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Natsuiro Kiseki 1: Mahou tomodachi

Según la numerología pitagórica, el cuatro (4) representaba la estabilidad del cuadrado, el plano físico, la tétrada sagrada, una imagen de perfección y unidad plasmada en fórmulas de equilibrio como los puntos cardinales, las estaciones del año, los elementos fundamentales; y cuatro también son los humores corporales, los temperamentos humanos, los tipos sanguíneos, las virtudes cardinales. Desde el éxito comercial del género slice-of-life, este número adquirió además un peso simbólico en las estructuras compositivas del anime reciente. La mayoría de series sobre tiernas e ingenuas adolescentes de preparatoria que comparten sus vicisitudes cotidianas en atmósferas de dulzura e idealismo parten (al menos, en sus orígenes) de núcleos básicos de cuatro componentes. Cada elemento cumple una función asociada a determinados arquetipos que aportan determinados valores a un esquema connotativo de sumatoria cero. En otras palabras, el desbalance conductual de cada individuo es compensado mediante su pertenencia al conjunto. La sensación de armonía se gesta durante el diálogo, cuando sus miembros conviven y aprenden a tolerar y valorar sus diferencias: el proceso no está exento de polémica (a veces humor, otras lágrimas), pero siempre tiende al objetivo de encontrar un contrapeso. Muchos comentaristas han intentado definir una combinación estándar de cuatro personalidades, aunque, en realidad, la práctica solo las confirma parcialmente. Según TvTropes, el tropo proviene del siglo XIX e imitaría el modelo de Mujercitas, la clásica novela juvenil de Louise May Alcott, argumento nada desdeñable si conocemos la popularidad que disfrutó este texto en Japón. En cualquier caso, se mantiene un patrón de construcción cuaternario, donde la regla principal sería que cada muchachita represente un carácter diferente ofreciendo una especie de síntesis de la femineidad. En Natsuiro Kiseki, la premisa dramática consiste en poner en crisis este sistema, cuando el núcleo de amigas se fractura. El cuadrado mágico se queda trunco y pierde regularidad, comprometiendo un cúmulo de sentimientos arraigados desde la infancia, cuestionando el discurso idílico y simplificador, y oponiendo a la fascinación del milagro la amarga incredulidad.

Desde el arranque se configura un ambiente sosegado y apacible de ciudad provinciana, costera, cuyo ritmo sosegado y cándido remite a ciertas ideas de pureza e ingenuidad. La acción se concentra de inmediato sobre el grupo protagónico diferenciando los roles específicos de cada amiga al interior del cuarteto. Natsuiro Kiseki aplica una introducción dinámica de caracteres, es decir, retrata al personaje y delinea sus características mientras plantea el nudo, insertándonos casi de inmediato en el conflicto. El trabajo de caracterización se torna sencillo y eficaz gracias al hábil manejo de detalles y gestos utilizados para describir por pinceladas a cada componente. Natsumi es la típica tomboy energética y testaruda, destacada en los deportes que, cuando se molesta, se desquita jugando tennis. Saki sería la princesa fashion, la girly girl madura pero presuntuosa que responde con ademanes de delicadeza. A Yuka, una atolondrada y animada fanática de las idols, que mantiene vivas sus ilusiones infantiles, la reconocemos por sus altisonantes expresiones; mientras que Rinko, de apariencia somnolienta y relajada, suele hacer contraescena con su actitud despreocupada. Ubicamos cuatro individualidades marcadas que, pese a sus notables diferencias, están articuladas y vinculadas alrededor de una larga amistad, compuesta de hitos y símbolos: aunque hacia el final accederemos a fragmentos de su pasado en común, la narración ingresa directo al momento de tensión provocado por la inminente mudanza de Saki. No empezamos conociendo al grupo en sus épocas de esplendor o alegría, sino cuando atraviesan su disyuntiva más dolorosa. Las chicas crecieron juntas desde su niñez: han aprendido a concebir o mentalizar al grupo como una unidad funcional, donde todas son imprescindibles. Tuvieron riñas y desencuentros en primaria, pero lograron superarlos e incluso, según Yuka, se convirtieron en cliché, que anunciaba la previsible reconciliación. Abandonar el pueblo natal durante la adolescencia es distinto que enojarse con tu amiga del barrio por alguna nimiedad. Las muchachas conocían las pequeñas complicaciones, los falsos rompimientos, la rutina de pelearse y amistarse cada temporada. Eran asuntos efímeros y reversibles. Ahora aprenderán que existen obstáculos repentinos, con consecuencias determinantes, reales, que podrían separarlas por siempre. Demasiada presión para enfrentar el dilema con sinceridad: Saki prefiere evadir la responsabilidad de anunciar su partida, porque es demasiado orgullosa, quiere evitar los sentimentalismos o le cuesta expresarse con sinceridad. Quizá le abruma la carga emocional de asumir una culpa injusta, de reconocerse causante de generar la desunión, convertirse en la transgresora, la disociadora, porque, separándose de sus compañeras, aparte de lastimarse mutuamente por su ausencia, estaría destruyendo el colectivo, prácticamente fosilizándolo pues, apenas falte alguien, las cosas jamás serán iguales. La mutabilidad, la acción del tiempo sobre personas y objetos, el desgaste, los finales de época, los cambios: comprender y asimilar estas circunstancias constituyen el aprendizaje más amargo y brusco, que implica aceptar una temporalidad brusca, que arrasa y derrumba nuestros paraísos de pubertad. El insistente apego nostálgico de Yuka por íconos o aspiraciones de infancia, aunque se enuncie con optimismo y resulte simpático, parece responder, como mecanismo de resistencia, al proceso de transición: aferrarse a instantes felices, intentar reproducirlos o reavivarlos, sirven para resistirse al aspecto negativo del crecimiento: volverse cínico, perder el candor. No niego su autenticidad, solo subrayo su funcionalidad respecto de una esfera sentimental, un espacio de intimidad que empieza a peligrar. Según Yuka, tan crédula como bienintencionada, la solución reside en evocar los orígenes, en repetir, mejor dicho, reactualizar (traerlos al presente), los hechos memorables del pasado, dotando con nuevos significados al ritual de la roca milagrosa, evento fundacional de su amistad.

La intervención del ingrediente sobrenatural es sorpresiva y reconfigura por completo las expectativas de consumo del público. Hasta el cierre del episodio, no existían rastros de intervenciones fantásticas o señas de realismo mágico. La narración transcurría dentro de cauces compatibles con nuestros criterios de Realidad y pretendía captar con minuciosidad ese entorno de simpleza y frescura donde comenzaba a cernirse la sombra del drama. Los prodigios o milagros eran interpretados como casualidades. Superar la pubertad supondría, además de abandonar los criterios del razonamiento infantil, dejar adormecido o domesticar toda huella de pensamiento mágico que dotaba al mundo de sentidos maravillosos: la crisis emocional que atraviesan muchos adolescentes sería consecuencia de esta obligada resemantización hacia el pesimismo, es decir, de otorgarle a cosas y situaciones significados más prácticos, más reales, pero también más descarnados y menos fascinantes. Mientras nos volvemos adultos, aumenta nuestra desconfianza y perdemos (o atrofiamos) la capacidad innata de experimentar la magia porque nos sentimos obligados a racionalizar y mecanizar, dejando adormecida para siempre no solamente la envidiable capacidad del niño de creer, sino también múltiples procesos mentales y hábitos asociados. Yuka encarna la persistencia de esa mentalidad: nos resulta simpática, pero también fuera de foco, porque mientras anhelamos secretamente retornar a nuestra infancia, somos conscientes del orden natural, las imposiciones sociales, las urgencias del trabajo. Estamos contaminados de la crudeza del mundo adulto que enseña a diario, a cocachos, que soñar con convertirse en cantante es ocioso y estúpido, que debemos plantarnos sobre la tierra y dejarnos de divagar. La facilidad del niño para establecer relaciones de causalidad entre eventos no relacionados o concederle carácter de verosimilitud a situaciones ilógicas no porque satisfagan las leyes científicas, sino porque son especiales y sorprendentes, se vincula con el ejercicio constante de la imaginación, la espontaneidad, de enlazar con naturalidad sueños y vida porque no existen límites cognitivos suficientes. En suma, la libertad para proyectarse sin ataduras, pues la realidad es el espacio donde se concreta y consuma lo imaginario. Por tanto, creer en la magia guarda una relación intrínseca con recuperar la esperanza, los anhelos, el espíritu de antaño, cuando las chicas saborearon un éxito menor, pero inolvidable, que sintetizaba ese amasijo de sensaciones que condensaba su amistad: sentimientos, aspiraciones, aficiones. Mientras no puedan recobrar el impulso mágico, lo demás (que vendría por añadidura) corre el riesgo de desaparecer, porque, según lo plantea Natsuiro Kiseki, la amistad sería comparable al milagro: se necesita mucha fe para gestarla. Ese poder, nada sobrehumano, se reactiva en simultáneo cuando son inspiradas por una reflexión casual que consigue, no obstante, despertar en ellas un aletargado afán de trascender o liberarse. Entonces, logran un contacto espiritual, una coincidencia plena que encuentra reflejo en las cualidades, ahora sí fantásticas, de la piedra mítica. Si compartir un vínculo implica una forma de conjuro mágico, cada elemento es indispensable: para volar, se requería alcanzar un acuerdo, una unidad emocional y psíquica, en otras palabras, sentir y desear lo mismo. La renuncia de Saki rompe el circuito, frustrando la ejecución del ritual de la amistad. Sin embargo, la rubia participa del vuelo fabuloso, un símbolo transformado en acto: soltarse de cualquier restricción (incluso la gravedad), elevarse por encima de sus limitaciones y divertirse persiguiendo lo asombroso, lo excitante, lo extraordinario. Las chicas vislumbran la posibilidad de transformar el mundo mediante la voluntad, mientras esa experiencia mágica sea compartida, como jugando. La tarea pendiente de volver a reconciliarse siembra una pequeña intriga, que cierra con incertidumbres un prometedor primer episodio.

2 comentarios

  1. ele-ene-ene

    Se fue Ano Natsu y llega Natsuhiro, título similar, locación parecida y mismo marco temporal. Tal vez la insistente referencia al verano de 2011 tenga que ver con el tsunami del 11 de marzo, que alteró significativamente los sueños y expectativas típicos de las vacaciones en la siguiente temporada estival japonesa. En Ano Natsu es importante el tema de la conmemoración de los seres queridos que ya no están y el mantenimiento de los lazos afectivos a través de la distancia, veremos si Natsuhiro marcha en ese sentido también.

    Pude ser interesante analizar Natsuhiro según la visión de ciertos obsesivos del Plot, tal como Serious la presenta en un comentario al cap 8 de Nisemonogatari. Con respecto a la circunstancia central del cap 1, vemos que el cuarteto protagónico se enfrenta inesperadamente a un cambio mayor. Venían manejándose con pequeños ajustes al encontrarse en situaciones tales como el concurso de talento infantil, que le dio a la piedra del templo un significado especial para las chicas, y el ingreso al club de tenis, que integró dos subconjuntos al interior del grupo original: Saki y Natsumi en su objetivo jurado de llegar a las nacionales, y Yuka y su secuaz Rinko excluídas de ese designio, continuando con la idea de ser idols. Para los obsesivos del Plot, no alcanzaría con la estructura inicio-nudo-desenlace si el desenlace no implica algo más que pequeños ajustes y la estructura original de relaciones entre los personajes, o entre los personajes y las cosas, se mantiene básicamente en su lugar. Se dice entonces que no pasó nada, o casi nada, y lo que se busca es que pase algo. Lo definitivo contra lo rutinario. El traslado de Saki a Tokio amenaza alterar la estructura básica y hacer que ese algo pase, como coincidentemente también esperaban los personajes de Ano Natsu, aunque aquí el cambio parece haber tomado un rumbo indeseable. Es ocioso decir que actitud equivocada de Saki se debe a que no está preparada para tal cambio, porque justamente son estas circunstancias mayores las que preparan a las personas, las hacen madurar: promesas que no se pueden cumplir, responsabilidades abandonadas, afectos que se alejan. Queda para el próximo capítulo ver si la manifestación de la magia de la piedra es una circunstancia más del cambio mayor, que altere fundamentalmente la rutina del cuarteto, o si resulta un atenuante que lo amortigüe tanto, que quede reducido a otro pequeño ajuste y aquí no ha pasado nada, o casi nada.

    9 abril 2012 en 14:56

  2. davidvfx

    debo que el 1er ep me gusto, y tambien interesante analisis.

    algo mas?…. mmm a si, que a pesar de la risa altisonante y que tiene la articulacion vucal mas grande que las demas feminas de la serie…. Yuca es un amor~~~!

    13 abril 2012 en 11:16

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