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Girls und Panzer 7: Novias del tanque

“Cute girls doing cute things” describe de manera simplista y esquemática una tendencia predominante del género slice-of-life vinculada a la estética moe. La combinación de vida cotidiana idealizada y tiernas estudiantes de secundaria ha configurado una fórmula exitosa y fructífera, convirtiéndose en la vertiente de anime más representativa de los últimos cinco años. Girls und Panzer no califica bajo esta categoría, pues opta por trazar un relato deportivo con énfasis en situaciones de ardua competencia, escenas de acción, las vicisitudes de formar un equipo, tensión dramática y continuos desafíos. Incluso, el gran acierto a nivel de dramaturgia radica en sus angustiosos e impresionantes cliffhangers que mantienen en vilo al espectador hasta la semana siguiente. La rutina escolar, el ambiente hogareño, el ocio, los paseos al centro comercial eran aspectos poco explorados, apenas por destellos. Las chicas utilizan los tanques con fines “recreacionales” (la práctica del deporte), pero aunque embellezcan el interior del Panzer IV con coloridos cojines, la máquina no sirve para “hacer cosas lindas” sino derrotar al contrincante. Sin embargo, este episodio sétimo demuestra cuán entretenida y solvente es Girls und Panzer al abordar otras facetas y contagiarse con elementos de comedia estudiantil. La narración es funcional: el elenco, las circunstancias, el escenario, la visión del mundo se adaptan perfectamente al ritmo trepidante del género deportivo, pero también se amoldarían sin problemas al sosiego y trivialidad del slice-of-life moe. Si decidieran lanzar una saga de episodios extras dedicados a narrar las ocurrencias de Caesar-chan y su leal séquito de nerds históricas (intentando, por ejemplo, utilizar estrategias de guerra como técnicas de estudio) no dudaría en descargarme hasta los raws. Y compraría los blueray en edición limitada si produjeran un spin-off a modo de comedia adolescente protagonizado por Saori-senpai, aconsejándole a sus ingenuas first-graders del equipo conejo que empleen tácticas bélicas para elegir su maquillaje, visitar boutiques, seducir a sus novios o paliar sus fracasos amorosos mientras superan su prueba de valentía en las profundidades del portaaviones. En efecto, la columna vertebral del género de humor colegial reside en la construcción de un elenco tierno y carismático. Sin embargo, no basta la lindura en dosis profusas para generar identificación: los personajes deben acercarnos mediante situaciones tanto verosímiles como idealizadas al mundo cotidiano que habitan, su universo íntimo, sus aficiones, sus peculiaridades, su intimidad, su vida familiar. La primera parte del capítulo traza ciertos paralelismos o, mejor dicho, concomitancias entre dos figuras de carácter disímil, casi proponiendo una consonancia espiritual. No obstante, aunque Mako perdió a sus padres tras un lamentable accidente y jamás pudo disculparse por discutir constantemente con su madre, todavía mantiene un vínculo familiar intenso gracias a la belicosa pero enternecedora abuela que insiste en criarla con tosco cariño. En cambio, la ruptura de Miho ha generado su aislamiento del resto del clan Nishizumi: aunque desea reconciliarse, ha quedado desarraigada, apartada del hogar y, pese al apoyo incondicional de sus buenas amigas, todavía persiste una amarga sensación de soledad. La escena del largo traslado en tren, bus y barco está teñida de melancolía, de soterrada tristeza, de alegría frágil, mientras las chicas protegen el sueño de Mako, compran algunos dulces en el camino e intercambian comentarios al anochecer. El clima acompaña psicológicamente ese trayecto, pues inicia durante el ocaso y termina con Miho, acurrucada en su cama, rumiando sus dolorosos recuerdos.

La prensa, vendiendo humo

Al finalizar el capítulo anterior, el suspenso se elevó al rango de emergencia. Se preveía una situación tensa, angustiosa, con probables brotes de patetismo dramático; sin embargo, los guionistas desafiaron al cliché y evitaron los recursos lacrimógenos. Dieron una genial vuelta de tuerca al tema del desmayo de la abuela de Mako inyectándole una veta humorística que permitió conocer mejor su relación. Incluso comprendemos mejor el temperamento sarcástico, monótono y desganado que caracteriza a la pequeña conductora del Panzer IV si contrastamos ese perfil flemático con tendencias melancólicas frente al carácter notoriamente colérico de su obaa-chan. La nieta sufre de “baja presión” mientras la abuela padece de hipertensión arterial: ambas son caras opuestas (y complementarias) de la misma moneda. Ambas son ásperas y bruscas, se expresan con rudeza, se muestran poco proclives a manifestar sus sentimientos, y actúan siguiendo con terquedad sus antojadizos ritmos: la joven, con aire de indiferencia; la vieja, con reacciones sulfúricas. Además, presenciamos un inusual caso de abuela tsundere. El tsunderismo suele asociarse a temas románticos, no obstante, el principio básico consiste en la imposibilidad de expresar con honestidad el amor (cualquiera fuese su tipo) por considerarlo un signo de debilidad. Esta circunstancia puede aplicarse a relaciones amicales o familiares: la dureza, el trato tosco sustituye al cariño como forma de exteriorizar y comunicar una carga afectiva. La crianza es un proceso arduo y exige -además de proteger y educar al niño- infundirle una disciplina. El padre o “apoderado” se convierte en encarnación del orden y figura de autoridad que moldea (corrige, dirían otros) las inclinaciones del menor para formarlos como personas de bien. Para cumplir su función, la abuela asumió que necesitaba exhibir una imagen enérgica, de sargento, que ganara el respeto de Mako. Sus hurañas exigencias y desplantes buscan incitarla para superarse y evitar dormirse en sus laureles (el tanque puede oxidarse, aprovechen su juventud): la anciana es consciente del talento innato de Mako-chan (su habilidad de aprender al instante), pero también conoce sus mayores defectos. Una chica superdotada pero perezosa y abúlica, capaz de rendirse al primer obstáculo es un desperdicio de dones. Debajo del cúmulo de regaños, reprimendas y gritos de vieja callejonera (sospecho que todos, en Latinoamérica, tuvimos una vecina similar), se esconde una auténtica calidez, una preocupación permanente, un gesto inconmensurable de amor maternal. Aunque la señora Kaho Nishizumi emplea un lenguaje menos destemplado o irritante, sus eufemismos y entonaciones señoriales resultan más crudas e hirientes, porque solo transmiten frialdad y tienden una barrera comunicativa. La agresividad de la abuela buscaba alimentar de intensidad un nexo familiar, los reproches de madame Kaho agravan el desencuentro generacional y frustran el circuito de afectividad. Durante ese flashback, no fluye cariño, ni siquiera en forma de severidad: Miho es sometida a juicio delante del enorme byoubu del tanque en estilo sumi-e que, sumado al kakemono con alguna frase guerrera, configura un ambiente de pesada tradición que aplasta cualquier sentimentalismo. La familia Nishizumi, encabezada por Kaho y secundada en silencio cómplice por Maho, prioriza su prestigio por encima del perdón, la compasión, el amor. El significado de “familia” se trastoca o adquiere un tono anticuado e inhumano, donde las apariencias (mantener el legado, honrar el apellido, ensalzar a la estirpe) superan en importancia o desdibujan lo afectivo. Mucho se discute -fuera del anime- sobre la finalidad reproductiva de la familia. Los defensores del conservadurismo familiar insisten en defender este objetivo como primordial; sin embargo, durante el debate, suele manejarse solamente el sentido biológico del término, olvidando que también las estructuras sociales y las ideologías buscan “reproducirse”. Aquí encontramos un ejemplo notorio. Kaho parece más preocupada en perpetuar el renombre del dichoso Nishizumi-ryu que entender (no pensemos en felicitar) los motivos humanitarios de su hija menor. Maho comprende la sensibilidad de su hermana, pero el miedo la cohibe: el aparato represivo anidado en su conciencia le impide rebelarse ante la injusticia. Kaho cree triunfar o imponerse al “expulsar” a Miho condenándola al exilio familiar, cuando, en realidad, en lugar de castigarla, está liberándola.

El Sensha-dou configura un espacio cerrado de femineidad, es decir, un entorno de interacción social reservado a mujeres, bajo una dinámica de género, empleando códigos y fórmulas de socialización “para señoritas” y acogiendo temas, símbolos y formas de pensamiento asociados al mundo femenino. El clan Nishizumi concibe este espacio bajo criterios jerárquicos calcados del ideario militar (Miporin se acostumbró a levantarse y tender la cama al estilo soldado): la herencia del Panzerfahren se transfiere de madre a hijas (matrilineal), pero este legado implica someterse al liderazgo matriarcal y comprometerse a engrandecer su poderío. Sin embargo, pronto Miho conoce otra forma más alegre de experimentar esa atmósfera de femineidad: el grupo de amigas. Una coordenada del slice-of-life moe consiste en describir esos momentos “típicos” cuando se consolida una amistad colectiva, la identidad del “todas para una”. Diferenciémoslo del equipo, pues, en anteriores artículos, hemos mencionado su formación como parte del relato deportivo. Para trabajar de manera coordinada se requiere identificación alrededor de un objetivo y reconocimiento de una estructura de responsabilidades. Obviamente, se requiere de armonía, entendimiento y respeto entre los integrantes del colectivo, pero no necesariamente “amistad”.  Ser amigos supone mayor compenetración emocional, compartir una intimidad, confiarse secretos, confrontar temores, ofrecerse juntos un respaldo sentimental. En historias de deporte, ambos procesos (construir un equipo de cero y aumentar el círculo de amigos) son paralelos y casi equivalentes, al extremo de entrelazarse y confundirse, quizá porque ocurre igual fuera de la ficción. La amistad permite armonizar lo heterogéneo, concertar las diferencias y reunirse en torno a denominadores comunes: suena ingenuo y quizá cursi, pero el concepto clave es “diversión”. El equipo se fundó y organizó -como sucede en cualquier deporte- bajo la premisa de practicar una disciplina y ganar campeonatos. Ningún equipo eludiría este objetivo: la victoria es motivadora. Sin embargo, el grupo de amigas tiene otro propósito, más sentimental, más subjetivo, más íntimo: pasarla bien, reír juntas, jugar bromas, acompañarse en sus aventuras, vivir emociones excitantes. Yukari se lleva las palmas, siempre tan optimista y conmovedora, porque desliza el comentario preciso de manera cándida, sencilla, contundente: además de ganar, importa divertirse, pues ambas son dimensiones complementarias. Miho descubre otro tipo de Sensha-dou: en Kuromorimine le enseñaron un estilo despersonalizado, su familia predicaba un desprecio absoluto al sentimentalismo, una renuncia a la sensibilidad. En Ooarai, en cambio, la mentalidad del equipo se construye casi en paralelo al vínculo de amistad. La empatía emocional se considera una fortaleza. Yukari pone de manifiesto una moral, una idea menos solemne y acartonada del arte del tanque: una visión más digna del espíritu adolescente, donde prima lo lúdico. La seriedad del Sensha-dou es atenuada y sustituida por la onda girl power con gestos típicos de interacción juvenil, cosas de chiquillas como armar un picnic encima del Panzer IV o recordarse momentos vergonzosos entre risas cómplices (nunca creí que Yukari se avergonzaría del incidente Oddball, pero este episodio revela sus aristas más femeninas, retorciéndose como fangirl enamorada, ruborizándose por su “misión de reconocimiento” y chillando de miedo en la oscuridad). La imagen del bento con forma de tanque es emblemática. Brinda un toque kawaii, de primor cotidiano (como fotografiarlo y colgarlo en Instagram). Revela la enternecedora candidez maternal de la señora Akiyama, que demuestra en asuntos tan domésticos un cariño sin artificios, tan natural, tan simple, que basta un detalle ingenuo para prodigar amor. Comparemos este artesanal y posmoderno almuerzo temático con el tradicional y artístico byoubu de la familia Nishizumi. Ambos productos se encuentran en las antípodas socioeconómicas y culturales, pero, paradójicamente, mientras más culto y refinado, el símbolo se torna más frío y falto de humanidad. El gracioso bento es muestra de cariño. La hermosa pintura ornamental es signo de opresión y desapego. Las relaciones familiares basadas en alambicadas estructuras y normas pierden de vista la vivencia sentimental: están tan obsesionados por falsas ideas de gloria o grandeza que olvidan valorar lo pequeño, lo tonto, lo simple, la magia del sujeto común.

“Yo quiero el shampoo que ella está usando…”

Demasiado tarde para preguntarlo

La serie se atreve a desafiar los convencionalismos más anticuados cuando Saori proclama, en tono de arenga, que convertirían su estilo (juguetón, jovial) en la auténtica “vía del tanque”. Como explicaba en reseñas anteriores, las artes marciales japonesas modernas se definen usando la metáfora del camino o senda de aprendizaje: cada disciplina provee de principios éticos, espirituales y filosóficos, un modelo de vida. La propuesta de Takebe-san sonaría a sacrilegio porque implica replantear esos fundamentos y adaptarlos a una mentalidad más “contemporánea” y, obviamente, menos tradicionalista. No significa renunciar al lado serio del Sensha-dou, pero tampoco tomárselo demasiado en serio, sino preferir el aspecto más amable y entretenido. Para los sectores más conservadores del Japón, las artes marciales son parte del folklore nacional y poseen un carácter ritual: tratarlos como mero juego les parece una herejía, un indicio de degeneración, una idea subversiva. En principio, porque las disciplinas ancestrales adquieren un tono frívolo: antes que “formar el temple”, importa pasarla bien. Pero quizá más perturbador resulte la feminización de las actividades militares. Cuando un ejército o fuerza armada permite el ingreso de las mujeres, la carrera militar no se “feminiza” porque el discurso predominante continúa siendo masculino y las chicas deben adoptar, como soldados, una serie de hábitos, posturas y valores asociados a lo varonil. En cambio, el Sensha-dou es girls only: ningún hombre maneja tanques por deporte. Sin embargo, el discurso del Panzerfahren es femenino por excelencia: no pretende imitar al varón, sino funcionar como plataforma de aprendizaje y esparcimiento para las apasionadas y elegantes doncellas. Las muchachas toman los elementos del mundo bélico masculino para transformarlo añadiéndole su toque de encanto. Cuando piden consejo a Nishizumi, el equipo Ankou se divide las tareas de asesoría para aliviarle el trabajo a su comandante. Los temas de consulta serían los usuales en cualquier batallón (mecánica, manejo, burocracia), pero también hay espacio para una consejería romántica a cargo de Saori-senpai, con jocosas exhortaciones mezcla de Montgomery y Corín Tellado. Consolidar el grupo de amigas significa ampliarlo e interactuar con otras compañeras: las relaciones de sepai/kouhai son otro tópico del slice-of-life colegial. Además, las pequeñas de primer grado son imouto material, todas unas airhead, una sobredosis de inocencia y candor que provoca protegerlas. Por fortuna, Takebe sabe cumplir sus roles de onee-sama postiza, pues aparte de inspirarlas a convertirse en artilleras del amor, intenta infundirles valor y levantarles el ánimo cuando se extravían dentro del portaaviones. La pregunta tonta acerca del colegio dentro del barco retrata la personalidad de las chiquillas, pero también sirve para introducir una chispa de humor absurdo casi entrando al juego metatextual y, por añadidura, justificar ese extravagante escenario, aunque, después de seis episodios, parezca tardío e innecesario. Aunque suene estrafalario, se mantiene la coherencia: debajo de la superficie, dentro de la nave, existe otro mundo o, mejor dicho, se extiende la ciudad entre pasadizos secretos y depósitos inhóspitos que convocan a la aventura. Para mover esa gigantesca máquina, se requiere de esfuerzo humano (simpáticas marineras uniformadas con minifalda) e inversión monetaria: pese a plantearse una extravagancia, sus consecuencias se exponen con realismo, el buque no flota ni navega solo. Adentrarse al laberinto de pasadizos y compuertas fantasmales recuerda otro tópico de la comedia estudiantil: las incursiones al famoso “edificio antiguo”, fuente de leyendas urbanas y origen de los “siete mitos”, pero también podría aludir a otro tema recurrente en historias de escuela primaria: la prueba de valentía. Al final, Saori alcanzó su ansiada popularidad… aunque nunca planeara transformarse en hembra alfa de una ruidosa pandilla de lolis.

El equipo Ankou se divide las tareas de comandancia y cada chica termina creando vínculos con otras integrantes del elenco. Vemos a Mako sorprender al club de voley y ganarse su admiración luego de dominar el Type 89 simplemente leyendo el manual. Se encuentran las antítesis: la chica del cuadro de honor con notas sobresalientes en todas las materias y las deportistas de mentes simples, fáciles de impresionar, pero llenas de entusiasmo. Ambas nacieron para encontrarse y hasta resulta cómico que después las menores del grupo profesen un gran respeto por “Mako-senpai” que habla “como detective”. El emparejamiento de Hana con Yuzu parece más evidente y sincrónico: ambas son chicas apacibles y tranquilas con pinta de responsables. Además, entre las cabecillas del Consejo Estudiantil, la única con suficiente delicadeza para disfrutar la sosegada compañía de Isuzu-san y valorar sus arreglos florales es la bonachona Koyama. Momo-chaaan tiene sus instantes de debilidad cuando incurre en filtraciones de lindura (en especial, sus rabietas), pero su temperamento volcánico la inhabilita para practicar el ikebana. Para intensificar mis ondas fanboyísticas, reunieron a mi grupo favorito, las history nerds del equipo Hipopótamo, con mi integrante preferida del elenco principal, Yukari: otra combinación ganadora pues ambos extremos comparten intereses similares y quizá, en algún universo alternativo, Akiyama-san se uniría al club de otakus históricas bajo el apelativo de Guderian. En Latinoamérica, el estereotipo del loco de remate es creerse Napoleón. Algunos japoneses han convertido esa locura en hobby, una forma refinada y erudita de ejercer el derecho a la rimbombancia. Como el resto de equipos, el espíritu colectivo funciona mejor que los rasgos individuales pues los personajes han contado con escaso tiempo para desarrollar sus particularidades; sin embargo, debido al “disfraz”, las frases célebres y alusiones a eventos bélicos famosos, las rekijou pudieron delinear mejor sus perfiles en solitario sin descuidar el aspecto grupal. Excepto Oryou, todas actúan con ademanes tomboyescos porque intentan encarnar papeles de hombre, pero su pretensión de vestise como Rommel, Julio César o Yukimura termina siendo cosmética: sus sombreros, capas, chaquetas o bandanas son accesorios de moda que resaltan su arquetipo moe. Para mayor información, el admirado Hans Wilhelm Guderian, mencionado como “alma gemela” de Yukari, que, además de impulsar la estrategia de guerra relámpago o blitzkrieg, promovió la mecanización de las fuerzas armadas elevando al tanque al rol principal y subordinando al resto de armas a sus requerimientos. Aunque participó en la Segunda Guerra Mundial defendiendo al Tercer Reich, la Corte de Nuremberg no le imputó ningún crimen de guerra pues consideró su comportamiento acorde con un soldado profesional en cumplimiento del deber. En Occidente, cualquier signo de idealización o trivialización de la Alemania Nazi se juzga irresponsable o nocivo, pero -como comprobamos en Strike Witches- la percepción del vencedor difiere de la sensibilidad del vencido. Los únicos nombres de combatientes germanos que pelearon bajo el signo de la swástica son personajes ajenos al nazismo como ideología y jerarquía. Rommel fue obligado a suicidarse debido a sus divergencias con Hitler (participó en una conspiración para asesinarlo). Guderian fue visto constantemente con recelo debido a su independencia e incluso se atrevía a refutar al Führer. Ambos personajes, pese a reforzar con su talento al bando “equivocado”, peleaban por su patria, aún cuando su país degeneraba en el villano del mundo. Aunque suene retorcido, existe algo de heroico y honesto en su trayecto que genera deslumbramiento. Porque a veces olvidamos que Julio César, el mejor prosista de lengua latina clásica, fue también un dictador con obvias tendencias megalómanas, un expansionista ambicioso y, probablemente, carecía de escrúpulos diplomáticos. Pero dejemos el fanatismo culto para nuestras alocadas otaku de History Channel. Ooarai venció sin atenuantes a Anzio. Espero que subsanen este triunfo de cinco segundos con algún episodio especial u OVA porque desperdiciaron el potencial tsunderesco de Anchovy, la general fascista del colegio italiano e hija predilecta de Silvio Berlusconi. Si llevaron al combate una tanqueta únicamente equipada con ametralladora, las bambinas firmaron su derrota por adelantado. O trataron de jugar al catenaccio…

2 comentarios

  1. ele-ene-ene

    Los potaaviones-cuidades recuerdan al SDF-1 ¿no? Sobre todo cuando las chicas se pierden y deben ser rescatadas, como Rick y Minmei.

    24 diciembre 2012 en 10:46

  2. davidvfx

    la batalla contra Anzio solo se vera en el manga que te recomiendo ver desde su inicio ya que fue hecho para llenar los “Agujeros” temporales, aun que es un version “alternativa” ya suceden sucesos de diferente manera y todo desde el punto de vista de Yukari (que el prota aqui).

    Desde el cap 5 empieza el arco el de Anzio que el Anime opmitio… pero como recomiendo verlo desde inicio para conocer bien a yukari.

    1 enero 2013 en 18:25

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