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Boku wa Tomodachi ga Sukunai NEXT 1: Placeres carnales

UNIVERSE!!! El catastrófico Club de la Buena Vecindad reanuda sus desastrosas actividades, buscando la fórmula ideal para “encajar” y conseguir amigos. La serie mantiene su premisa fundamental, el tópico del “club extravagante”: un grupo de sujetos estrafalarios o marginales, todos heterogéneos e incluso incompatibles. En lugar de reclutarse con métodos convencionales, sus miembros terminan uniéndose en circunstancias precarias, de casualidad. Además, mientras las asociaciones estudiantiles se caracterizan por dedicar sus esfuerzos a cumplir objetivos culturales, artísticos o deportivos, los “clubes extraños” tienen metas ambiguas o absurdas, simples excusas para holgazanear y divertirse a costas del colegio. También puede funcionar como harén, pero el humor proviene de los eventos grupales, donde se suscita una mezcla caótica de personalidades. La combinación de ridiculeces individuales genera una bola de nieve de idiotez colectiva. Esta segunda temporada de Boku wa Tomodachi ga Sukunai parece marcar un ligero cambio en la orientación del relato. Después de emerger los recuerdos de infancia de Kodaka y Yozora, y tras profundizarse la relación del protagonista con Sena, el espacio cerrado del salón de reuniones, que aparentaba cierta pluralidad, tiende a convertirse en plataforma del triángulo amoroso. Los focos se concentran sobre el supuesto yankee, la apetitosa Niku y la temperamental Bitch Queen, mientras el resto de figuras empiezan a empalidecer. Los rollos particulares de Kobato (las disparatadas ensoñaciones otaku) y Yukimura (sus intentos de volverse “masculino” practicando el crossdressing) les bastan y sobran para sobrevivir como acompañantes cómicos, pero a Rika le urge una trama y Maria necesita un discurso menos limitado, o acabarán descendiendo a figuras terciarias. La meganekko participa del engaño a Sena y colabora a crear su “peinado de verano” con calamar frito, bikinis y yakisoba, pero solo sirve de reflejo al planteamiento de Yozora: su personalidad no influye, la escena no hubiese sufrido ningún menoscabo si eliminaban su intervención, la malvada osana najimi hubiese persuadido a Niku con su tramposa retórica y habría transformado su cabellera en un muestrario gastronómico. Aunque siempre imperó un esquema de comedia romántica (harem, ecchi), el enfoque parece reconducirse y privilegiar los conflictos emocionales del triángulo amoroso. El tema del “pasado secreto” de Sora se resolvió al final de la temporada previa, cerrando una etapa: la continuidad narrativa (la posibilidad de alargar la historia) depende del surgimiento de nuevos conflictos o nudos. Solo queda un hilo disponible porque continúa irresuelto y, mientras siga abierto, será explotado hasta la saciedad: la guerra de yeguas, rubia versus morena, entre Yozora y Sena, oppai contra zettai ryouiki, un auténtico clásico del fetichismo cuyo premio gordo, además de satisfacer sus desmesurados egos, es ganar o, mejor dicho, apropiarse del amor de Kodaka. Suena desagradable, pero divertido. Incluso esas arpías egocéntricas y malcriadas parecen albergar, bajo su espesa capa de orgullo, unos miligramos de ternura. Además, empiezan a manifestarse signos de un fenómeno habitual en parejas de personajes antagónicos y complementarios: la mutua interferencia. Las enemigas íntimas han profundizado su relación mediante el insulto, los golpes, las vilezas: necesitan incordiarse, viven para joderse. Sin embargo, durante ese proceso de continuos resentimientos y venganzas, de travesuras malévolas y apodos injuriantes, han forjado una relación de afecto, bastante paradójica, pero intensa: no podríamos catalogarlo como “amistad”, pues se alimenta del odio, se nutre de emociones negativas, aunque se traducen luego en emociones placenteras.

Estos síntomas de influencia se manifiestan de forma cómica. Yozora irrumpe disfrazada de Niku e intentando imitar (o caricaturizar) su conducta de ricachona engreída. Incluso ha buscado un adorno en forma de mariposa celeste parecido al prendedor que utiliza Sena. Solo le faltó rellenarse el sostén. Su propósito era ridiculizar e insultar a su carnosa rival, pero se nota a leguas que Sora disfruta con especial deleite el descargar sus frustraciones y envidias mientras realiza esa parodia, aunque termine avergonzándose de su estupidez. La rubia tampoco se queda de brazos cruzados: ha copado el techo de su recámara con montones de fotografías de Yozora, obtenidas con métodos furtivos, al peor estilo stalker. De noche, se acuesta a contemplar su obra mientras olisquea la peluca de Sora con éxtasis masturbatorio y refuerza sus deseos de vengarse. El componente erótico es innegable: alimentar ese rencor le proporciona un placer imaginario, sus ilusiones la excitan. En ambos casos, las chicas buscan a propósito enardecer esos sentimientos (bronca, desprecio, ensañamiento) para procurarse gozo. Sería retorcido si consideráramos esta dinámica de ataques y provocaciones como mera excusa para saciar sus impulsos sádicos. Quizá, en la superficie, estas adorables brujas se complazcan cometiendo maldades y alimentando su inquina. Sin embargo, ese trato violento enmascara sus auténticos anhelos de convertirse en mejores amigas o -prefiero esta interpretación- han encontrado la fórmula perfecta para comunicar su cariño y fomentar su amistad. Ambas heroínas manifiestan una fijación enfermiza por su supuesta archienemiga. Ponerse disfraces o coleccionar objetos que recuerden al “otro” son señales inequívocas de obsesión. Si añadimos un tercer componente a la ecuación (el desdichado Kodaka), obtendremos un caso típico de deseo triangular o mimético. Los seres humanos no deseamos los objetos de manera libre y espontánea: nuestras preferencias están mediatizadas por figuras que sirven de intermediarios y condicionan aquello que juzgamos “deseable”. Esto incluye lo estético (los estándares de belleza) pero también lo conductual (cómo debemos portarnos) y lo aspiracional (qué metas ansiamos lograr). La mayoría de veces, el mediador es un personaje lejano a nuestra esfera (una celebridad, un personaje de ficción, alguien muerto), pero, en ocasiones, se producen interferencias entre gente cercana (amigos, compañeros de estudio, hermanos), quienes podrían competir por el mismo objeto de deseo mientras, en simultáneo, refuerzan su convencimiento de perseguir ese objetivo, ahora mediante la rivalidad. Surgen, entonces, la envidia, los celos, la frustración, todo el arsenal melodramático. Cuando el proceso se agudiza, el objeto de deseo pierde importancia, se convierte en excusa, pues la fuente de placer se desplaza, primero, hacia el afán de competir y ganar; y luego, al rival. Esta temática se aplica con frecuencia en novelas de corte dramático o romántico, pero también dispone de una alternativa humorística. Es paradójico que, después de tanto maltratarse y humillarse, los enemigos se necesiten, porque, de lo contrario, perderían su identidad. No dudo que exista una dosis (muuuuuy grande) de mala saña cuando Yozora ingenia sus tretas o cuando Sena jura cobrarse revancha y quizá la bronca sea sincera cuando Niku la llama idiota y sale corriendo (un verdadero running gag) o cuando Sora le reprocha que sea linda, popular y, para colmo, millonaria. Son caras opuestas de la misma moneda: carecen de las características que posee la otra y esa insatisfacción provoca la envidia, pero también el afán de igualar o imitar al rival (se odia al otro porque se desea ser el otro). La repulsión deriva en atracción. Es contradictorio y, para resaltar esa incoherencia, la comedia recurre al ridículo. Boku wa Tomodachi es una historia light: la rivalidad mimética no acarrea graves consecuencias (salvo las nalgadas que recibió Sena), los odios destructivos no recrudecen, todo queda en travesura. Incluso Yozora pide disculpas (antes, había admitido que únicamente le ponía sobrenombres a sus amigos). En resumen, ambas son dos chicas buenas, tiernas, amables, pero se esfuerzan con ahínco por echar al trasto esa buena impresión.

El cambio de rumbos también obligará a Kodaka a abandonar su cómoda neutralidad, una actitud que convenía mucho a su temperamento tranquilo y sarcástico: mantener el equilibrio, no salirse del justo medio, no parcializarse ni mostrar preferencias injustificadas. Cuando criticaba a Yozora por molestar demasiado a Sena habla desde el sentido común, no porque defienda a Niku con especial interés. Pero encontramos un indicio de inestabilidad o, mejor dicho, un presagio. Pegasus le pregunta a Kodaka si acaso su hija es víctima de alguna clase de bullying cosmético. En realidad, ese peinado heap es culpa tanto de la malevolencia de Sora como del carácter incauto y vanidoso de Sena (su soberbia le ciega el raciocinio, porque, en otros asuntos, como las matemáticas o jugar videojuegos demuestra un asombroso talento y capacidad de dominio). Kodaka no quiere preocupar al tipo ni tampoco crear un ambiente innecesario de conflicto que empeore -de verdad- la relación entre sus “haremettes” (además de cruel, es inconveniente, porque un escenario de disputa en serio le exigiría asumir el papel de moderador o conciliador, se ganaría un pleito mayúsculo). Además, sería absurdo andar de acuseta. Loa ataques y bromas pesadas alcanzan ciertos límites de perversidad, pero no son unilaterales. Sin duda, Yozora suele propasarse y abusar de su truculencia, y ante la incapacidad de Sena para contrarrestar esa clase de agravios tan desproporcionados, la lucha parece desigual e injusta, y Niku adquiere, ante los ojos del espectador, una imagen menos antipática. La disparidad existe y, muchas veces (la mayoría… bueno, casi todas), la chica del pelo corto comete excesos que rondan lo grosero, el punto donde la burla se convierte en escarnio y deshonra. Pero Sena también ha declarado las hostilidades contra Sora y busca, aparte de provocarla y responderle, jugar su mejor carta de batalla cuando no queda escapatoria: llorar. Mientras Yozora emplea el poder ofensivo del lenguaje para denigrar, Niku se vale del “poder suave”, persuadir mediante la compasión. Kodaka se sabe atrapado entre dos fuegos: para evitarse complicaciones, le promete a Pegasus que saldría en defensa de Sena ante cualquier abuso. De inmediato, asistimos a una prolepsis, un comentario del personaje que adelanta de forma disimulada o incompleta hechos que sucederán en el futuro a consecuencia de ese juramento. Su ofrecimiento implica un compromiso y, aunque no parezca darse cuenta, lo forzará a tomar partido. El muchacho es hombre de palabra y asume un tono solemne cuando la situación se torna más seria. Si olvida o incumple su promesa, habrá decepcionado a Kashiwazaki, amigo de su padre, allegado a la familia. Además, incluso Stella, la “mayordomo”, se plegó al clamor del shipping Sena-x-Kodaka y contribuyó al morbo regalándole un condón al susodicho. En cuanto a fanbase, la rubia ha ganado terreno aprovechando la impopularidad de Yozora. AIC Build puso la carne en el asador, picante y condimentada: un episodio alto en fibras y calorías, dedicado casi en pleno a estimular nuestros impulsos carnales. Sena acapara este capítulo: desde el fanservice hasta las bromas, las conversaciones giran alrededor de Niku, conocemos aspectos inéditos de su personalidad. Todos los personajes actúan o reaccionan en relación a la chica carnosa: ella articula cada secuencia y captura el protagonismo con su impetuoso carisma.

Una respuesta

  1. Reventé de la risa con la ultima escena de su rostro de placer de venganza😄 esta temporada prometerá mucho no me he leido las novelas asi que no spoiler por favor.

    14 enero 2013 en 15:15

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