Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

Fate/Zero II 11: Historia del mundo y salvación (Primera Parte)

Un canto de condena…

“Yo también he luchado por cosas con una existencia incierta… Mi llamado sueño en ese entonces no sería más que una ilusión ahora.”

Urobuchi Gen, Fate/Zero, Vol. IV, Acto XIII, Tercera parte.

La poesía de la vida irremediablemente se embriaga en las pasiones y ánimos. Y no hay ninguna vida que no esté perdida en una pasión o un deseo. Es un proceso cuyo flujo no encuentra sosiego ni razón, únicamente produce y produce sin descanso. La voluntad no hace sino desear algo cuyo deseo no es del todo revelado, cuyo objeto no es del todo dilucidado, es una creación cuyo arte está reservado al poeta que es cada uno. Toda ensoñación poética eleva al espíritu a alturas insospechadas. Mientras más se asciende verticalmente por medio de la imaginación a la idea que se encuentra en alturas celestiales, más se abre el abismo que separa los pies de la tierra. El ideal, el sueño, el deseo, es producto de un libre juego de la concupiscencia. El ideal se alza en la cúpula celestial igual a una estrella lejana que el joven Ícaro desea tocar. El héroe fantástico abandona la naturaleza por pura arbitrariedad para desinhibir sus impulsos y estados de humor. El soñador hace esto para perseguir sin trabas el capricho de sus pasiones y los antojos de su imaginación. Como la imaginación no nace de la necesidad, sino de la libertad, o sea, porque brota de una disposición libre de estima, es perfectible hasta el infinito, en consecuencia, conduce asimismo a una caída hacia una profundidad sin suelo que sólo puede concluir con la más absoluta destrucción.

Historia de los deseos deseados:

 “Lo que escuchaba, era simplemente – el sonido de las olas. El sonido de las olas rompiendo en las remotas y vacías costas – del mar en el fin del mundo…Con una sensación brillante, lo entendió. ¿Cómo no lo había reconocido durante todo este tiempo? – Este violento latido de su corazón era el rugido de Oceanus.”

Urobuchi Gen, Fate/Zero, Vol. IV, Acto XVI, Cuarta parte

“Algunas cosas son demasiado hermosas porque no pueden ser poseídas”

Kinoko Nasu, Fate/Stay Night, Fate, día quince, Fate/Stay Night (II)

El deseo es lo que pone en movimiento.  Es el motor que impulsa cualquier acción, aún cuando permanezca como desconocido y no asimilado; seria igual a un roedor que corre en una rueda sin saber por qué. Un movimiento de nuestro apetito insaciable el cual nos encierra en un laberinto sin sentido y sin meta. El mundo está permeado por una voluntad que no sabe lo que quiere; no sabe, solo quiere, precisamente porque es voluntad. Nos apresuramos de un deseo a su satisfacción, y de ahí a un nuevo deseo y su correspondiente satisfacción, creyendo que al final terminaremos por encontrar la felicidad. El deseo es lo que se crea, lo que renace una y otra vez. Una historia comienza en la medida en que se formula un deseo, he ahí la genialidad de Fate. El deseo es creación, pero cuando queda soldado a la carencia el deseo se convierte en una utopía inalcanzable (Avalón). Diriámos que, en Fate/Zero, el deseo funciona como una carencia que es imposible de llenar, su satisfacción creadora no puede desembocar en una satisfacción final. Después, lo único a lo que se aferran los protagonistas seria a la insatisfacción de cualquier deseo, en la medida en que la conciencia se vuelve consciencia desgraciada al encontrar la imposibilidad de alcanzar y cumplir sus metas (ninguno de los participantes cumple su deseo o su deseo se cumple de un modo retorcido). Cada uno de los Masters, especialmente los idealistas fundadores de utopías (Matou Zouken, Emiya Kiritsugu y Shirou, Arturia), siempre quedan atrapados en una paradoja que se desenvuelve a través del siguiente itinerario intelectual: el deseo carece de objeto sobre el cual asirse en el mundo, hace falta al menos un objeto en el mundo, ese es el objeto del deseo (la utopía, la paz universal, o la salvación de una niña); luego el mundo se ve doblado en un segundo plano metafísico que contine la clave de ese deseo (Akasha), y al cual se accede por medio de un ritual (el Santo Grial) que cumplirá cualquier aspiración. No obstante, lo trágico no es este doblez del mundo y del deseo que no es saciado: el peor de los pensamientos no es considerar que «hace falta algo», sino darnos cuenta de que no hace «falta nada» (Kiristugu, por ejemplo, tuvo todo lo que necesitaba para ser feliz, y aún así esta felicidad es demasiado para las personas). Pero el fin del deseo no es la felicidad: la felicidad es algo prefabricado: la sagrada familia – papá, mamá e hija juntos en una habitación por la eternidad–. Lo cual no puede jamás satisfacer al deseo, que siempre esta produciendo. Lo trágico nace de la plenitud del ser y no del creernos pobres, es cuando somos ciegos o ignoramos nuestra situación que somos realmente trágicos, cuando no hay nada de lo que carezcamos. De Kiritsugu podríamos decir lo mismo que piensa Sakura acerca de sí misma en Heaven’s Feel: “Lo tenía todo. Todo lo que quería estaba justo frente a sus ojos. La amaban y atesoraban  cálidamente. Pero ella lo destruyó todo por sí misma” (Kinoko Nasu, Fate/Stay Night, Heaven’s Feel, día diesiseís, Hermanas). Por eso el milagro omnipotente cumple un deseo que no es otra cosa que un falso querer o una meta que se desenvuelve de modo descontrolado. Un deseo acusa y este produce una respuesta. El deseo es creación, es individual y único, cada deseo es particular, a diferencia del gusto que es colectivo. Al mismo tiempo, el deseo siempre está abierto: a la producción, al trabajo, a la transformación… Hay deseos y solamente deseos que se constituyen continuamente y mueren todo el tiempo.

La historia de la humanidad es, por supuesto, la historia de los deseos deseados, descontrol total de las fuerzas de la vida que no se detienen jamás. Ése descontrol de la vida del deseo se plasma, de modo incontrovertible, en la imagen de Iskander que corre locamente alrededor del campo de batalla mientras le llueven lanzas y dagas. Este descontrol es precisamente su lado negativo y su forma oscura: el deseo es insaciable y nunca puede ser satisfecho, es una sensación viscosa, una tensión de fuerzas desagradables que se extrapola al potencial letal de lo tanático. Un sujeto produce y exterioriza las fuerzas interiores de su deseo y se adhiere en sí a un objeto que es devorado y consumido en un goce estásico. El deseo saciado no hará sino reaparecer al momento siguiente, cuando un nuevo deseo despierte de su letargo y vuelva a crear algo que desee saciar. El deseo es un proceso que conduce a nuevas aspiraciones, mas no debemos confundirlo con una actividad consciente: el deseo es lo que no puede ser penetrado, es el cuerpo, es la carne, es la pulsión que arrastra y devana los sesos. Al nivel de las pasiones y los miedos, afirmamos de modo tajante la gran magnetización que sufren los llamados al campo de combate, los espíritus heroicos son acosados por sus propias pasiones y excesos, los Masters también, pero en un grado en que su relación con el todo produce sinrazón. Precisamente la fuerza de la guerra es una toma política que guía los corazones, extrayendo de lo impenetrable del espíritu una respuesta a las oscuras profundidades del inconsciente. En la medida en que los participantes se sienten impulsados por la fuerza atractiva de la copa – el Santo Grial se convierte en «el objeto por excelencia» que satisface cualquier necesidad, cuya posesión acabaría cualquier aspiración de más –, cada polo magnético en ellos libera una especie de tensión que se manifiesta en la respuesta a su más íntimo deseo. Se trata de una forma de autoanálisis que busca encontrar la potencia que mueve la maquinaria de guerra, que la impulsa en los terrenos difíciles que atraviesa. No por nada los personajes dialogan entre sí exponiéndose al escrutinio de sus compañeros y la audiencia, intentado validar su punto de vista, justificando sus acciones y sus cometidos, pero también ganando para su causa a sus allegados y vecinos. Sin embargo, esta carga de cometidos no para la acción, esta es indetenible y arrolladora: es un anhelo ciego que trabaja incansablemente, moviendo una rueda cuyo chillido escuchamos en los tonos musicales que componen la música. Cada uno de esos sujetos no sabe expresarse de otro modo sino con un gemido que hace taparse los oídos. Quizá por eso ellos mismos se convierten en lo perturbador y la perturbación de la paz, que involucrados con las potencias oscuras que cargan en sus corazones, no hacen otra cosa que ensordecer y desgarrar el tejido del universo.

“Nos hace falta algo”, grita un sacerdote, “nos hace falta algo y no sabemos qué es; queremos despertar al mundo de su sueño eterno y no nos importa cómo hay que hacerlo. Si no existe una palabra mágica, habrá que inventarla; si no existe ninguna verdad, entonces habrá que hacer esa verdad”. Y la huella ensangrentada de la historia más reciente es la rubrica de esa verdad creada y disfrazada como necesidad. En esta exploración de la vida como pulsión, las personalidades de cada sujeto se ven sometidas a una expropiación debido a la acción de muchos polos magnéticos, estos forcejean con sus alrededores para llevar a cabo una curación del alma perturbada que no conoce sus propias pasiones. Esas almas astilladas y fragmentadas, de repente, se unen en busca de una meta común con otra o en una lucha interna consigo misma. No sorprende que toda la serie se trate de un cuestionamiento acerca de cuál es el deseo que valida la lucha. Esos polos magnéticos se encarnan en ciertas personalidades carismáticas que actúan a la manera de puntos de fuga. Iskander es el cometa pasajero que atrae a los guerreros hacia su camino de conquista y ante el cual todos terminan por ceder (incluso Waver buscara unirse a su ejército y el público queda cautivado ante su carisma); Gilgamesh disecciona el alma negra de Kirei para encontrar una respuesta a su vacío existencial, mientras este se somete al tratamiento de la serpiente y a su posterior liberación; Kiritsugu es interpelado en cada ocasión en que su corazón se rompe debido a su sueño irrealizable. El Santo Grial es para todos el gran magnetizador ante el cual giran, prorrumpiendo en una lírica centelleante de armas mágicas que al chocar hacen saltar chispas. El Graal de la leyenda aliena a los Master y Servants a su alrededor, mientras el peso del universo recae no en los sujetos, sino en el objeto absoluto que no es otra cosa sino Dios. Al ser objeto absoluto que es capaz de satisfacer cualquier deseo del sujeto, actúa a modo de motor inmóvil que detiene la regresión infinita de las causas, es decir del interminable deseo que consume las fuerzas de los protagonistas. Al tomar como premio la copa es innecesario seguir luchando o deseando, porque al alzarse con la victoria se ha acabado cualquier razón de conflicto (lo mismo vale el destruir el premio). Es el “agujero negro” que cuelga en el cielo ha modo de cloaca que derrama su polución sobre el suelo, mientras las cosas a su alrededor se derriten y queman, calcinadas por el calor infernal que no deja sobrevivientes. Ese enorme agujero negro que succiona a su interior a los espíritus heroicos, absorbe cualquier pasión humana hasta hacer pedazos a su portador, provoca conflictos sin término, y saca a relucir el Orco que es el corazón de todos. En cierta forma es el gran catalizador que desenvuelve la acción y, al mismo tiempo, la paraliza. Su obtención es el final, pero también la desgracia. No por nada se convierte en el gran aparato maléfico que incuba al anti-héroe más oscuro y que llama para sí a “todo el mal en el mundo”. Como el deseo es el problema central, la existencia se convierte en el centro mismo de la serie. Este énfasis en la idea de deseo caído del cielo a modo de don, hace descender el poder divino a la encarnación de los apetitos. Y al suceder eso se pone de relieve la vida como satisfacción de deseos, de pulsiones, de afirmación y negación del mundo. El optimismo y el pesimismo son moneda corriente entre los protagonistas que están ávidos de nuevas conquistas, nuevos ideales, fracasos resonantes, muertes sin sentido. De ahí que, al final, los participantes de la guerra terminen en la resignación y el disgusto, y poco importa si la “filosofía de la desdicha” que adoptan se basa en una renuncia a los ideales comprometidos (Kiritsugu), o en la existencia de la miseria humana (Kirei) o la miseria de la existencia de la humanidad (Gilgamesh), o se trate del desfogue incontrolable de las pasiones (Iskander) o la negación de cualquier pasión (Saber). O se interprete la desolación de la vida como castigo por las culpas propias (Lancelot) o las culpas de todos (Iriasviel), o se termine en la aceptación del mal (Gilgamesh) o en la bendición proporcionada a esa misma banalidad del mal en gestación (Kirei). Por esa razón, Kiritsugu se alza sobre las cenizas de la finitud de ese campo baldío creado por las llamas del purgatorio, a la manera de un Job que se pregunta por el sentido de la vida mientras busca un sobreviviente. La voluntad ciega produce este mundo de dolor y la representación de esa voluntad (su conciencia) no puede darle mejor consejo que el de no querer nada más. Esa es la razón por la que en Fate/Stay Night Shirou se volverá el gran destructor del Grial, mientras decide convertirse en el anti-héroe que ponga fin a ese ciclo de muertes perversas producidas por la copa que concede cualquier deseo. Así, los creadores del Grial se convierten en sus sirvientes, y lanzan a esa fosa cada una de sus posesiones. Es una enorme pila funeraria que no deja de quemar, es una gigantesca y macabra tumba construida sobre los despojos de los desventurados. El deseo, que en sí se muestra como lo positivo de la vida, se revierte a un estado negativo que clama muerte y dolor. El deseo es un impulso ciego, incesante, sin meta y devorador de sí mismo, no conoce la revelación sucesiva, ni redime a las personas. La condición humana así entendida no puede sino apuntar hacia un carnaval interminable de pasiones que son saciadas a costa de los demás. Por eso la contradicción de todo sueño viene acompañada del deseo de aniquilar los deseos de otros, en una guerra de todos contra todos que culmina en el vaciamiento más completo del mundo…

La tragedia

“Todos los sueños terminan cuando el soñador despierta. Cada uno de ellos desaparece irremediablemente…”

Fate/Zero, Vol. IV, Acto XVI, Cuarta parte

“La tragedia ha muerto”, ese es el saludo del mundo moderno, del progresismo ilustrado y su optimismo que asegura, sin límite de inocencia, el alejamiento progresivo de toda forma de tragedia: promesas de seguridad, salud y juventud siempre están a la orden del día. Vivimos en una época donde se escriben pocas tragedias y, a su relevo, solamente acuden comedias o melodramas, cuyo propósito es llenar el tiempo disponible de la masa cautivada por el cíclope de los medios de comunicación. El predominio de la comedia y lo cómico es un hecho (nada más hay que ver el tratamiento corriente que se le da a la mayoría de las series de anime): adorno y pacificación de las fuerzas salvajes de la vida en lo bello y lo tierno, lo gracioso y lo normal. Es al mismo tiempo un hastío y un olvido; hastío por aburrimiento y para pasar el tiempo; olvido por represión y descuido de lo que sucede alrededor. El individualismo moderno optimista es dramático, a pesar de aceptar y mostrar la derrota, lo negro de la vida y capturar la angustia y la agonía, no es capaz de llevarlo hasta el extremo porque el desastre no es irremediable (siempre existe una solución de orden tecnológico, individual o social). Asegura al individuo que se enfrenta con el mundo el triunfo del primero sobre el segundo, cualquier forma de adversidad y sumisión es superada por la fuerza del individualismo que no se dobla ante nada. Así, el héroe del shonen es invencible y su final victorioso está asegurado antes de siquiera comenzar, no importa lo imposible de los peligros o adversidades. Siempre se guarda un espacio final para la salvación: de ahí que estén cargados de ideología y, en la mayoría de los casos, no conmueva. Ni siquiera cuando la adversidad es máxima podemos hablar de tragedia. La tragedia se convierte en melodrama cuando la redención se da al final: Puella Magi Madoka Magica no es trágica. Kyon de Suzumiya Haruhi, y todos los personajes bajo su estela, son dramáticos: al estar sobrecargados de perfiles psicológicos y de trabas mentales que les impiden actuar y tomar una decisión,  los personajes se pierden en el diálogo y la inacción, no son trágicos. De ahí que la love comedy nunca resuelva y diluya su propio contenido, pues el protagonista siempre posterga su decisión de modo indefinido. Tampoco permite realmente el clímax de una historia y ésta termina disolviéndose como si nunca hubiera existido: la escritura de Nisio Isin no es trágica. La tragedia no nace del exterior: una historia donde la sociedad y las prohibiciones sociales marquen la pauta no es realmente trágica. Tiende más bien a mostrar las determinaciones sociológicas y las formas de dominio y control, pero no la tragedia. El individuo que lucha contra el mundo no es necesariamente trágico: Oreimo por ejemplo o Code Geass y Dragon Ball no son trágicas. Es trágica cuando en su corazón se alberga lo «conocido y lo silencioso». Frente a todas estas formas no trágicas, oponemos el ejemplo de Fate: el incendio de la ciudad de Fuyuki es definitivo, éste es producido por el feroz juego de los odios humanos y por la elección caprichosa e insensible del destino (sus habitantes no vuelven a la vida, el auditorio y la zona circundante nunca es reconstruida).

Lo trágico es lo impensable, la unión entre lo necesario y lo imposible. Es un viento que sopla en cualquier dirección. Allí donde ya no hay nada más que decir o hacer, es cuando nos vemos enfrentados a lo trágico, sin embargo vivimos en un mundo que ha borrado su propia representación de lo trágico. La tragedia nace de la acción (acción que es una repetición de algo ya sucedido que no puede ser detenido) y la decisión, solamente en ese contexto se produce como conflicto y confrontación, es un impulso cuya fuerza es indetenible y cuyo significado no existe. Requiere de la acción y en sus meandros encuentra como se tritura cualquier orden antropomórfico que pretenda imponerse. Hay en torno a nosotros energías demoníacas que hacen presa del alma y la enloquecen o que envenenan nuestra voluntad de modo tal que hacemos daño a quienes amamos así como a nosotros mismos. La tragedia está extinta porque es algo del pasado: es la pulsión y la fuerza autodestructiva que conduce al vértigo y al abismo, el tribalismo arcaico es trágico: los héroes de la antigüedad conocen la desesperación y la muerte. Nosotros somos ciegos ante lo trágico, pues siempre estamos deseosos de novedades y originalidad, por eso somos incapaces de producirlo – lo nostálgico en este sentido no es trágico, simplemente llora por recuperar un pasado que le es devuelto de un modo cursi o glorioso-. Lo trágico no se busca en el futuro, siempre abierto a las posibilidades, sino en el pasado, posibilidades que se han cerrado y sedimentado. El mito es trágico porque es arcaico y antiguo: la imposibilidad de evitar la presencia de los dioses, cuya sombra nos cubre y cuyo peso nos aplasta. Pone en escena los más viejos mitos cuya  resonancia invade la conciencia. De este modo, la tragedia es propia de los comienzos de la humanidad, de las tribus, y solamente en un mirar hacia atrás a través de un proceso arqueológico, somos capaces de reencontrarnos con lo trágico. Urobuchi Gen (Fate/Zero) y Kinoko Nasu (Fate/Stay Night) son escritores trágicos, lo son por la sencilla razón de que extraen el potencial de sus historias de la mitología del pasado y a ese pasado le dan un vuelco adaptado al presente. Hoy en día somos demasiado débiles para Shakespeare y los clásicos griegos, no porque no podamos leerlos o nos sean indiferentes, sino porque somos incapaces de confrontar esa «X», eso desconocido para lo que no tenemos concepto, cuya repetición constante nos devuelve a un amanecer cuya potencia deja de lado cualquier origen. Esa «X» que repite es al mismo tiempo lo que ya se sabe y lo que vuelve a pasar (desde el principio conocemos el final de Fate/Zero o la muerte programada de todos los héroes en Fate/Stay Night, quienes mueren del mismo modo en que perecieron en sus leyendas), lo aterrador y lo temible no es lo desconocido que no se conoce, sino lo desconocido que ya «se sabe». El Grial no le ofrece a Kiritsugu ni una alternativa diferente ni un milagro, simplemente lo hace volver sobre sí mismo y le muestra lo que él ya sabe: para tener un mundo en paz debemos deshacernos de la humanidad. El Grial simplemente actúa sobre lo que ya es conocido y le devuelve a Kiritsugu su camino teñido de sangre. Por eso, lo trágico es lo demoníaco en la naturaleza, la fuerza cósmica que se encuentra dentro de un individuo. Es lo conocido que de repente se hace desconocido y cuyo poder arrastra a un cataclismo (su esposa e hija se hacen sus antagonistas)… La tragedia, que tenía como principio el culto a los muertos, era conocida de antemano y, al ser conocido, provocaba terror y sobrecogimiento, ese arrobamiento que produce lo conocido que no aceptamos: el destino. Los poetas y los profetas no hacen sino repetir lo que nosotros ya sabemos, aún cuando lo neguemos con terquedad. El racionalismo y el control de las pasiones dejan de lado esas escenas representadas por éste “teatro primitivo”: una madre que mata a sus hijos (Medea), la furia de un príncipe que devasta un reino (Hamlet), un hombre encadenado a una roca por la eternidad (Prometeo), el amor de dos jóvenes que hunde el futuro de sus familias (Romeo y Julieta), el soldado loco que mata a sus compañeros (Ajax), el rey trastornado que se enfrenta con la muerte (Macbeth), son solamente algunos ejemplos de esas múltiples historias cuyo poder activo es conocido y cuyo final es cantado desde hace siglos. Pero para nosotros todo esto es considerado escatológico y vulgar. Los poetas trágicos aseveraban que las fuerzas que modelan y destruyen nuestras vidas se encuentran más allá de la razón y la justicia. ¡No!, dice el progresismo moderno, y asegura que el hombre puede ser mejorado por medio de la razón y esas fuerzas oscuras pueden ser iluminadas, explicadas y controladas. Luego, lo trágico debe ser borrado. Estas obras no cesan de cuestionar, no cesan de destruir, no cesan de crear y recrear lo que pensamos o creemos pensar. Por eso la tragedia siempre fue un género extremadamente popular, considerado el más importante y elevado, al destacar aquellos conflictos para los cuales no hay síntesis, es decir, solución. Ahora bien, una tragedia no se define porque su final sea infeliz – Fate/Stay Night culmina con la victoria de Shirou en todas las rutas, aun cuando en una (Heaven’s Feel) la victoria esté acompañada por la muerte –, sino porque en ella se produce un desplome del ser, que es destajado irremediablemente por las fuerzas en conflicto. De ahí que una tragedia pueda terminar en una victoria aplastante, pero, por ser aplastante, es trágica (así Shirou reconoce la tragedia de cualquier heroísmo, y su alter ego Archer es su prueba irrefutable)…

Hemos dicho que “la tragedia ha muerto”; sin embargo, desligamos la tragedia (el género literario) de lo trágico: todos hemos experimentado la tragedia de la vida. La muerte de la tragedia no significa el fin de lo trágico. Lo trágico es una condición existenciaria, cotidiana, común, silenciosa. Está en todas partes y en todo lugar, por lo que es una presencia constante. Lo que nos lleva a un segundo problema: lo trágico es todo lo que escapa o se resiste a la interpretación racional y en general a cualquier interpretación. Está fuera del discurso y este último no lo circunscribe. Lo trágico produce silencio y ante él se calla, es el horror o la angustia que disecan cualquier palabra. Es la vida monstruosa y lo monstruoso de la vida que no puede ser resuelto. Como el ser nunca se agota en ningún sistema o modo explicativo, podríamos decir que lo trágico es prácticamente todo. Las interpretaciones son siempre secundarias y nunca pueden dar cuenta de algo en su totalidad: trágicas son las manzanas que existen en un patio y la muerte de los héroes. Trágico es el simple hecho de existir. El ser es «voluntad ciega» y su significado estriba en que no tiene ningún significado: simplemente es. Somos ennoblecidos por la furia vengativa y por la inflexible injusticia de los dioses. Impotentes y arruinados, vagamos por un océano de escombros. No somos del todo inocentes, pero se nos purifica en un baño de llamas. Es como si el individuo, por el hecho de ser un individuo, tuviera que expiar esta culpa al volver al todo del que una vez brotó. Por eso, el héroe es hecho pedazos o desaparece en un halo de luz. La tragedia, por tanto, derrumba las expectativas y conduce a los abismos del ser. El camino del héroe produce una herida que no se cierra y esta herida permanece abierta a lo largo de la travesía: nunca se recupera lo perdido. La tragedia, dedicada al dios Dionisos, era una celebración religiosa en donde se constataba el aniquilamiento de cualquier individualismo. Dionisos, dios de los excesos, llegaba sin descender del cielo, maltrecho de locura protegía a los individuos en contra de su propia individualidad, de su yo. Por esa razón, el encuentro con él producía un descenso en espiral al delirio y acababa con una explosión de felicidad. Mientras que el individuo exista, Dionisos, “dios que llega”, nunca podrá llegar. Por tanto, es necesario que el individuo se sumerja en una sabiduría prohibida que conducía, en algunos casos, a la catástrofe y en ese descender se pierda en la vastedad del universo: un hundimiento irremediable del ser cuyo dolor se siente y se constata de primera mano: es el acercamiento y la llegada de una decisión cuyo contenido es una apuesta en que se entrega la vida, y hasta de la victoria surge el dolor. Dolor que se convierte en narcótico que el público experimenta, mientras delante de él quedan insolubles los grandes conflictos que experimenta… La tragedia narra la caída de un héroe, y este cae sin remedio. No obstante es un error creer que el héroe cae por una falla o una falta de algún tipo –esta es una mala lectura de lo trágico–, lo que lo conduce a la perdición no son sus debilidades sino sus virtudes: el camino de caballería de Lancer y Saber se vuelve en contra de ellos al final, el sueño inconcluso de Iskander lo conduce a una lluvia de espadas, la insensibilidad calculadora de Kiritsugu lo lleva a matar a cada uno de los miembros de su familia, la búsqueda alocada de Caster lo sumerge en una luz centelleante, y finalmente el orgullo de cada uno de los Masters los termina encaminando a senderos cuyos desiertos los devoran. El héroe trágico se vuelve trágico cuando el enemigo está en el interior de él mismo. Solamente existe tragedia en el momento en que el héroe es el artífice de su propia condena, y es precisamente aquí donde lo trágico se hace inefable. Puede de verdad llegar a ser, a  florecer… Sus fuerzas los hacen avanzar de modo incontrolado hacia la derrota inevitable, mientras, cegados por sus propias fortalezas, son conducidos a una muerte segura. Se ven abocados a luchar con conflictos insuperables, mientras son incapaces de ver su propio interior, hasta que, confrontados con el máximo de dolor, terminan por ceder ante el destino. La virtud del héroe lo lleva a confrontarse con el claroscuro de su alma y, en su interior, encontrar la respuesta que no debe pronunciarse. En el momento en que se pronuncia, su propio heroísmo se evapora por completo: Kiritsugu encuentra su perdición en el interior del Grial que funciona como un espejo de sus propios métodos y aspiraciones. Esto es lo trágico de la vida: eso nos cautiva, nos oprime, nos destruye…

4 comentarios

  1. edel guevara

    lo unico que me saco de onda fue que la esposa de toshaka no la habia matado matou , y lo de sakura por que lo mato , esta muy excelente lo que escribiste por lo general que pienso esas cosas pero no tanto como tu , como que personaje te identificarias

    23 junio 2012 en 23:48

    • Considero que es un toque bastante trágico el tener un padre uno de tus padres muertos y el otro loco, entonces no tengo ninguna queja. Lo mismo pasa con Kariya, al final es devorado por su propio deseo de salvar a Sakura, por lo gusanos, por su propia estupidez. No sé si es una pregunta, pero aunque mi personaje favorito sea Kiritsugu, creo que nunca podría ser como él, a veces pienso que me parezco más a Kirei…

      24 junio 2012 en 14:09

  2. Angel

    Excelente post como siempre =). Me pregunto que nueva adaptación de Fate veremos en el anime en un tiempo mas.

    Saludos.

    26 junio 2012 en 09:08

    • Personalmente desearía que adaptaran Heaven’s Feel: la ruta más larga, oscura y complicada de Fate/Stay Night. En cierto sentido es la verdadera continuación de Fate/Zero, en realidad, mucha de la trama de Fate/Zero es extraída de ésta ruta, pues su desarrollo es prácticamente el mismo, aunque con algunas variaciones, pues, quienes conocen solamente el anime, quedarán sorprendidos ante los cambios tan abruptos que sufren los personajes en semejante ruta. Pero dudo que tengamos una buena adaptación, Type Moon no se preocupa por sus fans, si lo hicieran no hubieran permitido lo que sucedió con Tsukihime y Fate/Stay Night, así que dudo que Heaven’s Feel sea un gran existo, y más si la hace el estudio DEEN que tiene los derechos reservados para dicha obra…

      26 junio 2012 en 10:44

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