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Boku wa Tomodachi ga Sukunai NEXT 11: Leguleyadas e intimidaciones

¿Cómo juzgan y valoran las personas “normales” la existencia del estrafalario Club de Vecinos? Aoi Yusa, la enana peliaguda del Consejo Estudiantil, asume, de nuevo, el punto de vista del sujeto “externo” que observa el espacio cerrado desde afuera, adoptando el papel de villana aguafiestas que somete al elenco principal al asedio de graves acusaciones. No obstante, al adjudicarle el carácter de antagonista, ciertos parámetros éticos se trastocan: ¿son “héroes” los marginales que infringen las leyes?, ¿es rebeldía o mero engreimiento? Aunque la pequeña pelirroja pretende disolver el Club guiada por motivaciones personales (su revancha contra Sena), sus acciones furibundas obedecen a valores y principios (la disciplina, las normas, el bien común, el ideario del colegio) cuya defensa corresponde a las autoridades. Yusa se irrita al descubrir que seis alumnos usufructúan las instalaciones, recursos y patrocinio de la escuela para dedicarse a jugar, armar fiestas, platicar y perder el tiempo. Considera ambiguos y poco provechosos los propósitos del Club, acusa a sus integrantes de esgrimir una coartada engañosa para apoderarse del lugar y utilizar ese recinto con fines recreativos, una doble violación al reglamento escolar y una absoluta falta del respeto al objetivo de cualquier escuela decente. Por tanto, desde una perspectiva imparcial y ceñida al Derecho, Aoi Yusa actúa en cumplimiento de sus responsabilidades y acorde al marco legal, ejerciendo las funciones de fiscalización encomendadas al Consejo. Los integrantes del Club de Vecinos (en adelante, los Demandados) han quebrantado la normativa vigente cometiendo delito de falsedad ideológica. Esta infracción al código de conducta consiste en presentar información falsa o inválida en documentos públicos. Al inicio, la pequeña inquisidora había denunciado otras faltas menores que Yozora refuta apelando a vacíos legales y torciendo la interpretación del ideario católico del colegio. Una práctica censurable, pero legítima, que permite evadir las continuas acusaciones. Sin embargo, indagando los archivos de registro, Yusa descubre un error burocrático que invalida la inscripción del Club, fundamento suficiente para someter a juicio a Yozora Mikazuki, en calidad de Presidenta y representante jurídica, pues las pruebas esgrimidas demuestran que rellenó un formulario con información fraudulenta (al consignar como profesora monitora Maria Takayama, una falsa monja, una niña de diez años cuyo nombre no figura en la nómina de personal religioso autorizado por la escuela). El Derecho ampara esta imputación. No existirían, entonces, medios legales que impidiesen la disolución del Club… Ojo, dije “legales”. Cuando ocurren entrampamientos por culpa del excesivo formalismo, en lugar de atarantarnos con papeleos y apelaciones, es mejor resolver el problema “haciendo unas llamaditas”.

Sena concibe la justicia en términos autoritarios. La sociedad se estructura siguiendo un ordenamiento jerárquico. Los individuos que detentan el poder, además de dictar las leyes, tienen la potestad de desconocerlas, anularlas o reescribirlas, porque se encuentran por encima de cualquier restricción. Los poderosos no “representan” la Ley porque el verbo “representar” implicaría que la Ley, el Estado, la Verdad, etcétera existen fuera de ellos, como entidades abstractas y ajenas, que anteceden su persona. Como Luis XIV, figura emblemática del absolutismo monárquico, las niñas mimadas de la aristocracia desu-wa pueden afirmar sin aspavientos “L’État, c’est moi” (“El Estado soy yo”) estableciendo una equivalencia incuestionable entre política y antojos, entre ley y capricho. Para defender su feudo, Yozora había recurrido a leguleyadas (“sacarle la vuelta” a las leyes, manipularlas con objetivos ruines, al estilo del peor abogado de pacotilla): sus métodos se encuentran al borde del delgado margen que separa ética y legalidad. En cambio, Sena no duda en mover sus influencias y pisotear al prójimo mediante la intimidación. Una característica del sistema legal moderno es su impersonalidad: las leyes son iguales para todos los ciudadanos, sin importar su origen o clase social. Para la mentalidad aristocrática, la legalidad tiene nombre propio, está personalizada. La típica frase del sujeto autoritario es “No sabes con quién te estás metiendo”. Las heroínas de portada de Boku wa Tomodachi se valen de triquiñuelas, falacias, majaderías y amenazas para escabullirse del reglamento. Los espectadores festejamos su éxito, celebramos sus ilegales hazañas. Las acusaciones de Yusa son ciertas y, venganzas apartes, su causa es justa. El Club de Vecinos es inútil, su “declaración de principios” es embustera y, tras meses de operación, no muestra resultados (¡su Presidenta sigue desfalleciendo después de hablar con extraños!): hasta los glotones del Club de Investigaciones Alimentarias de Koi to Senkyo to Chocolate tenían objetivos más precisos y beneficiosos. Es obvio e innegable que Rika, Yukimura y Reisiz vi Sumeragi no visten la indumentaria oficial de Santa Chronica y tampoco podrían argüir un motivo válido para usar ropa de calle, trajes de mayordomo o cosplay. Los uniformes de deporte suelen portar el escudo, los colores o el nombre del colegio: el alumno continúa vistiéndose como estudiante mientras entrena o participa en competiciones. Finalmente, la objeción acerca de Kobato también es certera: aunque secundaria y preparatoria pertenezcan a la misma institución educativa, funcionan como compartimientos separados porque manejan criterios pedagógicos diferentes. El Consejo Estudiantil del high-school no tiene injerencia dentro del middle-school; en consecuencia, los clubes y asociaciones estudiantiles de ambos niveles son incompatibles. Una alumna de sétimo o noveno grado se considera una intrusa fuera de su patio. Todos los espectadores de Boku wa Tomodochi conocemos estas irregularidades desde la primera temporada y sorprende que semejante mamarracho sobreviviera tantos meses sin supervisión (por suerte, Yusa nunca irrumpió mientras Rika dictaba sus cátedras de homogame o Sena jugaba sus indecentes galge): somos testigos del “delito” y podemos identificar su carácter transgresor. En otras palabras, si fuésemos observadores imparciales y ajenos al relato, no tardaríamos en culpar a Yozora, Sena y Kodaka (los mayores del grupo) de irresponsables, descarados, unos “frescos” que pasan las tardes divirtiéndose o holgazaneando a expensas del colegio. Sin embargo, en esta ridícula polémica entre legalidad y desfachatez nos ponemos de lado del “desvergonzado”, del infractor, del gamberro, porque su osadía para desafiar las leyes o transgredirlas con auténtico desparpajo nos parece admirable. Los ejemplos abundan en la ficción moderna y contemporánea. Los ladrones galantes, los pillos carismáticos, los pícaros del Siglo de Oro: “saltarse la ley” por necesidad o placer permite a nuestro lado irracional e instintivo vengarse de nuestro superego represor.

El espectador, en relación al espacio cerrado del harem, se encuentra ubicado en una posición “intermedia” o “mixta”. No pertenecemos al mundo representado, pero tenemos el privilegio de presenciar qué ocurre al interior de aquellas cuatro paredes simbólicas. Tenemos licencia para husmear e incluso accedemos a otro territorio más difícil de penetrar: los pensamientos y reflexiones de ciertos personajes. Estamos “adentro” aunque, por razones obvias, jamás logremos “entrar”. Por consiguiente, el relato fomenta la identificación o, mejor dicho, la familiarización del público: conocemos sus motivaciones, sus sentimientos, sus conflictos, sus contradicciones, sus debilidades. No obstante, también nos quedamos “fuera” y, gracias a esa “exterioridad”, percibimos la “extrañeza” del Club, las extravagancias y “anormalidades” de sus miembros. Para la gente común y corriente, los riajuu que obedecen las reglas (tanto sociales como estéticas, de la moda), el Club de Vecinos resulta perturbador. Lo “anómalo” es incómodo, lo “diferente” causa estupor o rabia. El Consejo Estudiantil, esa versión en miniatura del Estado, se encargaría de mantener los cauces de normalidad, de orden y disciplina. Esta labor consiste en neutralizar al “bicho raro”, garantizar que todos los jóvenes actúen con “normalidad” para formarse como sujetos productivos. La “rareza” se considera una desviación perniciosa: los adolescentes acuden al colegio a educarse, a adquirir los conocimientos y habilidades necesarios para integrarse en la sociedad aportando su “fuerza de trabajo”. Malgastar el talento en videojuegos o cosplay implica una pérdida de capital humano que contradice la finalidad del sistema educativo. Los personajes ajenos al espacio cerrado, como Yusa Aoi, ponen de manifiesto la “extrañeza” del Club, la recalcan con palabras, denuncian que “aquí hay algo raro”, “fuera de lo normal”. Como mencionábamos en otra reseña, el elenco protagónico habita una burbuja: se acostumbraron a diario a cometer travesuras, disfrazarse, perder el tiempo o realizar extravagancias. La aparición de personajes “externos” que expresan su sorpresa y preocupación (¿qué clase de locos o vagos son estos?) permite marcar un contraste entre ambos espacios. Yozora nunca declara su hostilidad contra los riajuu de manera confrontacional y directa. En cambio, disfraza sus verdaderas intenciones utilizando el lenguaje e ideología que tanto respeta la gente “normal”: habla de valores, de “buena vecindad”, de hacer amigos. Son verdades a medias, porque, si tomasen en serio esos ideales, saldrían al mundo a interactuar con el resto de personas. El concepto de “vecino” implica una adhesión a cierta forma de ciudadanía, supone compartir un espacio público en comunidad. Sin embargo, los integrantes del Club utilizan el salón como fortaleza o guarida para evitar la integración. Según el manifiesto que Yozora aprendió a recitar de paporreta, su objetivo era socializar, pero la Presidenta y Kodaka parecen los primeros interesados en frustrar ese propósito. Cuando ambos respiraban tranquilos porque lograron mantener el espacio cerrado a salvo de fisuras (no necesitaron conseguir una verdadera profesora) y festejaban en silencio su engañosa convivencia armónica, una frase de Niku desbarata la gran mentira. El status quo resultaba conveniente para Kodaka, pues le ahorraba el disgusto de tomar una decisión. También a Yozora, que prefería acercarse con disimulo y sirviéndose de pretextos. Sena no ganaba nada callándose: superado el pudor, la responsabilidad de responder recae en nuestro confundido héroe romántico quien no encuentra mejor gesto de hombría que huir corriendo. La palabra “declaración” en español es idónea porque connota tanto una situación amorosa como una acción beligerante. Amor y guerra se “declaran”.

Todas las chicas del harén se quedaron calladas, conmocionadas como Yozora que temblaba de miedo o petrificadas como Yukimura, llena de incertidumbre. En adelante, nada será igual: la repentina confesión de Niku marcó un hito doloroso, un antes y después que obliga al resto a asumir una postura, a reaccionar, en suma, a madurar. El incómodo silencio refleja un estado de shock, de dudas y temores, de quedarse bloqueadas, sin capacidad de responder pues ignoran qué decir, cómo comportarse ante semejante situación. Solo Rika logra sobreponerse rápido a la sorpresa y transformarla en indignación, en actitud crítica. Su mirada de decepción al final del episodio resume su crecimiento personal: el resto de muchachas gira alrededor de Kodaka, se subordinan. La científica loca ya superó esa etapa, le conoce sus flaquezas y pequeñeces, puede cuestionarlo y tratarlo como un igual, un verdadero amigo, no idealizado (como parece concebirlo Yozora) ni romantizado (como Sena) o épico (como pensaba Yukimura). Para Rika, ese falso yankee es apenas un senpai de buen corazón pero débil de carácter, cohibido por su falta de experiencia. Ninguna heroína del elenco ha emprendido una búsqueda de amistad tan valiente y determinada, con actitudes concretas, verbalizándolo, mencionando esa palabra prohibida que resuena aunque la oculte el viento. Es cierto que Niku había mostrado atisbos de simpatía hacia su peor enemiga y también es verdad que Sora tuvo un gesto ennoblecedor al enterarse del terrible surmenage (o fatiga crónica) que sufrió Rika por sacrificarse en nombre del grupo; además, Kobato y Maria adaptaron su rivalidad de historieta transformándola en un germen de “amistad”. No obstante, ninguna se atrevió con coraje a cruzar la barrera del lenguaje. Ese tenso secretismo que resguardaba la armonía del Club se sostenía en una especie de tabú lingüístico, dependía de mantener bajo sombras un tema espinoso: podía hablarse de “amistad” con aires nostálgicos como Yozora acerca de Taka-kun, podía cultivarse la íntima enemistad, las imouto podían buscarse un onii-chan -o quizá un “aniki”- a quien admirar y obedecer. No obstante, la condición de marginalidad les impedía emplear un vocablo tan peligroso, pues tener “amigos” implicaba abandonar su cómodo rincón de desadaptados y asimilarse al mundo de “afuera”, volverse riajuu, chicos normales, personas del montón. Rika asumió ese desafío sin traicionarse en esencia, aunque tampoco eludió la necesidad de cambiar. Sus incontables looks -con variantes de vestuario y accesorios- manifiestan esa rebeldía ante lo inalterable: comenzó como meganekko pervertida y terminó adoptando la pluralidad como imagen. Algunos personajes no toleran las variaciones porque corren el riesgo de extraviarse, de perder su identidad. Con Rika ocurrió lo contrario: se deshizo del arquetipo y encontró su “auténtico yo” entre la multiplicidad, aunque resulta superficial limitar esta categoría al ámbito cosmético, pues la diversidad se extiende al carácter. Mientras sus compañeras del Club redundaban en un marco limitado de hábitos y conductas, la desquiciada amante del boys-love experimentaba una rica gama de sensaciones, revelaba una aguda percepción psicológica y manifestaba una profundidad emotiva tan conmovedora como insospechada. La vimos enojarse, sonreír con sinceridad, impartir justicia, expresar su ternura y desilusionarse porque el “yaoi ana” existía solamente en sus calenturientos sueños de ficción. La melancólica y libidinosa escena en la enfermería transmite una vibra innegable de amistad: armándose de perseverancia y desenvoltura, la solitaria niña genio ha quebrado la resistencia de Kodaka, penetrando en su sensibilidad, rodeándolo con perspicacia para hablarle de frente, y cantarle con audacia sus verdades, aunque duelan.

2 comentarios

  1. ele-ene-ene

    No soy fan de la Niku, pero no pude evitar sentir un poco de tristeza con su situación. Verse primero elevada como una diosa en la ficción de la película, hacer a continuación una manifestación magnífica de su poder en la realidad, todo para encontrarse al final que en las cosas que realmente le importan (la amistad, el amor) no manda. Todavía no está nada definido, pero las señales parecen estar en su contra: el cartel de “Game over” que hace de fondo a su declaración es una marca ominosa. Sena ya había tocado el tema de la declaración romántica en la temporada anterior. Cuando Yozora aparece con el cabello corto Sena especula erróneamente que se debió a un rechazo, y se burla en su particular estilo. Yozora contesta entonces que ya sabrá cómo comportarse cuando sea Sena la rechazada. Puede parecer exagerado atribuirle a esto un carácter profético, pero la recursividad de Boku wa tomodachi entre temporadas (e incluso entre capítulos de la misma temporada) es característica. Los elementos tienden a repetirse. El conveniente desmayo de Rika, y el subsiguiente rescate a cargo de Kodaka es otro ejemplo que también se ve en este capítulo.

    13 abril 2013 en 23:51

  2. davidvfx

    Al terminas este EP no entendía por que sentía Aoi Yusa, la enana peliroja, era la víctima si esta la “antagonista, malaintencionada y mala leche” del EP, que quería destruir de nuestros simpáticos y pocos protagonistas….. PERO NO!!! Después de leer tu post me doy cuenta que este es un claro ejemplo como nos pueden distorsionar la perspectiva del auditorio que nos an creado alrededor de los personajes, mostrándonos desde hace tiempo sus lado “simpático” solamente; que al llegar el momento de la verdad no nos damos cuenta de lo torcida de nuestra perspectiva y no podemos ver lo Torcido que están los personajes, tanto su moral como ética personal… bueno de Yosora ya desde un principio se nota su Perroneria; por eso tiene muchos Heaters lectores de la novela, pero ya en este EP ya obviamos malos aspectos de Sena y Yukimura. De las dos infantes no se puede decir nada por que no alcanzan a entender temas de este tipo y no pueden hacer juicio propio. De Rita es casi contrario ya que ella ha ganado varios méritos personales y pata la escuela misma, además de que no esta en el club para sacar provecho personal de sus instalaciones ya que cuenta con suyos propios bien equipados y sólo esta ahí por el conglomerado de personas que son su Real interés.

    En pocas palabras al terminar de leerte tu artículo me distes la “torción” para ver la verdad: de quiere el me recordó la corrupción de mi pueblo MEXICANO. YOSORA una total representación del pillaje como los estafadores que roban bienes a familias enteras aprovechando de la ley de la gente que desconoce de esta y Sena de la prepotencia de los políticos que hacen sus caprichos rompiendo la ley y reglamentos con “llamaditas” que pueden destruir la vida de la persona que este capricho afecte.

    Ya me preguntaba que es lo que molestaba de esta situación con Aoi Yusa, la enana peliroja.

    15 abril 2013 en 11:56

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