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Ore no Imouto ga Konna ni Kawaii Wake ga Nai. [16]: Return of Saturn

La hermana menor más belicosa y controversial del anime regresa a enternecernos con su habitual cuota de prepotencia. Este primer capítulo recurre a estrategias convencionales del episodio de reencuentro, esquemas narrativos que permiten reenganchar al espectador y reposicionarlo ante el relato tras varios meses de suspenso. Además, estas fórmulas de “reconexión” cumplen el objetivo de anular la “disonancia temporal”, ayudarnos a recordar el hilo narrativo de la anterior temporada “como si fuera ayer”. El retorno en pantallas de OreImo coincide con un evento ficcional de carácter análogo, el regreso de Kirino a Japón. Este suceso servirá de base para plantear una serie de “reencuentros” paralelos en ambas dimensiones (personajes y público). Por ejemplo, cuando Kyousuke entra al living y encuentra a su engreída imouto acostada en el sofá hablando por celular, el paneo que recorre su silueta, además de presentarla como objeto de deseo, empalma con otra escena similar de la primera temporada. Incluso la secuencia inicial del “sueño” insinúa un “recuerdo” adormecido en el subconsciente del onii-chan, un fragmento del pasado confundido con las pesadillas y remordimientos del muchacho que salen a flote, se “reactivan”, retornan a la memoria. Durante su infancia, los hermanos Kousaka compartían una especie de intimidad fraternal, como ocurre en muchos hogares: eran compañeros de juegos, se bañaban juntos, Kirino admiraba y adoraba a su aniki, lo seguía a todos lados, no existían esas incómodas barreras comunicativas. De manera inconsciente, Kyousuke admite que destruyó ese vínculo. Ese “retorno” al pasado en forma de reminiscencia o pesadilla poen al descubierto una sensación de culpa latente. Aunque nunca lo manifieste en palabras, anhela “recuperar” esa etapa idílica por motivos de autoestima, pues en aquella etapa, cumplía su función de “onii-chan”, de hermano mayor confiable que emaba respeto y cariño. Los “consejos de vida” que solicita Kirino, aunque suenen disparatados y abusivos, “reestablecen” esa relación de dependencia emocional: ella necesita su apoyo, lo convierte en cómplice, lo involucra en su colorido mundo de videojuegos incestuosos, le exige engreírla. En realidad, se establece una mutua dependencia: para considerarse un buen aniki, se requiere una imouto, y viceversa. Bajo este principio elemental se sostienen incontables historias con tintes de comedia fetichista. No importa cuán orgullosa y mandona sea Kirino: ese malhumor, esas ínfulas, es orgullo megalómano solo ocultan su fragilidad sentimental, una carencia, una necesidad que Kyousuke logra copar. Por desgracia, si transcurren meses enteros sin sentirse un “héroe”, el onii-chan comienza a manifestar síntomas del síndrome de abstinencia.

Un segundo reencuentro lo protagonizan Kyousuke y su kouhai, la enigmática Kuroneko (Ruri Gokou). En OreImo, los silencios o palabras inciertas suelen revelar, pese a la incertidumbre, una atmósfera emotiva: no busquemos significados claros y precisos, porque los tres personajes principales acostumbran a callar o disimular sus verdaderos sentimientos. Me niego todavía a proponer un triángulo amoroso, pero me animaría a utilizar esa figura geométrica adjudicándole otras connotaciones, un marco más amplio: tenemos, entonces, una especie de triángulo afectivo. Quizá la única consciente del enredo sea Kuroneko (como indican sus enigmáticas insinuaciones acerca del “amor” de Kirino) e intenta mantener una prudente distancia. La escena es incómoda para Kyousuke, que pretende acercarse a resolver sus dudas y definir su situación sentimental (¿qué significó ese inesperado beso en la mejilla?), pero su confusión se agrava debido al reticente carácter de Gokou-san, quien, además de timidez, inseguridad e ineptitud para socializar, también padece de miedo al compromiso amoroso, le asusta brindar su confianza, romper esa muralla que separa al “yo” del resto de personas. Mientras nadie penetre esa barrera, el individuo respira tranquilo; sin embargo, al entablar un amorío o noviazgo, los sujetos estamos obligados a abrir espacios, a consentir el ingreso del otro en nuestra intimidad, a tornarnos vulnerables. El enamoramiento invita a correr esos riesgos. Aunque todavía le falte coraje, sus reprimidos sonrojos indican que Kuroneko desea embarcarse en semejante aventura pero todavía la falta una pizca de coraje. Su actitud sarcástica le servía de escudo para frustrar el contacto y preservar su soledad. Si Kirino forjó una imagen superficial de éxito y glamour para esconder su dimensión otaku, su mejor enemiga atraviesa un proceso análogo: Gokou-san crea, valiéndose de un personaje de ficción, un alter-ego destinado a evitar la socialización. Sus comentarios corrosivos, sus velados gestos de desprecio y su arisco semblante espantaban a la gente, la mantenían a salvo del vínculo emocional. El término “careta” o “disfraz” es inexacto, pues las chicas no utilizan esa “identidad” pública de manera fraudulenta: Kirino realmente disfruta modelar y participar en competencias de atletismo. Kuroneko asume una mirada crítica y pesimista ante la sociedad, le disgustan las modas, las chiquilladas, los pasatiempos convencionales. Se resiste a actuar como “adolescente normal”: ejerce su rebeldía con perfil bajo, no busca llamar la atención. Esas ideas y hábitos son elementos fundamentales de su personalidad, el rostro que proyecta al mundo. No obstante, esa faceta marginal abarca apenas la punta del iceberg. En nuestras próximas reseñas, intentaré desarrollar con amplitud esta dicotomía entre imagen pública e identidad privada, un tema recurrente en OreImo, procurando demostrar que 1) la serie no plantea una incompatibilidad u oposición radical entre ambas dimensiones, sino una complementariedad (la primera se exhibe, la otra se oculta, pero juntas forman un todo); 2) la inmensa mayoría de personajes principales recurren a esta estrategia de “encubrimiento”; 3) este afán por disimular es inútil y constituye el origen de varios conflictos (la falta de sinceridad).

Una sociología del love comedy

Otro aspecto poco comentado en OreImo (en general, de muchas comedias románticas protagonizadas por adolescentes) es la representación de diversos estratos o clases sociales. Destaca esta palabra en cursillas para evitar malentendidos. Cuando hablo de “representación” no pretendo referirme a descripciones “realistas” o “científicas”. Detrás de toda “representación”, existe siempre un punto de vista, es decir, un grado de “desviación”. Sin embargo, esas inexactitudes (o falsedades) son significativas, revelan -como todo producto de massmedia– una serie de contenidos ideológicos. Por tanto, no debemos preguntarnos si OreImo retrata con veracidad esa sociedad, sino qué versión ofrece y qué premisas subyacen bajo ese discurso. La historia de “amor” fraternal de los hermanos Kousaka puede proveernos de ciertos temas de discusión dignos de analizarse empleando una perspectiva sociológica. Sin duda, el relato ofrece una visión idealizada, bastante ingenua y frívola de la sociedad de consumo e incluso celebra esa dimensión del capitalismo porque el entorno donde circulan los referentes que alimentan la imaginación de Kirino (y nosotros, los espectadores, disfrutamos) es, aunque a muchos les duela admitirlo, un negocio. Manga, anime, eroge, gadgets, aplicaciones, videoconsolas, light novels, figurines, dakimakura, character songs, idols, maid cafés, conciertos y convenciones: la esfera vital del otaku se enmarca en una “industria cultural” o “industria del entretenimiento”. No importa si consideramos al anime un arte (con mayúsculas o minúsculas), pues ninguna casa editora o estudio de animación pretende trabajar a pérdida: el objetivo del producto es difundirse y vender, generar ganancias. Pertenecer a este hábitat implica insertarnos en una lógica de mercado. Si existe una idea vaga de “comunidad” o “pertenencia” alrededor del mundillo 2D japonés, esta “identidad” es indesligable del consumo. Para ingresar, el aficionado “debe” pagar o. Coloco el verbo entre comillas porque esa obligación se transforma en placer, en diversión. Cuando Kirino regresa a Akihabara, proclama su “retorno a casa” sin ruborizarse, sino llena de entusiasmo porque pasará una tarde entera gastando cientos de miles (¿o millones?) de yenes. Aunque Kuroneko nos detalla cómo la imouto obtuvo tanto dinero y suponemos que realiza diversas transacciones e intercambios, nunca vemos en pantalla un billete o tarjeta de débito. En cambio, las tiendas, los locales comerciales, son presentados bajo un manto colorido y exuberante, la experiencia del consumo es mágica y excitante. Kiririn-shi ha planeado al detalle su itinerario de peregrinación, pero reacciona con asombro, fascinada al contemplar las vitrinas y estanterías colmadas de cajas, como si accediera al paraíso. El placer se traslada del terreno público al espacio personal: la imouto acumula paquetes en su recámara, la mercancía le permite crear su “reino”, “reencontrarse” consigo misma, alcanzar la plenitud. OreImo propone una visión celebratoria y positiva del mercado (que muchos criticarán de complaciente), evita discutir los aspectos económicos, prefiere un enfoque más emotivo. Mediante el hobby, una actividad ligada al consumo suntuario, el aficionado entra en contacto con estímulos y referentes que moldean sus conocimientos, opiniones, actitudes, conductas, en suma, que construyen su identidad. La zona comercial de Akihabara es descrita como un entorno de convivencia armónica, donde se reúne gente “normal”, pacífica, alegre, amable, la mayoría esbeltos y jóvenes. La figura estereotipada del “otaku inmundo” brilla por su ausencia.

Sin embargo, participar de esta fiesta massmedia implica un margen de capacidad adquisitiva que permita el gasto superfluo. En consecuencia, el público consumidor objetivo de esta industria pertenece -como mínimo- a cierto nivel socioeconómico. OreImo transcurre en un entorno de clase media, pero traza un conjunto variado de matices que valdría la pena analizar. Por ejemplo, el trío de amigas otaku está compuesto por muchachas procedentes de distintos sectores sociales. Saori es una oujo-sama, una chica de clase alta que oculta sus orígenes aristocráticos. En cambio, los hermanos Kousaka provienen del estrato privilegiado de la clase media y reflejan en sus actos cotidianos los valores, creencias, objetivos y estilo de vida asociados al pensamiento “burgués”. La familia nuclear (padres e hijos) cena junta en su casa propia de arquitectura occidental. Cada elemento cumple su función simbólica en una atmósfera de respeto y orden: un padre profesional (jefe de policía), una madre ama de casa, dos vástagos bien educados a quienes nunca les faltó ni alimentación ni servicios de salud ni acceso a los avances tecnológicos ni fuentes de diversión. Cuando abren el refrigerador, hay refrescos de fruta para calmar su sed. La clase media se caracteriza también por aspirar al ascenso social mediante el merecimiento, el esfuerzo, la inversión, la formación profesional. Se valora el afán de superación, el superar retos, la competitividad. Se desprecia el conformismo, la flojera, la falta de ambición. Kirino encarna esos anhelos de progreso material y realización personal, pero Kyousuke, resignado a una vida gris, aburrida, sin sobresaltos ni metas, parece renegar del discurso de clase y propender hacia el “descastamiento”. Incluso sus principales intereses amorosos pertenecen a estratos sociales inferiores. Manami proviene de una familia extensa de pequeños comerciantes artesanales que vive (incluidos abuelos y tíos) en una casa sencilla y austera de estilo japonés. El nivel de educación de los padres, el tipo de vivienda e incluso los hábitos y pensamientos que comparten parecen situarlos dentro del rango de clase media baja. En cambio, Ruri Gokou procede de una familia proletaria. Suele quedarse a cuidar a sus hermanas durante las noches porque sus padres están ausentes, quizá trabajando horas extras en oficios de baja remuneración: aunque su hogar es modesto y carece de lujos, no viven en estado de pobreza. Según OreImo, la interacción entre clases sociales es posible gracias al discurso unificador de la cultura 2D. Pese a discrepar en sus gustos particulares, el anime, los videojuegos, los doujinshi y otras manifestaciones colectivas como los multitudinarios Comi-ket disuelven las barreras sociales o terminan por invisibilizarlas. Esta ingenua utopía (que estudiamos con anterioridad al referirnos a series como Nogizaka Haruka no Himitsu) pretende crear una identidad comunitaria basada en intereses culturales antes que condiciones económicas. Por ahora, conviene percatarnos de cuánto influye la pertenencia de ciertos personajes a determinados sectores de la sociedad y cómo afecta su concepción de las relaciones humanas, el amor, la estética o la mercancía.

Una respuesta

  1. RAvencloud

    hace rato vengo pensando en eso de “la democracia del otaku” el efecto del mercado de “democratizar” el espacio para que las clases sociales convivan en relativa armonia en torno a una subcultura. oreimo creo que es el pinaculo de una revalorizacion del otaku, desde el incidente del tren de tokyo y del lolicon en los 80 , progresivamente hicieron su aparicion series que reflejaban un poco mejor y cada vez mas a los otakus, desde la ova otaku no video, pasando por genshiken (tal vez, la mas critica, genial y expresiva de este estilo) siendo vaciada y armonizada en luky star, para terminar en oreimo y haiyore nyaruko san. hay una necesidad, tanto de mercado como de los autores (que son otakus) a reflejar su imagen y sus sentires (la definicion de R. Chartier sobre representacion es el traspaso de sentires, saberes y preocupaciones de un grupo a un relato, puede ser la historia como tambien una novela)

    por cierto serius ¿tienes trabajos academicos sobre el anime? me encantaria intercambiar los mios con los tuyos para sociabilizar el conocimiento

    22 abril 2013 en 00:07

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