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Boku wa Tomodachi ga Sukunai NEXT 7: Poniendo toda la Carne en el asador

El sistema de personajes de Boku wa Tomodachi se estructura superponiendo dos esquemas paralelos. El primero, dual o binario, formado por parejas de elementos opuestos y complementarios (una fórmula clásica de composición en Oriente y Occidente). La presencia de Kodaka (el único varón con papel estelar) transforma esta dualidad en un patrón tripartito: el triángulo (no siempre amoroso). Las dinámicas difieren cuando el número del integrantes crece de dos a tres: cada dueto sigue un proceso independiente a su correspondiente triángulo, aunque entre ambas estructuras exista cierta correspondencia y mutuas influencias. Kodaka no cumple el papel de intermediario, sino de catalizador: las chicas giran alrededor del amigo, el “novio”, el an-chan, el onii-chan, el aniki, la oveja perdida. Cada heroína propone una versión diferente (como cada personaje utiliza una forma distinta para designar a Kobato cuando cantan el “Happy birthday”). La mayoría de series harem emplea este modelo, pero Boku wa Tomodachi lo ejecuta con precisión, compaginando dos dimensiones: comedia y melodrama. Además, logra conferirle cierta dignidad y simpatía a figuras presentadas bajo un manto de ridiculez y antipatía. Pocos relatos se arriesgan a exhibir sin tapujos los vicios, las malcriadeces y estupideces de sus chicas de portada ni regodearse de su petulancia, su vulgaridad o su perversión. Sena y Yozora poseen la habilidad innata de caernos odiosas, pero, pese a reprobar su actitud, las adoramos. Otro aspecto típico del harem consiste en su variedad, su pluralidad: los harenes ofrecen una multitud de opciones que resumen los arquetipos femeninos o, según lo interpretemos, diversos estilos de fetiche, representaciones del objeto de deseo. El conjunto está conformado por elementos heterogéneos, para favorecer el contraste y generar conflictos por incompatibilidad de caracteres. Si las integrantes del harén fuesen demasiado similares, caracerían de individualidad: serían un rebaño. La escena del intercambio de mensajes sigue una fórmula habitual del género que, a falta de mejor nombre, denomino “el repaso”: se repite la misma situación con cada chica por separado para destacar sus características particulares y diferenciarla del resto. Sena envía una orden; Rika, una invitación con connotaciones sexuales; Yukimura, una carta formal al estilo del siglo XVII; y Yozora, un texto largo, inseguro y plagado de excusas. Mientras otras series similares prefieren resaltar los aspectos más enternecedores o brillantes de sus heroínas (compárese, por ejemplo, los “repasos” de Da Capo III), Boku wa Tomodachi insiste en realizar un inventario de defectos: la soberbia, la indecisión, la obscenidad, el exceso de formalidad, etc.

En nuestra reseña previa, intentábamos plantear hipótesis que explicaran la impopularidad de Yozora frente a la creciente y desbordante aceptación que disfruta Sena si, sopesando y analizando sus perfiles, ambas exhibían un comportamiento igual de aborrecible. Esta ocasión, realizaremos el ejercicio opuesto: proponer motivos que justifiquen la popularidad de Niku y examinar sus posibilidades de triunfo. El primer argumento plausible sería la apariencia física: los exuberantes atributos de Sena invocan al morbo mediante la exhibición oportuna de pulposas y suculentas piezas de carne que inquietarían al vegetariano más acérrimo. Una analogía arraigada en la mentalidad popular vincula las imágenes del sexo con el universo semántico del alimento. Cópula y almuerzo. Por ejemplo, utilizar los calificativos de “devoradora” o “loba” (un animal carnicero) para describir a mujeres promiscuas o emplear el verbo “comerse (a alguien)” en sentido erótico. La “carne” también se cita como sinónimo de sexualidad en frases de sentido religioso que aluden a placeres prohibidos, nada castos, como “pecados de la carne” o “la carne es débil”. Quizá cuando Yozora le atribuyó ese apodo, aludía al potencial erótico de Sena, intentando degradarla al nivel de objeto sexual, pues identificaba una amenaza en el poderío sensual de Niku y necesitaba ridiculizarla para neutralizar sus efectos hipnóticos. La imagen es fundamental para diseñar un personaje en anime: las artes visuales (incluidas las light novel, pues suelen acompañarse con ilustraciones) persiguen el impacto y buscan construir figuras carismática que agraden al espectador. Sora también es atractiva, pero se esfuerza por anular su faceta femenina adoptando características varoniles, un estilo boyish, “de chiquillo”. Pretende asumir una moda “masculina”, sin embargo, su plan perfecto fracasa y, contrariando sus expectativas, en lugar de transmitir un aura de macho brusco y salvaje, recibe unos inesperados elogios (“ero-kawaii”) que desbordan su pudor. Un lector comentaba que incluso el corte de cabello que adopta Yozora después de un período de crisis emocional (acabando la primera temporada) manifiesta su intención de retornar al pasado ideal, el universo simbólico de la infancia, una etapa de ingenuidad, de inocencia, previa al aprendizaje sexual (típico de la adolescencia). Durante la niñez, aunque se introducen elementos de diferenciación entre varones y mujeres, no existen separaciones radicales y ciertos tabús del comportamiento de género se relajan. Por ejemplo, un niño puede llorar (aunque esta conducta se restrinja entre los hombres maduros), una niña puede actuar con tosquedad, trepar árboles, ser tomboy (“machona”). Cuando el individuo ingresa en la pubertad, esos espacios se separan e inicia otra fase que redefine las funciones de muchachos y jovencitas dentro de la dinámica del cortejo, del emparejamiento, que requiere delimitar con precisión los rasgos de cada género. Aunque Stella la ayuda a elegir su ropa y maquillarse, Sena Kashiwazaki, la rubia de curvas voluptuosas, escote protuberante y gestos coquetos, concentra en su imagen un conjunto de cualidades y connotaciones asociadas al deseo adolescente (corporalidad, vigor sexual, abundancia, fertilidad). No sorprende que Kate adelante, con tono indiscreto, un probable noviazgo entre Kodaka y la hija de Pegasus porque, ateniéndonos a la estructura simbólica, encaja en el papel de “novia” (otra serie que explota esta temática, OreShura, parece aplicar una división similar). Para explicarlo de manera más esquemática y directa, planteemos primero la delimitación temporal: si Yozora está vinculada al concepto de “infancia”, Sena está ligada al período de adolescencia. Mientras las osana najimi surgen durante la niñez, las novias pertenecen al despertar sexual, los años de secundaria y preparatoria. La sensualidad de Niku engatusa al espectador más calenturiento y lascivo, pero además, sirve al plano simbólico del relato como factor de conflicto: Yozora se opone a Sena porque representa al eros, el impulso reproductivo, el placer físico, el goce sensorial, pero también la concupiscencia, lo impúdico, el coito, ese conjunto de imágenes perturbadoras que destruyen (¿o corrompen?) la utopía de pureza espiritual, de candidez, de nobleza, de castidad, de compañerismo, todas virtudes asociadas al campo semántico que comparten la amistad y la infancia. Trasladando la oposición a otro plano de significados, Sora insiste en recuperar el pasado, vive anclada al recuerdo. En cambio, durante su conversación con Kodaka en la cafetería del centro comercial, Sena se afirma con convicción en disfrutar el aquí y ahora, proyectándose al futuro. Le resta valor al “pasado” porque “lo importante es el presente”. Para Yozora, semejante proposición (desdeñar el “pasado”) suena a herejía. Esta reflexión acerca del ambos “tiempos” se inscribe en un contexto bastante sugestivo: antes de tratar ese tema, los personajes hablaban acerca de hacer amigos y conseguir novia.

Como apuntábamos en nuestra reseña anterior, la victimización ha beneficiado a Sena, pues, aunque se reconozcan sus engreimientos, en Boku wa Tomodachi el ejercicio de la crueldad, el sarcasmo, las burlas desproporcionadas, la humillación y demás acciones belicosas no recibe castigo, permanece impune, no existe “justicia poética” que equilibre la balanza con compensaciones simbólicas. En consecuencia, el público -en foros, blogs, encuestas, fanart o doujin- se encarga de enmendar ese “desajuste”. Sin embargo, esta percepción de injusticia debe asentarse en otras virtudes del personaje. La compasión no basta: la víctima debe transmitir una serie de cualidades positivas que inviten a defenderla, a preferirla en lugar del victimario. En otras palabras, las “virtudes” le permiten salir airosa de la comparación con Yozora, aunque se trate de elegir al “mal menor”. Hemos mencionado la disposición temporal: enfrentar el presente en lugar de buscar infructuosamente resucitar el pasado, una actitud optimista que niega valor a cualquier afán nostálgico. La realidad, según Niku, reside en la actualidad. El pasado es Historia, experiencia, memorias que merecen atesorarse, pero madurar y tomar conciencia implica dejarlo atrás y avanzar. Por otra parte, aunque Sora insista en maltratar a su despampanante rival, la hija del director asimila esa enemistad sin rencores e incluso interpreta esos insultos como signos de cariño. Esta paradoja se plantea de forma humorística presentándola como obsesión enfermiza, pero también se manifiesta en tono más serio: a diferencia de Yozora, Sena sí toma en consideración los sentimientos de su amarga contrincante o, al menos, intenta preguntarse cómo reaccionaría. Mientras la amiga de infancia intenta acercarse a Kodaka mediante excusas o planeando escenarios forzados, la rubia opta por métodos más contundentes, con insinuaciones o frases tajantes que confirman su voluntad de ganar. Toma la iniciativa con propuestas concretas, sin demasiados rodeos. Los mensajes de texto son rotundos: a Sena le basta una oración imperativa, un mandato (quiere una cita, lo ordena, se hace). Aunque su orgullo de princesa le impida expresar con total desenfado sus verdaderos sentimientos, se atreve a abordar el tema y echar el anzuelo, aguardando que Kodaka descifre su nada misteriosa alusión (“Si me gusta alguien, de ninguna manera puede ser aburrido”). Niku ha aprovechado ese doble carácter llorón y  mandón para acercarse al protagonista y crear espacios de confidencia, de vivencias compartidas: ha conquistado territorio introduciéndolo a su entorno íntimo y familiar. Kobato, la posesiva imouto es otro ingrediente trascendental a añadir en la ecuación del triángulo amoroso. Aunque suene inverosímil, los sucesivos fracasos de Sena le otorgan una ventaja estratégica sobre su adversaria. Intentaré exponer con detenimiento los argumentos que sustentan esta teoría abierta a discusión. La condición de “imouto” implica una función, una posición dentro de un sistema de relaciones, pues establece un conjunto de derechos y prerrogativas: la hermana menor es depositaria del cariño de su onii-chan, quien le brinda protección, la educa en valores (se convierte en ejemplo y autoridad), la engríe, la comprende, le procura una atmósfera cálida. Las imouto son territoriales, no permiten el ingreso de elementos ajenos al entorno hogareño ni tampoco toleran que cualquier advenediza invada su espacio y pretenda usurpar su puesto. Kobato se enoja con An-chan porque sigue “consiguiéndose más hermanas menores”. Nunca se molesta con Yukimura porque interpreta el término “Aniki” como honorífico y proveniente de antiguas tradiciones guerreras, tampoco le incomodan las impúdicas provocaciones de Rika y, aunque Sena le inspire una mezcla espeluznante de asco y temor (porque, admitámoslo, sus métodos son repugnantes), no opone reparos al acercamiento entre la sexy rubia y su hermano mayor. Kobato no pretende monopolizar los sentimientos de Kodaka, solo preservar su exclusividad como “imouto” y conservar su porcentaje de amor fraternal. Supongamos que el cariño del onii-chan se asemeja a un gráfico en forma de torta, dividido de acuerdo al destinatario (familia, amigos, pareja). Si apareciese una novia, esposa o amante, la carismática Reizis Felicity vi Sumeragi solo permitiría que aquella hipotética nueva inquilina ocupase la fracción correspondiente a estos casos, jamás admitiría que intentase arrebatarle su porción, es decir, que ninguna mujer -sin importar su grado de proximidad- absorbiera por completo el amor de An-chan, expulsándola del reparto y borrándola del cuadro. Sena sería incapaz porque adora a Kobato con excesivo fervor y ansía convertirse en su “onee-chan”, es decir, compartir el “hermanazgo” con Kodaka. Niku se comporta peor que acosadora o bestia en celo, pero, dejando de lado sus arrebatos frenéticos, es inofensiva y quizá bondadosa. En cambio, aunque Yozora es consciente de la devoción que Taka-kun profesa por su excéntrica hermanita, en ocho episodios de segunda temporada, jamás le dirige la palabra y durante el “Happy Birthday” ni siquiera la llama por su propio nombre (¡punto extra para Rika!). Sora se concentra en recuperar al amigo de infancia y transformar esa amistad restituida en una extraña combinación de hermandad masculina y romance platónico, pero, enceguecida por sus ilusiones nostálgicas, ignora la situación actual de Kodaka, su faceta de hermano mayor. Para Yozora, vale lo mismo que Kobato exista o desaparezca, porque solo le importa recobrar a Taka-kun, luchar contra el inevitable transcurso del tiempo, resistirse al cambio. Si Sora concretara sus aspiraciones ocultas, la celosa imouto vería amenazados sus privilegios ante las pretensiones expansionistas de una osana najimi que reivindica su propósito de coparlo todo.

Una respuesta

  1. ele-ene-ene

    “Para Yozora, vale lo mismo que Kobato exista o desaparezca”

    Se puede definir el inicio su relación como “la enemiga de mi enemiga (Sena y María) es mi amiga” (en este caso “amiga” muy entre comillas), es decir una relación complementaria a través de terceras personas, pero no se agota aquí. Hay cierta complicidad entre ellas (Yozora recibió el apodo “Astaroth” por parte de Kobato, y juntas atormentaron a María), pero el contexto actual de la serie no brinda muchas oportunidades para que esto se exprese. Hay dos razones. Una es que la rivalidad Kobato-María está siendo reevaluada, así que la intervención de Yozora a favor de Kobato contra María ya no sería bienvenida. La principal es que mientras la relación entre Kodaka y Yozora no haya sido restaurada, Yozora carece de legitimidad para interactuar con Kobato. Pero Yozora es categórica cuando expresa su desagrado por el comportamiento de Sena con respecto a Kobato. Si algún atisbo de solidaridad hay en Yozora, es con Kobato. Y si alguien no tiene quejas de Yozora, es Kobato. Esto es posible porque Yozora y Kobato existen en dimensiones paralelas en la vida de Kodaka. Estas dimensiones son de naturaleza muy diferente. La dimensión a la que Yozora aspira es exclusiva, Kodaka sólo puede tener un interés romántico: digamos, o Yozora o Sena. En cambio, la dimensión de Kobato no es exclusiva, Kodaka puede tener tantas “hermanitas” como pueda manejar. María (más Kate por carácter transitivo), Yukimura y Rika han despertado el instinto paternal de Kodaka, supongo que desarrollado a través de los años por la sana relación familiar que ha tenido con Kobato. La influencia positiva de Kodaka sobre María y Yukimura es innegable, y en estos últimos capítulos se ha notado una gran mejoría en Rika desde que Kodaka aprendió a usar con ella el elogio estratégico.

    Es una curiosidad las simetrías que hay entre Sena y su padre. Los dos llevan como apodo un epíteto infamante (aunque el presidente explicite incomodidad frente a Kodaka, tanto Stella como Kate usan el apelativo “Pegaso” para referirse a él sin problemas). Y el exuberante interés de Sena por Kobato parece replicar el más medido e igualmente notable de Pegaso por el hermano mayor. Valdría la pena la pena indagar el porqué. El matrimonio del presidente no parece muy feliz, la madre de Sena no convive con su familia. Stella ocupa el lugar de señora de la casa también en lo que a Sena se refiere. Y Kate es la “compañera de pesca” del Pegaso. La especulación sería que la madre de Kodaka y Kobato fue originalmente el vértice de un triángulo amoroso entre el Pegaso y Hasegawa padre, y que sus descendientes han heredado la fascinación que los genes de la exótica mujer sajona ejercen sobre la familia Kashiwazaki.

    Tal vez la existencia de Kobato sea lo que incline la balanza en favor de Yozora. Si eventualmente Yozora triunfa sobre su rival, Kobato será la más beneficiada. Incluso, bajo la atenta vigilancia de Yozora, tal vez Kobato venza el miedo que le produce Sena. Pero si se da la circunstancia contraria y Sena es la que se impone, la recompensa sería exageradamente grande para la Miku, y amarga para Kobato.

    16 marzo 2013 en 16:04

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