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Boku wa Tomodachi ga Sukunai NEXT 10: Las peores pesadillas de Yozora Mikazuki

Los guionistas decidieron abreviar la adaptación del material original, reduciendo una escena que sirve de puente entre el desenlace abierto del capítulo noveno y la introducción del décimo episodio. Esta elipsis (técnica literaria que consiste en obviar la narración de determinados hechos) permite ahorrar tiempo de exposición, pues los adaptadores deben traducir el relato escrito al formato televisivo dividiéndolo en fragmentos de veintitrés minutos que posean una estructura coherente. En ocasiones, al trasladar los párrafos a imágenes, se pierden detalles, se alteran diálogos e incluso se modifica la cronología de ciertos eventos. Estas omisiones y cambios son significativos, porque influyen en la interpretación, quizá no a nivel global (la historia completa), sino particular (el proceso del personaje). Esta ocasión, se “suprimió” una secuencia donde Kodaka, después de comprobar el plagio del guión, confronta Yozora delante del resto de integrantes del Club de Vecinos enseñándole un DVD de The Sun on the Top of the Hill. Ante las contundentes pruebas, la Gran Jefa intenta escapar, pero sus compañeras la detienen siguiendo las órdenes del enojado protagonista para, momentos después, someterla a juicio. Conociendo a Kodaka, sorprende su actitud, pues renuncia a asumir su acostumbrada posición de observador neutral y silencioso, una especie de árbitro que jamás sopla el silbato y prefiere juzgar los hechos en su mente, sin comprarse el pleito. Hubiésemos esperado que comentase el asunto con Yozora de manera disimulada, sin armar jaleo, evitándole la mala experiencia de confesar su pecado. Sin embargo, para nuestro asombro, el falso yankee descartó las vías diplomáticas. Optó por castigar a Sora sometiéndola al escarnio, revelando el fraude ante sus amigas y rivales, sometiéndola sin compasión a un merecido escarmiento. La racha catastrófica de planes arruinados y frustraciones emocionales que venía padeciendo Sora desde el inicio de temporada alcanzó su punto crítico: la osana najimi tocó fondo, sus geniales ideas no funcionan, sus enemigas ganan puntos a costa de su descalabro. Un escenario tan desastroso era imprevisible, pero la espiral de sucesos desafortunados se había tornado vertiginosa. Rika cuestionó su decisión, Niku desestimó su argumento sobre el “pasado”, se enteró de compromiso entre Sena y Kodaka, se descubrió la estafa del guión pirateado y, para empeorar el panorama, su mejor y único amigo de niñez la traiciona cual judas, entregándola en bandeja a sus contrincantes, quienes la hacen picadillo colgándole un cartel infamante. Para terminar de hacer leña del árbol caído, la rubia se roba los aplausos presentando su libreto salvador y mostrando una pizca de misericordia por la perdedora. Yozora ha quedado desprestigiada como lideresa, permitiendo que Sena y Rika aprovechen el vacío de autoridad para ejecutar un virtual golpe de Estado y usurpar las funciones presidenciales.

Los guionistas “beneficiaron” a Yozora al eludir la incómoda escena de confrontación con Kodaka. Como nunca, la heroína antisocial se muestra desarmada y acorralada sin salida, justo instantes después de exhibir su habitual petulancia. El intento infructuoso de salir escapando antes de escuchar las acusaciones (porque se sabía descubierta) fue quizá su gesto de impotencia más patético y decepcionante. Yozora, al hablar, transmite seguridad, orgullo, fortaleza. Incluso cuando esa faceta oculte su lado más vulnerable e indeciso, no deja de proyectar una imagen de dignidad, de confianza, de valentía, que pocos personajes femeninos poseen porque su inteligencia y habilidades retóricas le permiten responder rápido con sólidos argumentos, casi irrebatibles. Por desgracia, ha acumulado demasiado estrés durante los últimos episodios: aunque cometió un grave error, su desesperación se justifica, pues advierte la amenaza constante de Sena y Rika, a quienes solía dominar con facilidad, manteniéndolas a raya, y ahora se rebelan, le “roban” a Kodaka e “invaden” su espacio de poder, su “zona de influencia”. Resulta evidente que Rika pretende entablar una amistad sincera y auténtica con el protagonista, una amistad real, de manera expresa, sin disimulos, sin callárselo. Para Yozora, no existen los “amigos” en multitud: las amistades de tres o cuatro personas son imposibles, pues ese sentimiento es cuestión de “dos”. Este razonamiento alcanza extremos incluso más radicales: se asume, en consecuencia, que tener un segundo amigo implica restarle importancia o -peor aún- descartar al primero. Después de recibir la aterradora noticia del compromiso matrimonial de Kodaka y enterarse que Niku también fue amiga “de infancia”, la cadena de acontecimientos nefastos para Yozora no cesa, pues Rika se erige como candidata a suplantarla, no como “novia”, sino en el papel de “amiga”; no mirando al pasado, sino invitando al indeciso muchacho a vivir el futuro. Esa combinación entre amistad y porvenir resulta irresistible. Para concretarse, esta “nueva amistad” requiere superar unos duros obstáculos. La científica loca ha cambiado de estrategia: en lugar de contentarse en disimular (y mantener un perfil bajo, de chica pervertida sin otro discurso que hablar de inventos y hentai), decidió primero atacar con sutileza enviándole indirectas al muchacho, tratando de forzarlo a discutir, a captar la ironía o interpretar sus gestos de enojo. Kodaka es consciente del mensaje, pero se resiste a admitir la realidad: su kouhai no pretende continuar esa farsa de quedarse callados sin expresar con palabras, aunque suenen duras, sus anhelos y temores. Todos tienen miedo de aceptar que “encontraron amigos”, que “son amigos”: excéntricos, locos, huraños, erizos que pueden dañarse si terminan acercándose demasiado, pero “amigos”. Rika tampoco tolera la hipocresía, el descaro de mirar la paja en el ojo ajeno, de criticar a Kobato por arisca y negarse a retribuir el cariño de otros. Ese supuesto paternalismo que parece benévolo y comprensivo, en realidad, esconde las tremendas inseguridades del hermano mayor, siempre escapándose como un cobarde, resignándose cómodamente a una “amistad” parcial. Mientras nadie se atreva a romper esa armonía de ambigüedades (ser amigos, pero no decirlo), su conciencia permanecerá tranquila, a salvo del riesgo. Rika está dispuesta a lanzarse al peligro, a salir herida, a compartir sus sentimientos, a llorar. Ningún personaje se animaba a cantarle sus verdades al protagonista, a dejarlo knock out con pocas palabras. La chica del look cambiante puso a Kodaka contra las cuerdas, lo obligó a portarse como imbécil, pero ese remezón era necesario para despertarlo.

Mientras los mayores se enzarzaban en discusiones, las menores de elenco afianzaban su amistad por encima o, mejor dicho, gracias a sus diferencias. Kobato es elevada al rango de ídolo colegial sin esforzarse ni siquiera en desearlo (chúpense esa mandarina, μ’s) y quizá contra su voluntad. Sus compañeros de clases -literalmente- la adoran, la consideran una princesa, una ángel, una diosa bajada del cielo para bendecirlos e iluminar sus grises días de adolescencia irradiando belleza y ternura. Aunque sus sentimientos son sinceros, a Kobato le disgusta esa posición privilegiada: su pequeña sociedad de séptimo grado le impone una etiqueta (la “deidad” inalcanzable), la obligan a cumplir un rol y, pese al cariño que profesan, su actitud parece egoísta pues elevan a los altares adolescentes a una chica linda sin antes preguntarle ni tomar en cuenta sus sentimientos. Asumen como válida su actitud porque, según su sentido común, nadie sería tan tonto de despreciar la popularidad, los aplausos, los halagos, las muestras de devoción. Todos desean ser famosos, los medios de comunicación nos graban ese chip y damos por sentada esa premisa sin cuestionarla. Sin embargo, para transformarse en ídolo, se necesita mucho valor y desprendimiento. El resto de alumnos intenta cumplir sus sueños de grandeza a través de Kobato, la usan como intermediario entre ellos (los simples mortales) y la Gloria. Sin percatarse, terminando empleando a su compañera de clases como objeto, un tótem, una figura ceremonial, que todos respetan, pero nadie toca. Al glorificarla, la deshumanizan. Al ensalzarla como diosa e intentar ganarse su favor, la alejan. Esta “deificación” ni siquiera es disimulada: el argumento de su película la torna evidente. La historia se basa en un mito japonés ancestral, la leyenda de Kaguyahime, la princesa de la Luna (Taketori Monogatari, “El cuento del cortador de bambú”, existe una versión en español en Ediciones Cátedra). Cuando un ser u objeto alcanza la categoría de “sagrado” o “divino”, se torna lejano, su imagen se vuelve “símbolo”, el sujeto pierde su “identidad”, su “personalidad” y empieza a representar los significados que otros deciden. Las compañeras de Kobato no alcanzan esos extremos, pero aunque le ofrezcan su “amistad”, dudo mucho que piensen igual si conocieran los verdaderos gustos y hábitos de su adorada reina. La situación es paradójica porque, en casa, delante de Kodaka, entre los chicos del Club, donde la pequeña rubia se siente en libertad de actuar como Reizis vi Felicity Sumeragi, proclama su condición de personaje mítico (una vampiresa, señora de la oscuridad), una especie de anti-heroína. Kobato no exige adoración, las alabanzas le incomodan. Prefiere pelear e insultarse con Maria porque, mientras el resto de chiquillos insiste en tratarla como diosa, la única en enfrentarla siguiéndole el juego es esa “secuaz de la Iglesia”. Faltarse el respeto es parte de hacer amistades, precisamente porque, entre amigos, no existe el respeto, sino la complicidad. Maria se deprime cuando observa a Kobato usando el uniforme y despojada de sus atavíos nocturnos de loli gótica. Le duele observar esa parodia de “adoración”: percibe de inmediato que, vestida de estudiante común y corriente, la hermana de Kodaka parece “disfrazada”. Por eso, celebra cuando escucha que “la vampiresa cagona”, su verdadera amiga, ha regresado para medirse en combate, porque, para Maria, la estudiante Hasegawa es una completa desconocida.

Nunca conmovió tanto una “enemistad” entre chicas. Acostumbrémonos a utilizar las comillas porque los personajes de Boku wa Tomodachi fluctúan entre diversas fórmulas de ambigüedad para evitar declararse “amigos” y, siendo exactos, el concepto de “amistad” que vienen incubando difiere mucho de la idea común y corriente, aunque se perciba más auténtica. Ojalá Yozora y Sena siguieran el ejemplo de sus menores. Les falta esa ingenuidad que -lástima- parece irrecuperable. Mientras Niku insiste en lucir sus habilidades atléticas proporcionando un espectáculo de carnes que brincan y rebotan, la Gran Jefa se refugia bajo un árbol a rumiar su odio. Ambas representan extremos irreconciliables, pero compatibles, como Maria y Kobato. Sena encarna las ansias de fama más desmesuradas y Yozora, el exceso de misantropía. Una busca al mundo para satisfacer su ego, la otra se defiende del miedo rechazando a la gente. Sin embargo, la hija del director ha comprendido que necesita “amigos” de verdad, en plural, no admiradores ni sobones ni hinchas, sino personas. Jamás desearía que Sora desapareciese, aunque la saque de quicio y soporte sus insultos. Puede acusarse a Boku wa Tomodachi de trabajar en base a estereotipos, de recurrir al ecchi, de forjar su popularidad con tetas y lolis, de tener un protagonista masculino pusilánime y blandengue… Pero no negarán su excelente manejo del character developement: los personajes crecen, cambian, aprenden y aplican esa transformación a su imágen. Rika ha variado de aspecto durante todos los capítulos, según una investigación realizada por los genios morbosos de 2ch. En efecto, este catálogo suntuoso de peinados, teñidos y ropas sirve, en principio, para atraer al espectador, a modo de fanservice; pero también refleja la constante evolución del personaje más rico y complejo de toda la segunda temporada, la chica que abandonó su último puesto en los ránkings para experimentar una escalada meteórica al éxito y robarle portadas a sus senpai. Hace tres meses, Rika se encontraba por debajo de Maria, su único rollo era alucinar escenas calenturientas de sexo yaoi, no tenía injerencia en ninguna decisión, no provocaba conflictos, no tomaba posición, era la chica menos influyente del harén. Diez semanas después, es imprescindible. No podemos imaginarnos a Boku wa Tomodachi sin ella, especulamos cuál será su próxima proeza de peluquería, su siguiente atrevimiento, su crítica. Ha logrado el giro de manija soñado: la serie sigue su ritmo. Rika “Science” Shiguma reclama el título de protagonista, le roba los reflectores a Sena, se anima a disciplinar a Yozora, genera un terremoto sentimental en Kodaka. Sin sus atrevidas intervenciones, el relato se habría estancado. Incluso, aunque sus cambios de look luzcan radicales, hemos aprendido a “identificarla” por debajo del artificio cosmético. El corte de pelo de Sora también simbolizaba un estado de ánimo, un momento que configuró su personalidad, dejándole una huella indeleble. Pero ese “cambio”, en realidad, reflejaba un “retorno”, una aspiración de conjurar el paso del tiempo, de resucitar el pasado, de eliminar la Historia. Yozora se mantiene reacia al cambio. Continúa odiando a personas como Hinata Hidaka, la Presidenta Estudiantil, la “Reina Lear” de los “normales” (los riajuu), a quien le desea un desenlace trágico, aunque ni siquiera hayan cruzado palabra ni conozca su verdadero carácter. La detesta porque existe, porque connota un estilo de vida mayoritario, unos valores que juzga desagradables. Sora desprecia al “popular” porque logra un éxito social espúreo obedeciendo las normas que dicta la moda, la sociedad de consumo, los medios de comunicación. Son ovejas, una masa sin voluntad ni individualidad, que reprimen y marginan al diferente. No obstante, esas acusaciones se sostienen en verdades “a medias”, en generalizaciones, en observaciones subjetivas. Aunque la sociedad promueve de forma implícita unos mecanismos de discriminación a quienes vulneran los patrones de “normalidad”, este atropello no convierte al “normal” en cómplice ni villano. Nadie es culpable de vivir como quiere. Esta negación a aceptar al Otro y refugiarse en el Yo (el amigo de infancia, la amiga imaginaria) sugieren un grave problema de asimilación de la Realidad, de aceptación del mundo, con alegrías y dolores, un escalón hacia la madurez que todavía le falta superar. Ayudarla a emprender el gran paso será responsabilidad de todos sus compañeros, pues la historia no culmina si antes Yozora no acepta su “amistad”, pues esta relación implica renunciar al Yo y entregarse al Otro. Probablemente, el último arco de la light novel aborde ese tema.

2 comentarios

  1. Fue increíble la actuación de Rika en la segunda temporada. Se robo todos los focos a lo largo de la serie, dejando chiquita a las mismísimas Sena y Sora. Me muero de ganas de ver que hará Rika ahora. Porque está claro que ella va a dirigir al grupo, aun si Sora se mantiene como “líder”.

    6 abril 2013 en 00:28

  2. ele-ene-ene

    La Biblia afirma que todos los pecados pueden ser perdonados, excepto la blasfemia contra el Espíritu Santo. Como esta misteriosa falta imperdonable no tiene una definición explícita en los evangelios, ha sido motivo de controversia teológica. Boku wa tomodachi puede dar alguna pista. Mientras Yozora se dedicó a cometer pecados “normales” (en el acta de fundación del club toma el sagrado nombre de Dios en vano, para conseguir el salón tergiversa las sagradas escrituras), pudo salirse felizmente con la suya. Pero cuando cometió plagio, el castigo de los cielos cayó sobre ella, así que la blasfemia contra el espíritu santo resultó ser infringir el copyright. Parece adecuado: se sostiene que quienes compusieron la Biblia actuaron inspirados por el Espíritu Santo, y los griegos paganos creían en la inspiración de la divina musa. Incluso los descreídos autores de hoy en día, cuando se sienten bloqueados, afirman que les falla la inspiración. Atribuirse falsamente la inspiración que le fue otorgada a otro, es ciertamente blasfemar contra el agente que brindó la inspiración. La clase 2-2 escapó al castigo, supongo, porque la historia de la princesa bambú ya debe ser de dominio público.

    El nuevo guión, compuesto por la multitalentosa Sena, es una conveniente continuación de la escena donde a Yozora se la acusa, juzga, condena y es eventualmente entregada a su verdugo para su castigo, previa danza de la victoria. La imposición de ser parte de la nueva película lleva a la condenada a la desesperación, a continuación aparece en público llevando un traje de bruja, que exhibe su cuerpo en forma humillante, sigue la “autodestrucción” de la villana. Al final la vemos cantando loas a Sena(e) Kashiwazaki(e)-sama. Es de suponer que la citada deidad ha intervenido para redimir a la oveja descarriada. La verdad es que Sena tiene más vocación de diosa que la mismísima Madoka.

    Bromas aparte, el pecado imperdonable de Yozora en este asunto fue no confiar en sí misma. Si tanto quería hacer una remake de una obra maestra, debió haberlo propuesto como tal al grupo, y convencerlos haciendo valer sus condiciones de líder y su habilidad para argumentar, en vez de recurrir al subterfugio. Esto explicaría por qué Kodaka, el maestro del laissez-faire que podría darle lecciones de conservación de la energía a Oreki Houtaro, no le ahorró ninguna ignominia ni hizo lugar a ningún atenuante. La forma en que Yozora aceptó el castigo que le impuso la estricta justicia del grupo parece un reconocimiento de este hecho. O tal vez sólo pensó que merecía el castigo por no haber sido lo suficientemente astuta.

    El festival atlético nos obsequia con la luminosa presencia de la presidenta Hinata Hidaka, prodigiosa encarnación de todas las virtudes, quien consigue arrancar de Yozora una inesperada referencia shakespeariana. Es interesante porque hay una comedia de Shakesperare donde el tema es la amistad y la exclusión, el odio y la venganza, igual que en Boku wa tomodachi. “El mercader de Venecia” cuenta la historia de dos amigos, Bassanio y Antonio, y el judío Shylock, quien podría ser el prototipo de Yozora. Los parlamentos de odio y venganza del judío contra Antonio son un espejo de los de Yozora contra Sena, Hinata y los populares. Por amistad a Bassanio, el mercader Antonio recurre a Shylock por una fuerte suma, pretextando una amistad a todas luces falsa para conseguir el dinero sin intereses. Shylock accede astutamente (“para ganar su amistad, le ofrezco este trato generoso”), con la condición de que si a la fecha convenida Antonio no honra su deuda, en vez de intereses punitorios pagará simbólicamente “en especie”: una libra de su propia Carne. Como a Yozora en Buku wa tomodachi, las cosas salen mal para el judío en “El mercader de Venecia”: termina siendo condenado él mismo por intento de asesinato, despojado de la mitad de su fortuna y forzado a convertirse al cristianismo (hay que tener en cuenta el contexto antisemita de la época isabelina).

    6 abril 2013 en 15:34

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