Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

Another 9: Arqueología tenebrosa

La mayoría de cultos complejos gira en torno de textos sagrados. En general, las religiones suelen organizarse alrededor de la palabra divina o fórmulas divinizadas, a manera de relatos que explican la creación, el funcionamiento e incluso el futuro del mundo. En algunos casos, los hombres acceden a este conocimiento superior por intermedio de sujetos privilegiados quienes reciben el encargo de comunicar la sabiduría por medio de experiencias inspiradoras, de revelaciones. Suele tratarse de predestinados, personas ungidas por sus méritos o gente elegida por el azar, quienes, después del contacto se sienten urgidos o encomendados a registrar esa información, guardarla para la posteridad y legarla a generaciones venideras. Trasladada al descarnado universo ficcional de Another, nuestros jóvenes protagonistas parten en busca de aquellas enseñanzas casi imitando al discípulo que persigue la Verdad mística, pues ambos ignoran su contenido y su forma: solo saben que existe e intuyen dónde y cómo encontrarla. Acompañados por Misaki, los muchachos emprenden una expedición simbólica al pasado. El edificio donde ocurrieron los sucesos originales del salón 3-3 dejó de funcionar como recinto de clases y alberga solamente algunos clubes escolares. Se retoma un tópico recurrente del anime: el viejo local del colegio. Muchas escuelas operan en plantas modernas construidas al lado de sus antiguos establecimientos que conservan como espacios auxiliares o almacenes. La imagen se asocia –como muchos recintos antiguos- con valores connotativos como lo ancestral, lo destartalado, lo siniestro. Como sugiere Sakakibara, si Yomiyama North fuese una escuela menos trágica, sus alumnos hubiesen dedicado sus tardes de ocio a inventar mitos urbanos sobre ese edificio, del tipo “siete misterios”. La incredulidad de Teshigawara es sintomática: generaciones de estudiantes traumatizados por un designio brutal, por convivir a diario con accidentes, atropellos, ahogamientos, suicidios, se tornan insensibles frente a leyendas ociosas o simulacros de tenebrosidad. Les suena demasiado ingenuo, una parodia, una burla de su catastrófica realidad cotidiana.

El intermediario en cuestión se llama Katsumi Matsunaga. Su credibilidad es ambigua: lo conocimos como un sujeto psicológicamente perturbado que frecuentaba el restaurante donde trabaja la hermana de Mochizuki. La confesión que recoge la mesera ocurre durante el éxtasis alcohólico producido por una borrachera. La segunda alusión al “testimonio” sucede después de comprobarse la muerte de Nakao. De nuevo, el estado emocional del informante es cuestionable, pues atraviesa un proceso de shock. Además, cabría cuestionar la credibilidad de esta hipótesis aduciendo que nadie corrobora sus palabras. Luego descubriremos que sería imposible porque las memorias son reescritas. Los muchachos están condenados a aferrarse al primer resquicio de esperanza que brote, una situación neurótica, condicionada por la urgencia. Matsunaga es digno de confianza porque los alumnos lo identifican como un colega, un igual, alguien que atravesó un drama similar. Cualquier egresado del 3-3 puede aportar datos pertinentes para enfrentar el fenómeno. Los implicados asumen esta investigación bajo criterios lógicos, tratando de recoger antecedentes y ensayando suposiciones. Esta estructura de pensamiento opera también en argumentos o conjeturas que pretenden mantener la estabilidad del dogma, es decir, la validez del sistema de creencias y los pilares troncales que sostienen nuestras ideas sobre el funcionamiento del mundo. Cuando Chibiki se apoya sobre un informe médico que determina cómo Nakao sufrió, al bajar las escaleras de casa, un accidente de consecuencias mortales -que recién se manifestaría horas después-, intenta demostrar mediante una teoría verosímil la vigencia del “principio geográfico”, aunque necesitara reformular su enunciación. Para explicarlo mejor, si consideramos la teología como una elaboración racional acerca de un fenómeno sobrenatural, es decir, el esfuerzo de comprender lo divino usando las capacidades humanas, puede someterse a discusión una hipótesis sin negar la Verdad inmanente. La fatalidad siempre estará vinculada a Yomiyama, aunque la muerte efectiva ocurra fuera del territorio porque, para consumarse, basta recibir el toque letal dentro del territorio maligno. En resumen, según esta teoría, si alguien recibe una herida mortal en la circunscripción de Yomiyama, aunque fallezca pasando la frontera, el deceso se contabiliza, pues predomina el criterio de origen o causa, al determinar la calamidad. La labor detectivesca de Sakakibara obedece al mismo fundamento dual: intentar solucionar mediante el ejercicio de la razón una situación definida de antemano como extraña, anormal, inaprensible, que desafía nuestra tolerancia a las coincidencias. Sin embargo, no carece de cierta racionalidad u orden: la maldición “respeta” unas reglas, se restringe a determinado marco de influencia, discernible aplicando deducciones o comprobando suposiciones. Aunque sus motivos parezcan absurdos, su articulación es harto funcional y sorprende su inteligencia estructural: limitaciones temporales y espaciales, cuestiones numéricas, simbolismo de la graduación. Todo proceso de investigación implica ordenar y administrar fuentes informativas, seleccionando, organizando y jerarquizando los datos a disposición. El paso primordial es recopilar, acumular, salir de exploración y recoger nuevas contribuciones. No obstante, esa búsqueda tiene un carácter arqueológico y genealógico: Sakakibara recorre el ambiente donde Ritsuko vivió una etapa crucial de su adolescencia. En sentido simbólico, la clase 3-3 también desentierra el legado de sus predecesores, rescatando del polvo sus recuerdos, por ejemplo, cuando Misaki se coloca ese bello y coqueto adorno de flor, blanco entre tanta oscuridad.

La elección de colores, tonalidades o sombras es intencional, participa del diseño de una atmósfera cargada de tinieblas, en múltiples acepciones: climático, espiritual, psicológico, moral, cognitivo. Lo oscuro, lo lóbrego, está vinculado en distintos ámbitos religiosos con valores cognoscitivos como lo abstruso, lo desconocido, lo indeterminado, lo indefinido, lo ilógico, lo contradictorio. Nos causa temor porque desafía nuestra capacidad de predecirlo y anticiparlo. La oscuridad se relaciona moralmente con el principio de Maldad, pero también existe una forma de incomprensibilidad o misterio que recubre lo divino en su esencia (pues como principio de Bondad, es claro y coherente). Por tanto, la excursión del grupo protagónico al edificio semi-clausurado tiene un carácter mistérico, está recubierto de un velo enigmático, que genera esa sensación de ahogo constante y perpetuo miedo, porque además de adentrarse en un territorio marcado por la peligrosidad (una estructura vetusta, podría desplomarse y, teniendo en cuenta la maldición, se arriesga la vida el doble), se ingresa en un santuario, un lugar sagrado, un punto focal de donde emana una fuerza espantosa, cuya génesis se remonta a un pasado luctuoso: el sitio preciso que atestiguó el evento fundacional (la famosa fotografía macabra). Para muchas culturas, el espacio sagrado merece respeto especial, incluso, en algunos cultos, existen lugares prohibidos debido a su naturaleza divina, mientras los entornos demoníacos suelen condenarse por defecto. Esta demarcación se observa cuando los estudiantes, encabezados por Misaki, trasponen la cuerda con la respectiva señal de cuidado, que impedía la entrada. El enfoque sobre el acto de traspaso recalca su carácter transgresor, análogo a un descenso al infierno, aunque suban las escaleras, pues –a modo dantesco- los muchachos ponen en juego sus esperanzas de salvación al atravesar esos linderos. El edificio antiguo es también una tierra baldía, una waste land, improductiva, estancada en la historia, repleta de polvo, anquilosada y frágil: los estudiantes visitan unas ruinas, una casa fantasma, que continúa existiendo fuera del tiempo. La incursión es juzgada con desencanto por Ogura y Ayano, cuando Teshigawara comete la indiscreción de comentárselo: los osados exploradores son contemplados con lástima y misericordia porque sus acciones son interpretadas como infracciones o atrevimientos que alteran el equilibrio entre las fuerzas ocultas y los indefensos humanos. Nadie llega a identificar si los poderes involucrados pertenecen a divinidades tutelares o potencias diabólicas. Sin embargo, su influjo misterioso inspira respeto y turbación. Cuando se manifiesta la Verdad, los muchachos se reúnen en torno del magnetófono a manera de ritual para escuchar la palabra del héroe degenerado que confiesa haber salvado a sus compañeros cometiendo un pecado impronunciable. La disposición gráfica del grupo, formando un círculo en torno del aparato que propalará esa voz temblorosa extraída del pasado, recuerda la ubicación proporcionada de los participantes de alguna ceremonia hierática. Cunden dos sentimientos contradictorios y complementarios: temor y expectativa, dos actitudes hermanadas ante lo desconocido. El suspenso no cede: la narración es lenta, pausada y entrecortada, además, se interrumpe por motivos accidentales cuando alcanzaba su punto más interesante.

Según el testimonio de Matsunaga, el templo de Yomiyama estaba abandonado y deteriorado, “pese a llevar el mismo nombre que nuestra ciudad”. Aunque la cinta no pretende revelar el germen fundamental de la maldición, esta acotación es significativa porque, desde la perspectiva del profesor tutor encargado del 3-3 en 1983, el fenómeno sería una especie de “castigo” al descuido humano, una venganza comprensible y justa desde los parámetros tradicionales del sintoísmo que regula la armónica relación entre dioses y hombres. Los alumnos ochenteros se dedican a extirpar esa supuesta culpa reencontrándose con el espacio mítico y transmitiendo sus plegarias a la deidad local, esperando remediar el vínculo comunicativo roto por la ingratitud humana. La suposición del maestro es errónea: sus súplicas no rinden frutos, sino la muerte súbita de otros dos estudiantes durante una jornada macabra. Ignoro si Another explicará qué capricho o desacato provocaron esta marejada incesante de mortalidad, pero antes que averiguar quién será la próxima víctima, quién será el “extra”, quién recuerda bien qué, la única pregunta que azuza mi curiosidad es cómo inició esta calamidad tremebunda. Aunque se plantee como relato de terror, la serie también maneja la variable del misterio, sembrando incógnitas, deslizando incertidumbres, apoyándose sobre la ambigüedad como criterio para estructurar el desarrollo de la narración (la adulteración de memorias, por ejemplo). Se incentiva en el espectador una actitud arqueológica, una propensión por formular infinitas preguntas hasta despejar nuestras dudas más acuciantes y damos por supuesto, sustentándolo como evidencia de base que existe una culpa, un pecado original. Matsunaga lo menciona a título individual en un episodio donde también Sakakibara desciende en sueños al propio infierno de su imaginario personal antes de protagonizar despierto una auténtica transgresión mítica: esta acumulación de referentes afines despierta suspicacias y merece incluirse como factor de especulación. Dependiendo del rumbo interpretativo que apliquen los personajes para explicar la naturaleza del fenómeno y asumir su posición frente a la calamidad, la noción de culpa ocupará diferentes funciones simbólicas. La pesadilla de zombis que presencia Sakakibara es manifestación inconsciente de una supuesta responsabilidad impuesta desde la conciencia colectiva, pues la masa de estudiantes aterrados asumen el dictado maniático de la moral, juzgando correcto aquello que asegure la supervivencia y condenando sin contemplación al primer sospechoso de ponerlos en peligro. El protagonista soporta el peso abrumador de una culpa social, de gente cercana que regresa a increparle su error, a atormentarlo para saldar una deuda impagable. Bajo la lógica de la compensación, la única manera de satisfacer una pérdida es resarcir el daño aportando el equivalente. Sakakibara jamás conseguirá devolver la vida a ningún fallecido. Debe confrontar el ahogo psicológico (superando la culpa) o redimirse del pecado (mediante algún gesto que garantice su sanación). Sin embargo, otros personajes deciden aprovechar las “reglas” para exceptuarse o escapar de la culpabilidad. La familia de Ayano intenta huir de Yomiyama valiéndose del principio geográfico: a diferencia de Nakao, parten ilesos, pero eligen una tarde lluviosa para atravesar una sinuosa carretera transitada también por camiones. Este afán por evadirse, por silenciar, por anular es constante en Another (recuérdese el caso del “alumno inexistente”), pero también es habitual el movimiento contrario, más heroico, característico de la pareja estelar: el deseo de mencionar, de develar, de sonsacar, de confrontar una realidad que sobrepasa su entendimiento adolescente, pero ejerce su hermética atracción.

2 comentarios

  1. Creo que el tema de la memoria en Another es fundamental, se trata, más o menos, de realizar una exploración arqueológica por los miedos y recuerdos reprimidos de un grupo social, mientras se intenta develar un misterio dándole una explicación, que muy probablemente no tiene. Ahora bien, el título del Ending es esclarecedor: Anamnesis es el nombre griego para la reminiscencia, para el recuerdo perdido de lo verdadero, del original que ha sido olvidado por las apariencias del mundo fenoménico, rechazando las realidades espirituales en nombre de las más cercanas y cotidianas. Siento que ese juego con la memoria es bastante importante, porque precisamente todo el fenómeno opera sobre el recuerdo de alguien que murió y permanece con vida de un modo desconocido. El recuerdo que se pierde y recupera. Sometidos a la acción del tiempo, cada personaje no puede sino confrontarse con sus más profundos sentimientos, pues se trata de aceptar que la memoria trae consigo quimeras y falsos pensamientos, mientras que se puja por separar estos falsos recuerdos de los reales…

    22 marzo 2012 en 14:57

  2. Debo decir que admiro el temple psicológico de Sakakibara al mantener – al menos en apariencia – la serenidad luego de ser testigo de sucesos tan sangrientos, con que cualquier persona común quedaría profundamente perturbado (basta recordar la torva mirada del suicida sensei); sin embargo no es de extrañar que en la pesadilla zombie su subconciente reproduzca el enorme peso de culpa que tácitamente es depositado sobre sus hombros, como si él fuera el portador de la fatalidad que aqueja a toda la clase 3-3; incluso es de notar el contraste entre la mirada seductora que recibe de Akazawa durante el viaje playero y la que ésta misma le dirige luego de los funerales de Nakao, llena de desconfianza.

    Gran reseña seriousman, no había notado el simbolismo subyancente en la escena de la “cruzada” de Sakakibara y su amigos en el desolado edificio para rescatar las memorias perdidas; como si se tratase de un ritual de invocación o de consulta espriritual.

    Debo añadir que a diferencia de las concepciones mitico-religiosas presentes en las sociedades tribales y las civilizaciones ancestrales, la fatalidad parece resistirse a las iniciativas de expiación, como si tuviera conciencia propia, ya que mientras los estudiantes se reunián alrededor del megáfono, las muertes siguen sucediéndose.

    Acabo de ver la nueva reseña del episodio 10, espero poder comentarla pronto.

    24 marzo 2012 en 11:51

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s