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Another 11: Mil maneras de morir

Quizá suene contradictorio y seguro disentiré de la opinión general reflejada en numerosos foros de discusión, sin embargo, en cuanto a valores de dirección, este episodio de Another me pareció flojo, pese al intenso thriller, la conjunción acelerada e incesante de eventos perturbadores y aquella sensación de caos total, desequilibrio y desmoronamiento que inunda esa noche fatídica donde se concentra cual catarata de fatalidad el colmo del pánico absoluto. En efecto, la acumulación de escenas de acción y muerte ayuda a incrementar la tensión y mantiene en vilo al espectador; sin embargo, el trastorno psicológico masivo que asalta de golpe al salón entero, encendido cual reguero de pólvora por una desquiciada y tenebrosa Takako Sugiura resulta demasiado sorpresivo, poco anticipado o dosificado sin antecedentes que justifiquen una transición fluida entre el mutismo, la cobardía y la pasividad del alumnado y la reacción inmediata, en bloque, de algunos elementos cuya cuerda psicótica se activa hasta el límite después de escuchar un fragmento descontextualizado de la famosa grabación. El escenario social es curioso y merecería un análisis a profundidad, pues involucra una versión más violenta, descarada y descarnada (porque implica el asesinato) del recurso al chivo expiatorio, empleado como pharmakos, como medio de salvación o redención colectiva. El aula 3-3 constituía una pequeña sociedad a escala, a nivel micro: había reconocido a determinados integrantes como voceros o líderes de opinión y delegaba en estas personalidades la responsabilidad de representarlos y dirigirlos en cuestiones que atañían al factor de cohesión básico del grupo, la lucha agónica contra la maldición. La autoridad de Akazawa había sido cuestionada en secreto por Sakakibara y otros alumnos que decidieron emprender su propia búsqueda, a espaldas del equipo de contramedidas. Ese primer indicio de desestructuración tendrá consecuencias desastrosas, como el resto de silenciamientos, voluntarios o forzosos, pues las redes de información establecidas (quién sabe qué) son enmarañadas, complejas y, casi siempre, fragmentarias y propensas al equívoco.

En principio, destaca la ausencia de canales comunicativos claros. Los personajes eligen quedarse callados por miedo, vergüenza, dejadez u obediencia, pero las verdades se revelan siempre a cuentagotas, por pedazos, afectadas por continuas interferencias. No existen instituciones sólidas, dirigidas por adultos, que intervengan como mediadores efectivos. Chibiki cuenta con conocimiento pormenorizado del tema, guarda un registro anual del fenómeno, ha dedicado una vida profesional a saldar esa penitencia, pero insiste en trabajar con perfil bajo, sin tomar la iniciativa y actuando con cierta parsimonia, resignado por completo a lidiar con situaciones absurdas. La profesora Mikami se encuentra, al inicio del episodio, sumida en una especie de narcosis o embotamiento, paralizada e incapacitada anímicamente para asumir su función docente. Su actitud delicada y conciliadora no ayuda a imponer respeto ni permite restablecer las jerarquías cuando las pulsiones de supervivencia comienzan a erosionar y derrumbar los pilares normativos de esta sociedad en miniatura. Recibe un simbólico golpe en la cabeza: representa el caos absoluto, el desmoronamiento del orden, cuya aplicación reprimía los instintos y pulsiones. Las normas, sean tácitas o expresas, limitan el margen de acción del individuo para, mediante el consenso colectivo, reducir los conflictos y asegurar una convivencia armónica. Pese al luto, al descalabro, al daño espiritual, los alumnos continuaban respetando este sistema, porque proveía de mecanismos políticos u organizacionales (los delegados), dotados de poder para canalizar sus quejas o reproches y regularizar esa presión silenciosa. Por desgracia, Akazawa aspira al ideal de liderazgo equivocado: aunque las virtudes del perfecto gobernante (léase, madurez, firmeza, tenacidad, disciplina y prudencia) sean apreciadas y enaltecidas en diversos ámbitos, resultan inconvenientes cuando la función exige tender puentes fluidos de comunicación porque genera distanciamiento emotivo entre líder y masas. El protagonista se rehúsa a transmitirle sus descubrimientos. Prefiere solicitar la ayuda de gente “inferior”: una outcast, un deportista idiota, un niño timorato; e instala, sin proponérselo, una brigada de contramedidas alternativa, primer signo de desmembramiento y desconfianza que desatará la tempestad de violencia y locura. La disfuncionalidad del sistema, sumada al cúmulo de pasiones involucradas, conspira para provocar este escenario de máxima zozobra, polarizada entre matar o morir: la inseguridad, la incertidumbre, el temor venían aumentando de forma vertiginosa. Tarde o temprano, los dispositivos normativos serían incapaces de contener o tranquilizar ese montón de ímpetus, mejor dicho, la estructura no aguantaría las exigencias del colectivo porque, cual reventaría cual globo cuando no soportara hincharse más: las energías, los impulsos irracionales buscarían una válvula de escape, reaccionarían al primer indicio de liberación. Takako propina el puntillazo definitivo, una paradoja colosal, pues, además de considerar su posición como mejor amiga y mano derecha de Izumi (quien solía consolarla o reconfortarla), si recapitulamos su índice de participación en episodios anteriores, destaca por mantener un perfil bajo y pronunciar escasas líneas, en síntesis, un personaje con escasa proyección, con apariciones frecuentes pero irrelevantes, adquiere un protagonismo tan inusitado como fugaz, impregnando la totalidad del episodio con su delirio asesino.

Se subvierten o alteran varios elementos que sostenían el tenso equilibrio característico de Another. Los muchachos solían evitar cualquier instancia conducente al conflicto, incluso cuando las circunstancias obligasen a tomar medidas desesperadas o autorizasen moralmente a perder la cabeza. La mayoría optaba por escapar, evadirse, eludir el asunto. Hasta la fecha, las muertes registradas desde abril hasta junio (excepto Kubodera) carecían de componente violento: la maldición se manifestaba mediante enfermedades o accidentes trágicos, nadie atentaba contra la integridad de otra persona con premeditación, alevosía y ventaja. Esta ocasión, la tasa de decesos por episodio se dispara porque se introduce, doblemente ramificado, el componente homicida: mientras los estudiantes son azuzados a iniciar una cacería de brujas, una anciana trastornada promueve su festín de sangre a costa de jóvenes víctimas. En ambos casos, aunque el componente psicopatológico es ineludible, persiste también un subtexto de carácter ritual, mítico-religioso, vinculado a la fiesta macabra y sangrienta del sacrificio masivo. Muchos mitos antiguos hablan de ofrendas de vírgenes, adolescentes o púberes en grandes cantidades para saciar el hambre de monstruos o deidades tutelares y determinados ritos reproducen estas historias con holocaustos de tamaña brutalidad. Aunque, en principio, suene absurdo matar gente joven (pues representa fuerza de trabajo y potencial reproductivo), dentro del razonamiento analógico o metafórico, tiene sentido, pues representan la fertilidad, son semilla de renovación cuya sangre (el principio vital) al verterse sobre la tierra, la nutrirá restituyéndole su productividad. Observemos, además, el contraste generacional: el frenesí diabólico de la anciana nos remite al horror de presenciar cómo las fuerzas caducas extinguen o destruyen las oportunidades de la juventud, alterando el orden natural que exige la sucesión cíclica. El linchamiento colectivo (o caza de brujas) también guarda relación con nociones míticas tradicionales, como la inmolación del inocente o chivo expiatorio en circunstancias de enajenamiento generalizado: una situación de urgencia psicológica o exaltación sobredimensionada se convierte en caldo de cultivo para liberar o darle rienda suelta a impulsos destructivos reprimidos por la sociedad y mediante ese ensañamiento ritual, concretar una suerte de sanación espiritual comunitaria consentida por la religión. En Another, el contexto es idéntico: el temor a invocar a la muerte coarta la libertad del estudiante quien encuentra atenazada su expresividad. Están rodeados por referentes luctuosos que reducen su marco de acción, restringiendo y acallando sus pasiones. Atacar a Misaki les permite volcar sus frustraciones sobre una persona de manera impune. La marginalidad, el aspecto enigmático y poco sociable de Mei-chan, además de sus pésimos antecedentes, la convierten en candidata ideal para tolerar esa avalancha de odio. Dos muchachos se preguntan si la chica del parche será verdaderamente la alumna “extra” y concluyen que “Hay algo extraño en ella”, deduciéndolo de su carácter o apariencia. Misaki causaba perturbación de antemano, pero carecían de motivos reales para transformar su aversión o incomodidad en acto violento justificado. Lo extraño provoca deseos de destruirlo, pero la civilización modera esos impulsos. Cuando Takako difunde el casette, se quebranta la jerarquía, la hostilidad se convierte en único sustento lógico y las leyes se trastocan, reduciéndose a eslóganes de muerte. No existen límites, las acciones están motivadas por ímpetus inmediatos: los alumnos salen a matar, pero temblando de miedo, porque actúan movidos por una especie de arrobamiento o éxtasis horrendo.

Habíamos destacado la habilidad de P.A. Works para conferir a cada personaje de individualidad suficiente para infundir en el espectador sospechas constantes sobre su trascendencia respecto del relato: cada alumno está dotado de rasgos particulares que autonomizan su personalidad e incluso podemos trazar un perfil aproximado, una historia, un background. Hasta la fecha, no presenciábamos escenas de enfrentamientos o discrepancias físicas entre compañeros. La tragedia creaba un entorno de solidaridad. Teshigawara rompe esa regla dorada. El testimonio de Matsunaga planteaba un grave problema ético y práctico: aunque, sobre la superficie, concede al alumnado una pista valiosa para salvarse del fenómeno y evitar la calamidad, esta solución es tramposa porque, administrada por espíritus alterados o gente poco ingeniosa, se transforma en una invitación directa a desconfiar del prójimo, inoculando el virus que fomenta la desunión y lacera las bases del frágil orden social. En concreto, un idiota, un loco o un desesperado podrían generar una reacción en masa contagiando su locura, su idiotez, su desesperación, basándose en una poderosa verdad. Las estupideces del típico amigo segundón (figura popularizada por la comedia romántica como elemento de relieve cómico) solían causarnos gracia: esta ocasión, su falta de inteligencia casi deriva en asesinato. Será apenas el inicio de una oleada irrefrenable de arrebatos. La sensación de desorden sorpresivo que asalta al espectador es proporcional al súbito brote de furia y excitación malsana que sufren algunos personajes. Se convierten en monstruos: si Teshigawara estuvo bordeando ese rango, Takako y Ogura se descarrilan por sendas psicóticas, casi divirtiéndose o disfrutando su arranque de perversidad, poseídas por el ansia, deformando sus gestos de cólera en risas maniáticas. El impulso de matar deja de asumirse como una obligación lóbrega o dolorosa, que debe ejecutarse con rabia o pesar, para incorporarse de manera enfermiza al territorio del deseo. La degeneración es súbita y brusca: antes que responder a un proceso mental, parece obedecer a furores de carácter místicos (una posesión) o instintivos. No hallamos señas de enloquecimiento, ni conductas anormales que induzcan a suponer que Takako estaba incubando semejante grado de inestabilidad. Sin embargo, la depravación que asalta a ciertos personajes, aunque resulte intempestiva, reboza de vigor y vivacidad gracias al tacto de P.A. Works, que construyó alrededor de cada estudiante una identidad, por tanto, cualquier integrante del salón 3-3 se encuentra habilitado para saltar al proscenio sin desentonar o verse plano. Yumi, cuya primera participación saltante ocurre durante el noveno episodio, cuando un camión aplasta su casa matando a su hermano hikkikomori, figuraba como la arquetípica chica linda del colegio, muy modesta, de mejillas sonrosadas y ademanes amables. Los accesorios distintivos añaden, dentro del lenguaje gráfico del anime, características psicológicas o conductuales al perfil del personaje: el gancho de Ogura connotaba valores asociados a la femineidad más grácil y sumisa. De pronto, la vemos transmutarse de golpe y porrazo en una histérica con ganas de cobrar venganza por aniki, pateando puertas, amenazando a Misaki con un cuchillo destellante y ensayando una mueca maliciosa al hallarlos junto a la ventana. La imagen es icónica: la “belleza” (el significado de yumi) se desploma, se pierde la inocencia primigenia, como ocurriera con Takako, cuando su rostro emerge entre la oscuridad o surge de repente a espaldas de Sakakibara como una acosadora. Solían presentárnosla como la clásica meganekko lánguida y taciturna, incluso miedosa o susceptible ante situaciones traumáticas. Cuando se descarrila, su dependencia emocional por Izumi degenera en angustia y obsesión: la amistad es enunciada como imperativo, casi en términos posesivos. El desquiciamiento de Sugiura es sintomático porque simboliza el instante de liberación del caos, la apertura de la caja de pandora neurótica: su talante reservado y lacónico representaba una síntesis del drama del salón, también callado, reprimido, atiborrándose de agobio, impotencia, miedo, desasosiego y demás sensaciones imposibles de expresar. La imagen del desconcierto se manifiesta, entonces, en la desestructuración de dos figuras arquetípicas del moe-ness, terminando por desbaratar el cascarón de apariencias, finamente hilado por Another para retrasar o complicar la revelación de un secreto turbulento: los alumnos preferían sostener ese tinglado superficial porque les evitaba enfrentarse a su faceta más animal.

Proponer atmósferas viciadas de tensión implica someter a los personajes a niveles abultados e insostenibles de presión, situándolos frente a disyuntivas morales, lógicas o sentimentales, donde no existe el riesgo sino la seguridad de traicionarse y perderse. La consigna de matar al compañero, una persona que compartió rutina y experiencias de vida contigo es inmoral, incluso si consideramos la variable pragmatista (mayor cantidad de gente podría salvarse): el bienestar general se fundamentaría sobre un crimen. La deformación psíquica que sufren los muchachos es consecuencia de confrontarse a dicotomías asfixiantes, sin espacio a negociación. Están empujados a tomar una decisión y, ante la premura, el sujeto opta decantándose por respuestas irracionales, sacándose la careta de individuos civilizados. Algunos tienen miedo de hundirse por siempre en el hoyo profundo de la animalidad, quedarse traumatizados, no tolerar el vértigo de asumir su monstruosidad. Sin embargo, entrar al limbo implica transformarse. Por ejemplo, observemos a Yukito Ayatsuji. Es probable que mencionado a secas, ignoremos su nombre, pero recordamos su intervención más significativa: golpear a Mikami-sensei con una escoba. Este tembloroso muchacho de lentes con pinta de nerd nunca destacó en acciones específicos, salvo durante una contra-escena, donde aparecía dialogando sobre libros con Sayuri Kakinuma (la lectora voraz sentada en la última fila). Su imagen no trasunta mucha valentía ni coraje ni impetuosidad. Quizá sea, como su amiga de trenzas, un ratón de biblioteca. Nunca imaginaríamos que lanzaría el primer golpe, agrediendo a una profesora, una mujer desarmada. Ni siquiera está seguro de actuar correctamente, porque sigue tiritando de pánico. Habiéndose impuesto la anarquía, no existen normas ni jerarquías ni amistades ni vínculos: el individuo es soltado al vacío, no encuentra amparo ni sustento, por tanto, aunque necesita reaccionar, sus actos le provocan temor porque se mueven en la incertidumbre. Sin embargo, durante las crisis, emerge también la figura del héroe, aunque sus condiciones sean incómodas, al punto de atraer la antipatía del resto de compañeros, quienes no califican como villanos, sino como circunstanciales obstáculos puestos al antojo por un enemigo mayor, desconocido e incalificable. El gran drama de Another quizá consista en la imposibilidad de personalizar al Mal: se lucha contra un fenómeno, un concepto, una sucesión de hechos, un destino sádico. Los estudiantes trastornados son peones inocentes, supeditados al vaivén de conmociones y desasosiegos: era previsible que terminaran entregándose al tumulto, azotados por la confusión. Mientras ellos perdían la razón, Sakakibara muestra su aplomo: tiene suficientes agallas para reventarle la cara a Ayatsuji y cruzar miradas de perro rabioso con Kawahori, además de intercambiar insultos, un cotejo comunicativo que confirma tanto el quiebre del sistema (incluyendo el ambiente de camaradería) y el derrumbe progresivo de las apariencias: ahora nadie les impide cantarse sus verdades y tratarse con agresividad. Misaki, la outsider, la relegada, la desterrada, es, curiosamente, el único personaje que consigue frenar la escalada de violencia mediante un gesto de ternura que calma (pero también llena de valor) al desconcertado protagonista: no repara en obstáculos, pero escoge correr y escapar no porque sea un cobarde, sino por cuestiones morales. Enfrentar físicamente a sus compañeros es absurdo (por desigualdad numérica), pero golpearlos involucra entrar en su juego, volverse tan loco y bruto como ellos, una espiral sin retorno. La aparente apatía de Misaki resulta sana y bastante humana, contemplada en perspectiva, aunque no descartemos el componente melodramático que sazona y endulza esta escena en medio del clima exacerbado de nerviosismo y tribulación. El amor surge como respuesta nada altisonante, sino sutil y serena, sin siquiera expresarse, sino mediante una sugerencia que consolida la fortaleza del lazo pese a su ambigüedad, o quizá gracias a su indefinición, al mero contacto, sin mediar formalidades, sino el presente, el aquí y ahora.

Cabe destacar la habilidad de Another para plantear los cliffhangers en momentos oportunos, un valor añadido al ritmo trepidante de la narración que continúa en ascenso hasta un punto de quiebre culminante donde se concentran nuevos suspensos: el modelo aplicado consiste en resolver un nudo mediante un evento chocante (por ejemplo, la persecución de Takako cierra con su muerte accidental), que abre interrogantes en vista del siguiente episodio. Esta ocasión, aunque la casualidad conduce a malinterpretar el contexto, todos los hilos (enigmas, interrogantes, dudas) de la serie confluyen sobre Akazawa y Misaki. Se perfila la instancia final del último conflicto encarnado en dos bellas muchachas con filosofías y psicologías radicalmente opuestas. En anime, los personajes más racionales y prudentes suelen convertirse en embajadores de la pasión mientras los melancólicos y pesimistas terminan siendo heroicos y sensatos. Mientras los allegados a Izumi son eliminados, presas de la maldición (el equipo completo de contramedidas ha muerto), Mei-chan, en extraña exhibición de poética, se revela como hija predilecta del Destino, la intocable, la dura de matar, pues cualquiera que intente asesinarla, morirá en el intento. La capacidad de condensar estas expectativas de significado, estas analogías, equivalencias o paralelismos a través del contraste, resalta durante estas escenas de confrontación individual, que alcanzan un clímax cuando, frente al ingenuo e imperturbable rostro ingenuo de Misaki, presenciamos la detallada flexión de músculos faciales de Akazawa. Incluso si restamos el adjetivo de amoroso, existe un triángulo: esa rivalidad, antes tácita, ahora desatada, estaría incompleta sin el componente erótico. Quizá pueda objetarse la naturaleza del deseo, pero sus efectos sobre la realidad son auténticos: ello basta para identificar el germen de una situación conflictiva, un desencuentro, un indicio palpitante de desestructuración.

3 comentarios

  1. No soy muy dado a alabar a una pareja, pero de verdad que el gesto de Mei hacia Kouchi fue conmovedor. Estoy de acuerdo contigo Serious, este episodio fue más bien flojo, no sólo por la ejecución, sino que rompe prácticamente con la urdimbre que hasta ahora caracterizaron el resto de entregas. Fueron mejores los primeros diez episodios que los últimos dos en el ambiente de tensión que construyeron y, aún cuando hayan estallado en esta carnicería, parecía que todo fue muy precipitado y fuera de lugar para una historia que se definía por el suspenso. Creo que ahí se nota la impronta del director de Another, que también era el de Blood-C, de hecho la trama es prácticamente la misma. Aunque es lógico este estallido, si piensas que al final todas las leyes de la sociedad les terminan fallando a los pobres estudiantes del salón, mientras terminan siendo lobos para sí mismos y los demás…

    29 marzo 2012 en 23:31

  2. Si hablamos de heroismo debemos recordar tambien a Mochizuki, ese muchacho timido que al final resulta un gran heroe para su amigo cargandolo por toda una persecusión. En estos momentos uno se pregunta que hariamos en una situación igual y como nos protegeriamos, contra la anciana muchos ya hubieran preferido responder sus ataques por la lógica ”Si estas dispuesto a matar, debes estar concientes que puedes ser muerto” la anciana ya era un caso perdido, nadie persigue a dos muchachos en un incendio sino estubiera mentalmente comprometido. Curiosamente, ese cuarteto de contramedidas alternativo tambien debia ser considerado protegido por el destino, Teshisawa e Mochizuki se toparon repetidas veces con algo que podrian matarlos y lograron salvarse. es como si ser los primeros a escuchar la cinta les diera una inmunidad.

    30 marzo 2012 en 05:05

  3. Yo igualmente opino que la secuencia de este episodio se salió de lugar, muy precipitado en comparación con el resto de la serie, como si al final la producción se viera forzada a señirse a la plantilla de los 12 episodios y tuviera que apresurar la conclusión; en verdad lamento que se haya optado por el terror gráfico y la orgía de sangre más que por el terror psicológico y el suspenso; sin embargo, la escena cumple su cometido en lo que respecta al impacto visual y a la forma en que muestra el desdoblamiento de los alumnos, quienes se convierten en asesinos llevados más por miedo y desesperación que por odio o desprecio, solo me cabe destacar la transición psicológica, bien lograda en sus expresiones faciales, de Takako, Yumi y Akazawa, quienes parecen disfrutar sádicamente de perseguir y acosar a los protagonistas.
    Con respecto a la fatalidad, ya antes había comentado que parece tener conciencia propia y quizá me atrevo a teorizar que es reactiva a las emociones (hay que recordar que la muerte de Yukari sobrevino de que ésta tuvo un arrebato de terror), solo me intriga la actitud y las motivaciones de la anciana casera – previamente había asesinado a su esposo e incendiado el comedor – ¿estaba poseída por la calamidad o actuaba bajo sus propias pulsiones?
    Finalmente opino también que el gesto de Misaki hacia Sakakibara fue lo mejor del episodio, ya que curiosamente la chica misteriosa y sombría, la que supuestamente lleva la carga de la fatalidad, es la única que mantiene la serenidad y la que rompe la escalada de violencia.

    30 marzo 2012 en 07:05

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