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Boku wa Tomodachi ga Sukunai NEXT 2: Confiesa tus pecados

La experiencia del consumo de anime (y manga/videojuegos, en suma, la cultura 2D japonesa) está empapada de pecados y secretas vergüenzas. Los aficionados más veteranos han transitado ese lado oscuro: que lance la primera piedra quien nunca haya visto hentai o descargado pics calentones o leído doujin erótico o jugado una visual novel con escenas candentes. Muchas series late night han abordado la temática sexual con atrevimiento y desparpajo (incluso con tono burlesco), pero también han sometido a discusión con seriedad, de forma conmovedora, asuntos como la homosexualidad, la transexualidad, el travestismo, los fetiches, las pasiones ocultas. Otros espacios comunicativos (el cine, la literatura, las artes plásticas modernas) también han tratado cuestiones relevantes al erotismo y el deseo. Sin embargo, la particularidad del anime es afrontar estos temas con mayor liberalidad. Esta mirada positiva del sexo puede materializarse de dos maneras diferentes. Primero, en sentido meramente sensual: la celebración del placer sensual, el humor libidinoso, las insinuaciones eróticas. Pero, además, en segundo lugar, existe una dimensión ideológica, una toma de partido a favor de posturas más progresistas (libertad sexual, tolerancia, apertura), de defensa de las libertades individuales, de denuncia contra la represión social o la discriminación. Existe el ecchi, el siscon, el genderswap, pero también las imágenes idealizadas del yuri, del yaoi, del drama transgénero; y, aunque ambos extremos parecen lejanos, en anime, esa distancia suele diluirse propiciando la mezcla o, mejor dicho, la convivencia entre comedia y seriedad, entre lo festivo (el desenfreno, la desinhibición) y lo político (cuestionar la supuesta “normalidad” que impone el mandato social). El espectador de anime late night está acostumbrado a estas claves y, probablemente, la mayoría comparte una visión más desprejuiciada respecto del sexo gracias a este tipo de series… pero también porque (mano al pecho), en algún momento, sea por curiosidad o disfrute, usted lector ha incursionado en ese terreno indecente y privado de cuyo nombre no quiere acordarse.

Hace unos meses, tuve un intercambio de correos con un colaborador del blog acerca de la relación entre anime y erotismo. El diálogo fue instructivo, pues me permitió extraer un conjunto de conclusiones valiosas. En principio, que toda generalización es inexacta y odiosa. No existe una equivalencia directa ni tampoco una implicación entre anime (como recurso expresivo) y sensualidad. Sin embargo, dirigirse a un público más maduro permite abordar asuntos más controversiales. Este carácter provocador y polémico, a veces bordeando el escándalo, sí podría considerarse una característica de la tradición discursiva del anime, pero no centrada exclusivamente en lo erótico, sino en una categoría más amplia que denomino “temas adultos”.

En Lima, existe una zona de galerías denominada Polvos Azules, dedicada al comercio informal de artículos suntuarios: desde ropa de marca falsificada y zapatillas baratas hasta joyas, adornos, gadgets, consolas de videojuego, y -obviamente- piratería de productos culturales. Aunque estos comerciantes, en teoría, cometen un delito, en el fondo, suplen las carencias del mercado formal brindando la música, las películas o el software que otras tiendas jamás se atreverían a ofrecer: clásicos del rock, cine hindú, filmes de arte y ensayo, dramas coreanos y animación japonesa. Cuando tenía quince años, la fiebre del anime me causaba indiferencia, pero mis amigos más cercanos estaban inmersos en la onda y solía acompañarlos a comprar su “material”. Entre tantos stands repletos de casettes de VHS, se confundían distintos públicos alternativos y bastaba caminar algunos metros para descubrirte en medio de la zona porno. No recuerdo quién ni cuándo, pero alguien deslizó la idea de comprar hentai. Por entonces, lo mejor del catálogo era Shin Angel, una serie de OVAs con sexo adolescente, jocoso e inverosímil. Esa primera experiencia resultó más grotesca que excitante, pero supongo que satisfizo un interés por transgredir, por “mirar”, por hacer algo incorrecto, sucio y prohibido. Incluso si las tramas eran ridículas, al reírnos, sin darnos cuenta, desmitificábamos nuestra idea del sexo, dejaba de parecernos una cuestión tan grandiosa.

Cuento esta historia porque el segundo capítulo de Boku wa Tomodachi hace referencia a esos placeres inconfesables y cómo las ficciones (series, eroge) no solo sacian sino también moldean esa “sensibilidad oculta”. Este proceso es objeto de burla mediante varios tipos de parodia. La obsesión de Rika por hallarle interpretaciones morbosas a cualquier evento cotidiano o imaginarse situaciones calenturientas ante el estímulo más inocente contrasta con su discurso de “especialista” que defiende con fervor los valores estéticos del melodrama gay, tratando de presentarlo como sublime y “artístico” en lugar de confesar sus auténticas motivaciones (gratificar sus fantasías eróticas). Se cuestiona la perspectiva crítica del aficionado fanático que pretende disfrazar sus impulsos libidinosos con excusas grandilocuentes. También se caricaturiza la rivalidad entre fandoms, enemistados por causas ridículas y absurdas, y cómo apelan a argumentos igual de tendenciosos y frágiles para legitimar sus gustos. Son legendarias las pugnas entre las feroces fujoshi, amantes del homoerotismo masculino, y los empedernidos Akiba-kei, adeptos a las visual novel y ávidos compradores de dakimakura. Aunque ambos grupos operan en un espacio de marginalidad, antes que solidarizarse, prefieren asumir la superioridad de sus gustos. El yaoi, de manera similar al yuri tradicional, tiende a idealizar las situaciones románticas y embellecerlas con imágenes y diálogos estilizados. Cuando Yozora y Rika esgrimen su defensa de “HomoGame Club”, repiten esas premisas olvidando que semejante cascarón estético de hermosos discursos, pasiones desgarradoras y nobles sentimientos encubre el verdadero objetivo de la historia: las secuencias de sexo. El guión está repleto de citas pomposas y épicas, de gran impulso emotivo, pero las consumidoras del producto buscan otra clase de estímulos: se escudan en un supuesto romanticismo refinado para justificar o esconder sus estímulos pervertidos. Sena fracasa al aplicar estos parámetros al eroge, aunque la mera idea de defender la dignidad del videojuego lolicon resulta descabellada, no porque disfrutar de pornografía interactiva sea despreciable o inmoral, sino porque se disimulan los objetivos reales. Sin embargo, ambos bandos se apoyan en irrealidades, en visiones engañosas del sexo (ni heroico y poético ni “cochino” y mañosón). La gran ganadora del debate es Rika, pues consigue enmascarar su lado lujurioso y logra atraer a Yozora a su causa.

La monja loca

Todavía demando mayor peso en la caracterización de Rika Shiguma: aunque sacarse las gafas y armar alboroto exponiendo su pasión yaoista le impone un cambio de ritmo, su participación continúa supeditada a funciones humorísticas e insinuaciones calentonas. No encuentro un indicio potencial de conflicto: la rutina de comedia obscena admite una enorme cantidad de variantes, pero no confundamos un esquema formulaico (el “rollo”, la broma frecuente, las manías) con un trasfondo temático. Los personajes secundarios también necesitan una trama, pues apoyarse únicamente en patrones reiterativos los expone al riesgo de diluirse. Esta amenaza se cierne también sobre Yukimura. Su historia es compleja: un supuesto “chiquillo” de aspecto femenino que desea forjar su masculinidad adoptando el ejemplo de “Aniki”, encarnación de sus anhelos de virilidad, pero acepta “travestirse” para someter a prueba su carácter varonil. Por desgracia, estas frustradas pretensiones de hombría han quedado irresueltas, sin progreso aparente: el tema se estanca, se reduce, se convierte en “rollo”, el “chiste” diario de endiosar a Kodaka por nimiedades. Por suerte, la situación de Maria muestra un avance sustancial gracias a la introducción de Kate, su hermana mayor, en varios sentidos, una monja loca, grosera y desaliñada, que parece embriagarse o ponerse hype tomando Cochicola, eructa sin pudor y tiene el desparpajo de pegar una carcajada después de pedorrearse (aunque se quiebra con elegancia). La nueva sister derrocha un carácter fresco e insolente, le causa incomodidad al protagonista, aunque el muchacho resiste a tamaño ataque de vulgaridad oponiéndose con su mirada irónica. Kodaka está acostumbrado a jugar el papel de tsukkomi ante las insensateces de sus compañeras del Club, pero ni Yozora ni Sena ni Rika actúan de forma excéntrica por fregar: sus desequilibrios son parte de su personalidad. En cambio, Kate parece “jodona” por vocación, le divierte molestar. Si consideramos que Taka-kun ejerce la labor de “hombre recto”, sus bromas activan una dinámica de provocación, una prueba de resistencia.

Kate es idéntica a Maria, pero legal. Todavía no comprendo la imagen de fetiche que Japón ha construido alrededor del catolicismo. Desde las versiones más líricas y afrancesadas (el colegio religioso privado donde las alumnas son primorosas, puras y devotas) pasando por versiones más retorcidas y maquiavélicas de la Iglesia (curas villanos con superpoderes, que participan en conspiraciones a escala mundial) hasta monjas en minifalda. No conozco ninguna congregación de piadosas misioneras que vistan un atuendo tan revelador, pero las hermanas Takayama desobedecen impunemente los votos monásticos de pobreza, obediencia y castidad, por tanto, pertenecen a una orden bastante laxa donde, además, las niñas de diez años pueden profesar. Kate también cumple una función narrativa más importante que importunar al pobre Onii-chan: Maria es sincera, incluso cuando dice o comete alguna estupidez o insulta a otros con su palabra preferida (“caca”); sin embargo, esa honestidad del idiota también tiende una barrera comunicativa, pues ningún chiquillo de primaria, aunque sea un genio superdotado, tiene conciencia de sus procesos emocionales. Para explicar esa evolución, se requiere una voz “adulta” o menos cándida. Kate es adolescente (¡¿quince años!?), su percepción “psicológica” de los hechos es menos ingenua: los detalles que brinda cambiaron de raíz mi imagen de Maria. Hasta el final de la primera temporada, me parecía un personaje sin otra función salvo caer en las tretas de Yozora o buscarle la bronca a Kobato. La faltaba definición, una posibilidad de drama, un problema latente. Gracias al Club, la niña prodigio del convento pudo disfrutar de una vida activa, más alegre. Antes, debido a su talento, había concentrado todos sus esfuerzos en estudiar (su única habilidad), hasta el extremo de volverse orgullosa, aislarse y sufrir para socializar. Yozora rompe ese cascarón o, mejor dicho, obligó a Maria a “abandonarlo”.

Todos los miembros del Club de la Buena Vecindad manifiestan una carencia. Les falta algo, se sienten incompletos. Solamente al reunirse, asoma un resquicio de solución, pero su vanidad les impide percatarse de lo evidente. Prefieren sustituir esa verdad por un absurdo. Cuando Yozora propone alguna actividad en grupo, recurre a la excusa de “ensayar” o “practicar” para situaciones futuras, cuando los integrantes salgan afuera, donde vive la gente normal, a buscar amigos reales. Esta proposición es cruel porque niega la posibilidad de entablar amistad con sus compañeros del Club, descartados de antemano como posibles amistades. Pero la terquedad de Yozora también revela su debilidad, su incapacidad de tender puentes hacia el prójimo porque es arisca y le cuesta congeniar. Retomemos, para finalizar, la idea del “ensayo”: según la gran jefa bitch, cada vivencia colectiva del Club es parte de un “entrenamiento” para aprender a comportarse con “normalidad”, imitando el “estándar”. Existen tres tipos de personas según el adolescente promedio: 1. los cool, los líderes, los bacanes del salón, los chicos que destacan gracias a sus cualidades excepcionales (los deportistas, los vivazos, los mandamás); 2. los normales, es decir, los average, “ni fu ni fa”, tipos sin talento ni chispa ni fuerza, que actúan sin incurrir en extravagancias y cuidan con celo su reputación; y 3. los “ridículos”, el escalón más bajo de la pirámide social, sujetos estrafalarios, cuya anormalidad es juzgada de manera negativa (nerds, otaku, amanerados, antisociales, marginales, los indeseables). Supongo que Yozora no aspira a convertirse en la reina del baile, la chica más popular. Quizá el verbo “convertirse” sea inadecuado, pues Sora no pretende ni siquiera “parecer” cool. Su pretensión es encajar en el sector más amplio y numeroso (los “normalitos”). Por tanto, su negativa a entablar amistad con los desquiciados del Club tiene sentido, pues, si fundaran su propio grupo de “amigos raros”, reafirmarían su marginalidad. No obstante, el ideal de Yozora implica negarse como individuo e impugnar la individualidad de otros. También supone admitir, con cierta lástima, que emprender una vida social “sana” depende de cuán capaces seamos de sostener una farsa. Cultivar una amistad “normal” sería producto de saber mentir.

4 comentarios

  1. lnn

    La gran ganadora del debate es Rika, pues consigue enmascarar su lado lujurioso y logra atraer a Yozora a su causa.

    Me parece que, al igual que en el capítulo anterior, Rika trabajó para Yozora contra Sena, a la que vuelven a hacer quedar en ridículo mediante el mismo procedimiento de la falsa disculpa. Tal vez sea exagerado o prematuro sospechar una conspiración, pero hay elementos:

    1. en la discusión que lleva a ver el video pese a su contenido para “no juzgar un libro por la portada” , la coordinación entre Yozora y Rika es perfecta
    2. el material elegido hace más énfasis en la amistad y el compañerismo que en lo yaoi propiamente dicho
    3. Yozora se sabe los diálogos de memoria

    Conspiración o no, la tesis que sustenta el material elegido por Rika es que el romance puede surgir naturalmente de la amistad “masculina”, es decir, del compañerismo que surge de compartir cosas tales como el peligro, las peleas y los deportes violentos, lo que se expresa en forma física. Obviamente esto es más común entre hombres, pero el peligro, las peleas y los deportes violentos no excluyen totalmente a las mujeres. Excluyen a las caprichosas vanidosas y “tontas” como Sena, pero no a Yozora. Yozora resultó ser el “amigo” de infancia de Kodaka, y recientemente se ha cortado el cabello para asemejarse a esa imagen y diferenciarse de su rival. Creo que sus lágrimas eran sinceras, realmente se sintió identificada con la historia y los personajes y buscó que a Kodaka le pasara lo mismo. En su conclusión “incluso los amigos se besan”, no estaba pensando en Fumio y Koyomi, sino en Kodaka y ella misma: no resulta extraño que termine considerando al Club de Juego Homo una obra maestra

    29 enero 2013 en 23:49

    • Coincido contigo en que imaginar una conspiración es exagerado, incluso Yozora se enoja cuando Rika propone al inicio ver el anime de HomoGame (le pega con un matamoscas). Sería ilógico que luego se conmoviese de mentira porque, como tú mismo indicas, sus lágrimas son sinceras. Por otra parte, tu interpretación de los sentimientos de Yozora, su corte de cabello y cómo se identifica con el argumento yaoi me parece acertado porque existe ese trasfondo de masculinidad simbólica. Lo tomaré en cuenta en futuras reseñas cuando analice con mayor profundidad a este personaje. Muchas gracias.

      30 enero 2013 en 00:08

  2. yuracc

    Durante la primera temporada de Boka wa Tomodachi ga Sukunai, era indudable mi ranking de protagonistas femeninas, la cual siempre tendemos a formar los que asiduamente vemos anime, ya sea por diversos factores de sexo, carisma, actitud, Seiyus(quien no ha visto anime buscando solo a su Seiyu favorito) o por el solo hecho superficial de la belleza; dicho esto, Rika quien no estaba en lo más alto de mis preferencias ha escalado muchas posiciones, ya que lo visto en esta segunda temporada y con los capítulos trascurridos (5) ha pasado de un protagonismo secundario a un creciente papel en el desarrollo de la trama, desde una simple complicidad en la necesidad diaria y casi enfermiza de Yozora para hacerle la vida imposible a Sena, hasta manipular vilmente a Yozora(Protagonista principal y jefa del grupo), mostrando sus sentimientos en el mismo campo en el que suele criticar y burlarse de Sena; es así como Rika además de la potenciada ayuda que le da su Seiyu (me divierte escucharla) ha subido muchos escalones en mi ranking.

    11 febrero 2013 en 10:44

  3. german5577

    Su pretensión es encajar en el sector más amplio y numeroso (los “normalitos”). Por tanto, su negativa a entablar amistad con los desquiciados del Club tiene sentido, pues, si fundaran su propio grupo de “amigos raros”, reafirmarían su marginalidad.

    En mi opinión personal esta conclusión está errada. Yozora nunca tuvo intenciones de encajar dentro de la sociedad, es mas, detesta a los “normales” y está orgullosa de no pertenecer a este grupo social. Ella encuentra su identidad en su marginalidad y deliberadamente busca diferenciarse de ellos.
    Yozora, pese a que dice aspirar a ser popular y normal, en realidad tiene una idea muy idealizada y pura de lo que significa la amistad, lo que queda reflejado a la perfección en la primer temporada a través de la frase de su pasado, que por cierto no recuerdo muy bien y que decía algo así como “antes que conseguir 100 amigos es preferible hallar un solo amigo que aprecies tanto como a 100 personas”. Ella aspira a esa clase de relación y no se conformará con menos. Es por esto que queda impresionada por la película del HomoGame Club, la cual tal como explicaste, esta repleta de diálogos e imágenes embellecidas, para ocultar la verdadera intención del filme, que coincidente mente reflejan los ideales de Yozora sobre la verdadera amistad. Sus “ensayos” y “prácticas” no son mas que meras excusas para encubrir sus intentos de restablecer su antigua amistad con Kodaka.

    27 febrero 2013 en 00:51

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