Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

Boku wa Tomodachi ga Sukunai NEXT 8: C’est si bon!

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Si disfrutas del cine-arte de Normandie, si alabas la brillantez intelectual y absoluta carencia de efectos especiales que caracteriza a las películas europeas, si consideras los títulos en francés una invitación a sumergirte en asfixiantes dudas existenciales, si celebras el atrevido e incomprensible vanguardismo de tus “filmes de autor” favoritos, entonces, Le conte d’amour doux satisface tus demandas de complejos simbolismos. Su cruda representación del fragor erótico, la famosa petite mort, desafía los límites de la moral provocando el escándalo del público burgués. Yozora lo recomienda: “c’est si bon!” Este episodio es notable porque marca un punto de quiebre: las hostilidades reales entre ambas protagonistas. No pequeñas escaramuzas libradas para satisfacer su egocentrismo, que culminan en situaciones jocosas, insultos tontos o slapstick. Nada de chistes, dramatismo puro, un choque furibundo, con serias consecuencias, aunque la violencia se ejerza en términos psicológicos y emotivos. Pese al escaso empleo del lenguaje durante la riña entre Yozora y Sena, esos silencios y muecas expresan mejor la gravedad del desafío. Niku “gana” el primer round (tremenda sorpresa): tomó desprevenida a su rival violando la regla del disimulo. Aunque las chicas se rehúsen a compartir sus sentimientos a modo de confidencia (su nivel de “amistad” es deficitario porque no alcanzan todavía un alto grado de confianza), son intuitivas y perciben la atmósfera emotiva que cunde dentro del salón. En efecto, todas captan el ambiente de extrema tensión: están enamoradas (por distintos motivos) de Kodaka, pero prefieren mantenerlo en reserva para evitar conflictos y porque, pese a agraviarse, humillarse o golpearse mutuamente, existe un marco de respeto hacia los sentimientos ajenos que constituye una “zona intangible”. ¿Quién quebró las leyes primero? ¿Yozora, intentando inmiscuir su “amistad de infancia” con Taka-kun y alterando un proyecto colectivo? ¿O Sena, al restarle trascendencia al “pasado”? Rika y Yukimura optaron por quedarse calladas, no entrometerse en asuntos de senpai. Sin embargo, ese mutismo es significativo porque las condena al friendzone y concentra la lucha por Kodaka en únicamente dos candidatas. Este esquema se evidenciaba desde la primera temporada, pero recién se confirma con acciones concretas. Se cumple la eterna ley geométrica del harem: sin importar el número de ángulos que tenga el polígono, al final, todo se reduce al triángulo. Regístrese, comuníquese y publíquese.

Podemos postular una tendencia adicional del harem, aunque su cumplimiento es menos obligatorio (por tanto, no califica como ley). Cuando se alcanza el estado de triángulo amoroso, en el plano simbólico -aunque con repercusiones en la realidad- l@s pretendientes ocupan posiciones opuestas dentro de un eje temporal; en otras palabras: una chica o chico representa al pasado mientras su contrari@ encarna al presente/futuro. También podría plantearse como contraste entre costumbre y posibilidad. Les propongo dos ejemplos. El primero, comtemporáneo: OreShura. Seamos sinceros (y crueles): Himeka y A-chan son personajes secundarios, de rango menor. Sus probabilidades de triunfo son ínfimas. El auténtico campo de batalla les pertenece a Mazusu, la “novia” actual, y Chiwawa, la osana najimi de siempre. Nuestro segundo caso es bastante complejo, pero demuestra el aspecto simbólico y posicional que mencionábamos. En Love Hina, el clásico por excelencia del harem, Naru Narusegawa representa la rutina cotidiana (la residencia Hinata) mientras que Mutsumi Otohime cumple el papel de chica “nueva”. Más adelante, los recuerdos de niñez revelan que sucedía lo contrario (Keitaro conoció primero a Mutsumi cuando eran pequeños). Esta discordancia entre lo real y lo simbólico demuestra que nuestra teoría se aplica en el plano metafórico o como analogía. Además, estas posiciones son cambiantes, no tienen un estatus fijo. Cuando aparece Kanako, la segunda rival en Love Hina, pasa a ocupar el sitial del “pasado” y traslada a Naru al “presente”. En consecuencia, cuando se redefine el triángulo, cambian las polaridades. En Boku wa Tomodachi, la novedad adquiere otro matiz connotativo: la usurpación. lnn, comentarista usual del blog, acotaba que “Kobato y Yozora (la legítima hermana menor y la amiga de la infancia) están defendiendo posiciones históricas junto a Kodaka contra las aspiraciones de las recién llegadas María y Sena.” Mientras algunos personajes oponen resistencia, otras abren espacios o invaden territorios tomando la iniciativa: utilizar un vocabulario deportivo o casi bélico refleja qué funciones creen asumir los personajes. Sin duda, siguiendo nuestro paradigma geométrico, un triángulo necesita tres elementos y, mientras discutimos acerca de los ángulos de 45 grados, olvidamos al ángulo recto (suponiendo que fuera un triángulo rectángulo isóceles): ¿cuál sería la responsabilidad de Kodaka? ¿El conflicto no terminaría si decidiese cortar un cateto y anulara el entrampado triángulo? Aunque, en papel, parece sencillo, en realidad y ficción, es complicado (¿vieron el último episodio de Carnival Phantasm?): el protagonista no toma una decisión porque sea indeciso, cobarde o pusilánime, sino porque comprende su responsabilidad ante ese colectivo de bellas muchachas y prefiere mantener un status quo conveniente para garantizar la convivencia armónica, evitar las heridas y quizá nutrir una amistad en ciernes. Kodaka también ha logrado entender la situación (el tremendo enredo de pasiones y esperanzas) y opta por disimular, hacerse el desentendido y jugarla de tonto.

Rika, en cambio, no parece satisfecha con semejante respuesta. La opción de Kodaka es beneficiosa a corto plazo, permite evitar incómodos conflictos y romper la unidad del “grupo”, pero es insostenible por largo tiempo. Primero, porque -como demuestra la discusión entre Yozora y Sena- estas luchas pueden surgir y agravarse sin intervención directa del protagonista. En segundo lugar, obliga al muchacho a encubrirse con cierta máscara de hipocresía, a negar la Realidad o intentar sostener una situación artificial, falsa. Finalmente, aunque el rubio cree realizar un acto de sacrificio (o heroísmo), esa negativa a enfrentar los problemas barriéndolos debajo de la alfombra solo fomenta la cobardía, la salida fácil. Su voluntad de crear un entorno pacífico es loable y quizá un signo de madurez; pero su temor a afrontar las dificultades cuestiona esta supuesta imagen positiva. Además de criticar a Kodaka con miradas hirientes, Rika continúa ganando presencia y preponderancia gracias a sus cambios de look: disfrazarse de Kobato-chan fue catastrófico, fracasó de manera rotunda porque carece de inocencia y, pronunciadas por una ninfómana obsesiva, las frases de Reizis vi Felicity Sumeragi pierden su encanto. No aprobó la prueba de Niku, que otorga el sello de autenticidad a las verdaderas imouto. Su único mérito consiste en inventar el meta-cosplay (que podríamos definir como “cosplay de alguien haciendo cosplay”), pero las hazañas inventivas -qué pena- no suman puntos al factor moe. Además, Rika también ha incrementado su influencia poniéndole límites al poder autocrático de Yozora: durante la primera temporada, no solía discutirle demasiado, acataba con indiferencia las circunstancias que planteaba la jefa del Club (quizá andaba muy distraída alucinando escenas de yaoi); sin embargo, ahora actúa con soltura e independencia, refuta la propuesta de reparto de papeles para la película y expresa sus comentarios sin obviar los toques de ironía. Al inicio, creí que Rika tendía a aliarse con Sora por compatibilidad de caracteres y porque su inteligencia la vacunaba contra las habilidades persuasivas de la temible Bitch Queen (quien ni siquiera se atreve a intentar confundirla con sus discursos); pero estas alianzas eran efímeras, por diversión. En realidad, la científica loca del colegio opera como agente libre, sin ataduras ni restricciones, disponiendo sus fichas según le convenga. Esa libertad le permite analizar los acontecimientos aplicando una mirada crítica. De repente, la desquiciada amante del hentai homoerótico se transformó en el personaje más profundo y complejo de Boku wa Tomodachi. Yozora avanzó también grandes pasos complementando su perfil con memorables chispazos de ternura, aunque estos brillos de dulzura irresistible se reservan en exclusiva para Kodaka… y los gatos. Pocas especies generan semejante derroche de bondad entre los seres humanos: convertidos en excusa de memes y fotos virales en internet, estoy casi seguro que detrás de esta onda absurda y frívola de enviar o postear fotografías de felinos conmovedores se origina en Japón. Sora se asemeja a estos animales: es arisca pero enternecedora, detesta comunicarse, espera ser abordada, parece andar siempre enojada y renegando, es imposible limitarla, saca las garras y muestra los colmillos en ocasiones aunque le deleitan las expresiones suaves de cariño. Se justifica, entonces, la empatía de Yozora con los mininos, su conducta gatuna en el neko-café, tan ridícula e infantil, pero también auténtica, sin impostar una falsa cordura: actúa en libertad, con naturalidad, porque, a diferencia del hombre, los animales no necesitan actuar con caretas ni asumir “roles”. No existe el prestigio, la buena “imagen”, la vergüenza: esas limitaciones impuestas por los condicionamientos sociales, las hipocresías, las modas, las falsas grandiosidades que tanto disgustan a Sora.

La lucha entre chicas de portada continúa pareja y reñida. Yozora recuperó terreno embolsándose incontables moe points gracias a -aunque suene paradójico- actuar “contra el papel” o “salirse del libreto”. La escena del “C’est si bon” desafió su tolerancia a los estímulos pervertidos: una situación excitante y propicia al romance como presenciar una película erótica con acento francés bajo la penumbra del cine se transforma, por culpa del dichoso sinsentido, en una circunstancia terrorífica, que genera incomodidad y ganas de huir corriendo. Aunque Yozora se sonroja, permanece hundida y conmocionada en su asiento: el film no invoca ningún sentimiento compartido, un pudor en pareja, sino una mezcla de descontento. Este fracaso parcial se enmienda minutos después, cuando la chica dura muestra su lado blando, incapaz de pronunciar esa pregunta tan atrevida (porque conoce la respuesta: ¿qué chico de dieciséis años, saludable y rodeado de mujeres bellas, no pensaría “c’est si bon” cada noche?). Su expresión de bochorno y timidez revela con amplitud su faceta más girly, esa fragilidad juvenil tan delicada y honesta que intenta camuflar eliminando todo rasgo de femineidad (alguien debería quemar ese buzo de educación física y recomendarle que retome su supuesto “estilo unisex”). Yozora insiste en posicionarse como “candidata del pasado”. Como indicamos con anterioridad, esta elección no implica -por necesidad- una garantía de victoria o derrota: su destino dependerá del desarrollo del relato. Esta ubicación define sus estrategias de acercamiento a Kodaka, en particular, su apelación a la nostalgia, al recuerdo. Las reminiscencias de niñez le permiten trazar un marco sentimental que genere simpatía en su viejo amigo de infancia, un ambiente emotivo favorable al reconocimiento y, por ende, al reencuentro, la conexión. Sin embargo, esta conducta, además de permitirnos disfrutar del perfil más amable y cautivador de Yozora, corre el riesgo de conspirar contra sus pretensiones o empujarla a un callejón sin salida. Como muchas “chicas del pasado”, asume una actitud defensiva porque -aunque suene obvio o redundante- tiene algo qué defender. Esta búsqueda por recuperar y proteger esa imagen idealizada de la infancia se convierte en obsesión y empieza a invadir espacios de la vida cotidiana, donde se encuentran involucradas otras personas. Dependiendo de la paciencia y tolerancia del entorno, el conflicto puede aplazarse o evitarse, pero, tarde o temprano, la bomba revienta. Yozora jugó con fuego cuando pretendió convertir esa película en excusa para reconstruir su “amistad masculina” con Kodaka: no escondió sus pretensiones, no inventó excusas, aunque tampoco aportó un argumento más sólido. Yukimura se mantuvo callada, pero Rika exigió que redistribuyeran los roles. Sora modificó el guión provocando la cólera de Niku porque el intento de manipular la película sonaba demasiado evidente. Quizá faltó sutileza para armar la trampa, quizá se subestimó al rival. Cualquiera sea el diagnóstico, se bordeó la catástrofe. Sena rebatió la premisa fundamental de Yozora, le ganó -¿por primera vez?- un pulseo psicológico, un combate discursivo, el terreno donde la osana najimi solía propinarle soberanas pateaduras. Se invirtió la balanza; sin embargo, la rubia obtuvo una victoria pírrica, con sabor a pérdida: las palabras de Sora resultaron más hirientes y demoledoras que cualquier insulto o sopapo con matamoscas.

Una respuesta

  1. “Cuando se alcanza el estado de triángulo amoroso, en el plano simbólico -aunque con repercusiones en la realidad- l@s pretendientes ocupan posiciones opuestas dentro de un eje temporal; en otras palabras: una chica o chico representa al pasado mientras su contrari@ encarna al presente/futuro.”

    Digamos que mientras Yozora pretende mantener en el presente/futuro las condiciones/relaciones vigentes en el pasado (Yozora ni siquiera acepta que su cuerpo haya cambiado en 10 años), la irrupción de Sena genera la posibilidad “indeseable” de desviación hacia otro presente/futuro, donde rijan condiciones/relaciones alternativas por las cuales Yozora siente rechazo. En su mente Yozora se representa a sí misma como “la continuidad”, entendida positivamente como la conservación en el tiempo de valores y principios, y a la otra como “la ruptura”, a la que le da una connotación negativa de pérdida o traición hacia esos tan caros valores o principios. De ahí el deseo de Yozora de que Sena nunca hubiera existido, que su rival no puede corresponder. Otra muestra de la importancia de la continuidad del pasado en Yozora es el asunto del gato Night: perdido éste, Yozora jamás tendrá otro. “Nigth” también resultó ser su Nick en el karaoke (como Sena intuyó acertadamente): ha preservado su memoria hasta en ese detalle. Es una ironía que hayan hecho a Yozora una persona amante de los gatos. Su discurso acerca de la amistad incondicional, lealtad y etc., es más propio de los perros que de los gatos (Hachikō sería mejor modelo de Yozora que ningún gato). A menos que el gato perdido sea una metáfora no de Yozora sino de Kodaka (es razonable suponer que el gatito está solo porque ha perdido a su madre). En este juego de continuidades con el pasado, el haberse emperrado en borrar las huellas del tiempo se cobró un alto precio en Yozora. Nuevas experiencias significaría la dilución de las antiguas, para evitar esto debía aislarse del entorno, y lo que intentara romper ese aislamiento se vería como una amenaza. Esto es ilusorio porque no hay barrera que sirva contra los efectos erosivos del tiempo, como el tiempo oportunamente se encarga de demostrar. La amenaza se concreta en el proyecto de participación en el festival escolar, donde Yozora ingenuamente expone su punto débil, y Rika no deja pasar la oportunidad. La falta de respuesta al cuestionamiento de Rika “¿y si no hubieran sido amigos de infancia?” vacía de toda legitimidad a las pretensiones de Yozora en su propia escala de valores. Como las desgracias no vienen solas, finalmente Sena decide mostrarse como el enemigo formidable que realmente es. Hasta ahora, la que salía corriendo y llorando de la habitación era Sena. Usando la metáfora pugilística de la reseña, se puede decir que Yozora estaba ganando todos los rounds y llevaba amplia ventaja en las tarjetas, hasta que Sena decidió ponerse seria y con una durísima mano envió a su rival a la lona. Al final del capítulo vemos a Yozora otra vez de pié, pero como dice la reseña la serie ya ha entrado en la etapa definitoria y la balanza ahora se ha inclinado hacia el otro lado.

    En el origen de todo esto está la concesión “ideológica” de Yozora, por llamarlo de alguna manera. Según Yozora el festival escolar es el evento público donde los “populares” se exhiben haciendo cosas “populares”. O sea, la gente que más odia, haciendo las cosas que más odia, y por lo tanto un espacio vedado para los que no gozan de los privilegios de la jerarquía y el poder. Aquí también se ve cómo traza una continuidad con el pasado, cuando Taka y Sora se enfrentaban contra los que hostigaban a Kodaka por su color de pelo. La ruptura con el pasado se vuelve inevitable cuando el propio Kodaka expresa su voluntad de participar. Es un callejón sin salida: contrariar a Kodaka es ser desleal con el amigo de la infancia, participar del festival es convalidar las injustas prácticas discriminatorias de los populares. Yozora intentó maniobrar sin caer en directa confrontación con el deseo de Kodaka, descartando por inviables las posibilidades de participación que se iban sugiriendo. Hasta que apareció Kobato (a quien no llama por su nombre, sino por su título: “Hermana de Kodaka”, haciendo referencia a su propio reclamo de la posición y privilegios de ser la “Amiga de la infancia de Kodaka”) y eso parece que terminó de derribar las defensas de Yozora. Uno se pregunta si en la falta de respuesta de Yozora hacia el cuestionamiento de Rika haya influido el cosplay de Kobato. Tal vez la película le pudo parecer una concesión soportable, porque minimiza la intervención personal en el evento: sería la imagen de Yozora quien participe en el festival, no Yozora en sí. Y, como dice la reseña, la excusa para reconstruir su “amistad masculina” con Kodaka debió ser una tentación irresistible. Hay varios antecedentes en esto de hacer películas para el festival escolar: en Haruhi, por ejemplo, o en Ano Natsu. Pero la referencia que me parece más útil en este caso es Hyouka, cuando a la guionista Hongo Mayu le fue dado a elegir entre hacer reposo como si estuviera enferma, o hacer reposo porque se iba a poner enferma de verdad. La comparación surge porque en Boku wa Tomodachi también se antagoniza a la guionista tanto como al guión, porque ese atacado guión representa para Yozora la ejemplificación ideal de la continuidad con el pasado, como para Hongo su guión sin muertes también representaba un conjunto de condiciones ideales dignas de preservarse. Rika y Sena pudieron parafrasear a Irisu Fuyumi y decir de Yozora “ser amiga de la infancia no es sustituto de la competencia” tanto en la ficción del guión, como en la real rivalidad por Kodaka.

    Como último recurso Yozora apela directamente a Kodaka: ¿hace 10 años, o ahora?, es decir, ¿continuidad o ruptura? ¿Kodaka elegirá el ahora, a Sena y los populares, o se quedará junto a su amiga de infancia luchando contra el resto de este mundo podrido retomando la tarea interrumpida hace 10 años? Responder devolviendo la pregunta parece sólo una diplomática evasiva, pero insinúa algo interesante: si la continuidad resultara inviable y hasta indeseable por las consecuencias negativas que Yozora ha experimentado en sí misma, tal vez el mejor camino para Yozora, por amargo que le resulte considerarlo, sea intentar su propia ruptura. Significa que según Kodaka puede haber un “ahora” para Yozora también. Stéphanie y Jonathan, los amantes franceses, parecen ser de la misma opinión.

    24 marzo 2013 en 15:00

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