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To LOVEru Darkness 7: La la la

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Pocas series congracian al espectador con lujos auditivos tan selectos como reunir en un mismo elenco estelar a Aki Toyosaki, Kanae Itou y Kana Hanazawa, las tres seiyuu más populares de Japón según la reciente encuesta publicada en octubre por BiGlobe y, probablemente, las tres actrices vocales más talentosas y versátiles de los últimos años. Para colmo, To LOVEru también se precia de contar con Haruka Tomatsu, Misato Fukuen y Mamiko Noto… todas en un episodio, cuya temática redunda alrededor del amor familiar, en particular, las relaciones entre hermanas, esa forma femenina de intimidad sanguínea que carece de palabra precisa en español (¿hermandad?). En reemplazo, utilizaremos el concepto inglés de sorority. Por ahora, dejemos de lado a Mikan Yuuki (prometo dedicarle una reseña entera la próxima semana) y concentrémonos en las gemelas Deviluke: en ambos casos, el casting es idóneo, pues se ajusta al arquetipo, al perfil de personalidad que buscaba reproducirse. Toyosaki es capaz de matizar su registro con sabrosas inflexiones mezclando una tonalidad aparentemente tierna con aires de perversión o mañosería (recordemos a Chitose, de YuruYuri). Itou sabe dotar al personaje de vitalidad, de fuerza, de impulsividad, pero también logra construir con solvencia sus momentos de fragilidad interior. Podemos identificar, en cuanto al diseño, un propósito manifiesto de contraponer, de contrastar a ambas hermanas, de plantear una oposición de caracteres entre una girly girl farsante, doblecara, pervertida y una tomboy tsundere, ingenua y acomplejada. Este proceso se conoce en teoría literaria como geminación, pero nosotros lo denominaremos “parejas yin-yang” porque, además del antagonismo diametral, existe una relación de complementariedad. Para marcar sus diferencias y mostrar su individualidad, las chicas necesitan del conflicto, requieren que exista su contrario, su contracara. La escena de transferencia de busto manifiesta de forma jocosa esta relación de perros y gatos, y puede servirnos de ejemplo para explorar el contraste de personalidades. Este fenómeno se llama coincidentia oppositorum: el choque entre elementos antagónicos que forman una dualidad. El asunto banal de ganar o perder las tetas, aunque suene estúpido, define la identidad de cada hermana, sus reacciones y actitudes, su belicosidad. Según la lógica del ecchi, el tamaño del busto es cuestión de honor, motivo de competencia y principio elemental del orgullo femenino; en consecuencia, la medida de pecho influye en la constitución del temperamento o, poniéndolo en vocablos más sencillos, la escasez de boobies amarga el carácter. Las pugnas de escote entre Momo y Nana alimentan el profuso historial de combates que enfrenta a muchachas con atributos generosos contra tablas del planchar, el clásico oppai vs pettanko, la eterna guerra del fetichismo, un juego de provocaciones, insultos, envidias, desprecios y mutuos rencores. Los rasgos físicos se emplean como soporte simbólico para proponer otras diferencias antinómicas: sensualidad contra puerilidad, la astucia de Momo contra la ingenuidad (y cierta simpleza de mente) por parte de Nana, flora contra fauna, los razonamientos sinuosos y manipuladores versus la impetuosidad torpe y desproporcionada. Si hablamos de estrategias románticas, Momo prefiere el asedio, la provocación, rodear pacientemente a su presa, mientras que Nana no sale todavía del esquema de choque violento. Sin embargo, ambas se asemejan en un aspecto: por motivos sentimentales, las gemelas Deviluke mienten o esconden su verdad. Como corresponde al talante tsunderesco más agrio y sulfúrico, Nana es deshonesta o cruda al expresar sus afectos, le cuesta admitir su debilidad. Su falta de sinceridad es espontánea, casi irracional, no planificada. En cambio, Momo protege su verdadera identidad valiéndose del fingimiento, los artificios y apariencias, creándose una fraudulenta imagen pública de princesa impecable y primorosa, que impide vislumbrar sus pensamientos: sus planes, enredos y contubernios, sus tretas y malas mañas, las fantasías que urde, sus pasiones secretas. El protagonismo de Momo ha transformado la historia, infundiéndole una idea de sexualidad menos “accidental”, más maliciosa, realmente pervertida y madura. El ecchi de To LOVEru solía originarse en acontecimientos casuales. Momo transforma este enfoque porque es un personaje activo, generador de conflicto, moviendo los hilos del proyecto harem o propiciando la investigación a casa de Mea Kurosaki: su acción abarca la totalidad del argumento.

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Momo también influye en la elección de fórmula narrativa. Cuando terminó de publicarse la primera etapa del manga, To LOVEru había adoptado una estructura de comedia episódica, con breves historias picantes o románticas, pero sin continuidad. La segunda temporada del anime, Motto To LOVEru, reprodujo esa fórmula. Con Darkness, la base humorística original se complementa o entrecruza con situaciones melodramáticas o eventos oscuros, desde las disquisiciones amorosas de las haremettes hasta la amenaza latente de la malvada y misteriosa Master. Las transiciones o cambios de ritmo los impone Momo: su naturaleza ambivalente le permite modificar la atmósfera, transitando ida y vuelta entre asuntos serios y travesuras lujuriosas. Siempre dispuesta a tomar la iniciativa, su voluntad de entrometerse, de controlar el tablero, de instigar embrollos, la convierte en la candidata mejor posicionada para conquistar el corazón de Rito. Además de tentarlo con astucia, ha venido haciendo méritos, desde aconsejar al muchacho, ayudarlo a resolver sus problemas o ganar tiempo de calidad en casa, hasta defenderlo del peligro, procurarle placeres húmedos y salvarlo de Yami-chan. Mientras el resto de chicas comparten con Yuuki-kun escenas esporádicas, Momo se dedicó a cumplir su labor con creces: acompañar a Rito y preocuparse por atenderlo. Nuestro afortunado héroe se anota puntos con Konjiki no Yami tras animarla a valorar sus sentimientos por Mea Kurosaki. Sus palabras son simples y algo cursis, pero desbordan la típica ternura del hombre común y corriente. Rito es un galán discursivo, su caballerosidad es verbal, no física: no realiza grandes gestas guerreras, es cobarde y tonto, pero esa simpleza le permite hablar con honradez sobre sus sentimientos. Aunque está rodeado de chicas capaces de romperle la crisma de un sopapo, ellas adoran la facilidad de Rito para penetrar en su sensibilidad y conmoverlas. Su condición de macho alfa es paradójica, porque Yuuki-kun niega constantemente su habilidad para seducir y, probablemente, sus acciones torpes comploten contra su sex-appeal, pero, sin percatarse, ha aprendido a usar los gestos para enamorar. Rito no transmite la imagen masculina tradicional de fuerza y valentía, carece de cualidades heroicas, suele tropezarse con frecuencia. Pero le sobra solvencia emocional: sus palabras y actos cotidianos trasuntan una gran humanidad, amor por las cosas sencillas como disfrutar un algodón de azúcar en un carnaval de verano mientras bromea en familia con su adorada hermana menor. Los protagonistas de harem se caracterizan por actuar con pasividad, indecisión, cierto grado de pusilanimidad y, muchas veces, falta de tino. Rito  no reivindica la especie, pero señala un camino distinto: el everyman sin cualidades capaz de granjearse el afecto de chicas hermosas valiéndose únicamente de su sencillez como nexo comunicacional. La simplicidad tiene un lado negativo, la estupidez, pero también otro positivo: la franqueza. En To LOVEru, los personajes más complejos, más sagaces e inteligentes, son también los menos abiertos, por ende, quienes cargan la mayor “oscuridad” o manifiestan una mayor propensión a la melancolía. Los tontorrones como Yuuki-kun, Lala o Run-chan, son curiosamente, los sujetos más honestos y felices. Este contraste se comprueba al analizar los obstáculos que entorpecen la relación entre las hermanas Lunatique, Yami y Mea, quienes recién asimilan su vínculo “familiar”. El contexto de tensión y soterrada violencia ha provocado un bloqueo comunicativo. Según Golden Darkness, su condición de “armas” explica esa “barrera” emocional, ese abismo de penumbras que rodea a Mea Kurosaki e impide acceder a su campo de afectividad. Su corazón, blindado en tinieblas, frustra sus posibilidades de alcanzar la plenitud sentimental, de relacionarse sin lastimarse. Se constata un fracaso en la transferencia de sentimientos: los afectos no fluyen, se quedan estancados. Podemos identificar dos impedimentos clave. El primero, el carácter de Yami, su actitud impasible y distante que alberga el mínimo contacto interpersonal. Sin embargo, bajo ese semblante de insensibilidad, se esconde una niña bondadosa e inocente que detesta a los pervertidos, adora el taiyaki, quiere aprender a cocinar y estima a Mikan. El contacto habitual con la familia Yuuki ha quebrado esa fachada, aunque todavía se resiste a liberar las trabas y prefiere aislarse leyendo o meditando. La dudosa credibilidad de Mea Kurosaki sería la segunda traba: cuesta confiar en sus ofrecimientos de amistad, pues emplea el mismo tono de falsa ingenuidad al acariciar un cachorro que blandiendo un cuchillo. Sus matices psicológicos son indistinguibles del lenguaje, por tanto, es complicado discernir si miente o habla con veracidad, si ofrece una amistad auténtica o aguarda el momento oportuno para traicionar. El personaje ha evolucionado en pocos episodios, pero pese a integrarse lentamente al ritmo de vida humano, mantiene su fiel vasallaje hacia la enigmática Master que pretende transformar a Yami en máquina de matar. Esta contradicción torna ambiguas las sonrisas o gestos juguetones de Mea Kurosaki y, cuando las palabras son “oscuras”, se cierran los caminos a la comprensión. La pelirroja no revela sus verdaderos objetivos ni transparenta sus intenciones por razones “estratégicas”, porque no conviene comprometerse demasiado con “cuestiones triviales” ni desviarse del plan trazado por su Señora. Este aspecto la asemeja a Momo y explica su mutua animadversión: ambas han perfeccionado la táctica del disimulo.

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Lala ha cedido su sitial preponderante, pero continúa demostrando sus dotes de indiscutible reina del harem. A mediados de 2010, Serious Moe Business publicó una lista de 33 chicas rosadas que marcaron la década, una antología de la rosadez capilar que incluía a Lala Satalin entre las seleccionadas de 2008, annus marabili rosae (año maravilloso del color rosa). El artículo se preguntaba por el significado del anómalo tono de cabello, si existían características exclusivas de las pinky girls. Aunque se aplica a diferentes arquetipos del anime, el color rosado mantiene una serie de connotaciones: es femenino, pero también el color frívolo, light, superficial por excelencia, adecuado para ingenuas heroínas de comedia romántica. Lala debutó en versión animada una temporada después que Rosario+Vampire, otro harem protagonizado por una chica rosada, Moka Akashiya. Ambas comparten una serie de atributos de personalidad vinculados al arquetipo de magical girlfriend, aunque con variantes (vampiresa y extraterrestre). Además, en sus inicios, To LOVEru parecía homenajear o realizar una versión años 2000 del clásico de Rumiko Takahashi, Urusei Yatsura, donde los aliens también están basados en imágenes demoníacas. Las novias extraordinarias, tengan poderes mágicos o alienígenas, son figuras adolescentes, inmaduras, quizás aniñadas o propensas a actuar con engreimiento y expertas en urdir enredos (muchas veces, sin mala intención) causándole problemas al protagonista, quien suele padecer las consecuencias físicas de semejante amor. Su encanto, inocencia y peligrosidad se multiplican en proporciones trigonométricas cuando le añadimos el factor pink. Lala es un personaje carnavalesco, una joven independiente, curiosa y contenta que goza su sensualidad sin malicia ni doblez. Es exuberante, extrovertida, espontánea: una combinación difícil de detener y, aunque tolerar sus ocurrencias requiere de paciencia, no existe maldad en su corazón. Cuando se entera que Haruna está enamorada de Rito, en lugar de alejarse de Sairenji, busca acercarse más. Como sucedía con Rito, nos apresuramos a juzgar esa simpleza de mente como estupidez. Lala posee una inteligencia dispersa: aunque suene ridículo, muchas personas superdotadas prefieren dedicar sus talentos o esfuerzos a objetivos aparentemente insulsos o absurdos, ideando proyectos o inventos tan geniales como inútiles solamente para complacer su curiosidad. La genialidad no implica seriedad: Lala crea esos artilugios disparatados porque le sale del tuétano, le antoja y punto. No necesita una justificación: le divierte, satisface sus deseos de jugar. Si Momo representaba una dimensión más “malintencionada” y pícara del placer, Lala encarna su faceta lúdica. Habita un mundo de juguete, sus invenciones están desparramadas por su recámara, típico de una quinceañera descuidada. Su interés primordial es contagiar alegría, pero, a diferencia del adulto que contiene sus impulsos, los desbordes de ingenio caótico de Lala son irrefrenables y peligrosos, porque tiene el espíritu chisporroteante de un niño suelto en un parque temático. Darkness también ha redefinido a la protagonista del primer To LOVEru: gracias a este episodio, conocemos a una Lala Satalin Deviluke más madura y responsable. Por efecto del cambio de registro del relato, se revelan nuevas aristas que brindan mayor profundidad a un personaje antes criticado por plano o estereotípico. No deja de funcionar bajo determinados arquetipos (estamos ante un harem ecchi, no olvidemos ese detalle), pero se tumbó el injusto mito de la pinky girl tonta e irresponsable que únicamente piensa en juguetear a expensas de Rito. Contemplamos a Lala realmente enfocada en perfeccionar su alocado rayo inflador de busto (antes que científicos, sus proyectos parecen dignos de algún desaforado artista dadá). Fabricar esos armatostes le demanda una dedicación más honorable que ridícula. La aclaración de Peke borra la imagen de insensata, armadora de líos. A menudo, oponemos madurez y autenticidad. Suele asociarse la pérdida de la inocencia con alcanzar la conciencia del mundo. Incluso, alcanzar la adultez se vincula con asumir una actitud cínica. La sociedad confunde el crecimiento (mental, emocional, psicológico) con la imposición de conductas estandarizadas y homogeneizadas (buenos modales, prudencia, rectitud) que reprimen la individualidad. Lala ejerce su labor de hermana mayor sin adoptar máscaras, no pretende alardear sus méritos como onee-chan, prefiere vigilarlas desde lejos y acompañarlas en su crecimiento. Aunque la heredera siglo XXI de Lum Invader haya retrocedido en términos de airtime, ha ganado, seguramente, algunos puntos entre la mayoría de espectadores.

2 comentarios

  1. Galamoth

    ja las tetas de Momo se ven mas grandes en el cuerpo de Nana.

    7 diciembre 2012 en 16:59

  2. rolo2k

    Por muchos años, la literatura, el cine, los sitcom, la cultura popular y desde luego el anime han explotado la misteriosa fascinación que nos infunden los gemelos, aquella paradoja de ser iguales, pero al mismo tiempo ser distintos. Este episodio muestra a las gemelas deviluke en su faceta de lo que llamaría “dualismo complementario”, muy bien logrado el efecto del intercambio oppai como motor del juego de cambio de roles.

    Si bien dentro mis gustos personales sigo prefiriendo a Haruna Sairenji dentro de todas las chicas del Haren galáctico de Rito Yuuki; estoy de acuerdo que este episodio reconcilia en buena medida la imagen de tontorrona e Ingenua que en por lo general ha proyectado la princesa Lala en las pasadas temporadas, mostrando un lado más profundo y una personalidad más madura (como nos sorprendió Minoru Kushieda en Toradora).

    Buen espisodio, gracias por tan buena reseña, siempre es un gusto leerte.

    13 diciembre 2012 en 22:16

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