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Boku wa Tomodachi ga Sukunai NEXT 5-6: Pollo con mayonesa

Disfraces, cambios de look, crossdressing: diversas formas de transformarse, de valerse del vestuario, del maquillaje, los accesorios para modificar, además del aspecto, la personalidad. Cuando los personajes practican el juego del cosplay, asumen un papel, otra identidad, cumplen una fantasía o buscan escapar de su imagen rutinaria. En otras reseñas, he empleado el término carnavalesco para calificar esta clase de situaciones, donde predomina lo festivo, lo caótico y lo transgresor. Recojo este concepto del teórico ruso Mijail Bajtín, quien describe la influencia del carnaval sobre otras manifestaciones culturales y artísticas, y enumera un conjunto de atributos que definen la percepción del mundo bajo esta atmósfera. Estos rasgos encuentran una plataforma privilegiada en la comedia, el género carnavalesco por excelencia, en particular cuando se añade una pizca de parodia. En anime, las series harem explotan esta vertiente atolondrada, absurda y sensual transmitiendo la sensación de un constante estado de locura, una fiesta interminable. Según Bajtín, esta “existencia de carnaval” (distinta a la “vida normal”) ocurre “fuera de los carriles habituales, en una especie de ‘mundo al revés'”. En Boku wa Tomodachi, una chica linda se viste de mayordomo, un yankee es experto en labores hogareñas, las monjas son vulgares (eructan o hablan cochinadas). Se quiebran las leyes, prohibiciones o restricciones que condicionan el comportamiento de los individuos en sociedad. Esta ruptura entraña dos consecuencias: se desconocen las jerarquías (¿quién gobierna en el Club?, ¿manda Yozora, la outsider huraña por antonomasia?) y se estimula un contacto libre y familiarizado, que incluye también la proximidad física (exhibirse, tocarse, coquetear), la excentricidad, los desatinos, las locuras. Otra característica del carnaval son las desavenencias o contradicciones: elementos antagónicos reunidos en convivencia y, en ocasiones, mezclándose o generando una mutua influencia. En otro artículo, he explicado esta estructura dual que abunda en Boku wa Tomodachi, pero existen otras formas de expresar estas combinaciones ilógicas. Por ejemplo, los personajes más crédulos y estúpidos de la serie (Sena y Maria) son también quienes exhiben el mejor rendimiento académico. Para finalizar, un cuarto elemento del carnaval transferido al relato de comedia sería la profanación, negar lo sagrado, lo sublime, lo grandilocuente, burlarse de aquellas imágenes o textos considerados superiores o intocables (se desbarata la idea de “hombre japonés”, e incluso la historia de los grandes héroes nacionales se menciona en tono de broma).

Yozora ha tenido “mala prensa”: la mayoría de espectadores coincide en calificarla de “bitch”, pocos bloggers se toman la molestia de defenderla o justificar sus actos, los foros se inundan de comentarios mordaces contra el personaje y, cuando se mide en encuestas su nivel de popularidad, siempre queda rezagada por debajo del resto de heroínas que componen el harén de Kodaka. Han faltado “abogados” que contrarresten esa pésima imagen. La primera temporada resultó perjudicial: sus rasgos negativos (su carácter huraño, su actitud despectiva y autoritaria, su costumbre de ofender y humillar) no fueron compensados con suficientes aspectos positivos o quizá el antídoto llegó demasiado tarde, durante los últimos capítulos, cuando recién reveló una faceta más conmovedora o nostálgica que sirviera de contrapeso o matizara esa terrible reputación. La segunda temporada ha aliviado esta situación desfavorable, mostrando una cara más amable de Yozora, exhibiendo sus puntos más vulnerables y sensibles sin restarle fuerza a su personalidad. La amiga de infancia continúa siendo conflictiva y genera controversia, pero estos meses, ha recuperado terreno en los corazones del público, aunque a costa de sacrificar su lado más controversial. No significa que Sora haya aprendido a comunicar sus sentimientos, porque continúa escondiéndolos, le cuesta sincerarse; sin embargo, sus debilidades o vergüenzas se filtran con frecuencia permitiendo que contemplemos su rostro más tierno. Se derrumba la barrera de superioridad que solía rodearla. Yozora parece más falible, por ende, más humana, más próxima. La realidad (¡pero también la ficción!) se encarga de refutar sus certezas y ponerle límites a su orgullo. La chica de cabello corto ha empezado a cuestionar su actitud y, aunque sus avances son lentos, la interacción con el resto de integrantes del Club le ayuda a superar su desconfianza crónica, a ceder en su postura agresiva, obstinada en repeler a sus semejantes. Esta estrategia, en realidad, esconde la necesidad de defenderse ante un entorno que percibe hostil y peligroso. La secuencia del otome game delata esos temores: Yozora enfrenta una situación de fracaso, sus certidumbres se desploman y, aunque Rika la invita a resetear el juego y tomarse la revancha, para Sora, “cambiar” de personalidad por conveniencia (incluso tratándose de un avatar de videojuego) suena impensable. No concibe esa posibilidad y, debido a su obstinación, construye un personaje exitoso y admirable, pero poco apto para cimentar amistades o buscar el amor. Obtener ese “bad end” la deja en shock: creía que triunfar equivalía a sobresalir en los estudios, esforzarse en el trabajo, ser dura, inflexible y nunca preocuparse por esas tonterías de amigos y novios. Cuando una chica -dentro del juego- se acerca con actitud amistosa, Yozora la rechaza creyendo que “esa mujer” la traicionará. Igual desazón le produce un pretendiente “virtual” a quien manda a rodar. Ese miedo a intimar, a abrir su corazón tiene, sin duda, un origen traumático, una experiencia imborrable del pasado, difícil de superar.

Tanto Yozora como Sena están convencidas al cien por ciento de su superioridad, se consideran individuos privilegiados, por encima del resto de personas, aunque su desprecio hacia los demás mortales se exprese con palabras distintas, que manifiestan matices diferentes. Sora suele dirigir su arrogancia contra los “normales” (los adolescentes comunes y corrientes, a quienes considera intelectualmente inferiores y presas del discurso socialmente aceptado); Sena, en cambio, emprende contra los “plebeyos” (palabra con evidente tono clasista, señalando a sus compañeros de clase como sujetos subalternos, sin poder ni virtudes “aristocráticas”). Ambas actitudes son reprobables y generan un inmerecido halo de antipatía alrededor de las heroínas protagónicas de Boku wa Tomodachi. En resumen, tanto la amiga de infancia como la rubia carnosa son igual de altaneras y emplean un lenguaje peyorativo que causa aversión. Sin embargo, para la enorme mayoría de espectadores, la única “bitch” parece ser Yozora. ¿Cómo explicar esta paradoja? Intentaré lanzar al vuelo algunas teorías. 1) En anime, muchas retadoras suelen ganarse la simpatía de un amplio sector del público por solidaridad hacia la “antagonista” y, en ocasiones, opacan a las heroínas principales. No podemos descartar esta tendencia del fandom, pero el duelo de fieras en Haganai es demasiado reñido para determinar quién lleva la ventaja. El protagonismo es compartido en partes equitativas, sin favoritismo hacia ninguna de las oponentes. 2) El efecto de “victimización”. Desde el punto de vista de muchos espectadores, las triquiñuelas de Sora para burlarse o humillar a sus compañeros de Club resultan excesivas, de pésimo gusto o traslucen un odio desmesurado. Le disculpan a Sena sus arranques de soberbia porque suenan tontos o inofensivos frente al malévolo maquiavelismo de Yozora. 3) El relato le otorga ciertas ventajas narrativas a Niku: conocemos su casa, su entorno familiar, sus aficiones, sus opiniones. Esta situación se agrava si tomamos como punto de referencia la novela, pues Kodaka funge como narrador en primera persona y, pese a su vieja relación de amistad, Sora continúa mostrándose impenetrable o, peor aún, inaccesible, todo un misterio: no sabemos dónde vive, nunca vemos a sus padres, no manifiesta sus auténticos sentimientos y, salvo la lectura, ignoramos sus demás placeres. 4) Sena es petulante y fanfarrona, se alucina la diva del colegio, pero le sobra espacio en su corazón para aceptar con cierto grado de franqueza y cariño a otras personas aparte de Kodaka. Yozora insiste en cerrarse: su único objetivo es reconstruir su paraíso de infancia, recuperar a Taka-kun. Un propósito legítimo, pese a sonar egoísta. Su ideal de amistad es conmovedor, pero restringido: se considera la única con derecho a acaparar de forma exclusiva y excluyente la amistad de Kodaka. Nadie puede añadirse a la ecuación. Los “grupos” de amigos no existen. No califican como “verdadera amistad”.

Estas cuatro hipótesis son compatibles: el enfrentamiento contra Niku no contribuyó a crear una imagen benigna de Yozora, pero estos capítulos recientes han ayudado a equilibrar la balanza, pues, mediante susurros o alusiones indirectas, se transparentan los auténticos sentimientos de la osana najimi. Sora prefiere morderse la lengua o inventarse excusas, no porque sea tímida o carezca de habilidades comunicativas. Le sobra léxico y astucia para utilizar su lengua como arma, insultando, engañando o jactándose. Sin embargo, esta conducta esconde una carencia sentimental, un resentimiento. Sena es vanidosa por motivos de clase: habita en su burbuja de niña engreída, donde se siente protegida y asegurada. El desprecio de Yozora hacia los “normalitos” surge de rencores y envidias ocultas: el temor al abandono, a experimentar (¿de nuevo?) la deslealtad, a sufrir el rechazo, porque, pese a criticarlos y odiarlos, en el fondo, ella también desea gozar de su ingenua felicidad. Boku wa Tomodachi está repleto de escenarios contradictorios, pues el argumento se fundamenta en una paradoja. ¿Por qué fundar un Club destinado a aprender e imitar el modo de vida de aquellas personas “comunes y corrientes”? ¿Acaso Yozora no rechazaba esos clichés aislándose y renunciando a plegarse al discurso socialmente aceptado? Recordemos la teoría del deseo triangular o mimético que esbozamos en otras reseñas. Cuando el sujeto no alcanza su objeto de deseo, reacciona con frustración contra el mediador (su modelo) y pretende protegerse del fracaso apelando a la negación y atacando al intermediario. Yozora está atrapada en esta dinámica triangular, sin vías de escape. La única solución al entrampamiento es abrirse al Otro: abandonar los temores y arriesgarse a hacer amigos, incluso si admitir esa debilidad implica aceptar el “cariño” de Niku. Sena parece más propensa a tender puentes e incluso creyó encontrar en su enemiga una confidente, una consejera que comprendiese sus sentimientos.

Rika ha crecido como personaje. De aportar poco o nada (salvo sus chistes calenturientos) durante la primera temporada, ha adquirido este invierno una especie de “protagonismo de segunda línea”: aunque la guerra transcurre en otros frentes, la científica loca del colegio es ahora una pieza imprescindible del aparato narrativo, sus intervenciones marcan el ritmo e imponen giros, su atrevimiento empuja a otras integrantes del harén a romper sus inhibiciones, su rutina de erotismo crudo y desvergonzado emplea una variedad de recursos siempre frescos, además de imponerle dinamismo al relato. Pero valorar únicamente su dimensión humorística significaría comentar solo la mitad de su grandiosa evolución: Rika es inteligente, creativa, utiliza su ironía con tintes provocadores. Al mantenerse al margen del duelo entre heroínas, asume la función de observadora, leyendo entre líneas la situación, muy perceptiva para intuir qué ocurre alrededor, en su entorno y compartir sus observaciones con Kodaka. Ha sabido ganarse el respeto y la consideración del protagonista gracias a su neutralidad e independencia. La inventora pervertida es capaz de aterrorizar a Sena y demasiado astuta para dejarse engatusar por las habilidades persuasivas de Yozora: las fieras salvajes no amilanan a Rika, ya aprendió a domesticarlas, manipularlas o ponerles freno. El yankee hogareño halló una aliada incondicional para sobrellevar esa lucha sin cuartel, aunque deba soportar sus ocurrencias eróticas y aguantar las torturas de una violenta tsundere maid. La variedad de matices que adquirió el personaje se refleja en los constantes cambios de look que experimenta (qué preciso el verbo): por convención, los personajes de anime tienen un guardarropas limitado y casi nunca varían sus “set básico” de rasgos faciales (color y forma del cabello, tipo de ojos, accesorios). Las continuas metamorfosis de Rika revelan su carácter inquieto, travieso, en movimiento, que disfruta del cambio, pero también en proceso de búsqueda. Transformar su imagen manifiesta, además de un espíritu juguetón, una necesidad de reconstruir su personalidad, de colocarse un disfraz y actuar, asumir diversos papeles, según la ocasión. Teñirse el pelo o modificar su peinado le impiden quedarse estancada: ella prefiere mutar, diluir su identidad para probar distintas opciones. La segunda temporada ha beneficiado a los personajes secundarios profundizando en sus historias particulares sin descuidar el hilo principal, donde se desarrolla el triángulo amoroso. Sin embargo, el ascenso de Rika no requirió de episodios especiales (como Yukimura o Maria): es producto de la acumulación progresiva, de ganar espacio en pantalla y consolidarse como factor de opinión (sus palabras y acciones comienzan a adquirir peso), como presencia permanente y motor de intriga, participando en los momentos precisos para introducir un tema que encamine la ruta del relato.

P.D. El artículo de Mijaíl Bajtín acerca de “lo carnavalesco”, en Scribd.

4 comentarios

  1. Interesante artículo, y no puedo evitar estar de acuerdo contigo. Muchas actitudes de Yozora son cuestionables y reprochables, pero hay un odio ya un poco desmedido y francamente idiota a la chica en cuestión. Esta temporada la ha vuelto más encantadora de lo que era (honestamente, la prefería con cabello largo, pero su mejorada personalidad de ahora me han hecho tomarle gusto a su aspecto de tomboy jaja), y espero que el argumento se encargue de hacerla crecer correctamente y se vuelva una persona agradable y encantadora sin dejar de ser ella misma. Aun así espero que Sena gane la “batalla” de pretendientes jeje.

    2 marzo 2013 en 16:26

  2. Excelente artículo, como siempre lo leí con voracidad.
    En cuanto a la razón del favoritismo por Sena, aparte de las teorías (muy correctas ya de por si), creo que se debe por la lógica del discurso de Sena: ¿cómo no creer a los demás inferiores cuando todos cuanto se le acercan se rinden a sus pies y las mujeres, con las que intenta entablar amistad, la “desprecian”? ¿No es acaso su prejuicio más justificable? El mundo le ha fallado a Sena, y actúa en consecuencia; mientras que Yozora se recluye por miedo a que el mundo le falle.

    Esperando la siguiente reseña, con al seguridad que será tan bueno como este.

    2 marzo 2013 en 21:12

  3. “se desconocen las jerarquías (¿quién gobierna en el Club?, ¿manda Yozora, la outsider huraña por antonomasia?)”

    Es problema es qué significado tiene, en un contexto japonés, un club de “vecinos”. Si son sólo personas que apenas comparten unas horas en el mismo salón, ¿qué utilidad tiene una estructura jerárquica? No habiendo una actividad definida que pueda estructurar roles, la jerarquía de Yozora como presidenta y fundadora es sólo una formalidad. Cada cual hace lo que quiere y es libre de proponer cualquier iniciativa, sólo Yukimura, como subalterno de Kodaka y maid/mayordomo del club, tiene el privilegio de un puesto indisputado. Razón por la cual cuando surge una actividad donde se debería hacer efectiva la jerarquía, se genera una batalla. Por ahora, la última palabra la tiene Kodaka.

    Del interesante trabajo Carnaval y Literatura de Mijail Bajtin se pueden sacar un par de cosas. La primera es la referencia a las saturnales, la antigua festividad antecedente del carnaval donde amos y esclavos intercambian roles (como dice la canción: “Nuestro amo juega al esclavo”). Y la otra es la referencia al Quijote. La situación de Yozora y Sena no es equivalente. La circunstancia de privilegio de Sena es real y efectiva, sus inconvenientes surgen de la mala crianza de que ha sido objeto y que es una faceta negativa pero menor de una situación que comporta enormes ventajas. Si quisiera, podría hacer muy difícil la vida de Yozora en la escuela y el club. ¿Por qué la soporta? Sena es la única chica que llegó al club con el propósito de hacer amigos. Exceptuando a María, que es preexistente al club, todas las demás llegaron por Kodaka. ¿Por qué Sena “juega al esclavo” y soporta el abuso de Yozora, como en una pequeña saturnal reducida al espacio del club? Una hipótesis es que el club le permite estudiar a escala de laboratorio el para ella inexplicable hecho de no ser popular entre las chicas como sí lo es con sus compañeros varones. Saber cómo ganarse a Yozora en vez de destruirla significaría para Sena la llave de la popularidad absoluta, por eso como un dedicado experimentador vuelve a la carga tras cada fracaso. Pero con la creciente rivalidad por Kodaka dentro de la ecuación, Sena cada vez tiene menos motivos para continuar con ese juego. Cuando quiera, el amo dará por terminada la saturnal.

    Se puede trazar un paralelismo entre el Quijote y Yozora. El Quijote obtiene su información de las novelas de caballería, Yozora a las novelas agrega Internet. Ambos malentienden sus fuentes. Tanto el Quijote como Yozora se trazan objetivos fantasiosos y se inventan enemigos (los “populares” objeto del odio de Yozora ni siquiera advierten su presencia, como los gigantes/molinos de viento del Quijote). El Quijote alucina una relación con una mujer que apenas vio una vez, Yozora pretende que es posible continuar sin cambios una amistad después de diez años de hiato, con una persona que en el presente ni la pudo reconocer. Hay atractivo en los personajes quijotescos, con su mezcla de obstinación poética y caballerosidad. Yozora ha ido más lejos que el personaje quijotesco corriente aspirando a una extrema “caballerosidad” (entendida como virtud masculina típica, a falta de un término mejor), renunciando a ciertos aspectos de la femineidad típica (por ejemplo el cabello, el cuidado estético y la delicadeza de expresión), a cambio de adoptar aspectos masculinos típicos (el aspecto estético en segundo plano, la disposición para la acción, la expresión franca y directa, a menudo física). Esto se puede ejemplificar en el desenlace del juego otome. El golpe con el que Yozora reacciona cuando el yankee pretende alejarse para protegerla, es una actitud “caballeresca” coherente con su quijotesca elección del marginal por sobre sobre los estereotipados personajes “populares”. Los desarrolladores del juego le tenían reservado un mal final (análogamente, un mal final tuvo el Quijote en la novela de Cevantes).

    3 marzo 2013 en 22:25

  4. GatoLoco=@..@=

    Lo bueno las chicas tan sexys en traje de maid y Yozorra con maid = BLUUUURRRRRRRGGGGGHHHHHH
    Lo malo q Yozorra no aprende q incluso bio una mirada al futuro atravez del juego de como terminara sus dias pero como ES LA AMIGA DE LA INFANCIA el guion tiene q adaptarse para q se quede con kodaka incluso abiendo opciones mucho mejores(SENA) a aaaahhhhhhhhhhhhh zzzzzzzzzzzzzz…

    6 marzo 2013 en 21:41

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