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Binbougami ga! 1: Laberinto de Fortuna

¡Rómpete una pierna!

El ómnibus te abandona porque llegaste tres segundos tarde. Un plumífero pendenciero defeca al vuelo sobre tu atuendo elegante. Tu profesor o jefe te regaña aunque te esfuerzas en cumplir tus tareas. Encuentras un insecto practicando nado sincronizado en tu sopa. Rompes un espejo mientras intentas recoger el salero que derramaste por abrir el paraguas en casa. Para rematar la jornada, la fiesta vikinga que organizaron tus vecinos ricachones te impide estudiar o leer tu manga favorito. Como muchos incautos que pisamos la deposición del perro esa mañana, te preguntas cuándo acabará esa mala racha, qué clase de castigo divino padeces, cuánto costará pagar esa compensación, qué pecado cometiste. Los seres humanos solemos asociar secuencias de eventos desafortunados que ocurren de manera fortuita con conceptos imaginarios como la “suerte”, el “Destino”, la “Fortuna”, nociones relacionadas al terreno religioso o sobrenatural. La idea de vivir subordinados a poderosas y caprichosas voluntades nos ayuda a encontrarle sentido a situaciones tan absurdas, a explicar de manera simple que sucedan las desgracias, las adversidades, las injusticias. Esta creencia tan primitiva, sin embargo, origina una chispa de inconformidad y resentimiento cuando observamos que otros gozan de buena estrella mientras nosotros nos ahogamos en desdichas e imperfecciones. Asumimos, por deducción irracional, que somos infelices porque las personas dichosas “acaparan” la suerte. La felicidad se convierte, entonces, en robo.

Binbougami ga! plantea esta premisa nada cándida: la desigualdad entre individuos no proviene de factores económicos o políticos (o quizás estos ayudan a agravarla), sino de cuánta fortuna recibamos al nacer. Determinismo puro: las posibilidades de éxito o fracaso del sujeto están establecidas por criterios antojadizos, fruto del azar, desde su nacimiento y jamás mejorarán: si asciende o alcanza sus aspiraciones, no significa que acrecienta su suerte, pues ese progreso también está prefigurado con anticipación. La predestinación tiene carácter religioso, como indica la serie. Según el relato, la suerte es una especie de energía contable y mensurable (con aparatos de medición, ridículos pero funcionales). Además, se considera un bien escaso: existe una cantidad limitada de fortuna alrededor del mundo; en consecuencia, debe distribuirse de forma proporcional para sostener un equilibrio. Administrar esos dones le compete al conglomerado de dioses del infortunio. Las deidades benefactoras no podrían cumplir esa misión porque consiste en limitar o frenar la buena suerte. La mala ventura, en realidad, no existiría como esencia: solo sería la ausencia o déficit de fortuna. Ichiko Sakura altera el funcionamiento del sistema porque posee la habilidad de absorber el bienestar ajeno, de succionar su energía. Esta operación inconsciente la provee de un desmesurado caudal de energía: riqueza, inteligencia, aptitudes atléticas, popularidad, belleza y senos inmensos, que causan envidia e indignación en chicas menos listas y nada agraciadas. Estos sentimientos de odio, en lugar de deprimirla o conmocionarla, solo refuerzan su descomunal egocentrismo, su colosal amor propio, su maravillosa petulancia. Momiji, diosa de la pobreza, es enviada a solucionar esta perturbación, dando inicio a un enloquecedor intercambio humorístico. Entramos en una lucha dialéctica de significados: miseria versus riqueza, dioses contra humanos, egoísmo/individualismo versus justicia divina, oppai contra pettanko. Aunque la serie propone un fondo tradicional (las múltiples deidades que habitan el Japón), la mentalidad, la lógica que anima las acciones de Ichika corresponde al mundo posmoderno, la sociedad de consumo, la cultura del entretenimiento, del placer, del hedonismo, donde la meta máxima de realización personal consiste en satisfacer al ego. Sin embargo, su ventajosa fortuna no evita que simpaticemos con Ichiko, porque, pese a su orgullo de triunfadora innata, tiene los vicios apropiados de una antiheroína en tiempos de capitalismo tardío: engreída, bocasuelta, despectiva, soberbia, manipuladora. Estos defectos son también manifestaciones de virtudes surgidas del individualismo: fortaleza de carácter, autonomía, rebeldía, dinamismo. El hombre del siglo XXI no tolera amoldarse al mandato del Destino: se subleva ante los dioses.

Además, nos identificamos con Ichiko en defensa de su actitud nada caritativa porque, en circunstancias similares, actuaríamos igual. No significa que mañana aparecerá un dios castigador a inyectarnos una jeringa gigantesca tras profetizar que envejecerás sufriendo mil penurias y procreando como hámster; pero las sociedades postindustriales han encumbrado y magnificado la obsesión por lograr el éxito, intensificar la productividad e incrementar la eficiencia. El perdedor, el loser, es marginalizado. El descenso social, caer en pobreza, equivale a contraer la lepra. El individualismo rechaza la legitimidad heroica del sacrificio: ofrendarse cual mártir carece de sentido, contradice los afanes naturales del hombre. La solidaridad no puede superponerse al interés personal. Suena duro y despiadado, una negación del idealismo; sin embargo, esa ética cruda y descarnada describe mejor nuestra forma de reaccionar al instinto de supervivencia o concebir lo deseable. Ichiko podría compartir una fracción de fortuna y concederle una migaja de felicidad a decenas de personas desafortunadas sin perjudicarse demasiado, pero detesta ser coaccionada, ser obligada. Al final del episodio, demuestra su capacidad de desprendimiento, su generosidad, su buen corazón, aunque no deja de reaccionar de manera individualista: busca salvar la vida del mayordomo, pero no tolera plegarse al mandato de Momiji ni proceder según normas absurdas que exigen despojarla de algo “suyo” en nombre del bien común. Si ayudar al prójimo es urgente y compromete sus sentimientos, actuará de motu proprio, a su estilo. El manga original de Binbougami ga! comenzó a publicarse en Jump Square desde 2008. La fecha es significativa: la serie emplea términos económicos como “fortuna” o “pobreza” para discutir cuán legítimo o admisible es disponer de absoluta prosperidad mientras el resto de ciudadanos no cuenta con prerrogativas ni atributos semejantes. En resumen, se debate, entre bromas y parodias, la validez del criterio de igualdad. Vivimos en un mundo de resaca financiera, de burbujas inmobiliarias, de desempleo galopante, de indignados. Japón atraviesa una larga fase de recesión. Según la socialdemocracia, la riqueza debe redistribuirse para garantizar la equidad bajo el principio de “justicia social”. Bajo esta suposición, se promueven iniciativas de gobierno como, por ejemplo, aumentar los impuestos que pagan los millonarios. Este dinero serviría para sostener programas estatales de corte asistencialista que brindan salud y educación a las familias pobres. No obstante, al aceptar estas propuestas como válidas, admitiríamos implícitamente que existe algo reprensible o ilegítimo en amasar grandes fortunas y quizá, de forma indirecta e inconsciente, asumiríamos que enriquecerse supone apropiarse de la plusvalía del trabajador o adoptaríamos la tesis de Proudhon que declara la propiedad un robo. Los ricos tendrían una deuda con la sociedad pues su “buena suerte” es producto de actividades reprobables que generan desequilibrio e inequidad. Aunque Binbougami ga! parezca un relato apolítico, sin rastros de ideología, basta con tender las analogías y percatarnos que todos los elementos encajan. Ichiko se adueña de la energía del mayordomo, extrae la suerte de gente cercana para alimentar su peculio de “fortuna”. El imaginario de extrema izquierda equipara al capitalista con la figura demoníaca del vampiro. La labor de Momiji sería benéfica y justiciera: devolver el balance mediante un acto reivindicativo. La diosa ejecuta esa sentencia en representación de un sistema regulador. Esta institución se asemeja al Estado intervencionista o árbitro que propugnan los socialistas para solucionar los desajustes originados por el libre mercado. Reducirle la suerte a quien acumula demasiada para resarcir la disminución o carencia que atraviesan los desafortunados.

Debemos respondernos, entonces, ¿qué posición asume el relato? ¿Izquierdas o derechas? Queda claro que propone una dicotomía, una polémica entre dos personajes antagónicos y antitéticos. Sin embargo, a diferencia del discurso épico, ni Ichiko ni Momiji son heroicas ni ejemplares. Ni siquiera virtuosas. Son coléricas, orgullosas, malévolas, impulsivas y belicosas. Unas malcriadas, nada delicadas ni elegantes, sino bastante rudas y procaces: unas bitches sin mínimo asomo de vergüenza. En consecuencia, la historia no plantea una lucha de héroes y villanos, de buenos versus malos o ideas positivas contra pulsiones negativas. Tampoco se percibe una crítica al afán individual (traducido en lucro, según nuestra metáfora económica). En cambio, la mirada socarrona y corrosiva se aplica a ambos extremos contagiando la narración con tonalidades de sátira que diluye las certezas del discurso justiciero y ridiculiza las excentricidades del egocentrismo. La posmodernidad es incrédula, escéptica, dinamita o elude todo intento de sistematizar el pensamiento mediante una ideología o filosofía que establezca verdades definitivas: prefiere relativizar esas supuestas certidumbres y demostrar cuán subjetivas y artificiales son. Ichiko es arrogante, pero esa presuntuosidad puede interpretarse como fortaleza, amor propio, la valentía de afirmar nuestra personalidad en un mundo plagado de ovejas resentidas y envidiosas. Frente a compañeras tan insidiosas y antipáticas, asumir una actitud humilde sería firmar su rendición: darle la razón al rencoroso que pretende legitimar sus odios y mediocridades. Cuando enfrenta a Momiji, es igual de vehemente y temperamental y, aunque le duela desprenderse de su fortuna, su genio se impone: pudiendo quedarse sentada y esperar un milagro, la muchacha elige actuar con independencia, porque seguir sus antojos sin obedecer órdenes desagradables de nadie le confiere dignidad. A diferencia del hombre de sociedades tradicionales, el sujeto contemporáneo desconfía de la religión, engendra su destino mediante sus actos, es pragmático. La serie comparte esa atmósfera porque, desde el inicio, desmitifica y desacraliza. Estos términos implican la negación o destrucción de lo mítico y lo sagrado como fuentes de autoridad. Ichiko no respeta ni venera a Momiji: la insulta con impunidad y antes que preocuparse en aplacar su enojo, la bota de casa como basura. No limitemos la parodia al mero ejercicio de citar otros anime (Medaka Box, Dragon Ball Z), sino también a niveles más complejos de significado donde lo paródico también funciona como principal mecanismo de humor. La idea sacrílega de humillar o vilipendiar a una diosa implica un grado de transgresión: Momiji es una payasa, no muestra ni compostura ni solemnidad, cuesta tomarla en serio. Se ridiculizan los fundamentos básicos de la religión nacional, pero también nuestras posturas o ideas preconcebidas acerca de la riqueza, el infortunio, la desigualdad, la justicia, la redistribución. Depende de nosotros formarnos una opinión. O practicar esa crítica demoledora: la risa.

3 comentarios

  1. El mundo de cabeza siempre ha sido propiedad del carnaval, y la risa siempre ha sido el mejor modo de espantar a los dioses, al hacer retroceder el sobrecogimiento religioso mediante la primacía del cuerpo. Es casi como si tratáramos de vivir un “miércoles de ceniza eterno”. A veces pienso que estas series esperan de nosotros la impiedad impúdica…

    18 julio 2012 en 06:42

  2. ele-ene-ene

    ¿y una interpretación nacionalista? A Japón no le ha tocado en suerte disponer de recursos naturales, y una gran población se aglomera en su estrecho territorio frecuentemente sacudido por terremotos, tifones y tsunamis. Pero se las han arreglado para “extraer” riqueza del resto del mundo teóricamente más “afortunado”. El planteo de esta serie puede ser la explicación de la “maldición de los recursos naturales”.

    19 julio 2012 en 13:26

  3. Juan Alberto Flores Bernal

    Comparto la idea de la relatividad de pensamientos de la posmodernidad: primeramente la critica a la religión, que sería los valores tradicionales de la sociedad, en la que se quieren volver pero de manera más secular. Se considera que las sociedades necesitan volver a los antiguos valores que ofrecía el mundo rural como la cooperación y la solidaridad, pero alejado de la obligación religiosa. En cuanto a las sociedades capitalistas, las tesis del liberalismo sobre que el ego personal y las ganas de enriquecerse tienen orígenes de los primeros protestantes, que para demostrar que eran de los elegidos para la salvación debían trabajar y demostrar que estaban bendecidos por dios y los pobres realmente eran maldecidos al no recibir la gracia terrenal. Pero con las guerras mundiales la perspectiva de preocuparse individualmente se sustituyo por el bien en común y la creaciones de sociedades del bienestar predicada por la socialdemocracia.
    Pero no olvidemos que la posmodernidad no quiere decir que dejemos los vicios personales, incluso los promueve. Estos dos personales no son más que el complemento entre ellos y conforma los nuevos valores de nuestra sociedad.

    22 julio 2012 en 16:42

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