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Sengoku Collection 7: Senda estrecha al Lejano Norte

旅に病で/ 夢は枯野を/ かけ廻る

Poeta vagabundo y contemplativo, Matsuo Basho (1644-1694) logró encapsular en escasos versos imágenes que condensaban la sensación de plenitud o sorpresa que deriva de percibir o intuir una verdad honda a través del evento más sencillo o desapercibido que provee la Naturaleza. Esa emoción intensa y conmovedora se denomina aware: adquirir conciencia y sensibilidad del transcurso del tiempo, la transitoriedad del mundo, cuán efímera y pasajera es la vida. Al descubrirlo, el hombre experimenta una solidaridad melancólica con animales o cosas, siente en aquel instante fugaz, una simpatía cósmica. Sin embargo, el autor no traslada sus sentimientos al poema. En cambio, describe el hecho utilizándolo como vehículo o metáfora para comunicar los hallazgos del espíritu. Acorde al budismo, que predica abandonar el ego para alcanzar la iluminación, la poesía de Basho aleja al sujeto del poema para exponer lo trascendente. La labor del escritor se equipara al oficio del monje que practica la meditación ascética: la creación literaria sería una ruta conducente a alcanzar el despertar. Las composiciones de Basho constituyen la obra lírica más influyente del período Edo y, seguramente, el legado poético más difundido del Japón. Gracias al milagro del moe, el maestro viajero reaparece en pleno siglo XXI, deambulando por Tokyo, convertido en una inteligente niña nómada que habla en bloques de 5-7-5 sílabas métricas y, usando una versión light de la filosofía del haiku como camino de transformación, restituye las esperanzas de un grupo de artistas marginales, salvándolos del marasmo. Aunque el enfoque de Sengoku Collection es frívolo y paródico, esta ocasión adopta un tono más melodramático y sobrio debido a la combinación de ternura, seriedad y dignidad que aporta la pelirrosada Basho-chan, esbozándose mediante su adorable imagen el concepto idealista del arte como sendero de realización personal, de reconciliación, de perfeccionamiento. La pequeña poetisa adopta el papel de “maestra” según lo concibe la tradición religiosa oriental, y endulzando la imagen del personaje histórico original, pues, además de enseñar una técnica de escritura, la niña utiliza esa sabiduría artística para transformar la vida de quienes acceden a escuchar sus enseñanzas y abrirle su corazón. Las sesudas y solemnes intervenciones de Basho-chan configuran la imagen tópica (en anime) de la loli puer senex, es decir, la chiquilla a medio camino entre primaria y pubertad que opina o razona como adulta, sin perder sus rasgos conductuales infantiles, generándose un divertido contraste. La poetisa se esfuerza por elaborar sus respuestas aplicando el molde formal del haiku: incluso se corrige y reformula sus enunciados cuando advierte que calculó el número incorrecto de unidades. Porque, cuando adoptas la poesía como estilo de vida, no existe separación ni diferencia entre literatura y discurso “natural”: por deducción, el ideal de belleza poética debería corresponder al ideal de conducta comunicativa. Aunque Basho-chan habla en verso, sus parlamentos se articulan al relato con sorprendente fluidez, sin evidenciar de manera fingida su carácter artificioso. Pareciera, por momentos, que también ese transcurrir cotidiano de barrio decadente se adapta al ritmo sosegado y reflexivo de la diminuta escritora. Como ocurría con anteriores personajes históricos trasplantados de golpe al Japón contemporáneo (donde nadie los reconoce porque la Historia oficial afirma que fueron hombres barbudos y majestuosos), no existe disonancia: los antiguos lores o celebridades del pasado feudal se integran sin problemas al Tokyo más moderno, de idols, supermodelos, comida congelada y televisión. Del mismo modo, la gente tampoco muestra demasiada sorpresa al encontrarse con Basho, quizá por ignorancia o porque, en nuestra época, todos somos sujetos anónimos. La versificadora más magistral y profunda de las letras japonesas es recibida con un baldazo, le garabatean la cara y pasa una húmeda primera noche en un motel calamitoso.

Aunque Basho-chan mantiene una actitud “letrada”, sus gestos y detalles revelan una faceta cándida y dulce, apropiada para una niña de nueve o diez años. Gracias a esta mezcla, accedemos a una divertida lección de poesía que, pese al empaque moe, respeta la dignidad del quehacer poético sin olvidarse del humor. Por ejemplo, la refinada pequeñuela le dedica un austero homenaje al resplandor lunar que ilumina su lóbrega habitación. Interpreta esa hermosa señal como signo esperanzador que destella entre las tinieblas del cuarto, que representaría el desánimo, la desesperanza que transmite ese ambiente gris, sucio y catastrófico que refleja las frustraciones y pobrezas de sus habitantes. Salvando las diferencias de calidad, así trabajaba el auténtico Basho: renunciaba a las exquisiteces, elegancias o sedentarismos de otros intelectuales, negándose a buscar la sabiduría únicamente en libros. En cambio, partía en largos viajes, buscando la belleza allá afuera, en circunstancias reales: los dibujantes suelen retratarlo como peregrino, en humildes ropajes, cargando escasas pertenencias, apreciando la Naturaleza. Basho-chan logra componer al instante haiku bastante estilizado acerca de una inoportuna gotera que interrumpe su sueño o sobre unos ruidos fortuitos, convirtiéndolos en metáforas sublimes. Esa sutileza demuestra su compromiso artístico por hallar chispazos de fascinación entre las cosas más ínfimas y despreciables; sin embargo, esa genialidad contrasta con su graciosa pijama en forma de rana, una referencia culta fácil de captar para cualquier estudiante nipón porque alude al haiku más difundido y comentado del sabio ambulante:

古池や
蛙飛びこむ
水の音
Furu ike ya
kawazu tobikomu
mizu no oto
Un viejo estanque
una rana se sumerge
el sonido del agua

La pieza es compleja porque la imagen, en apariencia, simple, aglomera un cúmulo de significados y connotaciones que conectan con estados de ánimo, impulsos vitales, principios filosóficos, postulados místicos. Entre el conjunto de múltiples interpretaciones que admite un texto tan abierto y polisémico, quisiera proponer una lectura conveniente al episodio que analizamos. El estanque representa, debido a su antigüedad, la supuesta imperturbabilidad y estabilidad del universo: el convencimiento “sólido” de que existen cosas eternas e inmutables. Sin embargo, como la superficie del agua, son frágiles y susceptibles de agitación. La eternidad implica serenidad, quietud, pero también parálisis, inmovilidad. Una acción tan sencilla e insignificante, propiciada por una criatura ínfima como una minúscula rana lo transforma todo porque al ingresar al pozo, provoca el movimiento, desestabiliza el sistema, genera un sonido, desencadena unos procesos sensoriales que llaman la atención del poeta, una bulla que manifiesta el advenimiento definitivo de la vida como quiebre, acción, vibración, inestabilidad. Los sucesos más intrascendentes pueden suscitar una secuencia de repercusiones y cambios. Los sujetos o elementos más modestos y desdeñables producen las grandes transformaciones. Dejando de lado las implicancias budistas, estas paradojas se manifiestan durante el capítulo. Los moradores de Saihate Café estaban acostumbrados a convivir con su propia decadencia, rumiando sus fracasos, sumidos en un ambiente frustrante, incluso bajo la sombra de traumas. Asumían esa condición como perpetua e inalterable. Habían asimilado el pesimismo como premisa. Se permiten apostar cuán poco durará un huésped del hostal. Cuando Basho-chan limpia y embellece el restaurante, la dueña se enoja aunque le hicieran un favor. Además de traslucir su personalidad testaruda, esa reticencia demuestra el grado de identificación del sujeto marginal con su condición deplorable. La pelirrosada actúa como factor perturbador, juega el papel de “rana”: se lanza al fondo del pantano y reinstaura la vida, induciendo al resto de artistas frustrados a retomar sus proyectos postergados. El travesti continúa presentándose a audiciones hasta que consigue un papel como bailarín profesional. El pintor decide destapar el lienzo y continuar la pintura que dejó inconclusa. Basho-chan transforma una fonda de mala muerte en un apacible snack-bar donde un grupo de dilettantes se reúne a aprender los rudimentos del haiku. Se construye una utopía literaria, bastante humilde, nada erudita, pero sostenida en ideales humanistas. Cunde un ingenuo optimismo en la especie humana: todos, sin distinción, están capacitados para aprender el lenguaje del haiku mientras se muestren dispuestos a sincerar su espíritu.

Según la moraleja del capítulo, la literatura puede convertirnos en mejores personas. Cultivando las bellas letras, podemos acceder a lecciones éticas enriquecedoras, que encauzan nuestro carácter por caminos de virtud y honestidad. El arte sería una actividad honorable que ennoblece al espíritu. Esta premisa presupone una postura idealista, típica del melodrama ingenuo. Sin embargo, la configuración del escenario, la atmósfera donde transcurre la narración, asume una óptica más realista sin necesidad de mostrarse desgarradora o descarnada. La marginalidad es esbozada con cierto grado de verosimilitud, esbozando sus desdichas y sinsabores. Antes que pobreza o precariedad, el entorno del Saihate Café trasunta un aire de exclusión, de postergación, pues reúne a sujetos socialmente degradados, considerados subalternos, discriminados, despreciados o minimizados: una madre soltera, quizá alcohólica, depresiva, con problemas para conseguir una pareja honrada; un homosexual que abandonó la casa familiar y dicta clases de baile para ancianas; un pintor fracasado que teme continuar sus obras; y una niña indefensa, criada en un hábitat sombrío donde cunde la desilusión. Todos los residentes del lugar sobrellevan con resignación la carga implícita de desprecio que suele endilgarles la sociedad, sea porque escogieron una profesión poco rentable o “prestigiosa”, o porque su género o identidad sexual son vilipendiados. El arribo de Basho-chan renueva los ánimos, en forma de limpieza: la suciedad del espacio refleja el abandono del alma. El cambio comienza por renovar el exterior, por remozar la fachada, porque ese proceso de aseo involucra también un rejuvenecimiento, una resurrección del espíritu: para transformar el interior, es necesario materializar esa voluntad en acciones precisas y tangibles. El episodio relata esa transición, esa recuperación paulatina de la esperanza, pero acompasa ese renacimiento del Saihate Café con la terquedad de Marie: la tensión narrativa se mantiene en suspenso a través de la dinámica de resistencia y desconfianza que opone la dueña del establecimiento, y culmina cuando se quiebra su cerrazón, liberando con franqueza sus sentimientos. Podemos imaginárnosla bordeando sus últimos treintas o entrando en los cuarenta, una mujer madura que aprendió a sobrevivir aguantando el dolor, sobreponiéndose a responsabilidades, confrontando la pobreza: ante esas circunstancias adversas, resulta predecible y comprensible que endureciese su orgullo, que crease una máscara de fortaleza y coraje para proteger su frágil carácter, que tendiese una muralla de malhumor para evitar una socialización plena. Se niega a aceptar la ayuda de Basho-chan porque implicaría admitir su debilidad, y evita confesar su agradecimiento porque equivaldría a declararse dependiente. El éxito del haiku socava la coraza que brindaba protección y tranquilidad al mundo de mediocridad donde prefería arrinconarse, renunciando a tocar el piano y encerrándose en continuas monotonías (solo prepara un único tipo de pasta). Muchos tópicos del melodrama de anime se entremezclan durante el desenlace: el hallazgo del hogar sentimental, el sinceramiento de último minuto, la despedida imperfecta, la coincidencia fatal entre máxima felicidad y separación. La impronta de Basho-chan pervive pues, cual toque de ángel, sus enseñanzas trascienden el contenido: fueron inspiración para actuar. La condición de marginalidad, antes definida mediante un discurso deprimente y apesadumbrado, se construye ahora bajo nuevas expectativas, aunque la tienda continúe siendo modesta, el barrio de extramuros, la vida dura, la vocación hiriente, porque, pese a la infinidad de inconvenientes que surjan, todavía esperan, por descubrirse, millares de epifanías, esas revelaciones súbitas e insospechadas de belleza instantánea que brota en cualquier rincón, palabra o gesto que detectamos en nuestra cotidiana contemplación. Solo basta con aguzar la mira, como Basho-chan, cuando encuentra una flor solitaria que reclama su riego.

Una respuesta

  1. Estas son las pequeñas joyas que se encuentran en el anime actual, que me hacen seguir viendolo, Sengoku Collection me ha sorprendido gratamente con algunos de sus capitulos, mas especificamente este y el 4, ese lugar que parecia estar congelado en el tiempo con el lamento de sus habitante, que vuelve a revivir con el impetu de la chica, espero el resto de la reseña.

    29 mayo 2012 en 23:40

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