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Boku no Imouto wa ‘Osaka Okan’: Los latinos del Japón

“Mi nombre es Kyousuke Ishihara, soy un estudiante de preparatoria normal que vive en la ciudad. Me ha sucedido algo peculiar porque mi hermana Namika, de quien estuve separado desde pequeño, ha vuelto a vivir conmigo después de diez años. Después de tanto tiempo, mi hermana… ha cambiado en muchos sentidos.”

Boku no Imouto wa ‘Osaka Okan’ es una serie de animación Flash de episodios cortos (tres o cuatro minutos de duración) que debutó en pantallas a fines de diciembre pasado. Estos breves sketches de humor cotidiano relatan las vicisitudes de la convivencia entre personas provenientes de entornos culturales distintos, un continuo aprendizaje de sus diferencias lingüísticas, de hábitos, valores, estilos de vida y formas de pensar, que describen el choque cultural entre los focos de identidad regional más poderosos del Japón. La dinámica y extravagante Namika se crió en Kansai (la zona de Kyoto, Osaka y Kobe) mientras que Kyousuke, su sosegado hermano mayor, vivió siempre en Kanto (donde se ubica la megaurbe más poblada del mundo, Tokyo). Entre ambas regiones, subsiste cierta rivalidad, como sucede en muchos países entre las capitales y las grandes ciudades “de provincia”, la oposición entre centro y periferia. Podemos citar algunos casos célebres en Latinoamérica, a modo de ejemplo: La Paz y Santa Cruz, en Bolivia; Quito y Guayaquil, en Ecuador; el D.F. y Guadalajara, en México; Lima y Arequipa (ahora más Cusco), en Perú; y Río de Janeiro y Sao Paolo en Brasil. A nivel más amplio, existe también un contraste entre latinos y anglosajones. En muchos casos, se plantea esta disparidad como un duelo entre civilización y barbarie. Los habitantes del centro observan al individuo proveniente de la periferia como un sujeto exótico, de costumbres extrañas y ridículas, que perturba su tranquilidad, habla raro, tiene gustos excéntricos y actúa contra las normas. Boku no Imouto asume esta premisa con ironía, pues adopta los parámetros de Tokyo (la mirada de Kyousuke) para describir (y juzgar) los hábitos de Osaka, encarnados en su sensual y desinhibida hermana menor. Por tanto, la “rareza” o “excentricidad” de Namika del lugar de enunciación (el punto de vista) que asume la historia: nunca será neutro porque se dirige a determinado público (la gente de Kanto) que comparte los mismos criterios de “normalidad”. Esta situación es polémica porque los centros de poder se atribuyen el derecho de determinar qué palabras, modales o costumbres se consideran prestigiosas y cuáles se desdeñan como anormales o “extrañas”. El forastero quebranta ese orden, se convierte en un sujeto subversivo o perturbador, que causa risa, pone el sabor, arma la fiesta, es caótico y quizá peligroso. Adoptando como base estas dicotomías, propondré a continuación una forma alternativa de interpretar Boku no Imouto desde nuestra condición de espectadores hispanohablantes: si comparamos la oposiciones latino/hispano-anglo/europeos y Kansai-Kanto, descubriremos que quizá nos parecemos más a Namika que a Kyousuke. Osaka es la Latinoamérica del Japón. Para comprobarlo, repasemos sus graciosas “Reglas”.

Lenguaje y diversión

Las diferencias lingüísticas constituyen un primer punto de división entre centros y periferia. Un latino en Madrid no encuentra demasiados problemas para comunicarse mientras emplee la lengua standard, pero le sorprenderán ciertos giros idiomáticos del habla cotidiana. “Una lata de gaseosa” es “un bote de refresco”, los amigos son “colegas” aunque tengan otra profesión, y -para colmo- los chavales dicen chorradas, como flipar, chachipiruli, fardar, molar, estar chalado o gilipollas. ¡Qué fuerte! En cambio, en Latinoamérica, el habla coloquial debe tener cierto signo de espectacularidad. Una palabra como “guay” carece de impacto: debe sonarnos “bacán”, muy “groso” o, cuando menos, algo “chido” o “chingón”. Namika opina igual: “fresh” es mejor que “milk” porque el sonido “sh” parece más “chévere”. Algunos latinos (y también muchos españoles), en especial los adultos y ancianos, suelen confundir los nombres de marcas extranjeras sin molestarse en corregir su pronunciación porque, bueno… nos importa un bledo. ¿Alguno de nuestros padres o tíos continúa llamando “Stárbals” al “Starbucks” o “Frailes” al “Friday’s”? Sin embargo, aunque no sepamos ni jota de inglés, intentamos entablar una conversación con turistas europeos o estadounidense mezclando algunos “apples” y “tables” con nuestra jerga local. Para charlar con gringos despistados, Namika utiliza su dialecto de Kansai, esa variedad regional del japonés que suele adjudicarse a los personajes más chabacanos, incultos o vulgares. El habla latina (incluyendo, ahora, a italianos y portugueses) es corporal y exagerada: nos encantan los gestos, los guiños, las imprecisiones, las onomatopeyas. Somos teatrales, la visualidad es parte esencial de nuestro lenguaje. Necesitamos colorear una frase, magnificar un hecho, alargar los chistes y tornar espectacular un relato. Las historias de cantina nos arrancan más carcajadas que la sobria y desabrida stand up comedy. Cuando nos faltan palabras, pues wooooo, nos ponemos chuuuu y patatín patatán, ¡suácate!

No sentimos vergüenza de hablar casi gritando y matarnos de risa dentro del ómnibus, rodeados de desconocidos. Nos solidarizamos con Namika cuando su mediocre hermano la regaña por expresarse con soltura dentro del transporte público. Aunque la austeridad japonesa nos provoque admiración y respeto, ante el silencio agachadizo y circunspecto del habitante de Kanto, preferimos la bulla libérrima y festiva de Osaka. En casa, mientras vemos televisión, somos incapaces de mantenernos callados e impasibles. Necesitamos gesticular, lanzar comentarios, discutir con nuestros familiares, involucrarnos con la acción, reaccionar de forma emotiva. Mirar un reality show o programas de concurso teniendo al costado a un aguafiestas como Kyousuke me resultaría incómodo y aburrido. Aunque los latinos cuestionamos con frecuencia la calidad de nuestra “tele basura” (talk shows, magazines de farándula, chismografía, telenovelas), sabemos qué clase de personajes grotescos pululan en pantalla, y conocemos sus borracheras, sus broncas, sus enredos sentimentales y cuánto costaron sus últimas cirugías plásticas. Los odiamos, nos provocan náuseas, los consideramos vulgares y solemos llenarnos la boca criticando su ignorancia y cómo atrofian los cerebros de la juventud, pero -aceptémoslo- nos entretiene informarnos acerca de su miserable vida llena de escándalos y derroches. Cuando nos cruzamos de casualidad con alguna estrella de TV de cuarta categoría, la abrazamos, la besamos, le mentimos jurándole que nunca nos perdemos una emisión de su programa, les deseamos suerte y hasta nos fotografiamos. Para zalameros y figurettis nadie nos gana. Fingimos vergüenza cuando una cámara nos enfoca, pero apenas dos segundos después, dialogamos en señal abierta, opinando como eruditos acerca de cualquier tema abstruso: política, deportes, moda. Namika celebra cada sábado las hazañas del Hanshin Tigers, un irregular equipo de béisbol, cuya multitudinaria hinchada, mantiene con furor su lealtad al club pese a su largo historial de fracasos y frustraciones. Porque el auténtico hincha vive de leyendas, rinde culto al mito, alaba al ídolo histórico, añora la edad dorada (como Namika, que recita los nombres de jugadores de la década del ochenta), no abandona la camiseta aunque pasen diez, veinte o treinta y cinco años sin campeonar, se despierta molesto cuando pierde y compra todos los diarios deportivos para rumiar su triunfo cuando gana un clásico. Como dice Francella en aquella célebre escena de El secreto de sus ojos, “puedes cambiar de todo: de nombre, de cara, de familia, de novia, de religión. Pero hay una cosa que no puedes cambiar: de pasión”, aunque los jugadores sean desastrosos, te goleen y desciendas, no existe alegría comparable a despertarse el domingo y decir: “Ganamos”.

El dinero: de compras al estilo Osaka Okan

El arte del regateo es innato al espíritu latinoamericano: quizá porque crecimos en economías orientadas a la supervivencia, donde cada centavo vale sudor y lágrimas. Mientras, en otras culturas, se incentiva el hábito del ahorro como visión a futuro, en nuestros países, se economiza para resistir las inclemencias del presente más inmediato. Según Namika, en Osaka también se valora lo módico, se aprovechan las ofertas sin permitirse el mínimo desperdicio, se busca obtener el máximo beneficio al mínimo costo. Las chicas expresan su admiración por determinado producto preguntando cuánto cuesta y aspiran a adquirir un objeto igual de precioso reduciendo los gastos. A menor precio, mayor ostentación. Se persiguen las ofertas, se celebran lo barato, se luchan los descuentos y, cuando se rehusan a concederles una rebaja, reclaman con derecho un extra, un bonus, porque comprar supone un mérito, un recompensa que justifique la elección del cliente. En Perú, lo llamamos “yapa” y ningún verdulero o carnicero sobrevive sin entregarla. Esta tendencia a rebatir el pago no revela una actitud tacaña, sino un conjunto de tradiciones y hábitos de consumo arraigados en nuestro bagaje cultural, condicionando nuestro concepto de negocio. Quienes hayan acompañado a su madre al viejo mercado de barrio (la plaza) conoce esta lógica orientada a fomentar relaciones de carácter familiar y afectivo, de tono informal, donde predomina el diálogo, la complicidad, la fidelidad. Ser “casero” implica un vínculo de confianza, una costumbre. Los precios son apenas puntos de referencia para iniciar la puja. Sin embargo, los supermercados y centros comerciales modernos han eliminado todo rastro de emotividad, son impersonales y mecánicos. Las cajas son meros espacios de intercambio de dinero por mercancías. Los precios son fijos, jamás se discuten. Los últimos resquicios de lealtad se miden en sellos o stickers. Cuando Namika logra ganarse un obsequio “de cortesía” presionando a una ingenua empleada de boutique o consigue añadir unas piezas de pollo a su almuerzo halagando a la cocinera del colegio ante la sorpresa de Kyousuke, me levanto del asiento y aplaudo. Un alemán, un inglés o un holandés (¿y quizá la gente de Tokyo?) consideran el regateo un gesto injusto o indigno, una exhibición de pobreza, una demostración de mezquindad. En Europa o Estados Unidos, el individuo se satisface pagando el precio establecido (sin importarles cuán caro les resulte, pues asumen un criterio de “justicia”). Sin embargo, los latinos empleamos otro criterio, más pragmático, acorde con principios económicos: regatear no significa mendigar, sino “pulsear” al mercado. Si Namika visitara Lima, descubriría que también puede discutirle las tarifas al taxista, al médico, al ¡policía! y seguro estaría complacida.

“Lo pensaré”. Los latinoamericanos sabemos, por experiencia, que semejante frase, pronunciada por una mujer después de confesarle nuestro amor, equivale a contemplar el letrero del Infierno (“Lasciate ogni speranze”, “Abandonen toda esperanza”). Como explicaba líneas arriba, el hablante hispánico prefiere lo oblicuo, la indirecta, le encanta lo barroco y desdeña el lenguaje demasiado crudo o tajante: incluso si termina sonando impreciso, elige el doble sentido, los eufemismos y otras maneras de suavizar o “decorar” la frase en lugar de lanzar afirmaciones de golpe y porrazo, porque demasiada contundencia nos causa irritación. Decir “No” a secas nos parece cruel, necesitamos métodos más sutiles para zafarnos del bulto, inventarnos excusas o mandarlo por la tangente. El receptor del mensaje conoce ese código sinuoso y comprende que deberá atenerse al fracaso. Cuando Namika rechaza al chico guapo, al ídolo del soccer y al ricachón con talento, no solicita tiempo para procesar y sopesar sus ofertas de noviazgo ni mantener encendidas sus esperanzas. Su “Voy a pensarlo” significa “Olvídalo, búscate a otra”. Su ideal de novio perfecto es un muchacho divertido y ocurrente, pero no impostado, sino gracioso por naturaleza. Sus expectativas de romance difieren de los parámetros habituales (hermosura, prestigio, riqueza), . No obstante, sus preferencias coinciden con las opiniones de muchas adolescentes latinas en tiempos de cumbia y reaggetón que aguardan un galán que baile, haga chistes, sin miedo al ridículo, que convierta sus errores en bromas. Why so serious, Kyousuke!? Gracias al ingenio indiscutible de centenares de guionistas mexicanos, venezolanos y brasileños, nuestros conceptos básicos de estructura narrativa y estatuto ficcional provienen del consumo ingente de telenovelas, del ritual del culebrón, del melodrama en prime time. Una serie de anime clásico como Candy Candy -pilar del aprendizaje sentimental de millones de niñas hispanohablantes- se mantiene vigente tras varias generaciones porque se ajusta al esquema lacrimógeno de Televisa. Somos noveleros, tendemos a convertir nuestra gris y rutinaria vida en un relato de héroes y villanos, nos invade un impulso épico, transformamos nuestra lucha diaria en una fantástica epopeya, un drama tremendista y desproporcionado. Nunca nos curamos del chuunibyou. Nuestros vecinos antipáticos, nuestros jefes o competidores, la suegra, los votantes del candidato contrario son encarnaciones del Maligno. Como Namika, exigimos conocer de antemano quién es el malo para profesarle nuestro odio jarocho y celebrar su desgracia. Es infantil, maniqueo y quizá irreal: somos proclives a trasladar nuestras ficciones y superponerlas a la amarga realidad. Esa predisposición nos impide contemplar los matices, sin embargo, manifiesta un asomo de conciencia moral frente al relativismo contemporáneo. Citando las reglas de Osaka, “parecemos tacaños, pero nos fascina regalar”.

¿Conoces Boku no Imouto wa ‘Osaka Okan’? ¿Qué opinas de Namika? ¿Encuentras otras similitudes entre los latinoamericanos y la gente de Kansai? ¿Alguna vez te dijeron “Lo pensaré”?

P.D. Una mezcla de asuntos labores y problemas técnicos me impidieron completar este artículo ayer. Mis disculpas ante los lectores que esperaban la actualización.

P.D. 2: Cuando una chica dice “Voy a pensarlo” es NO. Y cuando dice NO también es NO.

3 comentarios

  1. Creo que Tamako Market muestra constumbre bastante similares a las latinas, un amplio lugar con diversas tiendas donde la convivencias los convierte en familias, los jovenes heredan las tiendas de sus padres, ganarse obsequios,etc.
    Seria grandiosos que pudieras escribir un articulo sobre la serie.

    8 marzo 2013 en 15:45

  2. Que puedo decir, mas que TENGANAMANGANA!!! (muy deacuedo)

    9 marzo 2013 en 20:18

  3. Ya termine de ver lo que ha de esta serie, y concuerdo al 200% contigo. En mi condición de provinciano (arequipeño en Perú), doy fe de la marcada diferenciación que los capitalinos hacen por inercia con la gente de provincia. A veces en forma de prejuicio, otras en son de burla, y unas más como simple broma, pero siempre tiene que salir en la conversación algo sobre el caracter o la conducta de los provincianos. Cuando no estás acostumbrado o no tienes una fuerte autoestima,puede chocar la avalancha de información errónea que se tiene de nosotros. Y tambien sucede al revés, cuando un capitalino cae en medio de provicianos… pobre de él.
    Un “fenómeno” casi idéntico al japonés sucede en USA, con la gente del sur del país. Todos hemos visto incontables películas en las que los “vaqueros” sureños hablan como cantando, viven vidas simples y aman su tierra a morir. Por citar ejemplos comerciales de la resaltación de este cliché, están “Sweet home Alabama” (mal titulada en español como “No me olvides” — http://www.youtube.com/watch?v=qMMnSMWhQ94 –) y “Elizabethtown”; en las que se ve el choque de culturas entre los sureños y, eh, los demás. Las similitudes entre sureños estadounidenses y sureños japoneses (y añadiría sureños peruanos) son varias: hablan de forma distinta, tienen costumbres propias que a los demás les resultan sorprendentes, aman su tierra y la defienden si cae en deshonra, son generalmente vistos de forma extraña, y más. Añadiendo un detalle particular, ambas películas hacen alusión a 2 canciones representativas del Sur estadounidense, “Sweet home Alabama”, y “Freebird”, ambas consideradas himnos en esas regiones, siendo la primera una declaración de la forma de vida y principios en clave de narración de las experiencias de Lynyrd Skynyrd, banda capital en el desarrollo del southern rock; y esto en sí es notorio, ya que no hay otro país en el que se haya hecho esa diferenciación dentro de un género musical además de por el estilo (No se habla de “rock norteño”). Esto resalta aún más las diferenciaciones culturales que se hacen por regiones y costumbres dentro de un país. Podría hablar horas sobre el southern rock, pero eso no viene al caso…
    Volviendo a la serie (ehehe), cada uno de los detalles expresados se hacen a medio camino entre lo curioso y la mofa, de forma similar al primer ejemplo animado de este cliché (que la menos yo puedo rastrear): Azumanga Daioh. Los que la llegamos a ver nos quedamos prendados de la inocencia (por decir algo amable) de la entrañable Ayumu Kasuga, apodada cruelmente por sus compañeras como “OSAKA”, por razones obvias. La niña, proveniente del Kansai (por si aún no fuera obvio), es la encarnación de todos los clichés sobre la gente de esta región, soñadora (porque para soñando), ingenua, quedada y (auqneu sorprenda) perspicaz. En el transcurso de la serie, se evidencia que no se trata de estupidez mental (osea algo como “que no tenga cerebro”), ya que siempre sale con preguntas sobre asuntos lógicos/ilógicos, razonando al respecto y enredandose en el tumulto de ideas que la agobian. Lo único que podría achacársele es el desmedido interés por nimiedades. El cliché obra perfectamente, y deja al espectador extranjero con la idea clara de cómo ven los japoneses a los habitantes del Kansai.
    En cuanto a Namika, es perfecta. Diferente, pero perfecta. Esa desinhibición la deberían tener todas las chicas.
    Adicionalmente, concuerdo con Kitsu. Tamako Market merecería una reseña, en especial el episodio 9… fenomenal.
    Y haciéndome eco de Davidfx, TENGANAMANGANA!

    15 marzo 2013 en 16:55

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