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Nazo no Kanojo X 2: Danzante de tijeras

Saliva con propiedades empáticas. Malabares con tijeras adosadas al elástico del calzón. Nazo no Kanojo X es fuente inagotable de circunstancias anómalas, de rarezas en diferentes grados, conceptos que conviene distinguir y definir, pues revelan cómo interactúan estos matices extraordinarios para recrear una atmósfera de extraña cotidianeidad, donde los hechos insólitos y misteriosos se integran con naturalidad y ternura al ritmo de vida común del adolescente promedio. Empecemos fijando los extremos. Cuando un evento ficticio de carácter mágico, mítico o espiritual contradice nuestra concepción moderna de Realidad, lo calificamos de fantástico. Por ejemplo, ingerir las babas frescas de una chica linda no produce taquicardias ni hemorragias nasales, ni tampoco permite ingresar al subconsciente ajeno. Pero existen otros sucesos raros posibles, factibles, pero improbables. Las colegialas comunes y corrientes no llevan artículos punzocortantes escondidos bajo sus faldas. Nada impide que ocurra, no transgrede las leyes físicas ni biológicas; sin embargo, sí contradice las reglas del hábito. Hablamos, entonces, de sucesos extraños, porque se niegan a ajustarse a las conductas estandarizadas por consenso social (la moda, la costumbre). En simultáneo, hallamos un tercer campo de ruptura: lo especial. Esta clase de gestos o acciones no suelen considerarse chocantes o extravagantes, pero quiebran la rutina, causando sorpresa de forma risueña. Además, poseen un correlato sentimental, como compartir un caramelo entre enamorados. Sumergiéndonos al fuero interno del protagonista, se despliega un universo onírico estrambótico y alucinante, una mezcla barroca de elementos caprichosos que desdeña toda lógica, pero no atenta contra la Realidad porque ocurre dentro del subconsciente del muchacho. Este repertorio de cuatro modalidades se entreteje, curiosamente, con el típico escenario de “vida común”, asimilándose o, mejor dicho, embelleciéndola, aportándole un toque de magia sin trastornarla ni subvertirla. Había resaltado la cercanía estructural entre el slice-of-life y Nazo no Kanojo X porque esta serie nos ofrece una forma diferente (más pintoresca, más maravillosa, más excéntrica) de seguir siendo cotidianos. Porque, detrás de sus enigmáticas greñas, su áspero semblante y amenazadores talentos, Urabe es una chica normal (vaya!) capaz de avergonzarse, rehusarse a practicar fetiches demasiado esperpénticos y reservarse, por pudor, algún se-cre-to.

Las famosas panty scissors son sello distintivo de Mikoto. Los lectores habituales del manga original aguardábamos con expectativa que animaran esta secuencia emblemática, porque conocemos, de antemano, que Ueshiba utiliza, para representar esta acción, un patrón esquemático y repetitivo de viñetas. Sorprende gratamente que Hoods arriesgara por diseñar tres versiones específicas, enfatizando al detalle sus movimientos precisos, empleando incluso la célebre técnica ninja de multiplicación. A nivel superficial, las panty scissors son fanservice forrado y empaquetado con apariencia épica de giros de acción combinando el morbo con poses y destrezas de superheroína. Sin embargo, no cometamos el error de confundir las escenas donde Urabe “desenvaina” sus asombrosas armas con el antojadizo y empalagoso recurso del panty-shot, típica artimaña del humor exhibicionista, limitada únicamente a mostrar la lencería sin aportar ningún matiz especial al relato aparte del mero guiño impúdico. Las panty scissors resumen la grandiosidad de Mikoto, sintetizan su espíritu desconcertante (tan simple, tan enrevesado): las extrae como pistolera, las manipula como cowboy, pero las blande a velocidades prodigiosas, superando la capacidad del ojo, cual samurai legendario. La novia misteriosa, además de actitud radical y carácter indómito, posee también el método de defensa personal más impresionante y vistoso entre las chicas tenaces del anime. Porque, contra los arranques exacerbados de violencia desmedida que endilgan las tsundere, Urabe propone un camino más económico e inteligente: la intimidación sin agresión. Solo basta con asustar a Tsubaki para ponerlo a raya y, aunque al principio, la falta de explicaciones o, peor aún, la ausencia total de justificaciones, desconcierte al muchacho, pronto irá acostumbrándose y comprendiendo que Mikoto prefiere guiarlo por un universo de percepciones y sensaciones antes que inducirlo por razones lógicas. “Yo soy así”, responde Urabe cuando el aturdido protagonista la bombardea de preguntas, buscando una explicación. El argumento es devastador: el placer es inexplicable. Los gustos, las aficiones, las pasiones, el sentirse cómodo o contento, son situaciones caprichosas. Al intentar traducirlas en forma de criterios racionales, estamos falseándolas, adulterándolas. Por tanto, tratar de justificar esos hábitos extraños es innecesario: son antojos, es suficiente. Los anormales somos nosotros creyendo que todo, incluso lo irracional, debería racionalizarse. Mikoto es sagaz, es cool: anula el efecto del ecchi jugando contra los estereotipos. El hecho pícaro de mostrar las bragas adquiere cierta importancia para definir “lo misterioso” del personaje y trazar su identidad. Al negarse a avergonzarse delante de Tsubaki le niega importancia al asunto de enseñarle su prenda más blanca. Además, las panty scissors revelan la vena artística de Urabe porque ejecuta esos destrozos con estilo y elegancia, convirtiendo cada acto de cercenamiento en una performance escultórica. El aspecto estético es clave porque, como indicábamos con anterioridad, Mikoto privilegia una actitud poética ante la vida: dotar cada instante de sorpresa, de belleza, de cierto cariz especial, que evite los aburridos y trillados estereotipos como besarse o andar agarrados de las manos, cuando existen variantes más excitantes, innovadoras y enriquecedoras.

A Tsubaki le costará adaptarse al cambio de paradigma porque, desde todos los ángulos, huele a chiquillo normal: cuando hablamos de everyman como arquetipo del anime, solemos creer que aplicamos una categoría neutra, cuando en realidad posee un contenido ideológico. Llamar “normal” a alguien implica la aceptación de criterios de normalidad impuestos por la sociedad de manera vertical e inconsciente: un estándar de comportamiento, que incluye también un horizonte de aspiraciones. El everyman no desea destacar, no pretende erigirse como líder, no sobresale: es indistinguible entre la multitud de viandantes, una circunstancia habitual en las grandes urbes. El sujeto anónimo es un fenómeno característico de las sociedades post-industriales. El hombre común actúa en consonancia con el patrón aceptado y promovido por la colectividad: piensa, desea, anhela, elige, siempre buscando acogerse al esquema. Tsubaki intenta seguir el modelo de una relación “normal” pidiéndole consejo a Ueno, porque busca identificarse, mirarse en el espejo de otro chico simple. Pero sus estrategias de romance adolescente fracasan porque Urabe detesta los clichés de cursilería barata y prefiere mostrarse ante su novio como una transgresora persistente, que endulza sus días iluminando incluso la “rutina” diaria del ofertorio de saliva cambiando el acostumbrado dedo por el juego coqueto y sensual de convidarle el mismísimo caramelo que minutos antes había agasajado con sus papilas. Esos atrevimientos son superiores a cualquier insulso domingo de cine o ingenuo paseo por el parque, pero Tsubaki es incapaz de entenderlo: su mente está moldeada para adecuarse a la normalidad, persiguiéndola como un ideal y, aunque las ocurrencias de Mikoto le procuren un placer extraño, cuando no obtiene su cuota de “pareja normal”, el muchacho se frustra, se deprime, duda acerca de su relación, asume apresuradamente el fracaso de su noviazgo. El error garrafal de Tsubaki es identificar la imagen del supuesto éxito con cumplir los tópicos del amor colegial: besarse, salir de citas, tomarse fotos, almorzar juntos… una lista de requisitos, de conductas “típicas”, casi obligatorias para calificarse de “normal” y satisfacer las expectativas que genera el colectivo, los amigos, los medios de comunicación, etcétera. Urabe refuta ese falso requerimiento con magnifica contundencia: le recuerda que comparten un nexo, una conexión única e irrepetible. Alrededor del mundo, cientos de miles de parejas salen los sábados al centro comercial y pasan una tarde divertida viendo las tiendas. Su experiencia será entretenida, pero jamás exclusiva. El traspaso de saliva, en cambio, es excepcional: les pertenece a ellos, quizá nadie podría imitar ese efecto porque la experiencia orgánica es inigualable, aunque el proceso de intercambio pueda aplicarse a otras personas. Sin embargo, Mikoto tampoco pretende subvertir por completo las concepciones de Tsubaki, pues el ámbito de agitación que promueve es estrictamente íntimo y, pese a afincarse en lo extraño, reivindica una noción convencional e incluso conservadora del amor, integrándose al ritmo cotidiano. Son sintomáticos los pensamientos del protagonista al final de cada episodio, aceptando la excentricidad de Urabe con una mezcla de alegría y confusión porque festeja la conducta del hombre común, poco talentoso pero dispuesto a adaptarse. La novia misteriosa tampoco remarca su “extrañeza” con actitud militante: aunque suene simplista, ella actúa raro, porque “es así”. Quienes exigimos una explicación satisfactoria somos nosotros, pues nos resulta inconcebible que alguien reivindique sus antojos con naturalidad.

No obstante, la absoluta “normalidad” de Tsubaki es dudosa, en particular, desde que manifiesta su atracción por estímulos tan anómalos como la esotérica belleza de Urabe: lo extravagante le causa fascinación, lo embelesa y quizá le proveía, mediante la ficción, una fuente de placer o evasión (recordemos los posters de películas de sci-fi que adornaban su recámara). Aunque la tendencia fuese inconsciente, sus afectos, sus pasiones consiguen sacarla a flote cuando Mikoto le aplica la fórmula química mágica que descontrola su psique. Los sueños de Tsubaki revelan una anormalidad en potencia pugnando por emerger: las estridentes fantasías del novio manifiestan una propensión, dormida pero latente, por disfrutar de situaciones estrafalarias y regodearse con fetiches estrambóticos. Urabe es la catalizadora perfecta. Dejamos como tarea pendiente el trabajo de descifrar el significado de esa muñeca que provoca estupor en Mikoto, aunque importa resaltar la extrañeza del símbolo, la sutileza de mezclar un referente tan candoroso y estético con circunstancias tan bruscas o chocantes como alucinar un debut sexual, convirtiendo en hecho real la metáfora del sueño húmedo y tiñendo de humor esa combinación de despropósitos. El mundo onírico de Tsubaki es una delicia freudiana, un escenario simbólico donde brota sin restricciones la fuerza del sexo, con sus insospechadas locuras y desafueros, y donde aflora, sin temores, el lado “anormal” del protagonista que encuentra en Urabe el fermento ideal.

El vínculo salival, además de generar adicción, opera como canal comunicativo para transmitir esos complejos procesos psicológicos que denominamos sentimientos. Esta fórmula alimenta y sostiene gran parte del desarrollo argumental de Nazo no Kanojo X, provocando enredos o solucionándolos, pero ocupando siempre el papel de columna vertebral del relato. Los universos narrativos fantásticos operan en base a reglas que explican el funcionamiento del suceso maravilloso. Además, al ofrecernos esa descripción (sea suficiente o insuficiente), establece el tipo de evento fabuloso que tolera la historia. Este episodio nos proporciona datos adicionales que complementan nuestro análisis del fenómeno. La magistral demostración que improvisa Mikoto para trasladarle sus sensaciones a Tsubaki mientras estaba desnuda servirá de punto inicial. En principio, aprendemos que la saliva permite transferir una emoción. Sin embargo, aunque muchos comentaristas concuerden con esta afirmación, es técnicamente incorrecta. En realidad, ocurre un hecho más complejo que devela la sofisticada teoría que Ueshiba plantea sumergiéndose en la dicotomía corporalidad-espiritualidad. Cuando Tsubaki ingiere las babas de Urabe, no identifica de inmediato ningún sentimiento en particular. Ni siquiera detalla su “padecimiento” en términos psíquicos o emotivos, sino enumerando síntomas, como si resumiera una súbita enfermedad: tiene taquicardia, el cuerpo le arde y comienza a sangrar. La excitación, mezclada con miedo, incertidumbre, ansias y calentura, es contagiada, pero no como información que alcanza la mente del joven estudiante, sino como un código de reacciones biológicas que deberán reproducirse en su organismo. En otras palabras, el sentimiento se transmite, pero mediante el lenguaje anatómico de las reacciones corporales que genera: por ejemplo, si sentimos temor, en lugar de comunicarse el contenido específico, se trasfieren los escalofríos, la parálisis, la piel de gallina. Un “diagnosticador” experto (digamos, Urabe) conseguiría descifrar con facilidad el origen y significado del código que acaba de consumir. Un “lector” primerizo como Tsubaki ignora cómo interpretar esos signos. Por tanto, es probable que, en otras circunstancias, y habiendo obtenido mayor experiencia en desciframiento salival, el muchacho hubiera intuido también la desnudez de Mikoto, pues ella logra incluso penetrar al subconsciente del novio y hurgar sus sueños utilizando la huella impresa en sus babas. La conclusión es demoledora porque pocas series románticas se atreven a elaborar un discurso tan independiente, que elude el materialismo duro y evita las trampas del espiritualismo más chabacano. No existe sentimiento sin pulsiones orgánicas, porque fuera de la materia no hallamos forma de concederle realidad. Al vivirlo “en carne propia”, adquiere un carácter de experiencia visceral que compromete la integridad del individuo. La imagen del insecto muerto parasitado por las hormigas mientras Urabe efectúa su sesión de strip tease a ojos cerrados conecta sus palabras con esa idea de organicidad: el mundo sigue su curso mientras los amantes parecen haber suspendido el avance del ocaso.

5 comentarios

  1. Nazo no Kanojo X es una defensa del amor materialista y médico. Un disfrute del cuerpo, en un sentido muy dionisíaco, donde dejamos correr libremente los líquidos que segrega nuestro cuerpo (esperma, saliva), y creando una especie de metafísica del cuerpo. Me gusta eso, desafía las convenciones del everyman, ese prototipo de humanidad producido en serie en las escuelas, hospitales y clínicas que plagan las sociedades en las que vivimos, un gusto por el secreto que acerca a Urabe a las leyendas de las sacerdotisas…

    28 abril 2012 en 10:03

  2. Asagami

    Me gusta mucho tus análisis de Nazo no Kanojo X, porque me sorprede la cantidad de lecturas que se puede encontrar en la obra y, a pesar de todas sus excentricidades, Urabe no deja de ser una chica normal, todo lo contrario a las heroínas actuales del manganime que se fanfarronea sus extrañezas.

    Por cierto, ¿no vas a comentar los últimos capítulos del manga? Están ocurriendo hechos muy interesantes…

    2 mayo 2012 en 17:25

    • Hola, gracias por tus comentarios. En realidad, soy fanático de Nazo no Kanojo X desde que era un manga y siempre he manifestado mi admiración por Urabe. Por ahora, quiero concentrarme en el anime (no he tenido mucho tiempo, al menos, el que yo deseaba, porque mi trabajo ha interferido con mi participación en el blog), pero si encuentro un espacio en mi horario, esperaré que salga la traducción del capítulo 66 del manga para comentarlo.

      2 mayo 2012 en 17:36

  3. rolo2k

    Esta serie definitivamente me ha encantado, gracias por traerla a nosotros y guiarnos con tus reseñas.

    La técnica de tijeras de Urabe es incréible, así como el vínculo misterioso de compartir emociones a través de un fluido corporal; No cabe duda que Urabe da un nuevo y particular sentido al término de “chica rara”.

    Me ha gustado también la forma en que desarrollas es concepto de “every man” aplicándolo en este caso a Tsubaki, pues en mi opinión su actitud no es pusilánime o conformista, simplemente como adolescente busca apegarse a los cánones de “normalidad” en especial en su peculiar relación con Urabe; de alguna manera podría compararse con los “puberty points” de Makoto Niwa de Denpa Onna, ya que ambos se preocupan por seguir los estándares sociales, pero se encuentran con chicas únicas y fascinantes como Erio o Mikoto.

    7 mayo 2012 en 00:14

  4. Diego

    Aunque no tenga ecchi como otras series, me parece muy erótico por el vínculo interior que se crea entre los dos. “Tenemos una relación”. Me encantó esa respuesta que cobró mucho sentido en la escena de la demostración, que fue muy fuerte. Tienen un nexo tan fuerte que el pibe no alcanza a comprender o ponderar.

    14 junio 2012 en 21:27

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