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Sasami-san@Ganbaranai 6: Reunión Familiar

Sin duda, la figura materna es el referente más importante en la vida de la mayoría de personas. En sociedades ejerce una gran influencia, su importancia se incrementa, aún cuando el sistema patriarcal disminuya culturalmente su poder dentro del núcleo familiar. La participación femenina sigue siendo primaria a pesar de que, muchas veces, se reduce a funciones reproductivas. Para estas culturas, tener muchos hijos es el deber de una madre. La familia Tsukoyomi concede prioridad al género femenino porque las mujeres cumplen la labor de mantener bajo control los poderes de la diosa Amaterasu. Desde jóvenes, las hijas de esta familia son entrenadas para ocupar la posición de recipiente divino. Los hombres se desempeñan como siervos o herramientas de procreación, quizá sin muchas prerrogativas para ejercer su autoridad. Después de su hermano, la madre de Sasami, Juju, fue el miembro de su familia más determinante para la protagonista, aunque fuera un recordatorio constante de sus obligaciones en el futuro. Nos distrajo un buen rato con su trato rígido pero gentil, para luego asombrarnos con su cambio de actitud, revelando sus verdaderas intenciones y, cada vez más, carente de amor maternal.

El reencuentro entre Sasami y su madre fue inesperado porque, según el relato inicial de la propia protagonista, quedaba claro que Juju había fallecido. Aunque afirmaba haberla visto al atardecer caminando en su traje de sacerdotisa, descarta esa posibilidad, atribuyéndosela a su imaginación. Sasami-san es una adolescente y, aunque la muerte de su madre ocurrió años atrás, su ausencia le provoca un vacío, una sensación de carencia afectiva. Extrañarla le genera esos momentos de introspección. Sin embargo, el sorpresivo reencuentro con su madre transcurre de forma común y corriente, mientras paseaba por el centro comercial. Esta situación tan extraña desvía la atención del espectador, pues no hablan del primer tema que pasaría por la cabeza de cualquiera: ¿cómo Juju puede encontrarse con vida? En cambio, pasan directo al asunto de la bicicleta que Sasami debía comprar, otro paso adelante en su crecimiento, para volverse independiente de su hermano, al menos en cuanto al transporte. La reunión con Juju se desarrolla en un ambiente informal. Cualquier peatón ocasional que presenciara ese paseo difícilmente imaginaría que ambas habían dejado de verse hacía mucho tiempo: ambas actúan con naturalidad. Juju tiene dos círculos oscuros encima de sus cejas, un detalle que fortalece su imagen severa de matriarca religiosa, aunque ese temperamento se atenúa con instantes de gentileza y cierta candidez, como cuando logra robar un peluche para su hija o abrumarse cuando Sasami la llama “kawaii”. Incluso se permite un suave gesto de sensualidad al lamerse los labios. Probablemente era la primera vez que Juju salía del templo y debido a esa inexperiencia, es arrastrada con facilidad por una muchacha que meses antes se calificaba a sí misma como “desmotivada” y ahora luce repleta de ganas, con ánimos de divertirse. Cuando era niña, Sasami solía cuidar a Juju, pues su salud era frágil: la protagonista recuerda esa circunstancia mientras corren por la ciudad y la hija vuelve a proteger a su madre. La muerte es un tema esquivado hasta que, aplicando un giro de 180 grados, es mencionado a secas. Era obvio suponer que su presencia se debía a alguna anormalidad, pero esta transformación no ocurre por deseo de Sasami, sino por voluntad de Juju, con el objetivo de forzarla a regresar al templo y volver a sus funciones de sacerdotisa.

Este cambio de postura resulta demasiado cruel. Los momentos felices que recién acababan de disfrutar quedan destrozados: esas alegrías no representan ningún impedimento para que Juju acuse, golpee y hiera a su hija por insistir en un derecho tan universal y fundamental como gozar su libertad. Según Juju, la libertad de una sacerdotisa Tsukuyomi no puede valer más que la supervivencia de la Humanidad, como si el argumento pragmático de sacrificar a un individuo para salvar a muchos fuera una justificación noble. No podemos dejarnos engañar, porque, si admitimos la buena intención de este pensamiento, los medios de Juju no parecen los correctos. Tsurugi interrumpe la escena explicando su intervención: la madre ha roto una regla divina. Nadie puede volver del mundo de los muertos. Aunque un dios la califica de monstruo, esta es una excusa técnica. Sabemos que su motivo primordial para intervenir es proteger a Sasami, como siempre lo hizo. Llama “Okaa-san” a Juju de forma provocativa, pero la matriarca de los Tsukuyomi no estaba indefensa en absoluto. Su tarea de sacerdotisa incluye la labor de destruir dioses malignos y aunque Tsurugi no tenga poderes maléficos, su fuerza es menor a cuando era Amaterasu. Por tanto, necesitaba el soporte de sus hermanas para pelear. El bastón de Juju es un objeto eficaz contra armas de filo como una espada común, típica de las series ambientadas en la época Edo y los samuráis, pero tenía otra razón de peso para tener semejante eficacia. Hay otra diferencia con respecto a las divinidades que apoyan a cada bando. El apellido Tsukuyomi hace referencia al brillo de la luna mientras que Tsurugi es denominada diosa del Sol. La siguiente diferencia son las armas que utilizan: Ame no Murakamo es una espada de la mitología japonesa mencionada en varias obras, variando algunas de sus características. La historia original cuenta que esta arma se obtuvo cuando el dios Susanoo mató a la serpiente de ocho cabezas, Yamata no Orochi (vimos una representación de esta criatura en capítulos anteriores). La espada se encontraba en la cuarta cola de la serpiente. Aunque posteriormente adquiere otras denominaciones, fue llamada Murakumo no Tsurugi, razón clara porque la maestra la posee. Juju aclara que es un arma usada para la protección; en cambio, su propia Ame no Habakiri, técnicamente, es otro nombre para la misma espada, pero adquiere una distinción especial en la serie, convirtiéndose en un arma capaz de matar dioses en acción ofensiva.  Esta mención le recuerda a Tsurugi al señor del inframundo: si ha regalado esa arma a Juju es porque espera que la matriarca enviara a la diosa del Sol a su reino.

El apoyo de las hermanas menores fue inútil. Juju ni siquiera se esforzó en moverse para herir de gravedad a Kagami mientras que Tsurugi era enviada al infierno. Ambas derrotas crearon un escenario preocupante, incluso si creemos que ambas podrían recuperarse y volver a combatir. Sasami quedó indefensa: Tama es la última hermana que trata de interponerse sin pelear. Su resistencia a atacar se debería a que, al contrario de otras batallas donde participó, carentes de cualquier aspecto trágico sino más similares a aventuras heroicas, en esta ultima, Tama enfrentaba el peligro de perder a sus dos hermanas. La menor de la familia Yagami es una niña: ese escenario tan horrendo la dejó aterrorizada, es incapaz de esgrimir un argumento que responda a Juju, lo único que puede argüir es que todas sus personas queridas lograron la felicidad gracias a Sasami y, de repente, aparece esta mujer malvada para arruinarlo. Finalmente, Sasami acepta volver como única forma de salvarle la vida, al menos, a una de las tres hermanas. Su traslado de regreso al templo es inmediato, sucede en un instante. Haberlo destruido sirvió de poco. Los escombros son suficiente para impedir que nadie estorbe los planes de Juju para convertir a su hija en una sacerdotisa arrebatándole a Samami todo lo que consiguió. Tenemos pruebas de sobra para juzgarla una mala madre: este episodio es apenas el comienzo de su denigración.

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