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Nazo no Kanojo X 4: El Gran Juego de la Oka

La minúscula y vivaracha Ayuko Oka irrumpe en escena con astucia, sin alharacas, causando asombro y alboroto, venciendo las hurañas reticencias de Mikoto y generando un remezón en sus hábitos orgánicos. La meganekko cumplirá el papel de confidente, aunque con estilo más travieso y malicioso, siempre dispuesta a pinchar el punto sensible con sus comentarios provocadores, en especial, cuando alguna situación picante azuza su curiosidad, y aquella extraña pareja de compañeros de clases que intercambian sus salivas enciende sus ánimos revoltosos.

La aparición de Oka-san completa el rectángulo αβ de dualidades románticas, cuyo diagrama adjunto. Como indicábamos en reseñas anteriores, en Nazo no Kanojo X, los personajes suelen agruparse en duetos con relaciones antitéticas y complementarias. Este diagrama conecta ambas parejas (protagónica y secundaria) con sus respectivos vínculos de amistad y noviazgo. Los dúos de mejores amigos también están conformados por elementos con personalidades opuestas, cuyas diferencias, balanceadas, crean un equilibrio. Aunque Ueno y Tsubaki tienen en común el rasgo del everyman, cuando los comparamos, queda claro que Kouhei representa el polo más irreflexivo, pervertido y atolondrado, mientras Akira se muestra más calmado, dubitativo o ingenuo. Mikoto necesitaba un equivalente en femenino: una compinche inteligente (para seguirle el paso y confrontarla), una cómplice suelta de huesos, atrevida, más experimentada o avezada en asuntos calenturientos, capaz de fustigarla con indirectas o brindarle consejos. Oka-san posee la sutileza para derretir la muralla de hielo que aprisionan los sentimientos de Urabe, forzándola a expresarlos con menos sequedad. Su brevísima estatura es engañosa y quizá el abrumador volumen de sus senos resulte más coherente con su picardía de treintañera indiscreta, su sabiduría de mujer adulta, su inofensiva mañosería. A diferencia de Mikoto, que prefiere guardar discreción o evitar comentarios detallados sobre su relación, Oka-san es deslenguada y habla del tema con creciente franqueza. Este episodio relata recién los “accidentados” inicios de su amistad, el girl meets girl, el difícil proceso de ganarse o, mejor dicho, demostrar la confianza. La desfachatez es todavía tibia, pero anuncia un huracán de simpático descaro.

Antes de corroborar su vínculo amical, Oka y Urabe estaban destinadas a volverse confidentes. Este detalle no suele destacarse e incluso parece un asunto circunstancial, pero ambas conocen el secreto íntimo de la otra: la existencia clandestina de sus correspondientes novios. Conservar esta información implica asumir una responsabilidad sentimental, un compromiso, un pacto implícito. Las redes de silencios generan un entendimiento tácito, una complicidad que tarde o temprano evolucionaría en amistad. Sin embargo, la despachada cuatroojos aplica una estrategia más persuasiva: la comida. En sentido metafórico, es frecuente la vinculación entre alimentación (o procesos digestivos) y sexualidad (o circunstancias adscritas al deseo), estableciendo analogías entre ingesta y coito, degustación y regodeo, gula y concupiscencia. Los apetitos estomacales y eróticos suelen asociarse y equipararse simbólicamente. Desde la antigüedad hasta tiempos modernos, las funciones orgánicas supeditadas al área del vientre se consideraban inferiores o repugnantes: eran impulsos que concernían al instinto, la naturaleza animal, lo primitivo, lo bajo, lo grotesco. Disfrutar esas pulsiones era vulgar y censurable. Por tanto, las operaciones digestivas y reproductivas comparten un espacio común en nuestra mentalidad. Muchas expresiones figuradas, eufemismos o vulgarismos empleados para referirnos al sexo provienen del campo nutritivo. Desde la perspectiva masculina, los alimentos conforman un espacio semántico con interferencias y conexiones al imaginario sexual. Un encuadre se esmera por exhibir los vestigios de baba fresca que penden del palillo después que Urabe emboca los deliciosos omelettes. Para muchos varones, el acto cotidiano de comer involucra una fantasía romántica, algo cursi, pero no exenta de fetichismo. Después de consumir la saliva de Mikoto “infectada” con sabores ajenos (con rastros de tamagoyaki), Akira reproduce en sueños esas ilusiones juveniles. Se combinan los entusiasmos alimenticios con los anhelos amatorios, hambre y ganas de besarse, bajo un manto lúdico. Ambas urgencias vitales coinciden en un mismo órgano del cuerpo: la boca. Salir de picnic entre enamorados suena ingenuo y trillado, pero parte del aprendizaje romántico del adolescente consiste en perseguir estos ensueños estereotipados. Ueno expresa esa esperanza con discursos ridículos y exagerados, desbordantes de delirio. Sin embargo, Oka-san utiliza sus dotes culinarias para objetivos que contrarían el eros masculino. Darle las raciones a Mikoto directo en el paladar trastocó el panorama. En principio, porque le permite vencer la resistencia antisocial de la alumna transferida y logra un éxito sorpresivo donde otras fracasaron por falta de perseverancia. La pequeña de lentes contrarresta la indiferencia de Urabe con una terquedad sosegada, esperando con paciencia que picara el anzuelo. El resto de estudiantes se reúnen a admirar el espectáculo como si testimoniaran un milagro. Oka-san invierte el mínimo esfuerzo y combate la desgana con insistencia silenciosa. Se quiebra el imposible: almorzar se transforma en acto circense, donde la chiquilla “normal” confronta y sale victoriosa frente a la indómita chica “rara”.

Se intuye un trasfondo fascinante, especial, una sensación de proeza. Ayuko consigue doblegar la rebeldía de Mikoto atrayéndola con estímulos sensoriales y persuadiéndola a saborear sendos ingredientes que anuncia cual estrellas de algún espectáculo. Mediante esta secuencia gourmet, se insinúa una relación simbólica bastante pintoresca: debido a su extravagancia, Urabe es contemplada como una criatura huraña e indómita, que Oka-san logra domar o amaestrar. Esta escena presagia la forma que adoptará su amistad, vislumbrándose sus características, su estructura. El bento funge de intermediario y excusa: en adelante, la ocasión preferida para situar los diálogos entre novias será durante la hora de almuerzo, en aquella banca del jardín, creando otro cronotopo (el primero, “el puente, al atardecer”, equivalente a “la rutina”). Además, la comida es fundamental para crear este espacio comunicativo exclusivamente femenino. La influencia mutua se manifiesta sobre el organismo. Como el resto de sentimientos en Nazo no Kanojo X, también la amistad entre muchachas se asimila a procesos biológicos, se somatiza, se vuelve materia. En lugar de manifestar sus afectos con términos espirituales, Mikoto explica su naciente vínculo con Oka-san como hábito estomacal: desde que comparten el bento, su sistema digestivo ha adoptado nuevas costumbres. Los borborigmos expresan esa aceptación. Su amistad es auténtica y queda comprobado porque obliga al organismo de Urabe a sufrir modificaciones: el sentimiento real es corpóreo, es perceptible, por ende, debe repercutir sobre las funciones del cuerpo, debe afectarlo, perturbarlo y revolucionarlo. Según la serie, emprender una amistad verdadera jamás será una operación neutra. Tener amigos significa ceder, renunciar, quebrar la barrera que distancia al ego del Otro, entender cuán vulnerable e insuficiente es nuestra individualidad. Oka-san crea en Mikoto una necesidad gástrica, pero visceralmente unida a otra clase de urgencias humanas: la compañía, el entendimiento recíproco, la sensación de confianza, la oportunidad de cotejar alegrías y temores. La amistad no consiste en pasar buenos momentos juntos, sino en generar un entorno privado de hermandad y mutua comprensión. Urabe se negaba a experimentar esa dimensión, se oponía a tener amigos porque los consideraba innecesarios. Durante el resto del episodio, la vemos desistir, ablandarse, conceder. Al inicio, se rinde al aroma tentador del huevo frito. Más adelante, acepta dejarse curar la herida en la enfermería. Luego, accede a probar la saliva de Oka-san. Cuando intenta portarse cool, mandando a rodar al mundo con aspereza o recluyéndose con su flemática dejadez, la chica de lentes responde con argumentos contundentes, dando el golpe preciso para forzarla a flaquear. En términos discursivos, las argucias gastronómicas de Ayuko vencen la resistencia de Mikoto, derrotan sus desaires. La mysterious girlfriend revela su faceta más débil y flexible, desarmada ante la habilidad de Oka-san para refutarla o adelantársele. Nunca habíamos visto una actitud tan complaciente en Urabe, tan dispuesta a cambiar de opinión, a dejarse convencer. Con Tsubaki, ella ocupa una posición más dominante y determinativa: ante la enana de anteojos, percibe, en cambio, la imposibilidad de imponerse. Nuestra heroína, acostumbrada a exhibir su fabulosidad, es incapaz de detener el asedio humorístico de una chiquilla preguntona. La situación es paradójica, pero describe los matices juguetones que adquiere su relación: Oka-san será el tábano que discuta y refute el discurso, a veces demasiado severo, de Urabe, evitando que divinicemos al personaje. Tiene una función carnavalesca, a medio camino entre bufona, sofista y amiga, que sirve de freno para balancear la “excesiva” perfección de la protagonista. Posee una sabiduría alternativa: la maña, la experiencia, la intuición. Su inteligencia práctica se aplica a situaciones inmediatas, su talento es cocinar. Si asociamos a Mikoto con valores como lo enigmático, lo extraño, lo novedoso, lo creativo; Ayuko connotaría nociones acerca de lo cotidiano, lo utilitario, la viveza.

La exégesis del episodio es espinosa, incluso para muchos lectores acérrimos de Nazo no Kanojo X, pues contradice sus fundamentos teóricos ortodoxos e incurriría en contradicción respecto del capítulo anterior, al difuminarse la idea de exclusividad y diversificarse la funcionalidad del vínculo salival. Ahora, sabemos que Urabe puede establecer conexiones somáticas con otras personas, aparte del sorprendido Tsubaki. Pero, además, estas vinculaciones orgánicas pueden catalogarse bajo distintos rubros y aplicársele varios usos, adjudicándoles un significado y márgenes de implicancia. Estas alteraciones a la regla pueden criticarse como inconsistencias narrativas o falta de congruencia para definir las leyes que organizan la ficción. Sin embargo, suelen obviarse tres detalles esenciales cuya consideración concede solidez y coherencia al modelo que propone Ueshiba. Según esta teoría, la espiritualidad, la subjetividad, la sensibilidad no existen aislados del mundo material. Los afectos humanos operan mediante soportes orgánicos que facilitan su comunicación. Esta transferencia de estímulos (significantes) está enunciada en forma de procesos biológicos. Si detuviéramos nuestro análisis en los mecanismos de transmisión, tendríamos un modelo mecanicista y deshumanizado, como afirman aquellos incrédulos que sostienen el carácter meramente químico o neuronal del amor. Existe otra instancia también importante: la recepción. Mikoto descubre que Tsubaki está enamorado no porque reaccione a su saliva, sino porque la baba le produce adicción. Se distinguen, entonces, dos niveles de profundidad afectiva: la afición = compenetración sentimental (que existe también entre amigos) y la absoluta dependencia (adicción) = compromiso romántico (el deseo incontenible, el amor de pareja). Cuando Urabe realiza el experimento para descartar la compatibilidad emotiva con Ogata-kun, le interesa comprobar si existe una mínima posibilidad de comunicarle sus sensaciones, pues, tratándose de un impulso tan íntimo, solamente podrían captarlo quienes dispongan de canales comunicativos adecuados. Como confirman los posteriores capítulos del manga original, Tsubaki es, hasta la fecha, el único personaje que presenta un síndrome de adicción a la baba de Mikoto. El intercambio salival es una operación biológica: darle una interpretación, leer esos signos y descifrar su sentido es asunto del sujeto. Incluso, en arcos posteriores, descubrimos que también la gente común y corriente es capaz de disfrutar esta viscosa práctica, pero recién se percatan de cuán útil y divertido resulta después de conocer a Mikoto (véanse casos Hayakawa o Momoka). El segundo aspecto a discutir sería el carácter social del amor. Esta palabra remite a significados diversos dependiendo de cada sociedad y contexto. Por ejemplo, nuestra concepción occidental de amor-pasión proviene del siglo XI y recibió una actualización durante el Romanticismo. Por tanto, aunque se privilegie un modelo explicativo de carácter orgánico que pretenda integrar los aspectos más sublimados dentro de una lógica funcional, la caracterización del sentimiento se ajusta a criterios condicionados por el entorno. En concreto, a Mikoto le preocupa la declaración de Ogata-kun porque la mayoría de sociedades patriarcales de raigambre tradicional juzga menos probable la amistad entre personas de diferentes sexos. Dada la confesión, si hubiese un vínculo, el problema se tornaría más complicado. En cambio, un nexo sentimental entre mujeres no concita semejantes reticencias, pues existe un modelo de interacción (la amistad) que encauza esos afectos en fórmulas ajenas al deseo erótico. Estas nociones nos conducen al tercer punto: aunque la serie contiene una inherente mirada sexista, propone también la construcción de un espacio femenino, impenetrable e inasequible al observador masculino.

En términos demográficos, Nazo no Kanojo X adopta, de modo preferencial, un perfil específico de receptor con cuya mentalidad y desideratum coincide: un público juvenil-adulto de género masculino y orientación heterosexual. Esta elección orienta el diseño del objeto de deseo e incluso define los supuestos, las ideas preconcebidas, la tonalidad, la configuración del discurso acerca del placer, la fidelidad, el aprendizaje sexual, los roles de hombre y mujer, etc. Los estímulos sensuales, la exuberancia, las sugestiones, el lenguaje corporal, la fijación en senos, piernas, cadera o ropa interior delatan una intención señera de complacer los antojos del espectador varón sirviéndole en bandeja una heroína hermosa y desafiante. Además, en consonancia, se despoja de signos distintivos al lead, “normalizándolo” o simplificándolo. Si apareciese un muchacho guapo o popular como Ogata, estaría condenado a perder. La lógica love comedy en anime es implacable: la ficción posibilita la venganza del chico sencillo. Sin embargo, aunque la perspectiva de base parezca “machista”, la serie se encarga de socavar, de resquebrajar, de hacer tambalear las certezas del sujeto masculino cuestionando su poder. En realidad, el papel activo, de liderazgo, de iniciativa e incluso el monopolio de habilidades como la inteligencia, la socarronería, la inventiva, le pertenecen a las chicas. Este episodio resalta ambas vertientes: 1. los constructos mentales (imaginación, expectativas, fantasías, mitos, delirios) que elaboran los adolescentes acerca del sexo opuesto y 2. la constatación del fracaso al verse incapaces de acceder a cierta esfera de socialización e intimidad, donde su presencia está vedada: el terreno “misterioso” del compañerismo femenino. Desde el inicio, los vuelos onanísticos de Ueno se estrellan contra la realidad: desea recrear la vista con Oka-san en shorts, pero lo mandan a practicar judo a puertas cerradas; quiere entablar diálogo telepático para citarse y almorzar, pero ella prefiere pasar el rato con Urabe. Al final, los chiquillos observan de lejos (aislados, excluidos) el surgimiento de un espacio autónomo, reservado para señoritas, donde se expresa un tipo de sensibilidad que jamás comprenderán. Este desenlace fue adelantado y prefigurado por escenas de proximidad emocional entre Mikoto y Ayuko: la visita al dispensario ocurre bajo una atmósfera enigmática, lóbrega, anticipando un desarrollo tenso o turbulento. El escenario se enrarece, los encuadres trastornan nuestro discernimiento generando una apariencia de estrechez espacial, de encierro, de acoso, que manipula las ilusiones calenturientas del público, apelando a las fantasías sexuales masculinas. Oka-san asume una “autoridad” para disponer del cuerpo de Urabe, y aunque el contacto físico no aparece sexualizado, la circunstancia se presta al correlato lúdico. Según la óptica morbosa del quinceañero hinchado de hormonas, el convite de alimentos al inicio del episodio se percibe como juego de seducción, segundo motivo de estupor para Tsubaki y Ueno. Este primer careo gastronómico tampoco tiene implicancias homoeróticas, aunque conseguir con argucias que Urabe asuma el papel de tierna mascota o niña engreída lleva implícita la idea de “domesticación”, que supone subyugar o subordinar a alguien, otro concepto ligado a interpretaciones eróticas. Nazo no Kanojo X nunca recurre al yuri, pero emplea la picardía lujuriosa de Oka-san en situaciones cómicas con condimento picante: esa insinuación, ese jugueteo, que según Mikoto, son dignos de un “dirty old man”, no denotan perversión lésbica, sino ganas de fastidiar y bromear, la clásica “joda” que fortalece amistades. Entre personas de sexos distintos, sería ofensivo, grosero o quizá delictivo. Al generarse un espacio independiente, se facilitan estas fórmulas de interacción que proporciona a las muchachas del elenco un código particular, una seña de identidad colectiva para solidarizarse, entenderse y diferenciarse de sus pares masculinos.

Una respuesta

  1. Gran episodio, no he podido evitar sonreir ante tu referencia al juego noventero de concursos y su estilo alegre y desenfadado.
    Así mismo me parece muy buena la inclusión de personaje de Ayuko Oka, la minúscula y voluptuosa novia del compinche de Tsubaki y nueva mejor amiga de Urabe, que como dices servirá en cierta parte como “contrapeso” a sus excentricidades, además de contribuir a humanizarla.
    Un episodio muy divertido… ¡prueba superada!

    28 mayo 2012 en 00:01

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