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Girls und Panzer OVA 1: Panzervice

Semántica del fanservice

¿Cómo se define el fanservice? Aunque muchos aficionados, foreros y bloggers utilizan esta palabra a menudo (en ocasiones, en sentido peyorativo), la mayoría le adjudica un significado impreciso e inadecuado. Por desgracia, la inmediatez comunicativa que caracteriza a internet impide que reflexionemos acerca del vocabulario que empleamos para ejercer la crítica. Sin embargo, esos vocablos marcan la pauta del debate: es necesario esclarecer su sentido para promover una discusión sin tergiversaciones. Aprovecharé esta primer OVA de Girls und Panzer para proponer una “metalingüística” del término fanservice y ensayar una interpretación del fenómeno en su aplicación al anime. He decidido no aplicar una categoría tan polémica como “Arte” y caracterizar la estética 2D japonesa (anime, manga, juegos, novelas) como una industria cultural. El receptor (en forma de espectador, lector o jugador) es un consumidor. La creación y distribución de productos culturales (y sus derivados) están inmersas en una lógica de mercado. El artista puro puede darse el lujo de operar a espaldas del mercado (e incluso, oponerse). En cambio, los creadores de entretenimiento están obligados a participar de un diálogo permanente con su público objetivo, su base de potenciales clientes: entre las posibilidades de oferta que proponen los creadores y las demandas del consumidor, se establece una negociación cuyo resultado es, justamente, el fanservice.

Para complacer al público, no basta una historia: se necesita establecer una relación de complicidad entre emisor y receptor. En suma, darle el público en la yema del gusto, engreírlo, hacerlo sentir “especial”, darle un extra, un “bonus”. Además de brindar diversión mediante un relato de ficción, debe proporcionarse elementos que generen un deleite estético inmediato y fugaz. Ese “regalo” se denomina fanservice: todo tipo de material narrativo cuya utilidad dentro del relato sea satisfacer las preferencias del fanático. La opinión general sostiene que estos ingredientes “adicionales” son introducidos de forma caprichosa y gratuita. En realidad, estos elementos intervienen en un rango diferente al argumental. El fanservice influye a nivel del detalle: le añade un matiz al desarrollo de la trama, un colorido particular, una chispa. Captarlo y gozarlo, encontrarle la gracia, es un ejercicio restringido. El “servicio” no busca agradar o seducir al “público en general”, pues está destinado específicamente a una clase de consumidor (el “fan”), el único capaz de decodificar, valorar y disfrutar esos “obsequios”. En consecuencia, existen tantas versiones de fanservice como fandoms. Aunque el exhibicionismo, el erotismo, el innuendo sexual y las situaciones pícaras sean sus formas más difundidas, también califican como “service” las apariciones especiales (cameos), las guest stars, las alusiones u homenajes a otros productos, las especificaciones técnicas, los disfraces, etcétera.

El fanservice abarca una gama más amplia que simplemente el ecchi, los fetiches y los pantyshots. La noción incluye toda variedad de special feature: desde las ropas de baño, pasando por episodios playeros, baños termales, noches de pijamada o fiestas de karaoke, hasta las clásicas yukata. En suma, toda característica o circunstancia que quiebre la rutina del personaje o agregue un cariz espectacular o vistoso. Aparte, contra el juicio negativo de muchos comentaristas, puede sostenerse que tales “añadidos” cumplen un papel en la estructura compositiva del relato. Queda por relativizar un tercer mito acerca del fanservice: su carácter “dañino”. No existen recursos “buenos” o “malos” per se: su éxito depende de cómo se administren e integren estas fórmulas al planteamiento narrativo. El anime late night es un sistema de nichos: ante semejante configuración, es improbable concebir una serie sin “service”. No obstante, para funcionar con eficacia, estos elementos “extra” deben limitarse a fungir de acompañamiento, de adorno. Como mencionaba líneas arriba, una historia sin “bonus” es insuficiente. Ocurre igual en viceversa: el fanservice solo, en ausencia de argumento, es inútil, no alcanza a contar nada y corre el riesgo de empachar y aburrir. En cambio, cuando se suministra con ingenio y pertinencia, puede enriquecer la experiencia del disfrute. Los directores deberán manejar estos criterios con equilibrio, buscando fijar un balance. El caso de Girls und Panzer es digno de análisis, pues el producto no pretende evadirse absurdamente de la lógica del mercado, pero tampoco claudica en su pretensión de privilegiar el relato.

Desde el título, la serie parecía dedicada al pandering (alcahueteo) de dos comunidades de aficionados distintas: los adeptos al moe y los otaku militares. En efecto, la historia satisface con creces ambas expectativas: los amantes de las comedias ligeras con chicas lindas “doing cute things” obtuvieron su dotación de ternura y optimismo, mientras los especialistas en armanento pesado se deleitaban con la afinada coreografía de tanques clásicos de la Segunda Guerra Mundial. La palabra panzer insinuaba también una homofonía con pantsu (calzones) e invocaba el recuerdo de otra serie de perfil similar como Strike Witches. Sin embargo, Tsutomu Mizushima (quien venía de dirigir Another) libró una curiosa batalla contra sus propios animadores para evitar filtraciones innecesarias de fanservice (en especial, las pantaletas). Ahora podemos apreciar los resultados. No solo impidió los excesos de “service” sexual, sino también dosificó con prudencia el contenido “técnico”: no necesitas demasiados conocimientos armamentísticos para sumergirte en la trama. Pero la industria se mueve por dinero, el producto debe rendir ganancias, cuyo termómetro principal es la venta de BD/DVD. Para engreír al consumidor se distribuyeron los “bonus” mediante dos estrategias, sin tocar el relato principal. En principio, los episodios recap: con especificaciones y comentarios jocosos acerca de las características más resaltantes de cada tipo de tanque, se intentaría halagar al fanático de los temas bélicos. En segundo lugar, las OVAs parecen destinadas a gratificar al espectador que demanda bellas adolescentes en traje de baño, sexys paneos y actividades “juveniles” (salir de compras, jugar en la playa, viajar al campo). La estrategia es magnífica: un público más amplio puede disfrutar de Girls und Panzer sin sonrojarse ni arrepentirse, y obviar las recapitulaciones si poco le interesan los tecnicismos o dejar de lado las OVAs si acaso les disgusta el “service” veraniego. Las aventuras de Nishizumi sweetie y su pintoresco escuadrón abarcan el producto principal y puede gozarse sin rellenos ni disgresiones, porque ese contenido sobrante se derivó a los cortos de siete minutos que vienen “de obsequio” en cada disco. Y felices todos (bueno, nos contentaremos cuando se estrenen los episodios 11-12 en marzo).

Guerras de shopping center

Suena paradójico lanzar un especial de playa durante diciembre, cuando la temperatura en Japón empieza a descender. Sin embargo, los calendarios de ficción avanzan según su ritmo particular, no necesitan coincidir con el mundo real: hemos celebrado Navidades en marzo, comido chocolates de San Valentín en julio y acudido a templos por Año Nuevo en octubre. Por razones antojadizas, el equipo de Ooarai disputará una etapa del torneo de Panzerfahren en una isla tropical: si pelearán en semifinales por encima del paralelo 50 Norte, no cuesta imaginárnoslas cerca de la línea ecuatorial. Momo-chan no cuestiona el extravagante silogismo que utiliza la Presidenta para explicar la situación, quizá porque Anzu Kadotani, la reina del random, no necesita de argumentos lógicos para validar sus ganas de divertirse o porque una loli twintail comiendo galletas en pose relajada resulta siempre incuestionable. Por desgracia, aunque se mudó a vivir en un barco (que ancla periódicamente en distintos puertos), Miho se olvidó de empacar la ropa de baño (o, como especulan las malas lenguas, la robó su truculenta hermana mayor). Es regla del moe-ness: las típicas “chicas buenas” del anime jamás se exceden, cuidan sus buenos modales, actúan con modestia (o timidez) y cometen torpezas por andar distraídas. Miporin se estrelló de narices contra un poste de alumbrado: es comprensible que olvidara comprarse un bikini ¡después de pasarse horas tonteando en una tienda de artículos playeros! Por suerte, Yukari sale al rescate gracias a su magistral manejo de la información, no solo militar, sino práctica. La hija del peluquero es la auténtica joya del escuadrón: conoce la boutique ideal para encontrar la mayor variedad de trajes de baño, sabe de moda “panzer” y guarda celosamente en su memoria las tres medidas de Nishizumi-dono. Incluso transformó su Panzer IV en una especie de bungalow veraniego. Solo les falta bautizar al tanque para convertirlo en la versión militar de Gitah.

Sorprende que Yukari, la menos girly girl del quinteto, termine arrebatándole el título de Miss Fanservice a Saori, la coquetish por antonomasia, pero la sargento Oddball se consagró como chica fashion cuando eligió -con asombroso buen gusto- ese bikini marrón con insignia del Afrika Korps. Luego volvió a sumergirse en sus delirios bélicos (los drysuits la enloquecieron, pero debajo llevaba unos “artilugios” más provocativos). Me decepcionó que Takebe-san se decidiera a comprar un modelo amarillo tan plano después de suspirar por otros estilos más lindos y promover con entusiasmo los diseños “panzer”: ese traje atrevido con pareo de malla que imitaba el Schürzen y los prints con escudos de batallones históricos lucían geniales, son ingeniosos y “fashionables”. Los patrones militares (el camuflaje, por ejemplo) son parte del estilo urbano tan popular estos últimos años: los modelos inspirados en tanques tienen ese toque cool y sería sensacional si la realidad imitara la ficción y viésemos este próximo verano a alguna chica bien bronceada luciendo el emblema de las Ratas del Desierto. Por desgracia, las history nerds no comparten el talento de Guderian para escoger su ropa (¿será porque Yukari vive en una coiffure?), pero Erwin se destapó y liberó su lado sexy. Saemonza no siente vergüenza de evidenciar su escasez de curvas y Caesar hubiese representado mejor la época si usaba ese bikini estilo Pompeya, pero el traje de legionario resalta su majestuosidad. Sus locuras quedan chicas en comparación con los absurdos del club de volley (WTF!?: ¿implantes de pelotas?) y el moe macabro de las chicas de primer grado (aunque la tabla flotadora en forma de motosierra es estupenda, de forma espeluznante). La sonrisa de Aya sosteniendo el flotador de tiburón es tan disparatada como encantadora. Pero, según este capítulo, cuando las mujeres salen de shopping, pierden el seso. La única cuerda entre desquiciadas es Miho, pero seguirle la corriente a tan enajenadas compradoras será una misión ardua. Comandar ese grupo tan variopinto debe causarle un enorme stress. La abruman con preguntas y responsabilidades en los entrenamientos del Sensha-dou y, para colmo, continúan apabullándola con asuntos de moda. El refrán popular reza “Cada loco con su tema”: Ooarai es una nave de locas “temáticas”, cada equipo cometiendo locuras acordes con sus aficiones, pero unidas para lanzar su grito de guerra adolescente (¡qué viva el centro comercial!). Lástima que cayera la lluvia antes de romper la sandía o construir castillos de arena, aunque después de los deliciosos paneos de Saori y Hana o de Yukari usando su fuerza sobrehumana de loader para zarandear a Mako por los aires, incluso el espectador más friolento de diciembre habrá saboreado esa sensación de calor del Hemisferio Sur en enero.

Y porque ustedes lo esperaban… PANZERVICE!!:

2 comentarios

  1. O-Part

    ¡Muchas gracias por sacarnos de nuestra ignorancia!

    Qué haríamos sin tu sabiduría infinita… ^.^

    29 enero 2013 en 15:36

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