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Nazo no Kanojo X 10: La rival

La saliva del primer amor

La madurez emocional implica cierta cuota de renuncia, de imponer límites al impulso egoísta que estimula satisfacer los apetitos inmediatos. La mayoría de muchachos de preparatoria apenas alcanza a comprender la necesidad (mejor dicho, la conveniencia) moral de fijarse frenos, de rehuir al errático ímpetu animal disfrazado de tentaciones que claman por complacerse. Una mente todavía frágil, abrumada por la incertidumbre, la curiosidad, la duda, carece de suficiente fuerza de voluntad para oponerse al excitante torbellino de sensaciones, todas sugestivas y suculentas. Crecer implica aprender a valorar los compromisos y desechar los arrebatos pasajeros, pero un adolescente común todavía sostiene una batalla con sus inseguridades. Cuando la incitación a “pecar” viene acompañada de gratos recuerdos, la encrucijada se complica el doble, pues no existe huella más imborrable de nuestra pubertad que el primer enamoramiento. El dedo ensalivado de Hayakawa, ofreciéndose cual suntuoso manjar, representa, bajo el manto transparente y viscoso del fetiche, una provocación a revivir las ilusiones de tiempos nada lejanos, una invitación a consumar ese anhelo secreto que Tsubaki jamás logró complacer. Sin embargo, aceptar esa regresión significa ceder ante el fantasma del pasado, involucionar, traicionar al presente. Hayakawa introduce una nostalgia problemática, los contrastes del tiempo, la mutabilidad, las posibilidades perdidas, las suposiciones nunca comprobadas, el olvido, la fragilidad del sentimiento, todos factores asociados a la temporalidad.

Desde la primera escena, se subraya con énfasis el cambio. El sorprendido protagonista no identifica de inmediato a aquella hermosa muchacha de pelo corto que irrumpe abordándolo en plena calle. Esa atractiva chica de gestos amables y sonrisa nostálgica habitaba las fervorosas fantasías pubescentes de Tsubaki: su presencia lo arrastraba a extremos de devoción romántica que bordeaban lo obsesivo (atesorar un cabello para deleitarse contemplándolo y oliéndolo). Los amores de secundaria (en especial, cuando la timidez impide revelarlo y mantiene su vigencia en silencio, casto e idealizado) dejan una huella imborrable en el espíritu adolescente; sin embargo, a Akira le cuesta reconocer ese rostro que agitaba sus indecisas hormonas de trece años porque la imagen icónica del deseo, el símbolo asociado al recuerdo del enamoramiento, la cabellera larga y sedosa que ensimismaba y embelesaba, ha desaparecido. Escoger un nuevo look acarrea consecuencias sobre el relato. Según la pintoresca concepción del erotismo que maneja Ueshiba, el fetiche funciona como mediador entre subjetividades, entre sentimientos, entre pasiones humanas. Antes que simples proyecciones del placer individual, cumplirían el papel de canales comunicativos que vehiculan las emociones y facilitan el compartirlas. Además, el carácter atípico, extravagante, incomprensible y, muchas veces, transgresor, del fetiche revisten de un matiz especial el contacto físico transformándolo en correlato de vivencias intensas y enriquecedoras. Suena a locura, pero también a poesía, si acaso no fueran sinónimos. Esta sexualidad “enrarecida” que tiende a manifestarse en costumbres excéntricas o caprichos insólitos configura el núcleo de intereses narrativos de Ueshiba desde sus inicios con Discommunication (1991-1999): los sinuosos caminos del placer se transforman en fuente de conflicto. Cuando el fetiche se esfuma, la mediación del deseo se trunca y, en consecuencia, el flujo de emociones se torna más débil. Las pretensiones de seducción de Hayakawa sufren un revés. Sin embargo, ella también había apelado al carácter simbólico del cuerpo para expresar sus sensaciones: la visita al peluquero implica otra clase de cortes, porque modificar su aspecto le ayuda a modular sus reacciones ante el fracaso de su relación, pretendiendo “reinventarse” para olvidar el rompimiento. Tsubaki lo consideraría un sacrilegio contra la imagen todavía perdurable y acuñada en su memoria sentimental. A diferencia del novio ordinario, la novia misteriosa sí logra reconocer al instante los rasgos faciales de su rival, porque el cabello no genera interferencia, carece de valor. Además, una mujer enamorada con firmeza como Urabe jamás olvidaría el rostro de “la otra”. Este cambio es significante: subraya el paso del tiempo, pero enfatiza también cómo ese transcurrir temporal, ese devenir, produce efectos sobre las cosas hasta tornarlas irreconocibles. Al inicio, Tsubaki cuenta que Ueno “ha cambiado poco”, aunque ahora tiene una novia: ese recuento de novedades enfrenta al joven ante una fase dolorosa y necesaria en su aprendizaje: enfrentarse y sobrevivir al problema de la mutabilidad. En palabras sencillas: admitir, contra sus ilusiones, que “forever and ever” no existe, que todos cambian, que nuestro pequeño mundo, que creíamos inmutable y perfecto, puede escapársenos y disolverse. El razonamiento del adolescente sigue operando sobre criterios muy infantiles: se resiste a admitir las pérdidas, las alteraciones, las carencias. Hayakawa no asimila su frustración, prefiere refugiarse apelando a recuerdos de épocas felices, cuando se sentía exitosa, deseada. La escena del parque es sintomática: mientras se intercalan esas evocaciones del pasado, Aika se retrotrae hacia su niñez jugando a balancearse sobre unos neumáticos. Se introduce otro fetiche (el voyeurismo, aunque también una posible tendencia exhibicionista) a manera de diversión, con cierta frivolidad, para configurar una tercera situación de erotismo anómalo: la adoración desmesurada al recuerdo, una especie de nostalgia sensual. Esa sexualización brota pronto: Hayakawa le pregunta a Tsubaki si, cuando tenían catorce años, ansiaba tocarle el cabello. El placer de rememorar origina una forma extraña de placer que conduce a estas indiscreciones.

Algunas chicas (las lindas, en particular), durante sus momentos de desconsuelo romántico, suelen recurrir a amigos varones (en especial, si saben que suscitan algún impacto en ellos) para usarlos como paños de lágrimas o proveedores de consuelo. Recibir halagos del sexo opuesto e incluso consentir un coqueteo levanta su autoestima. Tsubaki se esfuerza por actuar con corrección, procurando ser cortés, pero sin traicionar su noviazgo ni dejarse atarantar por entusiasmos de antaño, manteniéndose fiel aunque sus impulsos masculinos más recónditos lo lamenten. La faena de resistencia es complicada dado el innegable atractivo de Hayakawa, incluso si el estímulo luce mermado. Además, aunque, de forma racional, la mentalidad masculina adolescente reconozca la importancia y valor de mantener la fidelidad e inclusive tienden a idealizarla de manera discursiva, en realidad, los individuos están sometidos, durante esa etapa crucial, a una avalancha caótica de percepciones y sensaciones excitantes, que incentivan su faceta más irracional e instintiva, ese sector profundo y escondido donde radican los placeres primordiales, y cuyas delicias, apenas son experimentadas, resultan difíciles de controlar cuando recién se aprende a tener prudencia. Los chiquillos son vulnerables al deseo, porque, a diferencia del adulto, ese torrente de adrenalina enciende su curiosidad por instancias, como el sexo, que continúan sonándoles misteriosas y concentran sus preocupaciones. Pero, retomando el carácter pueril del adolescente, esa debilidad ante la mujer tentadora también podría relacionarse al egoísmo infantil, la tendencia a complacer los antojos impulsivos sin considerar la existencia de otros sujetos, solo dándole preeminencia al ego. Hayakawa es inmadura y aniñada en múltiples sentidos: la seducción, la intimidad, la coquetería implican participar en un escarceos lúdico, un jugueteo insustancial. La chica del colegio Hoshinome simplemente disfruta persiguiendo sus apetitos circunstanciales para mitigar sus tristezas más hondas en busca de sustento emotivo. Como niña pequeña, pretende entretenerse un rato desafiando a Urabe, creando un escenario de simulaciones que tendrá lugar en un supuesto espacio carnavalesco, el Festival Cultural, donde el disfraz permite sustraerse del presente y recrear un pasado de juguete. Sin embargo, el conflicto surge debido a factores asociados al fetiche como síntoma de cambios: Mikoto alteró los hábitos y estructuras mentales de Tsubaki insertando en su subconsciente una atracción casi hipnótica por saborear la saliva. El semblante desencajado de Hayakawa cubierta en lágrimas antes que despertarle lástima o compasión, le genera un deslumbramiento erótico irrefrenable, no porque el llanto la embellezca mediante su trágica sublimidad (criatura indefensa y frágil que merece protegerse), sino gracias al resplandor suculento del hilo de babas que desprende. Al cambiar de fetiche, su manera de concebir el contacto entre hombres y señoritas padece modificaciones. Otra chica, menos dispuesta a integrarse al flirteo como juego (y menos desesperada por aliviar su despecho) hubiese reaccionado con asco a la insinuación inconsciente de Tsubaki y quizá habría zanjado el asunto con sonoras cachetadas; sin embargo, Aika encuentra de casualidad la chance de probar un nuevo divertimento, cuya imaginación asociará después a ciertos anhelos de dominación (de dominatrix en uniforme escolar obligando a Tsubaki a arrodillarse y lamer su dedo). Siendo una muchacha tan engreída y taimada, esas ansias de poder erótico no sorprenden ni desentonan, pues completan su perfil de pequeña dictadora escondida bajo una falsa piel de cordero mientras maquina sus engañosos planes. Sin embargo, su gran escollo sigue siendo la mutabilidad: “si estuvieran en secundaria”, “si tuviera el cabello largo”. Sus posibilidades de victoria sobre Urabe consisten en luchar contra las manecillas del reloj, en darle marcha atrás al tiempo para intentar sujetarlo y evitar el cambio.

La fórmula clásica en comedia romántica asume el modelo geométrico conocido como triángulo amoroso. Cuando me refiero a geometría, aludo ciertamente a relaciones proporcionales entre elementos cuya tensión, sumada, contribuye al ejercicio del relato. La triangulación romántica posee sus propias reglas pitagóricas: entre los tres ángulos existen dos catetos de deseo (eros) y una hipotenusa de repulsión (que tiende a convertirse en rivalidad). Como verán, se trata, por obligación de un triángulo rectángulo de 45°-45°. Explicaré las razones detrás de semejante analogía para construir una primera base teórica. En principio, el triángulo es coyuntural. Por necesidad, debe tender hacia su resolución; mejor dicho, debe disolverse, destruirse. Este desenlace ocurre mediante la supresión de algún ángulo agudo. El recto siempre se mantiene. El anime ha inventado excepciones a estas reglas. Por ejemplo, los finales harem evitan la disolución del triángulo. Sin embargo, se preserva la tendencia al emparejamiento binario. La igualdad entre ángulos implica la paridad entre personajes en competición: ambos enfrentan el reto en condiciones similares, pues un desequilibrio ventajoso demasiado notorio podría tornarse inverosímil. Hayakawa dispone de varios atributos idóneos al combate sentimental. Ha decidido esgrimir la carta del enternecimiento para embaucar a Tsubaki montando una farsa, presentándose como víctima de maltrato machista, mostrándose golpeada y desamparada. Además de azuzar un arranque de caballerosidad, busca revivir en Akira sus adormecidos sentimientos de secundaria. Su propósito es encender las cenizas del fuego apagado por Urabe, a quien, incluso antes de conocer en persona, percibe como rival o competidora, peor aun, su enemiga. Se interesa rápido por saber su nombre y busca la ocasión ideal para acercarse con tono disimuladamente belicoso. Una vereda solitaria bajo un puente, sin testigos, sin tránsito, al caer el ocaso: la atmósfera idónea para iniciar una catfight, una pelea a arañazos entre chicas malas. La retadora aborda a Mikoto con falsa amabilidad, con sonrisas sinuosas, asumiendo una postura maliciosa de amiga para enviar un mensaje ambiguo, intrigante, con intención de ofender, porque, según su estrategia de guerra, el mejor método para declarar las hostilidades es utilizando la provocación. Una actitud benevolente, amigable, apacible, resulta más fastidiosa porque encubre, a medias, la petulancia del contrincante, sus aires despectivos, sus ganas de humillar: se siente ganadora, pretende exhibirse y ensañarse para redondear por adelantado su triunfo. Como percibirá el lector más atento, los gestos y acciones más rotundas de Hayakawa se dirigen a confrontar y polemizar contra Urabe, urdiendo una trama para arrebatarle al novio. Su orgullo depende de derrotarla. Quizá la considera una usurpadora: en términos más precisos, la culpable de perturbar la estabilidad al “robarle” los afectos de Tsubaki. El foco de atención se desplaza hacia la rivalidad como motor del relato. Este desarrollo es corolario habitual del triángulo amoroso: la hipotenusa adquiere un peso desmesurado, los catetos solo sirven para aguantarla y sostenerla. Este fenómeno se explica empleando otro esquema teórico triangular: el deseo mimético, según lo expone René Girard en textos imprescindibles como Mentira romántica y verdad novelesca (1961). He descrito estos planteamientos en artículos anteriores pero el caso Hayakawa merece revisitarlos, pues configura un típico caso de rivalidad mimética o mímesis de apropiación. Básicamente, los seres humanos no deseamos las cosas de manera directa y autónoma, sino imitando modelos que intervienen como mediadores entre sujeto y objeto de deseo. Por ejemplo, los artistas que admiramos influyen en nuestro criterio sobre la moda. No obstante, cuando ese “intermediario” se encuentra fuera de nuestra esfera, en otro nivel, y cuando el objeto de deseo no es único e irrepetible, la mediación ocurre sin conflicto. El deseo romántico es conflictivo porque el sujeto se enfrenta a otro individuo por poseer el amor (el cuerpo) de otra persona. Al entrar en disputa, el objeto de deseo pierde importancia mientras el antagonismo se torna más obsesivo e imitativo, pues el sujeto tiende a asemejarse al rival o pretender igualarlo. Podemos observar estas fases en Hayakawa: su interés se aviva al enterarse que Tsubaki tiene nueva “dueña”, no evade la contienda, propone la batalla como asunto entre “novias” (la real/presente y potencial/pasada), y pretende con descaro “sustituir” a Urabe emulando su papel de proveedora de saliva. Criticar este comportamiento no implica ejercer un juicio moral contundente y condenatorio sobre el personaje, porque sus antecedentes (la confusión emocional, el extravío que produce la ruptura) justifican o perdonan su conducta, pero aparte de cuán correctos o inapropiados parezcan sus acciones, aprender a madurar consiste en percatarnos de cuán mediatizados y condicionados están nuestros deseos, y esforzarnos por independizarnos, ser auténticos. El adolescente es egocéntrico, propenso a arder en envidia y recelo, busca patrones qué copiar, no distingue ni aprecia con precisión sus sentimientos, puede herir o lastimarse, no porque sea malvado o insensible, sino por hallarse desorientado o aplastado por aquella andanada de pulsiones incomprensibles. Hayakawa no logra superar su frustración amorosa y recurre a sucesivas experiencias de quiebre para resarcirse: primero, ronda a Tsubaki sondeando sus afectos para desahogarse; luego, busca compensar su desazón embarcándose en una pugna pasional.

Mikoto merecía una rival de fuste, con talante belicoso y ademanes de buscapleitos para evaluar su habilidad de hallar soluciones elegantes y espectaculares a situaciones incómodas. La reaparición intempestiva de Hayakawa subraya los “defectos” temperamentales de Urabe: su parquedad, sus sonrisas a cuentagotas, su reticencia a abundar en cariños físicos contrastan con la locuacidad, la alegría traviesa, el espíritu vivaracho y sensual que despliega la chica del traje celeste. Desde la perspectiva “normalizada” del everyman más común y corriente, acostumbrado a plegarse al rebaño, Aika reúne las características ideales (risueña, afable, expresiva, graciosa) que ostentan las candidatas a novia perfecta. Para colmo, explota al máximo su femineidad: es delicada, coqueta, veleidosa, aparenta hablar con frivolidad, sabe disimular, utiliza su belleza como herramienta. Mikoto no carece de sensualidad, pero dosifica sus encantos para magnificar su impacto: sus estallidos de estímulos son millones de veces más poderosos que cualquier guiño o mirada sabrosa, porque emplea la intriga para complementar sus audaces experimentos. El estilo de Hayakawa es clásico, ni siquiera merece mucha descripción: todas las chicas lindas del colegio (peor aun, conscientes de su lindura) aplican tácticas similares hasta convertirse en modus vivendi. El corte de pelo y posterior resurrección del cabello largo mediante una peluca demuestran la preocupación de Aika por construirse una imagen, por cuidar su aspecto, una clave de género vinculada -según nuestras sociedades patriarcales- al quehacer femenino. Las chicas girly aprovechan sus bondades estéticas como ventaja comparativa para alcanzar sus metas y aprenden desde pequeñas a potenciar esa hermosura: existe una industria dedicada a retroalimentar ese discurso, se considera normal y deseable. La opinión de otros es fundamental para construir su identidad como personas: prácticamente dependen del juicio social. Urabe, en cambio, desdeña esa parafernalia y escoge, guiándose por su criterio, qué elementos de aquella femineidad le agradan y cuáles le suenan absurdos o superfluos. Aunque es agraciada y bastante sexy, su pinta le vale un rábano: a veces, muestra una inusitada exquisitez de estilo para elegir su vestuario, pero, a diario, anda desgreñada y desarreglada, sin siquiera peinarse. Sin embargo, esta postura rebelde e insumisa cuadra mejor con paradigmas más modernos de mujer, menos dependientes de discursos externos que dirijan o limiten su desarrollo personal. Este duelo de colegialas ensalivadas (las babas de Hayakawa tienen otro color, más rosado) promete derivar en un vistoso enfrentamiento entre tipos diferentes de concebir lo femenino y definir el amor: la victoria se decidirá en términos estratégicos, y triunfará quien maneje con astucia su inteligencia, su intuición, pero, sobre todo, las armas invencibles que suministra el fetiche.

6 comentarios

  1. Soy_el_que_soy

    Que buen análisis como siempre jeje.. hoy no podre dejar mi opinión.. jeje estoy triste porque termino la serie en el anime, aunque parece que todo quedo abierto para una segunda temporada, ojala y se de… oye te brincaste de el capitulo 6 al 10,, O los publicaste en otra web? hablando de los que faltan.. jeje de vdd quería ver tu análisis, sobre todo del capitulo 8 y 9,, y claro esperando el del 11, 12 y 13… ojo! no es presión no lo digo con tono de exigir lo digo con un tono de esperanza jaja,, aunque tal vez a esos comentarios simplemente no les das importancia..

    Bueno amigo me despido cuídate y que bueno que acompañaste a la serie..

    30 junio 2012 en 22:19

  2. Diego

    Supongo que si Tsubaki hubiese probado de todos modos la saliva de Hayakawa, aunque fuera con la excusa de experimentar (como lo hiciera Urabe con el tipo que la quiso ligar), de todos modos los resultados hubieran sido los mismos. No existía un vínculo real entre Tsubaki y Hayakawa, salvo el de la memoria, el olvido y las nostalgias pasadas. No era rival para Urabe.

    2 julio 2012 en 18:41

  3. Coincidiendo con la opinión de Diego, yo también opino que probar la saliva de Hayakawa no hubiera tenido ningún resultado especial para Tsubaki, sin embargo hubiera resultado un triunfo para ella en el plano simbólico, ya que pondría en duda la adhesión salival de Akira sobre Urabe pues demostraría que es susceptible de ser tentado (solo la idea le causaba una enorme culpa).
    Me llamó mucho la atención la reacción de Urabe, normalmente muy inexpresiva, ante la noticia dada por Oka sobre el festival (había captado la mentira de Tsubaki)
    Muy buena reseña, como era de esperarse; sé que es difícil que continúes con los próximos episodios pues ya inició la temporada de verano y hay otras series que poco a poco van captando el interés, pero personalmente me gustaría que pudieras cerrar al menos el arco de Hayakawa, que como primera rival me pareció muy simpática.

    30 julio 2012 en 06:56

  4. Diego

    A mí también me gustaría que escribieras algo más sobre esta excelente serie. Pero bueno, el tiempo es tirano.

    2 agosto 2012 en 10:52

  5. ED

    Preparence todos! 23 de Agosto se estrena el OVA de Nazo no Kanoyo X asi que animo!!!🙂

    18 agosto 2012 en 16:13

  6. WMA

    Pero nadie es tan fuerte como Goku!!!!!1

    12 noviembre 2012 en 13:53

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