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YuruYuri ♪♪ 3: Yuri never walks alone

Gata celosa

Sin duda, la célula básica del yuri es dual: la pareja. A diferencia de otras series que reposan sobre individuos o grupos, las historias lésbicas requieren, por necesidad, del emparejamiento. Este esquema exige tres requisitos mínimos: chicas de personalidad incompatible (para activar el conflicto), pero complementarias (para facilitar la solución), que compartan una profunda relación de apego sentimental. En términos de yuri, una pareja no implica un “amorío” o “noviazgo” oficial. La definición es amplia y abarca muchas fórmulas posibles de vínculo. Incluso, en algunos casos, el cariño se disfraza de rivalidad o constantes insultos. Himawari y Sakurako conforman una extraña pareja que capturó mis preferencias desde la primera temporada porque, pese a declararse su enemistad, atacarse con frases ponzoñosas, retarse a gritos o provocarse sendos disgustos, no pueden evitar andar siempre juntas y prodigarse ese anómalo amor traducido en reproches, descortesías y reprimendas. Esta rutina de perros y gatos se interrumpe cuando, por casualidades de febrero, se distancian y Sakurako descubre cuánto depende de su ración de boobies favorita.

El martes, Himawari consiguió su clasificación al torneo principal de Saimoe 2012. Luchó hasta las últimas horas el tercer lugar del grupo de preliminares contra su compañera de elenco y senpai del Consejo Estudiantil Ayano Sugiura. Si hubiese obtenido el bronce, habría acompañado a Nodocchi Haramura y Sena Kashiwazaki en un insólito podio oppai. Como había anunciado meses atrás, no cubriré el certamen ni lanzaré proyecciones desde el blog, sino mediante nuestra página en Facebook. Aunque este resultado es anecdótico, demuestra la colosal popularidad que gozan las chicas de atributos prominentes. Dejando aparte el aspecto cómico (donde Kyouko, sin dudas, acapara los laureles), Himawari Furutani es mi personaje preferido del alocado y tempestuoso repertorio de YuruYuri. Me encantan sus trenzas, su gentileza al hablar, su entonación elegante, sus modales femeninos, su actitud madura: su diseño pretende calzar con el modelo ideal de mujer japonesa tradicional, una yamato nadeshiko. En comparación con Akarin e incluso la mayoría de alumnas de segundo grado, Himawari parece más adulta, inteligente y juiciosa. Por desgracia, esa imagen prudente y digna de felicitaciones tiende a derretirse cuando Sakurako colma su limitada paciencia. Sin embargo, aunque pretendan repelerse y alejarse, parecen unidas por misteriosos hilos rojos que enlazan -o enredan- sus destinos, pues vienen compartiendo salones de clase desde el preescolar, al punto que tantas coincidencias se transforman en reincidencias. Sakurako es impulsiva, escandalosa y descuidada, pero carece de creatividad, le falta esa perspicacia instintiva, esa genialidad impredecible que posee TOSHINO KYOOOOOUKO para explotar su estupidez y convertir su locura en grandiosidad. Porque la rubia del moño ha alcanzado el nivel de loca prodigio, de desquiciada sensacional, mientras Sakurako todavía actúa como niña engreída y tonta, con serios déficits de razonamiento y graves problemas de concentración. Aunque la chica de primer grado sería una excelente aprendiz de payasa, otra clase de rasgos, más psicológicos, la diferencian radicalmente de Kyouko: su carácter mimado, egoísta, malcriado, su costumbre de fanfarronear o renegar con berrinches, su impaciencia para enojarse cuando estudia. La fundadora del Club del Entretenimiento jamás sucumbe al malhumor ni responde los regaños con bronca, sino riéndose y cambiando de tema, sin tomarse nunca las cosas a pecho. En consecuencia, la función de Himawari es distinta al trabajo de “tipa seria” que ejerce Yui, pues, aunque ambas deben “tolerar” y “aguantar” a chicas de conducta dispersa y fastidiosa, Funami-senpai ha aprendido a domesticar y amaestrar a su cachorra Kyouko sin atragantarse de bilis ni enfrentarla con cólera, sino frenándole los impulsos con comentarios sarcásticos, una pizca de indiferencia o ligeras reprimendas. Aunque las taradeces de su mejor amiga le provoquen una mueca de hastío, prefiere no sembrarse de arrugas o canas en plena pubertad. En cambio, Himawari suele sucumbir al enfado y contestarle a Sakurako echándole más gasolina al fuego y prolongando el círculo vicioso de mutuas provocaciones, jodas y mala saña que, mezclando tsunderismo con sadomasoquismo y demás fetiches de hostilidad sentimental, constituyen su agitada rutina diaria. Mientras Yui juega al tsukkomi frente al papel de boke que cumpliría Kyouko siguiendo la mecánica de la comedia japonesa popular (acuérdense del dueto Kyoppi/Yuppi), Himawari no pretende rematar o frenar un chiste, sino corregir o resondrar, preocupándose por bajarle los humos o aquietar a Sakurako, pero también por revisarle sus tareas, ayudarla a repasar, supervisar su comportamiento. En realidad, actúa como hermana mayor o, considerando sus medidas de busto, como mamá postiza o tutora particular. Aunque juren detestarse, se necesitan para realizar una curiosa simbiosis: una, para satisfacer sus complejos maternales (tipo madre-sargento); la otra, para prolongar su infancia sin sentirse insegura.

Debido a su inmadurez, Sakurako se muestra más vulnerable o desprotegida en aspectos emocionales. Molestar a Himawari y azuzarla a discutir con desafíos y desplantes es su hobby natural; sin embargo, ese juego divertido de alardear y lucir petulantes para hostigarse le impide observar su realidad de modo sensato y reflexivo, porque sería exagerado reclamarle a una genki girl vehemente y descerebrada, con espíritu de veinte galones de cafeína, que mantenga la cordura o elabore profundas meditaciones sobre sus sentimientos más hondos, pero, además, su nivel de estupidez humorística también la inhabilita para percatarse o siquiera intuir cuán importantes son aquellas personas que “siempre están”, las amigas insustituibles, las infaltables. Incluso un imbécil con H mayúscula sabría comprender esos afectos si sufriera una experiencia dolorosa, pero los personajes de anime sufren de incapacidad crónica para interpretar su propio corazón. La idiotez romántica es quizá la enfermedad más difundida entre los jóvenes japoneses. No obstante, esa ceguera se justifica por cuestión de hábitos. Podemos permitirnos el lujo de pelear, discutir e indisponernos con personas amadas, amigos del alma, compañeros de toda la vida, porque asumimos que “siempre estarán” allí para reconciliarnos o prolongar esas discordias dando por sobreentendido que discrepar y tener altercados enciende la flama vital de nuestra amistad. Agredir es casi coquetear. Nos acostumbramos e inclusive nos alegramos pues esa cólera, ese coraje, esas rabietas son superficiales, de broma, de chanza. En lugar de separar, vuelve más fogosa y sólida la relación. Pero el vértigo de divertirse evita darnos cuenta del amor detrás del jaleo, del cariño implícito en cada gresca. La pobre Sakurako empieza a evidenciar síntomas de síndrome de abstinencia de oppai cuando Chinatsu le “arrebata” a Himawari por algunos días para preparar su regalo de San Valentín. Es majadera, egocéntrica y su entorno le importa un pepino: para colmo, su mente actúa como perrito de Pavlov, por reflejos condicionados, y cuando busca esos turgentes y pomposos senos para abofetearlos y aplacar su frustración, solo encuentra el vacío del delicious flat chest de Akarin que, además de padecer los arranques involuntarios de Sakurako, debe tragarse más humillaciones aún cuando se porta como buena samaritana. Siendo crueles, esos tragos amargos ocurren cuando intentas fungir de mediadora, consoladora, mala tercia o violinista en una riña marital. En circunstancias similares, ayudar a otros a “desahogarse” o “reanimarse” es meterse a apagar un incendio ajeno y terminar quemado. Akari tiene vocación de mártir, pero nadie reconoce -¡ni percibe!- su sacrificio. Hacerlas de confidente, buena comadre o (válgame) “amiga suplente”, solo daña al metiche, aunque sus propósitos sean bondadosos. Queda como lección, queridas lectoras: para colaborar en asuntos del corazón, cerciórate primero de satisfacer la talla de brassiere, porque, mientras haya espacio por rellenar debajo del escote -no importan cuántos palillos de comer traigas ni cuántos ovnis derribes usando tus odango bazooka ni cuántas culebras hayan querido mostrarte- serás forever and ever, la “sustituta”… Akarin es desdeñada e ignorada porque, con sinceridad, jamás podría reemplazar a Himawari. Le falta ser estricta, severa y transmitir esa aura de responsabilidad que impone cierto respeto y envidia en Sakurako. Todos la consideran eficiente en asuntos prácticos, típicos de una ama de casa moderna: enseñar a los hijos, tejer, cocinar. Chinatsu le pide consejo porque proyecta esa imagen de “señorita de Portugal” (ya saben: que sepa coser, que sepa bordar…)

Los episodios de celos entre chicas son bocatto di cardinale para el amante del yuri, en especial, cuando predomina la ambigüedad, porque un sentimiento tan intenso como el despecho permite sacar a flote esas pasiones ocultas, ponerlas de manifiesto, que exploten en palabras, en confesiones atropelladas o gestos desesperados. Podemos identificar algunas etapas: para comenzar, el despiste, la sorpresa. Sakurako estaba inconscientemente habituada a andar con Himawari, ellas constituían una dualidad, eran yin-yang, azúcar o sal, madera o metal, polos opuestos y sigue la canción. De repente, una piruja mosca muerta con cara de niña buena se entromete para “robarle” a su archienemiga sin pedir permiso. Esa situación se toma, al inicio, con enfado, pero, rato después, surge la siguiente fase: Sakurako descubre cuán “útil” e “indispensable” era Himawari, empieza a extrañarla, a notar su ausencia, a sufrir su carencia. Puede acusársele de convenida, de recién enterarse del valor de su mejor peor enemiga por motivos utilitarios como hacer la tarea o copiar sus apuntes, pero hablamos de chiquillas de secundaria, cuyas preocupaciones inmediatas son cumplir deberes, servirse un almuerzo delicioso y procurar no aburrirse. Sakurako reacciona y abre los ojos porque alteraron su vida cotidiana: esas cosas sencillas que componen su felicidad. Los celos son estados exacerbados de egoísmo. Pensamos que otra persona “nos quitó” algo. El pensamiento es infantil: nos hurtaron nuestro juguete favorito, nos privaron del placer. Cuando experimentamos esa sensación, no solemos desquitarnos contra el invasor, sino contra la pareja/amigo/novio, etc. porque le adjudicamos una culpa. Nos consideramos víctimas y mediante el resentimiento, pretendemos aplicarle un castigo: el desprecio. Sakurako trata de trasladarle su rabia a Himawari de manera tosca y cortante. Sus compañeras de clase se sorprenden, no porque sea inusual verlas en discordia (sería más asombroso pillarlas procurándose halagos), sino debido al tono tajante y cargado de rencor que utiliza la pequeña para exhibir su molestia. Luego, se alcanza el escalón más vergonzoso: la obsesión. Al celoso le resulta imposible concentrarse en ninguna actividad pues toda labor, todo objeto, toda palabra le recuerda a “ella”: aunque Sakurako trate de distraerse jugando al playstation portable, también el videojuego de aventuras le traerá los recuerdos de Himawari amonestándole por su estilo de combate y recomendándole que guarde energías para enfrentar al final boss. Los celos parasitan su imaginación. La chiquilla imagina escenas de “traición”: se somete a tortura, no soporta ser excluida, abandonada, rechazada, y finalmente, cambiada por otra. Lo terrible de sentir celos es justamente esa herida, esa laceración de nuestro ego: somos inferiores, estamos en desventaja, podemos perder, nos desecharán. En términos románticos y eróticos, esa sensación es horrenda: Sakurako alucina a Himawari gozando de un idílico amorío con Chinatsu, rodeadas de primorosas pompas de luz. Le duele la sensación de derrota, porque el celoso concibe el deseo de forma competitiva y cuando percibe una amenaza, se cree menos apto. Tampoco podemos culpar a Sakurako por imaginarse disparates tan absurdos. Aunque Chinatsu esté enamorada de manera tóxica y enfermiza de Yui (no comas esos chocolates) y declara a gritos su anhelo de conquistarla, los celos nublan la mente y evitan que observemos con calma los argumentos más contundentes. Además, pesan otros motivos. Chinatsu proyecta una imagen más femenina, girly, pinky, de chiquilla inocente. Himawari podría congeniar mejor con chicas educadas, delicadas e inteligentes; podría hartarse de soportar a una gritona chinchosa, poco seso y encima testaruda; podría decidirse a elegir la opción más conveniente y buscar una pareja menos peleandera, que complazca sus requerimientos, sea dócil y adorable. Cuando la conciencia del celoso alcanza su límite de presión, llega la última etapa: recurrir a la desesperación, al llanto, la confesión, el ruego. Sin embargo, aunque el temblor se calma, la relación no muestra grandes señales de progreso después del sacudón. Esta clase de series privilegian lo estático, lo permanente. Sin embargo, a veces se desliza alguna sugerencia de cambio, los personajes aprenden o advierten “algo importante”. Sakurako no abandona sus malas mañas ni aligera su idiotez, pero Himawari comprende cuán intenso es su vínculo de cariño al recordar el dudoso bombón que recibiera de regalo varios días atrás. No recuerdo un episodio de YuruYuri tan melodramático, pero pese al sufrimiento de Sakurako y su desastroso puchero, los eventos del 14 de febrero nos deparan el usual torrente de risas, en especial, gracias al hambre chocolatero de KYOOOOOOUKO. Welcome!, welcome!

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