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Rinne no Lagrange 2nd season 16 (4): Ore no Imouto ga Konna ni Kawaii Wake ga Nai

Irony

En Rinne no Lagrange, los eventos bélicos y diplomáticos que trazan la evolución del conflicto interplanetario y determinarían el futuro de la raza humana aparentan ser cuestiones políticas serias, impersonales, “cosas de adultos”. Sin embargo, este entorno de solemnidad se confunde y entremezcla con asuntos subjetivos, con pasiones humanas. Bajo las formalidades del protocolo que rigen las “históricas conferencias”, en realidad, palpitan los afectos personales: amor, rencor, envidia, ambición. Los estratégicos asilos se solicitan para resolver cuestiones familiares que involucran complejas y delicadas redes de sentimentalidad adolescente. La guerra entre planetas, cuyo telón de fondo sería la destrucción del Poliedro, podría reducirse a lealtades traicionadas y amistades defraudadas. Las ficciones nos relatan “la Historia privada de las naciones”, pero en Rinne no Lagrange, la Historia adquiere forma de melodrama. Mientras los reyes afirman moverse siguiendo tácticas y pautas racionales, sus palabras contradicen la patética verdad: sus actos obedecen a emociones, manías, traumas. Su orgullo masculino los arrastra al resentimiento, pero existe un camino de redención y reconciliación que evitará la tragedia: lo femenino. Cuando los onii-chan montan un caos de dimensiones cósmicas, las hermanitas menores están prestas a poner en orden la casa.

En sentido llano, el vocablo imouto en japonés se traduce al español como “hermana menor”. Este sería su significado “de diccionario” o, según los semiólogos, denotativo. Se llama “denotación” al significado común, empleado en circunstancias habituales por cualquier usuario de la lengua. En cambio, se entiende por connotación el conjunto de ideas, conceptos, valoraciones o imágenes asociadas a determinados significantes de manera no convencional. En anime, imouto, además de indicar un tipo de vínculo familiar, también implica una función simbólica, una condición espiritual convertida en arquetipo. Porque el orden genealógico es insuficiente, no basta con nacer después, ni siquiera se necesita un auténtico nexo de sangre o fórmulas de afiliación. La definición es pragmática. Ser imouto supone comportarse en consonancia, actuar como hermana menor. Suena redundante, pero el arquetipo se asocia a modos de conducta respecto del observador masculino, frente al onii-chan. La dinámica afectiva adopta un tono ambiguo que asemeja o insinúa el incesto, alimentando el morbo, la especulación o jugando con sugestiones. Sin embargo, la mayoría de casos, las imouto manifiestan sentimientos menos transgresores pero más difíciles de precisar pues no contamos con palabras o categorías exactas para nombrarlos. Haremos el intento de ensayar una definición. En principio, se plantea una dependencia. Las muchachas colocan al hermano sobre un pedestal romántico, incluso si conocen y critican sus defectos, pues prefieren conservar o idealizar sus virtudes, satisfaciéndose con la imagen confortadora de tener un sustituto de padre o preámbulo de esposo. La jovencita se resiste a abandonar su niñez aunque su evolución corporal, el experimentar nuevas sensaciones y la proximidad de convertirse en adulta le provocan curiosidad. En onii-chan hallan un referente de masculinidad, galantería, valor, bondad, sin necesidad de abandonar la seguridad del ámbito hogareño y manteniendo vivos sus recuerdos de infancia: una proyección del “juego de la casita”, de imitar con inocencia a papá y mamá. Se busca protección y pertenencia: el modelo de familia como refugio al desconsuelo. Comprensible en circunstancias de turbulencia, de muerte, de desolación, como viviera Muginami antes de cruzarse con Villagiulio. Pero también es concebible en situaciones de presión social, de educación represiva u obligación de ajustarse a demasiadas normas, como sucede con Laffinty. Por inseguridad, agradecimiento o mera sujeción, las hermanas ansían agradar al onii-chan, pretenden conquistar su aprobación, su beneplácito, y reforzar su tranquilidad, protegerse ante el miedo de quedarse solas o perder su fuente de afectuosidad. Además, el objetivo fundamental que colma de alborozo el espíritu de toda imouto es recibir un recompensa, no material, sino sentimental: ser engreídas, mimadas, felicitadas; pero también aspiran (con convicción) a acaparar ese cariño de forma absoluta, sin admitir competencia. Sus celos son reacciones defensivas ante una peligrosa invasión que ponga en peligro su inconsciente paraíso simbólico. En resumen, las hermanas menores revelan una mezcla de sometimiento, posesividad, engreimiento y compromiso hacia la figura del hermano mayor. Estos factores alcanzan una insospechada relevancia durante este episodio, cuando el título de imouto ocupe el centro de distintos debates. El capítulo completo está estructurado alrededor de la dicotomía de género hombre/mujer, representado por ambas parejas de hermanos. El elemento desestabilizador, Yurikano, es otra imouto que agudiza la discusión, pues la amnesia le impide reconocer su filiación con Giviguivio y provoca una airada reacción en Muginami.

Explotar esta temática es tendencia exclusiva de la cultura 2D japonesa: anime, manga, videojuegos, light novels. Estos espacios narrativos le confieren a las “little sisters” un papel preponderante y resaltan con insistencia la trascendencia del amor filial, haya componente erótico o simple admiración. Estos relatos también configuran y sistematizan un conjunto de rasgos que caracterizan la relación de subordinación emocional al hermano mayor. Muchas lectoras encontrarán este término bastante machista. En efecto, Rinne no Lagrange se dirige mayormente al público masculino y adopta una óptica patriarcal; no obstante, esa supuesta jerarquía suele quebrantarse, criticarse y subvertirse desde el liderazgo femenino. Como en otros ámbitos, observamos una combinación entre polos opuestos, la convivencia entre ideas o situaciones disonantes. Por ejemplo, el híbrido de drama y comedia. Mientras una nave se precipita contra la playa, una clienta del restaurante huye sin despegar la boca de su plato de fideos. Giuvigiuvi se reencuentra con Yurikano después de ¿ocho, siete? años: ha llegado el anhelado momento de la anagnórisis, la escena se cubre de destellos luminiscentes, suena una música apacible, se intercambian sonrisas, el abrazo es inminente, pero la princesa lo esquiva para cobijarse al regazo del enemigo. Aunque la situación es humillante e induce a solidarizarnos con Giuvi-nii, no deja de causar gracia y parecer ridícula. Esta propensión a destruir la solemnidad también se aplica en socavar el discurso masculino. Al inicio del episodio, Asteria detenta el control, se impone con inteligencia y elegancia sobre dos señores prepotentes sin cederles un centímetro y persuadiéndolos a jugar según sus reglas. Al elegir al trío de chicas piloto como principales espectadoras del “show del ascensor” le otorga legitimidad y poder al “grupo de las imouto“, reconociendo su parentesco como herramienta trascendental de concertación política. Las unidades Vox son piezas fundamentales del conflicto: sus dueñas tienen derecho a participar en primera fila, por delante de lugartenientes como Moid o Grania. El clímax del poderío imouto se ratifica cuando las muchachas al unísono mandan a callar a ambas pandillas de esbirros, digo, ejércitos espaciales que discutían a gritos acalorados, porque sus rabiosos argumentos no permiten escuchar la conversación entre los reyes. Nadie las contradice, los soldados y embajadores reconocen su autoridad moral, su potestad para amonestarlos e imponer su supremacía. La escena tiene un efecto paródico, presente en varias secuencias anteriores (por ejemplo, el sosiego de Laffinty al enterarse que Dizelmine, el imperturbable, solía temblar de miedo cuando joven). Las hermanas le restan importancia al discurso confrontacional de tipo militar o político que esgrimen las huestes de ambos planetas. Las muchachas reivindican sus intereses femeninos más íntimos, sus ganas de chismear, de satisfacer su curiosidad espiando a onii-chan, una oportunidad inmejorable para husmear sus secretos. Se descartan las soluciones solemnes, retóricas, “serias”, mediatizadas por el descarnado y desilusionado “mundo de los adultos” donde predominan las fórmulas, los procedimientos, los tratados, las estrategias. La serie propone un predominio del ethos melodramático, del héroe idealista como Madoka, que defiende, frente al amasijo de desconfianza, pesimismo y deshonestidad que rodea a los líderes galácticos, la posibilidad de vivir a plenitud, con alegría, anteponiendo la sinceridad del amor. Las polémicas entre bandos son apenas ruido, bulla, son inútiles. Más relevantes y ennoblecedores resultan, según Rinne no Lagrange, los sentimientos personales, las razones del corazón. Hablar y “decirse las cosas”. Ingresar a ese mundo resulta más sencillo desde la esfera femenina. Los grandes hombres continúan peleando porque su moral de género les impide flaquear, ser vulnerables, mostrarse débiles. Estas restricciones empeoran cuando el sujeto asume una función dirigencial: la representación del poder no puede permitirse fracturas. La conversación entre Dizelmine y Villagiuvio demuestra sus extremos de petulancia y altanería, transformando la cita cumbre en una competencia discursiva por exhibir su fortaleza y aplastar al contrario, un acto de patanería asociada al caudillismo de fuerte raigambre masculina. Esta forma de comunicación está condenada al fracaso, a engendrar más enfrentamientos y prolongar la guerra.

La única solución viable es desechar el discurso hostil y prepotente del onii-chan, y sustituirlo por el discurso ingenuo pero conciliador de las imouto, el espíritu del Jersey Club -porque, pese a su simplicidad campechana, Madoka es responsable de inspirar a Muginami y Laffinty para rebelarse ante sus naciones, alejarse de sus hermanos y convertirse en “camaradas”. La chica maru! funge de bisagra del proceso, aunque, a diferencia del resto de actores involucrados, ingrese al conflicto de casualidad, como intrusa. Sin embargo, el estar ajena al enredo familiar le favorece: la conductora de Midori encarna, ante sus amigas, otra clase de líder, nada ceremoniosa ni grandilocuente, sino atolondrada y bastante informal, pero enérgica y audaz, dispuesta a tomar la iniciativa y plantarse sin miedo a enfrentar a cualquier mandamás. La aparición de Yurikano complica el panorama. En principio, porque quiebra la armonía simbólica entre imouto. Su retorno hace tambalear la condición de Muginami como “hermana artificial” de Giuvigiulio, pues, al regresar la titular, la sustituta quedaría relegada o desautorizada. ¿Pueden convivir varias imouto? Biológica y socialmente es obvio: un hombre puede tener varias hermanas menores, pero recordemos las características del arquetipo en anime, en particular, la tendencia obsesiva hacia la exclusividad. Si coinciden dos “little sisters”, habrá lucha por determinar quién retiene el título de imouto “por excelencia”, una pugna desigual si consideramos, con malicia, que Givigiuvio adoptó a Muginami como reemplazo de Yurikano después del destierro. La princesa de DeMetrio sufre de amnesia, la enfermedad preferida del melodrama. Probablemente el evento de Militia Zodia afectó su personalidad, provocando una fragmentación producto del trauma: su inconsciente maduro todavía consigue comunicarse con Madoka mediante el hilo sensorial que forman las flores de Lagrange, pero permanecería sepultada bajo esa conciencia de niña de ocho años. Además de poner en zozobra a Muginami (y obligarla a concebir un plan tan estúpido para “infiltrarse” en la nave nodriza de LeGarite), la juguetona Yuriyuri también quebranta la unidad femenina respecto del mandato masculino, pues se acoge con felicidad y obediencia al amparo de Dizelmine, lo acompaña, reconoce su dominio. Las otras imouto habían aprendido a rebelarse, a desacatar, a negarse a aceptar las arbitrariedades del hermano, todavía respetándolos y amándolos, pero fijando con claridad su propia opinión. Cuando se cruzan con los reyes, los saludan con cariño, se disculpan, pero prefieren correr a proteger la ciudad junto a Madoka. Esa “sisterhood” anima su propósito impetuoso pero bienintencionado de buscar “conversar” con Yurikano, pues confían en lograr persuadirla si sostienen una especie de “charla de chicas”, donde las adolescentes se explayan y confiesan sus sentimientos con entera confianza. Se apela, para salvar al universo, al pensamiento juvenil, más cándido pero menos contaminado de suspicacias y malicias. Persiste aun la esperanza de fomentar una amistad mediante la confidencia, la complicidad entre jovencitas.

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