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Haiyore! Nyaruko-san 2: “Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn”

La gran ciudad de piedra de R’lyeh, con sus monolitos y sepulcros, se había hundido bajo las olas, y las aguas de los abismos, con ese misterio primigenio en que nadie había pensado ni siquiera en penetrar, habían interrumpido esas citas espectrales. Pero los recuerdos no morían, y los altos sacerdotes afirmaban que cuando los astros fuesen favorables la ciudad volvería a la superficie. Entonces los viejos espíritus de la Tierra, mohosos y sombríos, saldrían de sus subterráneos y propagarían los rumores recogidos allá, en olvidados fondos del océano. (H.P. Lovecraft. “La llamada de Cthulhu”)

Desde el arribo de Nyaruko, la vida de Mahiro se colmó de metaliterariedad. Sus experiencias se tornaron intertextuales. En palabas más simples, su rutina diaria se convirtió en un novelesco guión de película. Su aburrida y monótona existencia, típica de un adolescente sin gracia, se transformó en el storyboard del anime más estrafalario y colorinche. La mayoría de chiquillos ansía vivir situaciones de extrema adrenalina, “protagonizando” su propia ficción; sin embargo, un everyman terco como Mahiro valora su tranquilidad, su simplicidad. Cambiar realidad por fantasía le suena inconcebible, pero cada minuto que transcurre, su cotidianeidad se vuelve una suma de referencias literarias provenientes del horror cósmico… aunque, en ocasiones, en lugar de causarle miedo, le provoquen exasperación. Los monstruos, demonios y aberraciones son auténticos en su horripilancia: su persistente amenaza confirma la enseñanza del texto de Lovecraft. Sin embargo, la presencia femenina, aniñada y coqueta de Nyaruko contradice la autoridad de la escritura, que constantemente es –aunque suene sarcástico- “desmitificada”. Las deidades son chiquillas torpes, pervertidas y absurdas (en el sentido menos poético), como confirma la monótona, pero fogosa Cthugha. La ciudad maldita de R’yleh es un parque temático tan idílico como grotesco. Nodens se revela como un anciano pederasta. La conjura armada para capturar a Mahiro valiéndose de nightgaunts tiene objetivos lujuriosos. El tinglado macabro y enloquecedor de la mitología lovecraftiana se torna merecedor de semejantes adjetivos, aunque con significado nada solemne: nada de horror cósmico, sino miedo de terminar subastado y deshonrado en su masculinidad, suficiente para volverse loco de rabia y clamar venganza contra la estupidez generalizada de este desastroso submundo. Antes que restarle sus sanity points, la convivencia con Nyarlathotep, ha afectado el hígado del amargado Mahiro en lugar de carcomerle el alma. Pero la alienígena ha reivindicado su causa romántica rescatando al reticente muchacho y demostrando que actúa (a veces) con buena intención.

Johansen y sus hombres desembarcaron en la playa de esta monstruosa acrópolis, y se treparon, resbalando, por los titánicos y musgosos escalones que ningún ser humano hubiera podido edificar. El sol mismo parecía deformado cuando se lo miraba a través de las miasmas polarizadas que emanaban de esta perversión submarina; una amenaza tortuosa acechaba en esos ángulos desconcertantes donde una segunda mirada descubría una concavidad donde se había creído ver la convexidad. (H.P. Lovecraft. “La llamada de Cthulhu”)

Calificar a Haiyore! Nyaruko-san de “aparato intertextual” quizá parezca rimbombante y exagerado. Para la mayoría de espectadores, es apenas otra comedia picante sazonada con moe-ness y estrepitosas chiquilladas. Esa sería la primera capa: la típica historia del boy meets girl, trastocada y ridiculizada al máximo por una magical girlfriend disfuncional, una novia no solicitada ni pretendida, pero poderosa, que introduce al protagonista en un tobogán de experiencias incómodas. Nyaruko es irracional y dionisíaca, allí donde Mahiro es cerebral y apolíneo (al nivel del ciudadano común), en consecuencia, se enciende la chispa de una polaridad conflictiva, perfecta para la dinámica del humor romántico. Boke y tsukkomi si traducimos al japonés este yin-yang o coincidencia de opuestos en tono de comedia. La mecánica funciona porque Haiyore! Nyaruko-san enfatiza el diálogo como principal medio de interacción entre ambos personajes, generando un divertido ping-pong entre los exuberantes disparates de Nyaruko y los fruncidos intentos de Mahiro por corregirla, castigarla o contradecirla. Este primer tándem paródico resulta interesante cuando la lógica implacable del muchacho desnuda los estereotipos de los relatos de acción. Por ejemplo, propone a la falsa diosa dejar de defenderse y asumir la ofensiva contra los malos, quebrando el código usual de conducta del héroe que nunca suele buscar al villano. Como golpe de suerte, se revela la peor pesadilla del universo cthulhiano: la resurrección de R’yleh, la ciudad sumergida en las profundidades del Pacífico, donde aguarda dormido el dios perverso Cthulhu. Esta reaparición poco tiene de épica o tenebrosa: la fortaleza del monstruo surge en forma de abominable disneylandia, donde la élite de extraterrestres ilegales llevará a cabo una subasta clandestina. El capitalismo, el consumismo, los mass media son formas de desacralizar lo legendario, rebajándolo o simplificándolo. Quienes conozcan el trasfondo mítico, lograrán captar las alusiones a la imaginería de Lovecraft, que constituye la segunda estructura de referencias. A este nivel, la serie apunta a burlarse, primero, del “terror” como concepto, transgrediendo las nociones solemnes del texto original y suplantándolas por interpretaciones análogas, pero burlescas. En algunos casos, se invierten las valoraciones, aunque se mantiene la ambigüedad. Nyaruko es la heroína del show, sus sentimientos son caprichosos pero honestos. El único motivo razonable para continuar desconfiando de la hermosa alienígena es la fuerza del texto, el poder de la escritura. Como lector de Lovecraft y Derleth, Mahiro sabe que involucrarse reproductivamente con semejante entidad polimórfica sería su perdición. Además, al clásico everyman japonés, las exacerbadas manifestaciones de cariño le causan resquemor. Para una sociedad acostumbrada a guardar las distancias, la efusividad sentimental es inconveniente. Para colmo, la vida del mozalbete parece haberse trastornado por culpa de situaciones sexuales, viéndose de súbito rodeado de pervertidos y ninfómanas. Según la literatura lovecraftiana, Nodens pertenece al grupo de dioses arquetípicos, el grupo menos hostil hacia la Humanidad. Podría considerársele incluso una figura “positiva”. Pero este episodio destruye esa imagen presentándolo como antagonista y degenerado, que origina una conjura interplanetaria para satisfacer sus lúgubres apetitos. Podría aducirse que Nyarlathotep también “aprovecha” con descaro su misión para coquetear, pero tratándose de una hermosa quinceañera, no ofende la hombría de Mahiro y, además, le sirve de guardaespaldas pese a librar sangrientas batallas con una sorprendente sonrisa de chica traviesa o disfrazarse de super sentai cuando la pasión la inspira. Algunos lectores habrán identificado los sucesivos chistes u homenajes referidos a One Piece o Kamen Rider, pero ni siquiera alcanza a describir una centésima parte de la enorme cantidad de alusiones diseminadas durante estos primeros capítulos. Solamente un erudito en cultura popular japonesa lograría descifrar por completo la totalidad de posibles juegos de palabras, menciones o citas que conectan Haiyore! Nyaruko-san con una galaxia semiótica de series, de textos, de productos, de íconos artísticos, como la Sagrada Familia de Barcelona, el inacabado templo ideado por Gaudí, que aparece replicado en R’yleh como escenario de la tétrica subasta, los títulos ascendentes de Star Wars o la frase: “Do you remember love?”

En otros artículos, he especulado alrededor del yuri como elemento narrativo, planteando una distinción entre dos patrones. Al primero lo denomino tradicional: se caracteriza por su orientación dramática, la sublimación y espiritualización del erotismo lésbico, el aristocratismo, elegancia, pureza y variables de consumo dirigidas al público femenino (shoujo o josei). El segundo, el nuevo yuri, es radicalmente opuesto: proclive al humor paródico, muy corporal, pícaro, sexualizado, apoyado en arquetipos del moe y formulado según los gustos del consumidor masculino. Este último elemento es crucial porque reformula el panorama de un género: al trasladarse la interacción homoerótica al terreno cómico, adquiere otros matices, además de subordinarse como temática secundaria. El combate entre Cthugha y Nyaruko lo ejemplifica: el amor de Kuko es objeto de risa, en particular, porque es obsesivo, no correspondido y agresivo. Estos rasgos bastarían para suscitar un melodrama doloroso hasta el desahucio, pero en lugar de causarnos lástima (mejor dicho, aunque nos provoque algo de pena), nos reímos de sus propósitos licenciosos apenas ocultos por su vocecita tierna y monocorde. Además, la diosa del fuego no renuncia al anhelo de poseer y manosear el cuerpo de Nyarlathotep, añadiendo a su enfermiza devoción un fetiche de dominatrix. La lucha es equiparada al coito, el acto de pelear al fragor sexual: esta analogía retorcida nos conduce a erotizar o concebir como goce un evento que causa sufrimiento. La enemistad, el conflicto, el polemos se interpreta desde la óptica morbosa del obsesionado que busca intimidad en cualquier tipo de contacto o forma de infligirle “huella”, de marcar o avasallar el cuerpo ajeno. Al transformar la batalla en simulacro de cortejo o, peor aún, de apareamiento, se despoja a la lucha, el acontecimiento más importante del género épico, de su carácter heroico, digno, glorioso, admirable, para rebajarlo y convertirlo en juego de niñas. Cthugha no pelea por honor ni valores, sino porque la guerra le permite ganarse como premio su objeto de deseo: Nyaruko es observada como rival y recompensa, un tópico heredado de algunos eroge donde la vulnerable mahou shoujo es derrotada, deshonrada y violada por su archirrival, la chica mala. Las ansias nublan el razonamiento de Kuko hasta desviarla de la realidad. Desea unirse a su amada y procrear, “hacer bebés”. Esta locura roza el ridículo y causa gracia porque se combina con una situación por demás rimbombante, plagada de tonalidades de rosa, con pétalos y flores surgiendo y flotando de improviso, aludiendo a los tópicos del romance yuri, donde los capullos brotan de manera simbólica y pomposa cuando ocurre un hecho sentimental. Sin embargo, los acercamientos de Cthugha están condenados a fracasar porque la presencia de un lead masculino desbarata esa opción, limitándola a la función de relieve cómico, cual bufona del amor o segundo obstáculo para Mahiro, no porque el muchacho desee conquistar a Nyarlathotep (pues, aunque termina mostrándole aprecio tsunderesco, prefiere alejarse del atosigante mundo de Cthulhu), sino porque pretende recuperar su vida normal. Ahora, además de cuidarse del acoso cariñoso de Nyaruko, tendrá que aguzar los cinco sentidos ante los seguros clamores de venganza de la apasionada Cthugha. Este jovenzuelo desabrido y malhumorado está literalmente jugando con fuego y antes de continuar castigando a golpes a otras deidades cósmicas, deberá prepararse para sacrificar sus últimos sanity points o unirse al manicomio.

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