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Boku wa Tomodachi ga Sukunai NEXT 4: Queer Theory

Advertencia: ARTÍCULO NSFW

En otros artículos, hemos discutido cuestiones de género denominadas marginales o alternativas desde perspectivas teóricas, no psicológicas o morales, sino literarias o culturales: ¿cómo se construye la representación del deseo?, ¿qué discursos acerca de la sexualidad, el placer o la identidad respaldan estas imágenes?, ¿qué repercusiones políticas (si cabe el término) generan en la masa de potenciales consumidores?, ¿cómo se cuestiona o refuerza el mandato social (la normalidad)? La revelación de Yukimura durante este episodio nos permite aplicar este análisis a un sujeto anómalo, difícil de catalogar. Las categorías tradicionales que delimitaban este espacio resultan insuficientes o incompletas. Desde el ámbito académico se acuñó el término queer (“extraño, raro”) para denominar con amplitud esta clase de fenómenos, no porque la extrañeza o rareza fuese exclusividad de estos personajes. Según la queer theory, las identidades sexuales son construcciones sociales, no biológicas. Las etiquetas que solían emplearse para diferenciar lo “natural” (heterosexual) de lo excepcional (homosexual, travestismo) se utilizan para encasillar a sujetos diversos bajo conceptos generales. Sin embargo, cada individuo vive su sexualidad de manera diversa, cada persona es un universo. La “normalidad” no existe: la “anomalía” caracteriza a todo el género humano. No significa que todos seamos “extraños”, sino que tildar de “rara” determinada conducta o tendencia resulta incorrecto y discriminador. En consecuencia, cuando empleemos esta clase de adjetivos, asumiremos bajo el criterio de “anormalidad” toda conducta o estilo de vida que transgrede los cauces que la sociedad considera coherentes o admisibles. Yukimura es queer por partida doble. Recapitulemos los hechos para observar sus distintas facetas o, mejor dicho, posiciones dentro del espectro: al comienzo, se presentó como un muchacho, el acosador de Kodaka, que perseguía al protagonista para imitar su masculinidad, pues su aspecto afeminado le impedía ser tomado en serio como hombre. Más adelante, inducido por Yozora, acepta someter a prueba su virilidad vistiéndose de mucama, es decir, travistiéndose. Al practicar el crossdressing, se convierte en josou, en otokonoko. Cuando se revela la verdad, Yukimura continúa afirmando que es hombre, pero carece de pene porque todavía le falta “madurar”. Mentalmente, se concibe en masculino. Luego de conversar con Rika, acepta la realidad y asume su naturaleza, reconoce que -orgánicamente- es mujer y nunca será un “varón japonés”.

It’s a… girl!

Como indicábamos, durante su primera aparición en la anterior temporada, Yukimura se presenta como un muchacho de apariencia afeminada. Esta palabra nos indica una posición marginal respecto del discurso dominante. Según la idea socialmente aceptada de “virilidad”, Kusunoki-san era imperfecto, un hombre incapaz de cumplir a cabalidad sus roles de género. El chiquillo no pretende rebelarse ante esta estrecha visión de la masculinidad, por el contrario, busca adecuarse a esos parámetros de “caballerosidad”, coraje y dureza imitando a personajes, como Kodaka, que representen ese ideal. Sin embargo, durante la mayoría de episodios, Yukimura destaca por practicar el travestismo. El arquetipo trap es quizá la fórmula más controversial del moe. Para comprender su funcionamiento, debemos diferenciarlo del travesti convencional (un hombre disfrazado de mujer). La clave se encuentra en la palabra inglesa “trap”, que significa “trampa” o “engaño” y hace referencia al efecto de confusión que genera en el espectador heterosexual un personaje de apariencia femenina pero identidad (biológica) masculina. El término “trap” también sugiere la importancia del componente informativo. Las personas “caen en una trampa” cuando su conocimiento de la realidad es limitado o incompleto. A simple vista, quien ignore la historia y los antecedentes de Yukimura, al observar su imagen en algún poster promocional, creerá que es mujer. Para concebirlo como trap, se requieren datos. El morbo no proviene del impacto visual (lo sensorial), sino del tipo de información, de cuánto sabemos o ignoramos acerca del personaje. El autor de Boku wa Tomodachi aprovechó esta característica manipulando la ambigüedad, sometiendo al público a un doble “engaño” e induciéndolo a aceptar una falsa realidad a lo largo de varios episodios, una verdad engañosa acompañada de otro fenómeno relacionado al encuentro de entretenimiento y sexualidad que denomino angustia estética. Todos tenemos límites respecto de cuán amplios sean nuestros criterios de tolerancia respecto del arte y sus representaciones o hasta qué punto la “admiración”, la “contemplación” o la “conmoción” se distancian del “disfrute”, del “goce”. Podemos asombrarnos y llorar ante una escena de matanza, pero dudo que muchos sintamos “placer”. Traslademos esta noción al terreno erótico: existen estímulos placenteros que generan incomodidad en la conciencia del espectador heterosexual. Como Kodaka, intentan reprimir cualquier asomo de deleite o excitación porque implicaría cuestionar su orientación. Los traps están diseñados para cumplir el papel de objeto de deseo, pero de manera conflictiva, provocando una curiosa contradicción en el consumidor que reconoce su belleza, aunque hace el esfuerzo agónico, doloroso, por evitar sucumbir demasiado a sus encantos. Sin embargo, gracias a la inocente curiosidad de Maria descubrimos que tanto desasosiego resultaba innecesario. Se destroza el espejismo: nuestras sensaciones eran producto de una mentira. Se concreta la paradoja máxima: the trap was a trap, el chico que parecía una chica es realmente una chica que finge ser un chico vistiéndose como chica.

Sin duda, cuando nos enteramos que Yukimura era mujer, muchos espectadores heterosexuales suspiramos (para nuestros adentros) de alivio o satisfacción. Incluso algunos creímos, como afirma Kodaka en el tomo sexto de las novelas ligeras, que “There’s no way someone this cute could be a guy――…” Estas reacciones son normales y justificadas, como también es comprensible el enojo de Yozora al salírsele el tiro por la culata: pretendió divertirse a costa de la humillación de otras personas sin imaginar que creaba un “monstruo” o, peor aún, una dura contrincante. Yukimura es servicial, educada, sumisa, eficiente y sirve como maid gracias a (por culpa de) Sora, la autora intelectual de transformar a aquella aspirante a “hombre japonés” en una candidata ideal a yamato nadeshiko, una dama intachable y culta, a diferencia del resto de locas y tontas que rodean al protagonista. Si tuviera más agallas y menos modestia, ganaría la batalla sin discusión. En especial, después del vergonzoso espectáculo que escenifican las principales competidoras dando un penoso ejemplo de engreimiento y estupidez, retándose como fieras, mostrando un semblante descompuesto y vomitando en público. En imagen y estrategia, la visita al parque temático fue pérdida al 100% para Yozora, ganancia al 50% para Sena (al menos, ganó puntos ayudando a Kobato a conseguir ese artículo de colección) y balance positivo para Yukimura (quizá la única que salvó su honor después de tantos revolcones en la montaña rusa). Sin embargo, dejando de lado las delicias del humor romántico, queda pendiente de discusión la postura que asume Boku wa Tomodachi respecto del trap como figura controversial; en resumen, si aborda la polémica o renuncia para amoldarse al gusto de cierto sector del público. En otras series de perfil similar (love comedy con elementos de harem y ecchi), como MM!, Happiness o los manga No Bra o Prunus Girl, el sujeto queer continúa siendo problemático e incómodo porque su función primordial es suscitar sensaciones dudosas o perturbadoras. Aunque resulta injusto calificar de moderna o anticuada determinada postura, la revelación de Yukimura la “habilita” como pretendiente al corazón de Aniki transformándola en un personaje curioso y complejo, pero le resta su matiz provocador, una seña de apertura a otras tendencias y estilos de vida diferentes al modelo socialmente admitido. Aunque los traps “idealizan” la imagen del travesti brindándole un aspecto adorable y cautivador (como el yuri tiende a sublimar el lesbianismo), la presencia de sujetos que ponen en escena conductas transgresoras, a largo plazo, fomenta una corriente de opinión más open-mind, menos represora y, probablemente, más tolerante y desprejuiciada. Desde este enfoque, Boku wa Tomodachi habría retrocedido, su autor nunca pretendió polemizar, sino jugarle una broma a sus lectores/espectadores antes de complacerlos y devolverle la calma a su amenazada masculinidad. Como estrategia narrativa (el dato escondido), la ejecución es sorprendente y divertida, pero en términos ideológicos, parece una concesión traviesa al razonamiento patriarcal, incapaz de aceptar la “lindura” fuera del campo “femenino” y aguarda, con desesperación que “las cosas estén en su lugar” para no sentirse atemorizado. El trap es agente de caos porque mezcla dos elementos supuestamente incompatibles. La mente conservadora se alarma porque su sistema entra en crisis. Desmantelar al trap supondría una “vuelta al orden” que evita el problema escondiéndolo debajo de la alfombra. No escatimo el mérito de Hirasaka Yomi al crear un personaje tan complicado de definir, tan simpático y enrevesado: incluso después de descubrirse su verdadera identidad biológica, Yukimura continúa siendo un espécimen diferente debido a su personalidad “anticuada” o formalista, anclada a un discurso e incapaz de percibir la realidad fuera de esos límites cognoscitivos.

Hasta aquí, lo referente al acto de recepción (cómo asimila el espectador esta serie de “cambios”). ¿Cómo se desarrolla el proceso interno del personaje?: ¿qué piensa Yukimura? Aunque no posee las características biológicas necesarias para calificar como “varón” y mucha gente intentó convencerla de su error, hasta que Rika la persuade con misteriosos argumentos, la chiquilla estaba totalmente convencida de ser “hombre”. Sin embargo, su concepción del género es bastante caprichosa: según su idea de masculinidad, la hombría es una virtud adquirida mediante el aprendizaje y la maduración. Existen “hombres imperfectos”, pues todavía no alcanzan el grado suficiente de “crecimiento”, y también “varones plenos” como Kodaka, a quienes debería imitarse siguiendo el camino de la humildad, la servidumbre, el sacrificio hasta lograr la perfección. Yukimura atribuye esta creencia a “asuntos familiares” (sin abundar en explicaciones): no tenemos motivos para dudar de su sinceridad (en todo Haganai, es quizá la única en actuar según sus principios sin dobleces, sin hipocresías ni disimulos), ser “Hombre” con mayúsculas era su máxima aspiración, su sueño, su ideal. Verla disculpándose ante su mentor porque será incapaz de alcanzar su meta resulta conmovedor, pese al tono ridículo que rodea la escena. Para comprender esta transición, es útil evocar la distinción entre sexo y género. El primero se refiere a las condiciones anatómicas, genéticas, en suma, lo orgánico. Salvo los casos especiales de hermafroditismo o intersexualidad, solo existen dos sexos (masculino y femenino) con funciones y rasgos biológicos diferenciados. El género, en cambio, es una construcción social y cultural. Está constituido por roles (conductas, sentimientos, formas de vestir, valores) que varían de acuerdo al tiempo, el espacio, las condiciones económicas. También influye un tercer factor, la orientación sexual, aunque prefiero reservar este tema para otro artículo. Los conservadores interpretan que existe una correlación natural (y obligatoria) entre sexo y género. Los chicos deben portarse como hombres, “ser machos”, no llorar, saber pelearse. Sin embargo, aunque la mayoría de personas adhieren a estos modelos de comportamiento, se olvida que estos patrones son meros discursos. Yukimura ejecuta una operación más compleja: intenta adoptar esas fórmulas como método para alcanzar una condición biológica. Estaba convencida de la equivalencia absoluta entre masculinidad corporal y conducta “viril” quizá porque su entorno familiar la impulsó a menospreciar lo femenino y celebrar la hombría, convirtiendo ese conjunto de imágenes míticas (apoyadas en figuras históricas de shogun, samurai y otros personajes del pasado) en ideal de excelencia, no ética sino anatómica (los imita porque son admirables, pero también porque representan una noción de virilidad plena, del hombre completo en cuerpo y espíritu). Yukimura se quedó privada de metas y quizá ese choque se resuelve de manera demasiado sencilla y rápida (¿o acaso las habilidades retóricas de Rika son infalibles?): aguardaba una nota melancólica o dramática más intensa: la chica ha perdido su sueño, han transtornado su realidad. Semejante desbarajuste mental merecía un tratamiento menos presuroso  -incluso si pretendían mantener el tono humorístico-, sino tomarlo con pinzas y sondear más hondo en los auténticos sentimientos del personaje.

3 comentarios

  1. ele-ene-ene

    “…es comprensible el enojo de Yozora al salírsele el tiro por la culata: pretendió divertirse a costa de la humillación de otras personas sin imaginar que creaba un “monstruo” o, peor aún, una dura contrincante. Yukimura es servicial, educada, sumisa, eficiente y sirve como maid gracias a (por culpa de) Sora, la autora intelectual de transformar a aquella aspirante a “hombre japonés” en una candidata ideal a yamato nadeshiko, una dama intachable y culta, a diferencia del resto de locas y tontas que rodean al protagonista. Si tuviera más agallas y menos modestia, ganaría la batalla sin discusión.”

    No fue Yozora el Dr. Frankenstein que creó al “monstruo” sino la propia familia de Yukimura. Yozora sólo encauzó la circunstancia existente a su propia conveniencia (evitar el surgimiento de una rival en la competencia por Kodaka), a la del club (alguien se tenía que hacer cargo de las tareas domésticas) y a las de Yukimura (permitiéndole ser “el subordinado” de Kodaka), pero no por diversión. La búsqueda de diversión enfermiza no parece ser la motivación de Yozora, que al fin de cuentas es sólo una chica triste y solitaria que se queda tranquila con su libro y su amiga de aire si nadie la molesta. Creo que la referencia de Yozora a la diversión arruinada corresponde a la fracasada salida al parque como club, y no a la situación de la chica – chico -maid. Si por un lado es cierto que que el resultado fue de 100% pérdida para Yozora, comparado con la anterior salida como club al karaoke aparece un saldo positivo. En aquélla ocasión Yozora y Sena tuvieron su batalla pared de por medio y se perdieron toda la diversión que supone compartir un momento cantando con los amigos; ahora Yozora se relajó lo suficiente de su obsesión por la “traición” como para permitirse caer en la provocación de Sena y bajar la guardia. Si no se hubieran excedido la hubieran pasado bien, y eso es un paso adelante. En cuanto al surgimiento de Yukimura como rival, pese a la preocupación de Yozora no tiene la batalla ganada ni mucho menos. Kodaka conoce muy bien el lado oscuro de su “subordinado”. Para empezar, lo que atrae a Yukimura de Kodaka es justamente el prejuicio que genera su aspecto de delincuente, y que Kodaka detesta. Y también está el incidente del maltrato a María, cuando acatando literalmente una orden de Kodaka obligó sin miramientos a la loli monja a ingerir por la fuerza litros de batido de proteína. Como bien dice el protagonista, Yukimura, al igual que las otras, parece una chica normal sólo cuando está dormida.

    Es curioso el planteo que se hace en la reseña de que Yukimura como maid (estereotipo extranjero, siempre dispuestas a satisfacer al amo, atracción de los café maid) se candidatea a yamato nadeshiko (la recatada esencia de la japonesidad, la sagrada custodia del hogar) ¿se podría aclarar ese punto?¿es una generalidad, o es sólo otra peculiaridad de la condición dual de Yukimura?

    20 febrero 2013 en 12:09

    • No creo que Yozora actúe de forma tan generosa y si le bastara con quedarse sentada leyendo un libro, no habría pretendido crear su propio club (y si acaso el plan era reducirlo a dos integrantes -ella y Kodaka- se confirma, de nuevo, que ideando planes, la chica es pésima). En principio, el club no necesita alguien a cargo de las labores domésticas (y menos con disfraz de mucama). Un hábito frecuente en Yozora (y que ahuyenta a la gente) es aprovecharse de quienes considera crédulos o estúpidos. No jugarles bromas amistosas, sino trolearlos con verdadera mala saña y, cuando sea posible, sacarle algún beneficio. Lo hace frecuentemente con Sena y Maria. No puede hacerlo con Rika porque la considera demasiado maliciosa. En esas cosas, Yozora sabe con quién meterse. El único capaz de ponerle límites es Kodaka, pero este solamente actúa cuando la situación pasa de castaño a oscuro. Con Yukimura ocurre igual: un chico tan embebido en su sueño de ser varonil que aceptaría cualquier método para volverse más masculino. Ella no podía verla como potencial rival porque no sabía que era mujer, sino como un tonto suelto en el mundo al cual tomarle el pelo constantemente.

      Tampoco creo que Yozora reaccione decepcionada porque la jornada en el parque de diversiones se arruinó. En ningún momento menciona ese tema. Sus palabras son claras: le molesta que Yukimura sea “sumisa, obediente y que sirva como mucama”, es decir, que tenga virtudes como mujer (un valor agregado del cual ella carece) y, peor aún, que la haya puesto en bandeja a Kodaka creyendo que era hombre. Es obvio que su enojo tiene un origen romántico: no quiere más chicas alrededor de Taka-kun. Con Sena, Rika y Maria pululando a diario es más que suficiente. Su preocupación es un tanto exagerada, pero… bueno, así actúan las personas cuando sienten celos.

      De acuerdo con restarle peso a la candidatura de Yukimura: la serie solo conoce un único triángulo amoroso (Sena vs Yozora por Kodaka). No hay espacio para más variantes. Rika también está fuera de discusión.

      El contraste con “yamato nadeshiko” no lo establecí con “maid” sino con “hombre japonés”. Y al utilizar el término, me refería más a los valores asociados a esa imagen que a sus connotaciones nacionalistas. En ese aspecto, Yukimura cumple con lo básico: es eficiente en las labores prácticas, es inteligente, obediente, “conoce su lugar”, tiene conocimientos en materias clásicas (arte, literatura) e incluso es bastante más delicada que Sena o Yozora.

      Off topic: Me agradan tus comentarios (son extensos y sustanciosos). ¿No te interesaría reseñar?

      20 febrero 2013 en 13:45

      • ele-ene-ene

        Soy admirador y fiel lector del blog, y es una alegría contribuir en la medida de mis posibilidades. En estos días pretendo iniciar mi tesis de licenciatura, así que supongo que no voy a tener tiempo disponible para reseñar. Espero poder hacerlo en el futuro.

        Reconozco que soy parcial respecto de Yozora, pero no pretendo canonizarla. En sus acciones no hay generosidad, excepto con Kodaka. Necesitaba la habitación de la siesta de María para el club, e hizo lo que tenía que hacer para conseguirla. Necesitaba un maestro como coordinador del club, y lo consiguió. Los beneficios que obtuvo de María fueron para el club, o sea para Kodaka, no personales. María debería estar a cargo de un adulto ¿qué se puede hacer cuando cree que ha sido mordida por un vampiro? El hecho en sí ya es gracioso, Yozora sólo continuó la broma. Si de resultado de esas acciones María, según las palabras de su hermana, dejó de estar tan sola y de ser poco menos que intratable, Yozora es en parte responsable, pero su intención era beneficiar a Kodaka, no a María.
        La pendencia con Sena es personal, no intenta ridiculizarla simplemente para hacer reír sino hacer que se aleje de Kodaka. Si fuera por “saber contra quien meterse”, la hija del presidente y chica más popular del colegio sería la última persona. Curiosamente, la vez que Kodaka debió poner límites en forma más enérgica no fue a Yozora sino a Sena, cuando la rubia provocó una pelea en la piscina.
        Yozora es quien se aleja de la gente. Tiene un temor obsesivo por ser “traicionada”. No tengo claro a si se refiere a ser abandonada, utilizada o ridiculizada. Siempre que se lo permiten está sola con su libro. El club fue creado para beneficio de Kodaka. Sabiendo Yozora el sufrimiento que le provoca que sus compañeros le tengan miedo y lo traten como un delincuente, decidió darle un ámbito donde desenvolverse fuera del estereotipo del abusador escolar. No tengo idea de cuáles eran sus planes para el club ¿la “escritura diagonal” estaba destinada a reclutar integrantes, o a alejarlos?
        Ignoro el funcionamiento de los clubes escolares japoneses, pero supongo que alguien tiene que limpiar. La tarea no fue “creada” para Yukimura. Como la habitación era de María, le fue asignada primeramente a ella. Nadie más de club se ofreció para la tarea. Y siendo una elegante habitación situada en el edificio de la capilla, no resulta tan inapropiada la maid.
        Creo que Yozora siempre supo que Yukimura era mujer y maniobró para que Kodaka nunca lo supiera. Yukimura en indumentaria de maid no era un motivo de burla, sino engaño de mujer celosa. De ese modo, la femineidad que emanaba podía atribuirse al atuendo y no a la persona. Otro engaño es hacer que vista traje de baño femenino. De usar el traje de baño masculino, hubiera quedado evidente su condición de mujer. Yozora no lo dice explícitamente, pero menciona descuido, la diversión que no fue, linda, dócil y obediente maid, la estupidez y la mala suerte. Traducción libre: Yozora pensaba que lo divertido era la salida al parque, no Yukimura hombre vestido de maid. Por su descuido de seguir a la estupidez de Sena terminaron todos en los baños públicos, quiso la mala suerte que la inocente de María notara que Kodaka tenía algo que Yukimura no, y quien pensaba Kodaka que era su subordinado hombre resultó ser una linda, dócil y obediente chica vestida de maid. De haber estado Yozora en sus cinco sentidos seguramente hubiera evitado el descubrimiento, como hizo con éxito durante casi temporada y media.

        20 febrero 2013 en 21:15

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