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Nogizaka Haruka no Himitsu: Finale♪ 4 (FINAL): Fight for your love

Un reparto all-stars de personajes secundarios se reúne bajo las órdenes de Mik~ka Mika para apoyar a Yuuto a ejecutar su misión de rescate. Una turba tan pintoresca es garantía absoluta de éxito: una imouto pícara y metiche, un trío de chismosas, los tres idiotas del colegio, un otaku, dos alcohólicas y un batallón de mucamas. En anime, esta constelación de talentos basta para tomar por asalto un castillo, poner en jaque al clan económico más poderoso del Japón, impedir un matrimonio concertado y armar alboroto en nombre del amor. Incluso Touka Tennouji se presentó a tiempo para devolverle el favor a Rodríguez, porque, como amerita un episodio final, todos están invitados a lucirse en la gran fiesta de despedida y aportar su granito de nostalgia. En ambiente de carnaval, se escenifica el último acto antes del happy ending, una lucha agónica, de telenovela, al mejor estilo de Nogizaka Haruka no Himitsu: melodramático, desproporcionado, colorido, inverosímil, cursi, pero entretenido y espectacular. El Meido Team exhibe sus alucinantes habilidades de combate, la profesora Yukari revela sus letales técnicas de tragafuegos, Ruko-nee se zampa una botella entera de sake antes de blandir su katana de apodo rimbombante, los tres chiflados y Nobunaga deciden que, después de veintisiete capítulos haciéndolas de payasos, era hora de comportarse como hombres, Shiina colabora sirviendo de carnada y alentando a Yuuto con palabras conmovedoras, mientras que Haruka -la chica perfecta- no pretende quedarse de brazos cruzados a cumplir el papel de damisela secuestrada. Desenfunda su elegante y femenina naginata, el arma apropiada para una yamato nadeshiko. El apuro de narrar el desenlace en formato OVA le otorga al relato un ritmo trepidante: no existe un segundo de descanso hasta el reencuentro de los amantes, hay sufrimiento, esfuerzo y terquedad a niveles absurdos y sobran los clichés, pero esa mezcla atropellada de dramatismo naif con escenas de pelea (por partida doble) es divertida y conserva ese espíritu mitad pícaro, mitad ingenuo que caracteriza a la dulce Lumière du Clavier. El público perdona las cursilerías y despropósitos porque, si llegaron hasta este punto acompañando a su otaku de closet favorita, son auténticos seguidores de la serie y conocen su estética de colorinches con ligeras pizcas de ecchi y hartos terrones de azúcar. Solo falta superar el escollo final con un gesto épico, tan excitante como dulcete.

El mundo de Haruka Nogizaka es encantador y divertido porque (los fans comprenderán) somete a prueba el margen de tolerancia de nuestra suspension of disbelief. Este término proviene de la teoría literaria anglosajona para describir el mecanismo cognitivo que permite el consumo de historias de ficción: cuando nos situamos frente a un relato ficticio, los consumidores solemos “suspender” nuestra “incredulidad”, asumimos, durante el corto período de tiempo que dura la lectura de una novela, un manga o el visionado de una serie de televisión, obra de teatro o película de cine, que aquella historia formada por personajes y argumento son reales o, mejor dicho, operan “como la realidad” o “en sustitución de la realidad”. Para lograr ese efecto, nuestra conciencia debe permitirse el lujo de evitar la desconfianza y someternos con cierta docilidad a las reglas que propone la narración. Es mucho más complejo que simplemente “entregarse” de forma pasiva: no significa abandonar la posibilidad de criticar o cuestionar un producto, sino permitirle al relato desarrollarse según sus propios parámetros para lograr conectarnos con la historia y vivir la ilusión. El consumo moderno de productos culturales (cine, literatura, televisión) transcurre en forma de diálogo o negociación. Cuando una situación nos suena demasiado descabellada, grotesca, ridícula o estereotipada al límite de parecernos inverosímil y frustrar nuestra capacidad de “creer”, podemos sublevarnos y cerrar el libro, abandonar la sala o apagar la pantalla. Sin embargo, en ocasiones, otros valores de consumo permiten mantener la empatía y evitan el disbelief (impidiendo que nuestro escepticismo o conciencia crítica destruyan la fantasía). He mencionado líneas arriba el factor entretenimiento. Mientras un producto diseñado con el propósito expreso de divertirnos cumpla su función con eficacia, lo demás es accesorio. La famosa rule of cool expresa esta nueva jerarquía: no importa cuán irreal, exagerado o trillado luzca un argumento mientras provea de espectacularidad. Frente a las sensacionales maids guerreras, los aterradores Sabuesos del Infierno lucen como una masa de ineptos espadachines, débiles y carentes de reacción, atacando a la bruta, en desorden, sin acertar un golpe. El escuadrón de seguridad de élite más temible del Japón es aplastado y neutralizado por una pandilla de sirvientas rebeldes. Dos ebrias sexys los derrotan usando sus habilidades de dipsómanas. La premisa es irreal desde que concebimos un grupo de meidos con cualidades tan alucinantes. No resulta tan insensato si matizamos el concepto occidental de “maid” (la apacible empleada del hogar dedicada a tareas domésticas) con la noción japonesa tradicional del “servidor”, según lo codifica el anime (individuos talentosos reclutados por familias aristocráticas para poner sus destrezas al servicio del patrón bajo un juramento de fidelidad). Es insensato, el colmo del disparate que Alice-chan, una niña tímida, torpe y delicada, pueda elevar su chi a niveles uver 9000 y empuñe sin esfuerzo una descomunal excálibur mientras entra en un adorable estado de little sister berserk. Es desatinado, pero genial: nada más sensacional que mucamas ninja tan capaces de cocinar una cena gourmet como utilizar su sartén y cuchillo de carnicero para enfrentar a treinta gorilas con pinta de yakuza. Nada más cool que presenciar la transformación de cuatro idiotas inútiles en héroes. Nada más hotblood que Hazuki enarbolando su sierra eléctrica. No necesitamos discutir cuán delirante nos parezca, mientras esas emociones instantáneas satisfagan nuestro deseo de asombrarnos.

Han transcurrido cuatro años desde su debut en anime, pero Haruka Nogizaka conserva intacto ese cándido poder de fascinación. No porque fuera la heroína romántica más conmovedora ni porque sus desencuentros sentimentales generasen mayor identificación, sino gracias al cúmulo de virtudes y adornos que transforman a la chica del secreto en encarnación ideal del objeto de deseo. Antes y después de Haruka, hubo varias otras muchachas en anime que compartían su “vergonzosa” afición. Sin embargo, la mayoría eran fangirls desquiciadas (fujoshi), poseían una pizca de perversidad masculina o reproducían -en versión femenina- las monstruosidades del fanático más asquiento. En cambio, con Nogizaka-chan, se construye una imagen idealizada y normalizadora, que alimenta los anhelos del espectador frente a la condición de marginalidad del otaku. Haruka es Étoile de la Nuit, la ídolo del colegio, una dulce adolescente de dieciséis años, millonaria, de curvas rutilantes, de elegante cabellera castaña sujeta por una coqueta y conservadora vincha blanca, un dechado de buenos modales, de charm, de finura, una alumna ejemplar, políglota (habla inglés y ruso), eximia intérprete del piano, una yamato nadeshiko experta en las artes tradicionales del ikebana y la ceremonia del té. Incluso sus defectos suman: es algo dojikko (como Aki-chan), pero empeñosa, y aunque es ingenua en temas adultos, esa simpleza es reflejo de su carácter bondadoso y humilde. Para colmo, adora el anime late night, le encantan las revistas tipo Megami o Animage, le fascinan Akihabara y los Comiket, crea sus propios doujin. He discutido en otros artículos cómo el diseño de Haruka (y, en general, el planteamiento del fenómeno otaku en la serie) pretenden proporcionar una imagen artificial y redentora del aficionado que reivindica su derecho a insertarse en un horizonte de expectativas sociales. El argumento es tramposo porque no reclama ante la sociedad respeto por la diferencia (los otaku son cruelmente discriminados porque se comportan, visten o hablan distinto, por tanto, debe crearse un clima de tolerancia y comprensión) sino lo contrario: se presenta al otaku como sujeto normal, común y corriente, un individuo que busca integrarse antes que distanciarse del resto de su comunidad. Esta propuesta es utópica, reposa en un idealismo melodramático, pero esta clase de discursos surgen para satisfacer un deseo estético, un ansia de belleza que hable el “idioma” del espectador. Esta identificación explica la popularidad de personajes como Konata, Nagi Sanzenin o Mafuyu Shiina. Sin embargo, la inofensiva dulzura de Haruka, sus desastrosos dibujos y su entusiasmo infantil nos hacen olvidar que además de exquisita repostera, armoniosa cantante o diestra pistolera de videojuegos, también es cinta negra en aikido y campeona nacional de naginata, esa lanza samurai de cuchilla curva, considerada el arma femenina japonesa por excelencia. Este dato se menciona al inicio de la primera temporada, pero en veinticuatro episodios de televisión nunca vimos a Haruka practicar este arte marcial ni valerse de sus técnicas de defensa personal salvo cuando castiga en público a cierto compañero de clases por insultar a Yuuto. La naginata se convirtió -durante el período de dominio de las castas militares en Japón- en símbolo de estatus social femenino. Mediante este emblema, las jóvenes hijas de la aristocracia guerrera participaban en forma activa del combate y, en ocasiones, ejercían el liderazgo en una sociedad estructurada alrededor de jerarquías bélicas. Este dato es significativo, pues Akiho, la madre de Haruka, exhibe también, pese a su edad, dos partos y vestir un pesado kimono, una sorprendente agilidad y maestría en el manejo del arma señorial.

La faceta badass de Haruka se mantuvo reservada bajo siete llaves hasta un caso de máxima urgencia: derribar a los Hellhounds que custodiaban la capilla apenas le demandó unas gotas de sudor, ni siquiera ensució su impecable traje de novia hasta que cayó rendida ante la fuerza de mamá. El contrapunto de combates generacionales (adolescentes versus adultos) es quizá la escena más emocionante de toda la serie. Los protagonistas pelean por su amor: suena relamido, pero estos instantes de tensión melodramática constituyen el meollo de la comedia romántica, la lucha angustiosa (hasta sufrir penurias indescriptibles o atravesar conflictos emotivos exasperantes) contra los escollos que obstruyen la concreción del deseo (“estar juntos”, según Haruka). Desde el inicio, la pareja ha superado esos sucesivos desafíos: la exclusión social (cuando Yuuto se responsabiliza por la revista que Haruka llevaba dentro del maletín), la discriminación (con ayuda del abuelo, Yuuto responde a las humillaciones de Shute), los villanos que intentan separarlos por motivos subalternos (las embaucadoras managers de la agencia de idols), una rival (Shiina declara su amor asumiendo una franca actitud de provocación), los miedos del pasado. De repente, los señores Nogizaka, antes permisivos y favorables al romance entre su hija mayor y el caballeroso cuatroojos, se muestran reacios y conservadores, empleando argumentos clasistas para descartar a Yuuto como candidato a yerno. Además, surge una inesperada villana final (Setsugetsuka Tennouji), aunque su participación es escasa y marginal, no realiza ninguna fechoría salvo conspirar contra su prima Touka (la tsundere del pijama moo-moo gown) y reírse como condesa maligna. No ejerce influencia, su intervención se resuelve en segundos cuando recibe su escarmiento a merced de una loli enojada. Sin embargo, su presencia era necesaria para redondear el ascenso de Haruka: el episodio 3 de Finale relató su reconciliación con sus antiguas compañeras de secundaria, quienes se disculparon por aislarla y traicionarla, y responsabilizaron a Setsugetsuka por urdir un feroz operativo de bullying destinado a arrinconarla. Por justicia poética, Haruka se merecía una revancha completa en presencia de su peor enemiga. Un happy ending está incompleto sin aquel giro del destino que premia al héroe y castiga al patán. La love comedy se fundamenta sobre el ideal del merecimiento: el amor jamás es caprichoso, los amantes son sometidos a pruebas físicas y morales para justificar sus sentimientos y demostrar su aptitud para defenderlos. Impedir una boda pactada es otro tópico del heroísmo telenovelesco. Los padres de Nogizaka-chan armaron el tinglado del falso matrimonio porque, según Gentou, es tradición familiar el examinar los sentimientos de la futura pareja (su vigor, su fortaleza para sobrellevar los embates, su nivel de compromiso). Esta excusa extravagante se sustenta en razones válidas y legítimas: el abuelo de Haruka delegó el mando en Akiho (probablemente su hija mayor) y su yerno (quien adoptó el apellido Nogizaka, adhiriéndose al linaje de su esposa). Gentou no tiene descendientes varones, por tanto, el liderazgo del clan recaerá, cuando sus padres decidan retirarse a descansar, en Haruka, la primogénita. En consecuencia, su potencial hijo político debe acreditar, además de suficiente coraje y perseverancia, una fidelidad inquebrantable. No pueden arriesgarse a confiarle el control del imperio a cualquier pelele, aunque tenga buenas intenciones. Yuuto retribuye esa preocupación con valentía romántica: a diferencia de otros protagonistas de harem, sus momentos de indecisión son mínimos, no teme defender sus opiniones y, aunque dude, regresa al ruedo a continuar peleando. El ciclo se renueva: para adquirir la “mayoría de edad”, los hijos se rebelan ante los padres y combaten para afirmar su identidad como adultos, su derecho a decidir.

Cuando Yuuto vence la resistencia de Gentou y Haruka quiebra la naginata de Akiho, ambos demuestran tener las agallas, la tenacidad, la fuerza para perpetuar la estirpe y suceder a los viejos como jefes de familia; por tanto, según mandan los cánones del melodrama clásico, el único desenlace coherente deriva en un matrimonio, ahora verdadero, con iglesia, invitados y lágrimas de Hazuki y Gentou, además del consabido bouquet. Cuando se estandarizó este tópico, tenía una utilidad social: el ritual religioso de la boda otorgaba una legitimidad institucional a las pasiones amorosas, el goce erótico se encauzaría hacia la reproducción del orden social mediante la formación de una familia. En pleno siglo XXI, cerrar una historia casándose de blanco tiene simplemente un valor de fetiche romántico: es lindo y enternecedor. No tuvimos la oportunidad de conocer la suerte del resto de personajes: habremos de suponer que continúan siendo ellos mismos, que Yukari-sensei sigue soltera y acosando sexualmente a sus alumnos, que Nobunaga ha ampliado su feudo a otras tiendas de Akihabara, que Touka bebe leche en caja por montones y los tres idiotas todavía no consiguen una novia aunque se esfuercen. Solo nos enteramos que Shiina sigue tropezándose con chicos y obsequiando pantyshots como tarjeta de presentación: ojalá este último encontronazo le depare mejor suerte en el amor (usar pantaletas rosado fosforescente ayuda a captar incautos). Haruka es torpe y Yuuto un pervertido accidental y montan una escena pícara en pleno atrio de la parroquia: nadie cambia, el matrimonio es apenas un evento, como la primera cita, el primer NatsuCom, el primer festival estudiantil, son hitos que marcan etapas, pero no cambian al personaje porque la comedia romántica requiere justamente de ese sustrato de invariabilidad, de inmutabilidad, esos rasgos permanentes, esas torpezas incurables. Los personajes no sacrifican su personalidad para alcanzar la felicidad: las historias de amor se sustentan sobre la ilusión de vivir en un mundo sin hipocresías.

Las OVAs de Nogizaka Haruka no Himitsu cerraron con apuro los últimos hilos pendientes del relato: Shiina es rechazada y acepta su derrota, Haruka confiesa sus sentimientos, las compañeras que antaño la marginaron, ahora le piden perdón y, luego de casarse con Yuuto, nadie interrumpe su ansiado beso final (incluso las tensiones dentro del clan Tennouji se solucionan en pocos segundos). Aunque el material a narrar merecía una temporada de doce episodios (la introducción de Setsugetsuka es tardía y luce algo improvisada), alargar la adaptación hubiese ocasionado los mismos errores de narratividad que afectaron a Purezza (en particular, esa sensación de lentitud y empalago). El fanático de 2008 que cantaba “Tomadoi Bittertune” puede considerarse resarcido después de tantos amagos, simulacros e intentos fallidos. Hubiese preferido que enfatizaran con mayor seriedad la importancia del combate contra los padres o invirtieran más airtime en relatar las andanzas amorosas de Yuuto y Haruka en escenarios con referencias otaku. Lanzar los créditos encima de la escena que generaba más expectativa es otro fallo de planeamiento: si necesitaban ese minuto y medio, pudieron obviar el opening, no superponer las letras sobre las imágenes (este stitch de Shiina se estropeó por culpa de tanto kanji). Pese a estas falencias, el viaje de reencuentro y despedida cumple con creces su función de divertir y dejar los cabos atados.

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2 comentarios

  1. ya me espolie no!!!!!!, una gran serie, recuerdo cuando empeze a ver la historia, comence a ver purezza, pero no entendi ni un carajo hasta cuando me entere que era secuela asi que a buscar la 1era temp, luego vi purezza nuevamente, si que ha pasado tiempo, aun no he visto el ultimo OVA. se nos va una una historia que quedara guardada en mi carpeta y espero poder compartirla para que mas personas sepan de esta hermosa historia. Saludos

    18 enero 2013 en 20:36

  2. Haha, no viene ABSOLUTAMENTE al caso, pero el título del artículo mentalmente me llevó a esto: http://www.youtube.com/watch?v=w4f_wERI_bM
    En el fondo, todos los que en algún momento nos hemos considerado “otakus” con todas las letras puestas, hemos esperado un resarcimiento social como Haruka (sí, aunque no es mi género ví la primera temporada), algo así como dejar de ser una “sub”-cultura y vernos y que nos vean como sujetos normales del grupo de amigos. En estas épocas en las que está de moda entre los chiquillos autodenominarse “otakus” solo porque ven One Piece, Bleach y Death Note, ya hasta da roche ponerse el apodo. Como han cambiado los tiempos…

    18 enero 2013 en 22:41

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