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Rinne no Lagrange 9: Puella Madoka

Encuentre las siete coincidencias

La función del episodio transicional es aportar información valiosa que enriquezca nuestra percepción sobre los personajes, situándolos en contextos particulares, mientras descansan de sus actividades heroicas. La transición debe marcar el transcurso del tiempo, estableciendo nexos entre dos fases del relato. El ritmo es relajado e incluso nostálgico. Incluso héroes y villanos, sometidos al tamiz humorístico, sufren un descenso cómico mediante la ridiculización, aunque esta tendencia es constante en Rinne no Lagrange: la seriedad está matizada de risas, torpezas y absurdos. Las primeras escenas parecen calcadas de algún sketch bizarro de Danshi Koukousei no Nichijou: hombres jóvenes sin oficio ni beneficio, en suma, unos reverendos vagos e inútiles, se esfuerzan por entretenerse y olvidar su condición de losers, atrapados en el aburrimiento más patético, casi condenados a vivir la cotidianeidad más simple (mirar televisión, tomar el lonche, lamentar sus infortunios). Derrotados y humillados, los pilotos más talentosos de DeMetrio se dedican a causarnos lástima o hacer el ridículo: perdieron nivel como antagonistas, convertidos en payasos sin tino ni suerte, en secuaces necios e idiotas, incapaces siquiera de comprender las costumbres humanas. Para colmo, Giuvigiulio, su antiguo rival, los adopta como mascotas para domesticarlos y avasallarlos como monos de circo, mientras los tarados se dejan absorber pasivamente prestando juramento con un gesto estrambótico (para luego abochornarse). El caso de Kirius es inadecuación entre el discurso –solemne, épico, muy serio- y la realidad que enfrenta. El entorno pueblerino, campechano de Kamogawa se resiste a encajar en formalidades. Puede interpretarse como desdicha, mal fario o conspiración del universo entero contra un individuo, pero cuando intenta pagar un tiquete de tren como cualquier ciudadano decente, la máquina está malograda. Y cuando tiene un arranque de contemplación poética frente al océano, abajo vemos a un niño orinando. Respecto del desaliñado Izo, quiere jugar el papel de badass, pero en lugar de rudos contrincantes, el destino le depara un escollo más complicado: una anciana generosa y parlanchina dispuesta a engreírlo con suculentas mandarinas. Los muchachos se desenvuelven en una atmósfera de placidez provinciana, una tierra de gente trabajadora, franca y amable, donde incluso masacrar a una pandilla de forajidos suena exagerado. Todos se conocen: los maleantes callejeros, el honorable agricultor, la madre de familia, cualquier peatón podría orientarte si buscas a Madoka Kyouno, tan famosa que activa su propio radar entre sus compañeras de colegio. Esta forma de vida choca contra las expectativas bélicas del trío masculino: quizá si hubieran aterrizado en una caótica megápolis, en un suburbio marginal que recordase al “santuario” de Un-Go, hubieran hallado ese fermento de hostilidad que, como buenos soldados, aguardaban.

Mientras los varones naufragaban en sus hilarantes fracasos, nuestras heroínas también estelarizaban su propia versión de slice-of-life con aroma femenino, una fórmula narrativa resumida por la crítica mediante la frase “cute girls doing fun things” (o similares), un enunciado que demuestra su utilidad aunque pocas veces se analiza sus implicancias. En principio, los elementos constitutivos: chicas y cosas (actividades, quehaceres). Lo gracioso o atractivo no radica en exclusiva sobre el estímulo visual sino también sobre la acción que realiza el personaje. Las camaradas del Jersey Club cargan sillas, cosen disfraces, colocan posters o rescatan gatos. Punto número dos: los calificativos que conectan lindura y diversión, uniéndolas en un mismo eje estético. El acto cotidiano es embellecido, idealizado, sin importar su excelencia o pericia, sino su cumplimiento. La princesa Laffinty martilla los clavos con poca elegancia, pero su bochornosa torpeza es excusa para enternecernos o arrancarnos una dulce sonrisa. No existe slice-of-life sin actos, sin hechos, sin eventos: el verbo “hacer” lo subraya. Vivir consiste en acumular situaciones: la filosofía del Jersey Club corrobora este axioma. Aunque el resto de alumnas logre definirlo mediante palabras, no consiguen discernir su sentido o hallarle un significado satisfactorio. “Participar en actividades mientras usas un buzo”: la descripción es certera, pero confusa e incompleta. Desde la perspectiva del hombre contemporáneo, estamos acostumbrados a una teleología del provecho, una perspectiva del beneficio. Nuestros actos voluntarios, nuestros proyectos y propósitos deben apuntar a conseguir algún éxito, meta o ganancia. Los clubes deportivos se fundan para ganar campeonatos y cosechar prestigio. Los clubes de arte o informática tienen como finalidad desarrollar los talentos e inclinaciones particulares (crear poesía, pintura, teatro, etc.) Al ingresar a estas asociaciones, los miembros obtienen una experiencia enriquecedora: están orientadas hacia la superación del yo. El Jersey Club es anómalo porque navega contracorriente: quienes se enrolen al equipo anteponen la vocación de servicio por encima de cualquier recompensa. La consigna es colaborar, apoyar a su comunidad realizando diversas tareas, socorrer al necesitado, transformar la solidaridad en un placer. Suena extraño porque contradice los podridos cimientos morales del mundo moderno, donde valores como la generosidad, el desprendimiento, la compasión, el sacrificio, la gentileza, son abandonados en nombre de presupuestos deshumanizantes como el lucro desmedido, la eficiencia absoluta, el afán de sobresalir. Las chicas se muestran desconcertadas ante el mensaje del Jersey Club aunque lo respetan y admiran. Paradójicamente, gozan de una extraña mezcla de popularidad e impopularidad: nadie se anima a inscribirse al grupo, el mandato entusiasta de ayudar sin esperar ningún premio las desincentiva; sin embargo, estiman el trabajo de Madoka y aplauden su dedicación. Aunque nunca se proponga ser célebre, su humildad la vuelve famosa entre las alumnas. La ideología del Club recobra una visión cándida, idealista pero benévola de la vida, una postura anacrónica, que muchos jóvenes consideran anticuada o ingenua, reñida con la realidad (porque se asocia lo real con cierta mirada cínica, materialista y deshumanizada). No obstante, quienes se pliegan de manera rutinaria y pasiva al ritmo normalizado que impone la sociedad están renunciando parcialmente a la vida, mientras que Madoka reivindica el anhelo de vivir sin adjetivos, de vivir como fin en sí mismo, de vivir porque cada segundo vale la pena.

Confluyen dos tópicos recurrentes del relato estudiantil en anime: el festival cultural y el excéntrico club escolar. El primero corresponde a la categoría de cronotopo, es decir, un contexto narrativo que engloba un espacio y lugar determinados. En efecto, durante esta época del año lectivo, el colegio sufre una mutación para adoptar el aspecto de una enorme feria de atracciones, los alumnos se convierten en entertainers, los salones en casas del terror, maid-cafés, centros de exhibición o pequeños teatrines. Como ocurre en ambientes de fiesta, las normas se relajan y suspenden: los estudiantes asumen los roles ejecutivos. Los clubes aprovechan esta coyuntura para exhibir sus habilidades y justificar su existencia. Para Madoka, en cambio, representa una oportunidad espléndida para extremar sus esfuerzos y llevar al Jersey Club al pico máximo de actividad solidaria. Esta clase de grupos son percibidos como bichos raros, marginales o estrafalarios, gente que desafía los criterios de normalidad. Son liderados por personas descontentas con el mundo, que pretenden no mejorarlo a gran escala, sino perseguir un ideal dentro del corto espacio cotidiano. La inquietud de Madoka por contribuir surge de una desilusión, un escenario de prematuro desengaño suscitado por la temprana muerte de su madre. Esta orfandad simbólica (pierde su referente de cariño y sensibilidad femeninos) le provoca un estado de depresión demasiado doloroso para asimilarse durante la niñez. Contempla las acciones caballerosas de Youko sin comprenderlas porque, habiendo perdido los ánimos, buscarle sentido a vivir mediante la acción le suena absurdo. De nuevo, Rinne no Lagrange se apoya sobre la repetición de leit-motifs que adquieren significados distintos formando una red de incidencias: nunca hubiéramos sospechado que Madoka –quien ofrece sus plegarias al mar al inicio del primer episodio- mantuviera con las aguas una relación emocional y psicológica tan intensa, en cuanto a lugar simbólico: su madre muere ahogada, pero un evento similar devolverá las esperanzas a Madoka cuando presencie el espectacular rescate de una niña por obra de Youko. Este acontecimiento servirá de fermento, de inspiración para adoptar la actitud del jersey: el ejemplo legendario, pero también hogareño, de una figura admirable cuya valentía la rescató del marasmo, proporcionándole una moral. Sin proponérselo ni recordarlo, Madoka salda su deuda reactualizando o reeditando una escena análoga. Recuperar su pasado es reinterpretar su presente, aunque sean terceras personas quienes refieran esas historias de antaño, porque nuestra exaltada protagonista cumple el rol emblemático de sujeto insignia, de figura representativa de una colectividad que cifra su optimismo en un individuo llamado a encarnarlo. Las muchachas conocen el mito de Madoka porque su drama de superación y desafíos les infunde un respeto sentimental, una sensación de dignidad que supera cualquier guiño de rareza.

2 comentarios

  1. rolo2k

    Si bien esta historia no había llamado mi atención hasta este momento, admito que acabo de picar tu anzuelo… acepto el reto de encontrar las siete coincidencias con PMMM y le daré una oportunidad a esta serie.

    18 marzo 2012 en 23:05

  2. juan alberto flores

    Me gusta el siginificado moral que quiere dejar la serie, los valores humanos de solidaridad y desinteres contra el egoísmo y el individualismo se deben fomentar. Incluso en economia cuando hay desventajas en el libre mercado es sugerible aliarse para tomar fuerza y mantenerse.

    1 agosto 2012 en 19:33

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