antagonistas lucen monstruosos y desquiciados. Esta actitud generosa contradice los fundamentos ideológicos de Ciudad Académica, ese campo de batalla escolar donde los espers más poderosos se obsesionan por medir su poderío desafiando a otros usuarios. La perseverancia de Saten también contribuye a poner en duda la lógica perversa de los científicos. Su condición de Level 0 la obliga a utilizar otros recursos para sobrevivir o unirse a la lucha: la agilidad, la perseverancia, un bate de béisbol. En otra reseña, recuerdo que califiqué a Ruiko como “la Touma de Railgun”. Ambos personajes carecen de habilidades ofensivas excepto su propia fuerza bruta. En efecto, el Imagine Breaker no basta para derrotar a nadie, solo sirve como método defensivo. Las peleas se definen mediante los puños. Igual ocurre con Saten y, según lo interpreto, su éxito como personaje proviene de esa carencia, de considerarse seres humanos comunes y corrientes, pero capaces de asumir riesgos. Ruiko disfruta meterse en problemas, le encantan las emociones extremas, el jaleo: cuando observa a Misaka treparse por las paredes cual mujer araña, sonríe con gesto cómplice porque se imagina una escena excitante. No oculta sus ganas de participar en la gesta, de colaborar al rescate y saborear la adrenalina de hacer justicia. Detesta quedarse rezagada y, aunque admira a Mikoto, la idea de permanecer sentada como mera observadora le aburre: pretende ponerse al nivel de cualquier esper, se atreve a realizar acciones heroicas que superan su grado de habilidad. Sube las escalerillas y demuestra que, pese a faltarle poderes psíquicos, solo necesita su osadía para salvar a Haruue-san, esa proeza que Misaka no logró concretar por centímetros. Ante la emergencia, Saten se plantea un nuevo desafío, se lanza a experimentar la aventura aunque ponga en peligro su integridad y vaya que tiene éxito.

Sin embargo, no todos los rivales que enfrentará Mikoto serán torpes terroristas privados de poderes psíquicos. En realidad, las armas de fuego no suelen influir demasiado en Toaru: los combates se desarrollan en otra dimensión, ese enfrentamiento (o encuentro) entre magia y ciencia que transcurre en las sombras, una guerra oculta tanto por autoridades políticas como líderes religiosos. Detrás del despliegue de habilidades, ambos bandos libran sus batallas también en el terreno ideológico, entre dos Verdades o formas de acceder al conocimiento, entre teología y ciencia. Durante la Edad Media, esta actividad (la búsqueda del saber) estaba unificada: descifrar el mundo (su funcionamiento, sus misterios) contribuía al conocimiento de Dios. Por scientia o filosofía se entendía un estudio integral del “mundo” orientado a encontrarse con lo divino. La modernidad fragmentó esos saberes, no solo privilegiando una visión antropocéntrica, sino mediante la progresiva especialización. Sin embargo, después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el pensamiento posmoderno ha criticado los despropósitos cometidos en nombre del progreso material y deconstruido el discurso científico para denunciar la deshumanización, la mecanización y la crueldad derivadas de ciertas “verdades” u ocultas tras un lenguaje supuestamente técnico y neutro. En Ciudad Académica, la utopía moderna se construye sobre (¿o “gracias a”?) la discriminación, la explotación, la cosificación, en suma, el desprecio absoluto a la vida humana. La S del título que distingue a esta nueva temporada de Railgun posee múltiples significados: Sequel, Second, Special, pero también “Sisters”, hermanas, los 20 001 clones de MISAKA, otra prueba del desequilibrio entre ciencia y ética. Los personajes están preparados para enfrentarse a otra decepción que transforme su percepción del espacio que habitan: para muchos estudiantes, la Ciudad cumple un función social loable. La Ilustración concebía la educación como un pilar fundamental del desarrollo moral, económico y político de las naciones. La globalización ha recuperado o potenciado ese credo: los gobiernos invierten en investigación, las industrias dedican parte de su presupuesto a I+D, el objetivo de numerosos países consiste en convertirse en importadores de “conocimiento” en lugar de materias primas, algunos colegios aumentan las horas de matemáticas pero eliminan de sus currículos la poesía, la historia del arte o la música. Detrás de su fachada futurista y fantástica (porque se mezcla el sci-fi con elementos mágico-legendarios), Toaru describe las tensiones del mundo contemporáneo, donde ni siquiera la ciencia merece la confianza del hombre. Desde esta perspectiva, las acciones de Misaka y Saten merecen la calificación de “heroicas”, incluso en sentido tradicional: sujetos que luchan, no contra fuerzas inferiores (maleantes, ladrones), sino contra el sistema y sus discursos hipócritas, contra una estructura que aplasta al individuo. Para admirar el “heroísmo” debemos percatarnos, primero, de esa clamorosa desproporción.

Una respuesta

  1. damian

    Fantastica reseña espero ansiosamente la reseña del siguiente capitulo

    3 mayo 2013 en 12:46

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