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Girls und Panzer 5.5: Krieger Mädchen

Este episodio de recopilación nos permitirá evaluar en perspectiva los capítulos iniciales y subrayar algunos aspectos divertidos o memorables del sensacional arranque de temporada de Girls und Panzer: además de causar furor con pintorescos artículos de merchandaising (versiones en miniatura de los coloridos tanques del colegio Ooarai) y superar las expectativas del público con espectaculares combinaciones de ternura y artillería pesada, la serie ha cosechado también un sinnúmero de críticas positivas y comentarios entusiastas en foros y blogs gracias a sus valores de entretenimiento. Su gran mérito consiste en construir un universo narrativo autónomo, original y coherente, con premisas absurdas o estrafalarias que ayudan a crear una atmósfera llena de vitalidad, con identidad propia. El setting es encantador: no bastaba con combinar chicas lindas y carros de combate, sino concebir un tipo de disciplina o arte marcial, dotarla de filosofía y tradición, rodearla de parafernalia militar, añadirle un toque femenino y, para coronar la sorpresa, revelarnos que Ooarai, la escuela, sus calles y casas, el bosque, la vida cotidiana de sus amables habitantes flota entera sobre la cubierta de un descomunal portaaviones. Los lugareños disfrutan esa doble funcionalidad, no encuentran contradicción entre ciudad y barco, son ciudadanos y marineros en simultáneos (Saori sueña con tener “un novio en cada puerto”), se elimina la oposición entre nomadismo y sedentarismo. Al nivel de símbolos, es gracioso que eligieran al pez anzuelo (o demonio marino) como mascota del pueblo y figura recurrente: según Miho, son animales “feos, pero lindos”. Este grotesco pescado recibe un extravagante homenaje en forma de danza folklórica, un aterrador ritual de humillación pública, un baile tan oprobioso y ridículo que provoca repetir la escena infinidad de veces para deleitarnos con semejante esperpento coreográfico. Estas situaciones disparatadas que rozan el sinsentido o bordean lo incomprensible sirven también al objetivo de construir un mundo ficticio regido por reglas distintas, donde, por ejemplo, el arte del tanque sea exclusividad del sexo femenino, una habilidad indispensable para refinar el espíritu y carácter dignos de una dama respetable, un universo donde las yamato nadeshiko aprenden a forjar su elegancia conduciendo un vehículo de caballería blindada, porque la filosofía del tanque les proporcionará la sabiduría para desempeñarse como madres, amantes y mujeres de negocios, además de transformarlas en sofisticadas máquinas de seducción. El video promocional del Sensha-dou es otra secuencia notable gracias al efecto de extrañamiento, al what the heck!?, esa sensación de extravío al percibir lo anómalo, lo raro, el despropósito, que además de confusión causa risa porque suena a delirio. Los argumentos a favor del Panzerfahren como disciplina formativa del temperamento femenino son enunciados con tremenda seriedad y solemnidad, incluso con frases poéticas e inspiradoras, parodiando el estilo de las películas de reclutamiento juvenil utilizadas durante la Segunda Guerra Mundial y parte del período de Guerra Fría. Tanta suntuosidad nos parece un desvarío, sin embargo, dentro del universo narrativo donde habita Miho Nishizumi, esa majestuosidad es real, se apoya en tradiciones, las personas aceptan ese pensamiento con normalidad y quizá le adjudican un alto grado de prestigio. La familia de Miporin es depositaria de una “escuela” transmitida por cadena matriarcal (de madres a hijas), una herencia que debe protegerse y perpetuarse como las diferentes doctrinas de judo, kendo o karate. Esta obligación impone una presión enorme sobre los herederos, los aliena, les roba su individualidad. Hana decide abandonar la práctica del arreglo floral en busca de emociones más intensas y enfrenta también la oposición de su madre, una aristócrata anticuada que aborrece el Sensha-dou (no encuentro contradicción, pues el arte del tanque, aun siendo una disciplina menos antigua, le hace competencia al resto de “especialidades femeninas”, como si el primogénito de un maestro kendoka dejara la espada para seguir otra “vía”, digamos, el aikido). A final de cuentas, aunque ese mundo opere con normas algo extravagantes, terminamos por familiarizarnos porque transmite naturalidad: disputas entre familiares, la rutina del colegio, hacer amigos con actividades extracurriculares, practicar un deporte, tener hobbies, lidiar con variopintos compañeros de clase, odiar la alarma del reloj despertador, enamorarse, descubrir una vocación, pasar vergüenzas en público. Sin embargo, existe un aspecto apenas mencionado o sugerido en la ficción, pero indesligable de los tanques en nuestra realidad: la guerra. El universo ficcional de Girls und Panzer es casi utópico: los panzer se utilizan únicamente con propósitos deportivos, las naciones participan de manera pacífica y armoniosa en un campeonato mundial de Panzerfahren, y ningún país se atrevería a utilizar sus Mathilda o StuG como instrumentos de muerte. El juego es peligroso, pero inocente. Los referentes militares están desprovistos de su faceta letal. Matar o lastimar son contrarios al objetivo del Sensha-dou: la parafernalia bélica se emplea como símbolo o decoración.

El deporte sublima los impulsos violentos que antes solían encauzarse en acciones guerreras. En otras palabras, mientras se moderniza una sociedad, los enfrentamientos bélicos evolucionan en deporte o, mejor dicho, el deporte sustituye en algunas funciones al ejercicio cruento de la guerra. Las “artes marciales” de Oriente son ahora competencias olímpicas: darles un empleo violento se considera pervertirlas y deshonrarlas, pues además de técnicas y habilidades, implican también una ética, una espiritualidad, un código de honor. Esta descripción se aplica también al Sensha-dou, pues la sociedad le adjudica un valor educativo y quienes lo practican reconocen una mística, una sabiduría que trasciende los combates. Aprendiendo la “vía del tanque”, las chicas lograrán comprender su esencia de mujer. En Japón, las artes marciales son serious fucking business: las familias que preservan la enseñanza de una “escuela” consideran éxitos y derrotas no como meras circunstancias estadísticas, sino como motivos de orgullo o deshonor. Girls und Panzer repasa los tópicos del relato deportivo pero bajo la estética moe: la historia gira alrededor del compañerismo, la importancia de trabajar en equipo, asumiendo el deporte desde una perspectiva más solidaria y enternecedora: jugar por diversión, por compartir alegrías y tristezas entre amigos, para fomentar un lazo de hermandad. Miho acepta inscribirse al programa de Panzerfahren en reconocimiento a la generosidad y valentía de Saori y Hana: se siente protegida y acompañada, el Sensha-dou no será una vivencia fría ni traumática. Como Saki Miyanaga, la pequeña Nishizumi-sweetie intentaba escapar a toda costa de su talento, ensombrecida por una victoriosa hermana mayor de rostro severo, en cuya mirada parece empozarse un mudo resentimiento. La típica heroína del deporte moe aparenta escasas cualidades e incluso luce tímida, dulce, retraída, con dificultades para entablar amistad con desconocidos. Su perfil de personalidad carece de rasgos heroicos o épicos: es torpe, algo cándida, doscientos por ciento modesta y temerosa al máximo. Sin embargo, cuando se trepa al torreón de comando del tanque, su talante se transforma dando un vuelco radical y exhibe una multitud de recursos estratégicos. El desafío de Miporin es asumir el liderazgo con convencimiento: su historia de crecimiento personal se concentrará en trazar su trayectoria emotiva a medida que enfrenta las tareas y agobios de comandar al batallón de Ooarai. La constante superación de retos mediante el ingenio, la sagacidad, el aplomo o el sacrificio son otros temas típicos del relato de competencias. En lugar de enfocarse en talentos innatos, las series de deporte más recientes prefieren concederle el protagonismo a equipos inexpertos, plagados de defectos, para narrar su progreso, sus esfuerzos, sus estrategias para atenuar o sacarle partido a sus debilidades. Durante el match contra Santa Gloriana, ocurre el punto de quiebre, el instante de debacle más calamitoso, cuando las niñas de primero huyen despavoridas del M3 Lee. El coraje de Nishizumi las conmueve, piden perdón y prometen esforzarse: el cambio de actitud llega en el momento oportuno, pues pese al entusiasmo habitual de las high-schoolers, el grupo padecía de varios problemas que requerían una terapia de choque moral. Faltaba unidad: una voz de mando que congregue a elementos tan dispares, desde voleibolistas hasta nerds históricas, pasando por chicas distraídas y locas neuróticas que usan monóculo. Nishizumi es una lider moe: es eficiente, contundente, ingeniosa, la estratega aventajada capaz de forjar un milagro, pero también una amiga comprensiva, con hondo sentido de la compasión, la solidaridad, el fair play, sensible ante las cosas simples como el aroma del pan matutino o ante la lindura (lo kawaii): al principio, esos peluches con vendajes que adornan su habitación parecen un detalle antojadizo e insustancial, una elección arbitraria del diseñador, pero luego, al compenetrarnos mejor con Miho, ese aspecto mínimo cobra mayor significación. Esa cuota de dulzura y amabilidad son ingredientes fundamentales del carisma: la heroína moe encarna un tipo de sensibilidad idealista, romántica, frente a personajes igual de habilidosos y sagaces, pero empeñados en mostrarse insensibles ejerciendo un liderazgo más “duro” como Maho o Teru Miyanaga. Es posible triunfar en entornos competitivos, ser eficiente, obtener el reconocimiento social, alcanzar la cima, sin necesidad de hipotecar tus sentimientos ni cerrar tu corazón: la cultura del éxito suele degenerar en imposiciones obsesivas y autoritarias, la dimensión emotiva del sujeto pasa al segundo plano y termina por deshumanizarse, por amargarse la existencia. Miho descubre un Panzerfahren diferente, donde abunda el cariño, la amistad, la complicidad entre chicas, el apoyo entre camaradas, sea cocinando una rica cena o arrastrándote dormida camino al colegio o -cuestión cotidiana- forzándote a levantarte temprano con trompetas y cañonazos. Entablar amistades duraderas es otra temática central del anime deportivo: las relaciones interpersonales se forjan y traban gracias al lenguaje de la competencia. El terreno de combate es espacio de contacto e intercambio sentimental, una esfera de comunicación más cerrada entre hombres, pero bastante abierta para las mujeres. En -Saki-, las contendoras aprendían a conocerse y comprenderse incluso en aspectos íntimos cuando disputaban una partida de mahjong. En Girls und Panzer, generar un espacio cercano de interacción entre rivales es complicado porque, durante la batalla, existe poco careo, escaso encuentro visual y cero posibilidad de diálogo. Pero las capitanas o estrategas de cada escuela son susceptibles de admirar el talento de sus contrincantes y extender esa fascinación con gestos de buena voluntad, como Darjeeling, la comandante de Santa Gloriana, o Kay, la alegre valley girl de Saunders. Después de luchar, las rivales se transforman en amigas: surge una identificación, hablan el mismo idioma (el Sensha-dou les ayuda a comunicar su verdadera subjetividad) y tienen aficiones comunes. La mutua admiración como deportistas sirve como excusa para describir la conducta adolescente por antonomasia: buscar almas gemelas. Vale destacar el gracioso detalle de conferirle a cada escuela su correspondiente identidad “nacional” que incluye nombres, hábitos, lenguaje, símbolos y, obviamente, la procedencia de sus tanques. Santa Gloriana imita a Gran Bretaña con sus Churchills y Mathildas, su costumbre de beber té sin derramar una gota mientras dure el combate y sus gestos de caballerosidad inglesa. Se aprovechan los estereotipos atribuidos a cada país: las alumnas del colegio británico llevan nombres de variedades de té (Orange Pekoe es mi preferida), se portan con formalidad, elegancia y mucha pulcritud. Pareciera que acudiesen a una galería de artes en lugar de disparar municiones a diestra y siniestra. En cambio, Saunders imita a Estados Unidos, sus estudiantes usan nombres apropiados para frívolas californianas, la mayoría son abiertas y amigables, no dudan en expresar su entusiasmo, tienen cheerleaders y Kay, su comandante, chisporrotea sus oraciones con palabras en inglés de impronta yanqui y actúa con informalidad, incluso en su vestuario. Tomando en cuenta estos contrastes, resulta peculiar (pero bastante ladylike) que Darjeeling y su discreta lugarteniente se movilicen en un jeep rosado pastel después de burlarse de los abigarrados tanques de Ooarai. Whatever!, espero con ansias el character song disc de Kay, ojalá con algún rock & roll.

Un valor esencial de cualquier serie que aspire a obtener réditos mediante la estética moe consiste en crear un elenco principal de personajes femeninos simpáticos y adorables, que sepan mantener o enriquezcan este nivel de empatía en situaciones de tensión o dramatismo (melodramático, de preferencia): esta clase de relatos se sostiene sobre la calidad del diseño de personajes, su capacidad de interactuar y transmitir un trasfondo emotivo. Además del aspecto visual, importa la elección de arquetipos y cómo se introducen rasgos de novedad que distingan la personalidad de cada chica. Girls und Panzer cumple con creces este requisito: el quinteto protagónico es fenomenal, ninguna sobra ni decepciona, todas son lindas de maneras diversas, asegurando la pluralidad de caracteres, un abanico donde cada espectador escoge su chica preferida entre un amplio menú de posibilidades, al estilo de -Saki-, Strike Witches o Koihime Musou. Desde la modesta y generosa niña buena (Miho), pasando por la tomboy otaku militar (Yukari), la casquivana girly girl (Saori), la delicada hija de la aristocracia (Hana) y la chica apática y monótona (Mako). Entre ellas, Akiyama y Takebe han ganado especial relevancia. La adaptación al manga asume el punto de vista de Yukari, mientras la versión en light-novel está narrada desde la perspectiva de Saori. Sus patrones psicológicos son radicalmente opuestos, pero ambas han añadido al Panzerfahren un toque especial de femineidad y dulzura. Ambas parecen monotemáticas, una pensando siempre en chicos y romances, la otra hablando de armamento y tecnicismos bélico; sin embargo, aunque Saori pretende redecorar el Panzer IV con cortinas y esponjosos cojines que protejan sus posaderas mientras Yukari se escandaliza por presenciar tamaño sacrilegio (¡pintar un 38(t) de dorado!), existe un factor común: divertirse, mirar el lado amable y brillante incluso cuando se trabaja en serio, restarle gravedad al acto de conducir un tanque. El Sensha-dou es entretenimiento, fuente de felicidad, pretexto para juntarse entre comadres y hacer “cosas de chicas”, como degustar unos explosivos pasteles en forma de tanque. Yukari conmovió al revelarnos que, gracias al equipo de Panzerfahren, consiguió hallar su primer grupo de auténticas amigas o convirtiendo su expedición a Saunders en una cómica misión de espionaje. Su confianza por Miho es sincera: apareció como fangirl en plan de stalker, pero después de integrarse al Ankou Team, expone su rostro más emprendedor y valiente, con compromiso y lealtad hacia Nishizumi-dono. Saori le aporta la onda adolescente, las temáticas femeninas juveniles, la moda, las revistas tipo Cosmo con anticuados tips para conquistar al hombre: la chica linda del grupo, cuida su aspecto, quiere instalar espejos dentro del tanque, usa coquetas medias largas y, gracias a su temperamento extrovertido y amiguero, utiliza sus cualidades de teenager del siglo XXI para su labor de comunicaciones. El trío del Consejo Estudiantil también aplica una dinámica humorística de contrastes bastante graciosa, con Anzu Kadotani hilando los hilos del poder con su lolitesca autoridad mientras come infinitas galletas desde su trono de dictadora con twintails, o Momo-chan, la loca del gatillo con ínfulas de sargento que perdió su única chance de gloria en toda la serie al fallar un disparo regalado. Yuzu se salva por exceso protuberante de bondad. Para coronar la enumeración de personajes destacados, este artículo no podría cerrarse sin mencionar a las nerds históricas o reki-jo. No conozco una forma más culta ni educativa de volverse otaku. Caesar, Erwin, Saemonza y Oryou también son congruentes al reflejar sus manías, proclamando frases célebres, mencionando batallas famosas o citando acontecimientos clave. Son eruditas, pero chifladas, a medio camino del cosplay, pero mientras los fanáticos acérrimos de videojuegos o manga alucinan con creerse personajes de ficción, ellas prefieren delirar con figuras reales, con personas convertidas en leyenda. Como la Historia de Roma Clásica, el período Sengoku o la Restauración Meiji, las especificaciones técnicas y mecánicas de tanques clásicos de la Segunda Guerra Mundial es un tema reservado a cierto nicho minoritario de especialistas, historiadores y aficionados. El mérito de Girls und Panzer radica en simplificarlo, tornarlo ligero sin entontecerlo ni incurrir en grandes inexactitudes, para convertirlo en materia de entretenimiento apto para cualquier público. Palmas aparte merece el director Tsutomu Mizushima, quien, quebrantando los pronósticos más pesimistas, ha evitado recurrir a fórmulas trilladas de fanservice y, contra la fonética del título, no habrá ningún pantsu, sino harto panzer.

Una respuesta

  1. me tomo un poco de tiempo leer los 2 artículos, gracias por estos análisis, cuando empece a ver esta serie, me tomo por sorpresa totalmente, no fue lo que esperaba, al contrario me dejo fascinado con unos diseños de personajes muy elaborados, si ves bien a los personajes te darás cuenta que son autenticas señoritas, muy difícil va a ver unos personajes tan bien representados. bueno me despido. saludos.

    1 diciembre 2012 en 01:59

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