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Another 12 (FINAL): Una tragedia clásica

Another proponía una curiosa mezcla genérica de horror y misterio, dos vertientes narrativas dirigidas a estimular esferas opuestas de la mente humana. Mientras los relatos de terror buscan incitar su dimensión irracional o pasional, provocando la emergencia de pulsiones instintivas o sacando a flote los bemoles del inconsciente, las historias de intriga pretender convertir en espectáculo el ejercicio refinado de la razón, enfrentando al héroe ante incógnitas que desafían sus habilidades deductivas. Sin embargo, la antítesis es aparente, pues ambas fórmulas recurren a núcleos cognitivos similares para generar la peripecia: la confrontación del sujeto ante lo desconocido, aunque el horror lo conciba como imposibilidad (inaccesible, incomprensible, desfamiliarizado), mientras el misterio lo perciba como horizonte de conocimiento. Otro factor común es la presencia del suspenso o thriller, que añade una dimensión psicológica a asuntos místicos o lógicos, y consiste en sembrar la trama de constantes incertidumbres, dudas o desconfianzas que enrarezcan o entorpezcan la capacidad del protagonista para discernir la realidad, envolviéndolo en un clima de extrañeza. Sin embargo, alargar esa tensión por siempre sería impráctico e inviable porque esta clase de relatos exigen una definición: en consecuencia, si durante diez episodios la serie se encargó de empujar al elenco contra el borde del abismo, el desenlace, por necesidad, abarcará ese desbarrancamiento con predecible violencia, porque se arrastra al extremo de angustia y asfixia un amasijo de emociones contradictorias. Cada nudo atado con sufrimiento, deberá desatarse con dolor. De igual forma, aunque el argumento se esparza de enigmas, en determinado punto, las preguntas importantes serán resueltas, el rompecabezas medianamente completo, la coherencia restituida. Porque, en Another, encontrar la verdad, hallar la paz, salvar el pellejo, recobrar la memoria y construirse un futuro son operaciones casi equivalentes o, diríase, interdependientes. El cortés y estudioso Tomohiko Kazami pasó meses incubando un rencor agudo contra el protagonista, ocultando y reprimiendo su resentimiento por la muerte de Yukari Sakuragi (la supuesta primera víctima), la dulce y amable meganekko por quien –asumimos- profesaba ciertos sentimientos nunca confesados (y quizá abrigaba celos injustificados hacia el alumno de intercambio porque la difunta lo prefiriera). La oportunidad de vengarse y compensar sus frustraciones solo acabará por transportarlo a la enajenación: caída la careta del chico bueno, solo resta la mueca de desesperación, el rictus del dolor convertido en locura.

Si durante los primeros minutos del derrumbe del sistema los estudiantes intentaron sobreponerse a la anarquía plegándose a una histeria colectiva de ímpetus asesinos, darse cuenta del incendio reconfigura sus prioridades, pues las condiciones materiales (la posibilidad de morir aplastado por columnas o candelabros) los obligan a asegurar su supervivencia inmediata, a correr y escapar, a percatarse del peligro antes de detenerse a perder tiempo en linchamientos. Jamás me cansaré de resaltar el mérito de P.A. Works al realizar el seguimiento individualizado del elenco completo, incluidos los personajes terciarios, tanto fallecidos como sobrevivientes, presentando sus respectivos desenlaces, sus dramas particulares de veinte segundos. Este collage de historias microscópicas personalizadas no requieren siquiera de revelar en pantalla los nombres de cada estudiante ni urdirles una trama a profundidad: basta con armonizar rasgos que configuren identidades arquetípicas. El caso de Matsuko Arita resulta ilustrativo: tiene la apariencia de una chica común y corriente, desprovista de atributos destacables. Esa carencia le permite pasar desapercibida, mimetizándose como elemento neutro dentro del conjunto. La fortuna la convierte en representante del alumnado promedio en su azarosa lucha por salvarse del incendio: la muchacha del polo amarillo sirve como soporte narrativo para narrar ese proceso en sus distintas etapas. La vemos divagar hundida en la desesperación, casi desfalleciendo, hasta despertar de casualidad fuera del hospicio y refugiarse junto al auto de Chibiki. Parece irónico: mientras más notoria o distinguible fuese una personalidad, las probabilidades de morir aumentaban. La maldición perdona al sujeto simple, al menos perceptible, y castiga al sobresaliente. En las antípodas encontramos al personaje más resaltado y preponderante, cuya presencia avasalladora acapara con solvencia las escenas donde participa: Izumi Akazawa, desde su concepción gráfica, atrae la atención, invita a fijarnos en sus acciones, actitudes o palabras gracias al carácter fuerte, ceremonioso, absorbente. Esa imagen de fortaleza trágica al borde del descalabro se configura explotando un aspecto gráfico propenso al tremendismo, pero conveniente para expresar los efectos del estado de ánimo sobre la identidad del sujeto: la gestualidad. Las diversas fases de alteración mental que padecen los estudiantes alcanzan su cúspide de exacerbación y dramatismo sobre el rostro de Akazawa, que atraviesa los estadíos de desasosiego, sorpresa, angustia, arrogancia, cólera, frustración. Nos sorprende y conmueve porque presenciamos en acción, en movimiento, los efectos de la desesperación laberíntica, del último cotejo con impulsos tanáticos guiados por la amargura, el resentimiento, la inseguridad. Cuando intenta rematar a Kazami, su petulancia, su altanería nos suena natural, pero sigue pareciéndonos moralmente irreconocible, a punto de naufragar, de pervertirse, de perder la batalla. Oportuno cual voz de la conciencia, Chibiki, el bibliotecario penitente (que suele esconderse en su ermita libresca), impide el desborde fatal de pulsiones inconscientes, todas destructivas y sueltas en caos. El nivel consciente (donde habitan todavía los mandatos éticos, los principios, los valores) intenta controlar al animal salvaje, al instinto desbocado que amenaza con perseguir sus impulsos absolutos, hacia la aniquilación total. Por desgracia, se desató la hecatombe: la sociedad, garante del discurso que sostiene nuestros parámetros de conciencia, es incapaz de sujetar los ímpetus perniciosos de sus integrantes. El adulto perdió autoridad: aunque todavía pretenda normativizar al adolescente, la catástrofe ha anulado esa estructura jerárquica fundada en el respeto, imponiendo otros parámetros que definen una nueva legalidad, barbárica y psicótica, que podríamos resumir así: “El ejercicio del derecho solamente descansa sobre quienes viven en carne propia la urgencia de salvaguardar cada segundo su supervivencia”. En consecuencia, la justicia se torna antojadiza, la verdad se asume –inevitablemente- circunstancial.

Como anticipábamos, el evento crucial antes de proceder al develamiento (o revelación) del misterio, implicaría la confrontación entre polos opuestos del espectro femenino. La rivalidad, al inicio simbólica, trasciende el espacio connotativo, para materializarse en acciones concretas, mediante un duelo de antítesis, de cuyo choque emergerá una síntesis, si acaso consideramos esta dinámica de coincidentia oppositorum una forma violenta de debate o quizá una metáfora del diálogo imposible entre dos posiciones discursivas, una situación comunicativa impedida o acelerada hasta sus elementos más primitivos por culpa del contexto apremiante: mientras la jefa de contramedidas intenta asesinar a Misaki, la chica del parche está decidida a matar al “extra”, pero ambas han aceptado cargar sobre sus hombros, a costa de cualquier remordimiento, la responsabilidad enojosa de devolverle el orden al mundo. Además, ambas acogen este deber como penoso, pero irremediable. Alguien debe hacerlo, aunque involucre cometer un crimen y teñirse de maldad. No obstante, difieren en la manera de enunciarlo o articularlo con la intención de integrarlo a un designio moral. Akazawa solía apoyarse en una argumentación cívica del deber: realizar un sacrificio en nombre de la comunidad porque es obligación del líder (el más inteligente, fuerte o prudente). Bajo esta perspectiva de inspiración aristocrática, todo individuo con habilidades superiores debe considerarse un elegido. Luego, reformula el carácter de su misión, afirmando su derecho a matar bajo el derecho que asiste al guerrero de forjar su supervivencia. Misaki, en cambio, ha atravesado un largo período de dudas, y aunque reconoce la necesidad urgente de frenar esta espiral de desdichas, no busca justificaciones que adornen su decisión de matar porque la juzgará igual de atroz y deplorable. Es complicado descifrar el razonamiento de personajes con mentalidades tan inaccesibles y sorpresivas, porque su poca expresividad nos otorga escasos elementos de especulación, pero imagino que Mei-chan siente el peso de poseer un talento detestable y odioso, que preferiría no utilizar, pero le permite acceder a determinado conocimiento (igual de aborrecible) que ayudaría a salvar muchas vidas. Por tanto, al afrontar ese compromiso, busca redimirse o sanearse de culpas, aliviando el “castigo” de portar ese nefasto ojo de cristal. Sin embargo, pese a las diferencias e incompatibilidades, constatamos en ambas un impulso heroico, incluso si alguna defiende un ideal equivocado: el heroísmo, antes que reflejarse en determinadas coordenadas ideológicas, es cuestión de actitudes, de talante. La imagen de Misaki y Akazawa encarándose en silencio delante de la escalera mientras la casa se desmorona entre llamas y destellan al fondo los impensados vitrales recuerda los clásicos careos previos a un combate de pistoleros o espadachines: muy simétrico y enfático, resaltando su carácter bélico, confrontacional, pero también decisivo, pues la circunstancia funesta conducirá a definir una solución al principal conflicto a nivel de símbolos o estructuras visuales. La presencia de Sakakibara completa la estructura triangular que subyace, en alusión a fórmulas extraídas o deformadas (a propósito) desde el melodrama. Aunque se mantenga a nivel de sospechas o intuiciones, cuando se traslada a la acción, intervienen otros elementos además de la pasión, comprobando esta técnica recurrente en Another de transmutar ingredientes típicos de otros géneros y someterlos a una desfiguración al servicio del relato de suspenso: la pelea entre polaridades exige la anulación del tercer punto o mediador. La constante polémica disuasoria entre Sakakibara y Akazawa trata de impedir esa eventualidad, ineludible porque se alcanzaron los extremos. El diálogo conciliador supone un espíritu de negociación, la disposición a ceder: desde la óptica de Izumi (y muchos estudiantes), el sistema que avalaba estas prácticas se fracturó. El protagonista pretende intervenir –como Chibiki- en defensa de valores o ideas caducas: su presencia estorba porque intenta desestabilizar la verdad del fanático.

Según extendamos nuestra definición de tragedia –a veces tomando prestados algunos elementos clásicos-, podemos calificar a Akazawa de perfecto personaje trágico, cuyo transcurso completo por el relato describe una peripecia, un cambio de suerte. Aunque no pretenda vincularlo con conceptos culturales ajenos (el Destino griego, la Fortuna medieval), se observan similitudes entre nociones provenientes del drama antiguo, reformuladas en un escenario posmoderno. Al inicio, Izumi representa las virtudes perfectas del ciudadano ideal: es madura, inteligente, sagaz y poderosa. Sus compañeros la respetan y admiran. Esta imagen irá marchitándose o desintegrándose hasta degenerar en su propia negación. La jefa de contramedidas se transforma en un monstruo apasionado e inflexible, enardecida por la impotencia y enceguecida por el orgullo, moviéndose aún bajo convicciones soberbias, incapaz de ceder o rendirse. Esa tenacidad, el mantenerse fiel a un espíritu y línea de conducta, sería admirable si acaso no estuviese enturbiada por la obstinación, la intransigencia, ese empeño desesperado de ajustar la realidad a nuestra interpretación. El héroe trágico suele mostrarse virtuoso: paradójicamente, sus cualidades y talentos humanos derivan en su perdición cuando el sujeto incurre en hybris, en desmesura. Para simplificar definiciones y restringirlas a la lectura que propongo, podemos equiparar este “error” o “incorrección” que cometería Akazawa con el aspecto amargo y pernicioso de su heroica personalidad, en concreto, cuando la disciplina, rigor, entereza y fuerza de voluntad se desfiguran y envilecen, convirtiéndose en terquedad, odio y arrogancia. Aunque no llega al exceso de endiosarse, su pensamiento la induce a considerarse una vengadora o justiciera legítima, en cuyas acciones se encarna o certifica la verdad (solo le creerá a Sakakibara después de ejecutar el crimen). La zozobra emocional la empuja a creer, reforzada por la rabia, que sus decisiones son incontrovertibles, arrogándose un monopolio axiológico, un protagonismo moral absoluto e indisputable, como sacerdotisa del último ritual de la muerte. Incluso se emplea el plano contrapicado, que consiste en enfocar al objeto desde abajo, transmitiendo la sensación de poderío o grandeza, acorde con el discurso donde Izumi declara, primero, sentirse frustrada ante la incomprensión de sus compañeros, y luego, elige borrar de plumazo cualquier elemento contradictorio que perturbe la solidez de su verdad. Se tiende una relación causal entre desengaño, autoritarismo y desbalance, que culmina cuando ese destino o fuerza misteriosa y todopoderosa, que Akazawa intentaba –infructuosamente- combatir y rebatir, le propina el castigo definitivo. Su muerte nos causa conmoción (y quizá nos subleve, nos apene, nos parezca injusto) porque el personaje trágico debe establecer un vínculo psíquico con el espectador, generándonos simpatía e identificación (el pathos), que conduzca, mediante nuestra compasión o asombro, a efectuar una catarsis personal: la tensión depositada en sucesivas experiencias de horror desemboca en una instancia dolorosa de purificación, donde acompañamos al personaje a reconciliarse por partida doble: abriendo los ojos ante la realidad (incluyendo la recuperación de sus memorias) y recobrando el equilibrio espiritual reencontrándose con sus seres queridos, a manera de consuelo o reafirmando su honor. Izumi logra rearmar el rompecabezas del recuerdo, pero ese regocijo, esa migaja de plenitud se experimenta casi como un delirio de moribundo, un conforte previo al estertor, porque, siguiendo el hilo ominoso del sentimiento barroco, vivimos en una realidad engañosa, embaucados por la apariencia, y cuando esa superficie frágil de falsas certezas se quiebra, recién accedemos a contemplar la verdad. Sin embargo, esa ruptura liberadora es la muerte, que equivale al despertar. Recién entonces, el sujeto experimenta un atisbo de alegría nostálgica, de triste satisfacción, de vida auténtica. Nos resulta cruel y desproporcionado pues, en balance, Akazawa no incurrió en maldad alevosa ni actuó con manifiesta perversidad. Incluso comprendemos sus motivos, aunque sus reacciones nos incomoden. En efecto, parece un abuso, pero a diferencia del villano del melodrama (que merece su culpa en términos jurídicos y religiosos), el héroe trágico está envuelto en una conjura cósmica, su grandiosidad es herramienta del Destino, porque su heroísmo es consustancial a la catástrofe. Todos hubiésemos deseado que Izumi concediera el beneficio de la duda a Misaki, que escuchara a Sakakibara, que desistiese, soltara el arma, fuese débil. No obstante, dado el contexto, presagiábamos con pesimismo, que sería imposible. Cuando el individuo forja, mediante sus equivocaciones, esta situación de entrampamiento, anulando sus opciones, cerrando sus salidas, se allana el camino, a veces glorioso, hacia la tragedia.

Resuelta la controversia simbólica, el relato aborda su nudo argumental más intrincado: el misterio del “extra”. El asunto se resuelve con celeridad si consideramos -como criterio de valoración- la orientación detectivesca de episodios anteriores, donde los estudiantes se dedicaban a recoger y descartar pistas, bregando por hallar un resquicio de claridad en condiciones de turbulencia cognoscitiva. Emplear un dispositivo mágico (el ojo de muñeca) desluce el proceso previo, en especial, cuando Misaki, sin necesidad de efectuar un ejercicio deductivo complejo, logra identificar al “buscado” aplicando un dispositivo instantáneo e infalible. Esta inmediatez no anula la intriga porque la respuesta esperada (el nombre del acusado) no cancela la secuencia de preguntas por contestar: en cambio, la revelación inicia un ciclo de explicaciones, una reinterpretación del pasado. Se procede a reconstruir la Historia llenando los vacíos abiertos por el fenómeno de amnesia selectiva (o hiatos informativos), respondiendo al cómo, cuándo, dónde o por qué, estableciendo cadenas causales, despejando las tinieblas del enigma para reponer la luminosidad del sentido. Ese evento de rescate conceptual concita la curiosidad porque deseamos integrar el conocimiento dentro de una narrativa coherente, ordenada, transparente en términos lógicos y discursivos (sin importar el ingrediente sobrenatural, mientras se comporte con congruencia). En otras palabras, queremos ubicar el dato escondido, la palabra faltante, para después reorganizar el relato completo y encontrar la razón, el fundamento detrás de tantas situaciones extrañas y percatarnos de cuán normales o razonables eran. Antes que sumergir al espectador en pesquisas policiacas, Another acumulaba indicios inseguros o insertaba nuevos rastros para confundirnos o generar una sensación de duda, tornando en caos las esperanzas de administrar con inteligencia la información. Cuando los muchachos encontraban un nuevo vestigio, elaboraban conjeturas y desechaban sus anteriores creencias antes que reforzarlas: cada supuesto avance consistía solamente en ahondar el estado vertiginoso de incertidumbre, redundando en un círculo vicioso. Por ejemplo, la grabación que contenía la receta triunfal termina causando la muerte de personas inocentes. El consejo de matar al “extra” no aporta datos concretos, sino más responsabilidades penosas, más vacilaciones y, finalmente, la locura. Una resolución intelectual de carácter científico era inviable cuando el sujeto está imposibilitado de inventariar con seguridad y precisión el conocimiento requerido porque las fuentes están alteradas o eliminadas. La única forma de aclarar el panorama era viendo detrás del tupido velo de las apariencias, es decir, contemplando directamente la forma de la muerte. Misaki funge de intermediaria, de cámara, porque la función ejecutora del desenlace (realizar la acción crucial) le corresponde a Sakakibara. De nuevo, todo parece orquestado de antemano para ajustarse a un guión sádico compuesto al antojo del “destino” dictado por las fuerzas misteriosas. Meses atrás, la presencia del muchacho era impredecible (e incluso, indeseable), pero su arribo a Yomiyama era indispensable y oportuno, porque dispone en exclusiva del detalle clave cuya elipsis (u omisión intencionada) afecta la lectura del relato como conjunto de incidentes relacionados. Además, P.A. Works se guardó de mantener este secreto ensayando un original recurso de enrarecimiento a nivel audiovisual: procurando diferenciar a Reiko y Mikami-sensei, diseñaron dos identidades gráficas independientes y emplearon a seiyuu distintas. La separación funciona porque evidencia una concordancia sintomática entre fondo y forma, entre tema y composición. Una serie donde asuntos como la dualidad apariencia/realidad o las verdades engañosas son frecuentes debe valerse de tretas, trampas o mentiras para transmitir esa atmósfera al espectador. Se viola, además, el principio de focalización: supuestamente, creíamos acceder al mundo de la ficción (mayormente) mediante la mirada de Sakakibara, que captábamos la realidad, conocíamos o ignorábamos “como” el protagonista. Ahora descubrimos que también nuestro informante privilegiado guardaba un secreto obedeciendo a rajatabla la recomendación de Reiko al extremo de ocultárnoslo a nosotros, el público. Este ocultamiento es trascendental para generar el último gran instante de tensión y perturbación, pues el joven forastero, desconcertado y plagado de dudas inmensas, enfrenta varias disyuntivas atroces. Su perfil caballeresco le ordena evitar que Misaki se ensucie las manos, pero asumir la tarea nefasta y traumática de matar vuelve a arrinconarlo contra la pared: asesinar a un familiar o perpetuar la maldición, ambos con agravantes de remordimiento. Cualquiera fuese su elección, sería culpable de consentir o concretar una atrocidad. Para complicar su decisión, incluso si devolver a Reiko al lugar donde pertenecen los muertos (recuperando el orden cósmico) fuese lo correcto desde una visión normativa, ¿acaso no resultaba injusta su primera muerte, a manos de un desalmado asesino, cuando estaba joven y llena de ilusiones? ¿No tenía derecho a “regresar”? ¿Es válido truncar ese legítimo interés por permanecer en el mundo? Se argüirá que, según un testimonio, los “extra” carecen de alma y sentimientos reales, serían “apariencia” de personas, un cascarón, una fantasía que atropella y transgrede el orden natural; sin embargo, a falta de fuentes garantizadas que emitan un discurso infalible que describa la realidad, estamos condenados a corroborar o certificar la verdad en el acto. La decisión de Sakakibara implica un múltiple acto de ruptura: ante un presente irreal, frente al traumático pasado, aceptando su pérdida de inocencia. El ataque respiratorio que sufre luego del homicidio ritual somatiza ese quiebre y cierra un círculo: la pesadilla culmina como empezó.

Consideraciones finales
Es enojoso dirimir sobre méritos o reconocimientos a la “mejor serie de invierno”, en particular cuando nuestros criterios de estimación son variables y debemos cotejar series de atributos o géneros tan disímiles como Nisemonogatari, Danshi Koukousei no Nichijou, Rinne no Lagrange o Another. Sin embargo, la adaptación de la premiada novela de Yukito Ayatsuji brilla por cualidades innegables. P.A. Works jugó sus cartas con destreza ingresando a un filón narrativo poco habitual: el horror psicológico, el thriller, el pánico sobrenatural, el misterio, la intersección entre los recovecos del inconsciente colectivo y el choque entre la mentalidad mítica tradicional (adormecida, pero palpitante) y un contexto posmoderno. Quienes conocemos la trayectoria del estudio desde su auspicioso debut con true tears, aguardamos de los hacedores de Angel Beats! o Hanasaku Iroha un nivel de animación prominente y vocación puntillosa al detalle gráfico: son creadores de universos visuales hermosos y consistentes, incluso si esa belleza se torna sórdida, oscura y tétrica, adaptándose al esteticismo retorcido y decadente que exigía Another. La calidad es irreprochable porque consigue trasladarnos a una realidad alterna, verosímil y consistente, donde cuentan incluso los pormenores más ínfimos, como la misteriosa sonrisa de Misaki que cierra la historia volviéndola a abrir hacia nuevas interpretaciones, cual inquietante Gioconda. Otro acierto compositivo reside en elaborar atmósferas visuales cargadas de claroscuros, sombras y contrastes, contagiando al ambiente de la oscuridad intelectiva que satura al relato. Los personajes se desenvuelven en espacios lóbregos donde se vislumbra una extravagante finura, una hermosura enfermiza, frágil. Además de sus bondades artísticas, Another nos brindó una historia apasionante, narrada con maestría para administrar la materia del relato con exactitud y dejarnos, cada semana, colgados de alarmantes cliffhangers que redefinían o ponían en entredicho nuestras certidumbres. El sensacionalismo sanguinolento de algunas escenas fatídicas sirvió para enganchar a determinado sector de la platea, adepta al gore, los eventos impactantes y la crudeza física; no obstante, la exposición desfachatada de horror fisiológico no agotaba ni condicionaba las posibilidades expresivas de la serie, pues lo escalofriante provenía de lo oculto, lo silenciado, lo inconcebible. Las muertes aparatosas solo añadían un grado mayor de dramatismo y espectacularidad a un entorno ominoso y macabro, donde los objetos y situaciones más cotidianas se tornaban más desfamiliarizadas. A final de cuentas, el elemento unheimlich por excelencia siempre habitó en casa del protagonista: pertenecía a su “familiaridad”. Para finalizar, Another amerita recordarse con cinco estrellas (como viene haciéndose sana costumbre respecto de P.A. Works) gracias al trabajo de diseño de personajes, notable por concederle identidad incluso al alumno menos participativo, y porque nos legó dos figuras magníficas, colosales, como Izumi Akazawa y Mei Misaki. A principios de temporada, guiados por nuestra prejuiciosa capacidad de identificar arquetipos, muchos creímos que tendríamos a la clásica delegada tsundere y cabezadura, y la enésima versión industrializada del fetiche de la chica del parche. Además de reformular los estereotipos, sus personalidades magnéticas cobraron una autonomía y vivacidad insospechadas hasta convertirse, a nivel simbólico, en las fuerzas rectoras del relato, bastante apropiado para una serie pendiente del pathos. La marginalidad de Misaki, su aura de misterio y peligrosidad que, mientras vamos conociéndola, irá “refamiliarizándose”, su amplitud de matices psicológicos –todos justificados-, e incluso esos gestos de vulnerabilidad la convierten en el personaje más rico y sugestivo del pasado invierno.

2 comentarios

  1. Por cierto, el seiyu de Reiko y Mikami-sensei es en realidad el mismo, lo que pasa es que hay un juego de palabras por parte de los autores que disfrazaban a una como “Sakakibara Naoko” (Reiko) y a la otra como Miyamaki Misayo, que puede ser leída como “Yomiyama Misaki” (Mikami-sensei). En realidad se trato de una broma o de un modo de despistar más a los espectadores y no se dieran cuenta de que las dos son la misma persona. Por otra parte, creo que uno de los temas más fuertes en Another y que termino siendo el problema central fue la memoria, y más cuando pensamos en las palabras finales de Kouchi, donde el mismo se pregunta si hasta los más perversos crímenes pueden ser olvidados, lo que nos deja preguntándonos por la fidelidad de nuestros recuerdos. Al final es posible que los protagonistas de esta catástrofe se olviden de todo y terminen reprimiendo los recuerdos que los atormentan, mientras una nueva generación se enfrenta a las desgracias de ese ciclo interminable.

    Otra cosa: el anime, por ser anime, le dio mucha relevancia a Akazawa, en realidad en la novela y en el manga no es tan “perfecta” ni importante, de hecho termina culpando a Mei y Kouchi de todo lo sucedido. Creo que en esta adaptación era necesario darle más participación a su personaje, aún así pienso que lo hicieron bien, pero no lo suficiente. También considero mejor el final del manga y mejor desarrollada la historia en blanco y negro que en el anime, aunque no sin desprestigiar mucho de lo que se hizo. Me gustó la verdad la relación entre Mei y Kouchi, creo que fue una de las relaciones más naturales que he visto en mucho tiempo, sin caer en los trillados estereotipos del anime, muy realista en mí opinión…

    5 abril 2012 en 20:47

  2. Un impactante final – pese a no ser partidario del gore – para un gran historia, lóbrega, cruel y misteriosa, pero también fascinante en su planteamiento.

    El artilugio usado por PAWorks para ocultarnos hasta el final la identidad del “extra” fue en verdad exquisito, ya que nos mantuvo con la duda, haciéndonos sospechar de todos, inclusive del mismo Sakakibara; en mi opinión el trabajo de animación, el desarollo de los personajes, el manejo de sus expresiones, la ambientación y el suspenso ha sido excelente, personalmente la considero la mejor serie de la temporada, sin desmerecer las demás producciones.

    Coincido que el enfrentamiento entre Akazawa y Misaki fue una de las mejores escenas, me recordó los duelos legendarios de los poemas épicos (por primera vez pude ver miedo en el casi inexpresivo rostro de Mei-chan) y fue doloroso ver perecer a Izumi en una forma tan cruel. Coincido también con la opinión de Fortuna87 en los referente al tema de las memorias, me parece inconcebible que nadie recordara la muerte de Reiko, aún sus parientes más cercanos; también me pareció cruel (algo implícito en la calamidad supongo) someter al protagonista al dilema ético y moral de enviar nuevamente a la muerte a un ser tan querido, aún si de eso dependiera acabar con la fatalidad… incluso llegó a cuestionarse si debía confiar en las palabras de Misaki.

    Finalmente debo añadir que aunque quedaron muchas preguntas sin resolver… ¿la fatalidad acabó realmente? ¿continuará el siguiente año siguiendo un ciclo interminable como lo menciona fortuna87?… ¿el extra es culpable o solo forma parte del ciclo?, la historia sigue siendo excelente… habrá que proponer a la austera Misaki Mei como la nueva Gioconda a raiz de la misteriosa sonrisa con la que cierra esta historia, abierta a un sinnúmero de interpretaciones.

    8 abril 2012 en 01:39

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