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Another 8: Beach queens

Parrillada, bikinis, relax, voleibol, chapuzones, diversión, alegría, travesuras, jugarretas, sandías: resumen inconcebible para un episodio de Another, sin embargo, hasta los últimos minutos, personajes y espectadores fuimos sometidos al encanto del espejismo, un engaño, una estafa, un simulacro de vida cotidiana que revela su falsedad estética cuando se manifiesta el insondable misterio de la muerte que cancela todo artificio. Los muchachos no construyeron de manera consciente e intencionada ese paraíso de solaz veraniego, pero lo perseguían, habitaba en sus fantasías, ansiaban consolarse, evadirse, escapar de la fatalidad disfrutando de un ensueño momentáneo que aliviase su agitada adolescencia. P.A. Works consuma una emboscada magistral valiéndose de su espléndida calidad de animación: mientras los incautos estudiantes eran engatusados por los placeres del océano, el público también se dejaba seducir y embaucar por aquella deliciosa impostación, por chicas lindas en traje de baño, diabluras juveniles, graciosas competencias y flotadores en forma de ballena. No faltó ni siquiera la cuota de fanservice y superabundancia de humor con aroma a chiquillada, porque la farsa consistía en burlar nuestras expectativas haciéndonos creer que contemplábamos un típico episodio de comedia romántica, un remedo de slice-of-life, atrayéndonos directo a la trampa con picardía y optimismo, incluso deslizando un tímido rayo de esperanza antes de devolvernos al desasosiego, la tragedia, el asco. Olvidamos el carácter terrorífico de Another, las apariencias bloquearon nuestra visión del fondo. Desviaron nuestra percepción reconduciéndola hacia la superficie, encandilándonos, distrayendo la mirada con estímulos agradables y apacibles que adormecieron nuestra conciencia crítica, quizá porque compartíamos su espanto ante la sucesión de calamidades, que también ansiábamos evadirnos, no confrontar la verdad.

Cuando me preparaba para escribir esta reseña, dudaba cómo enfocarla: si acaso convenía comentar con frivolidad los eventos divertidos y cotidianos o subrayar la crueldad intrínseca, ejecutada en secreto, de permitirles a los personajes un último resquicio de felicidad antes de hundirlos de retorno al charco de sangre. Al darle al capítulo una segunda revisión, siendo conscientes del funesto desenlace, nuestra interpretación se torna paranoica: empezamos a rastrear presagios, sospechando que habíamos obviado algunos signos premonitorios, unas veladas advertencias. Sin embargo, resultaría injusto calificar nuestra primera lectura como engañosa, porque esas situaciones divertidas, ese derroche de curvas, esa exuberancia de Akazawa, esa ternura de Misaki suspirando por un lindo pescado, esas idioteces involuntarias de Teshigawara nos provocaron reacciones auténticas. Los muchachos decidieron cambiar de atmósfera, liberarse del encapotado cielo de Yomiyama: los colores opacos y desvaídos fueron relegados por azules y celestes, por bellos reflejos acuáticos. En lugar de sombras, destacan los brillos solares, espectaculares cuando Takako ensaya un acrobático mate de vóley sobre el rostro de Nakao. Ese efímero acercamiento al humor sensual, aquellos chispazos de comedia estudiantil, incluso los asomos de romanticismo eran necesarios para tornar más amargo y traumático el giro dramático, causando un impacto perturbador que inspira frustración. Un vuelco tan brusco produce la sensación de fracaso y encierro sin salida. Los estudiantes habían alcanzado un pico insospechado de felicidad, volvieron a comportarse como jóvenes comunes y corrientes, sin temores ni reservas, pero escalaron demasiado alto: su caída sería estrepitosa. Este capítulo se propone relatar este repentino ascenso y, por consiguiente, una debacle súbita y colosal. En consecuencia, ambas perspectivas son imprescindibles y complementarias. La primera se limita a asimilar las emociones, pero permite identificarnos con el desconcierto suscitado por obra del efecto sorpresa. La segunda instaura la desconfianza sobre las imágenes, revela cuán frágiles y fugaces son la belleza, el placer, la fortuna: se quiebran de golpe, cualquier intento de salvarse o eludirse culmina en desencanto. Se imprime una visión pesimista y descarnada, donde sucumben lo lúdico y lo estético convertidos en inútiles fórmulas de escapismo. Sin embargo, la superficialidad era requisito indispensable para suscitar –mediante el shock– una reflexión más profunda que, siguiendo la ruta de anteriores episodios, vuelve a derivar en meditaciones en torno a la naturaleza y utilidad del arte, un tema secundario pero recurrente casi de forma troncal. Estas consideraciones corresponden al espectador, aunque son reflejo o corolario de varias alusiones deslizadas por los personajes. En concreto, se critican los límites y alcances del disfrute estético, cuestionando la autonomía y pertinencia del objeto artístico, la legitimidad de una belleza evasiva, que ofrece al sujeto moderno una válvula de escape ante el horror. El individuo busca aletargarse, refugiarse en una mentira placentera. El arte confunde, altera nuestra conciencia, afecta la capacidad de distinguir lo real, facultad que recobramos al presenciar la muerte, lo único cierto e innegable. El éxtasis pierde significación. El artificio se muestra endeble e infructífero. Volvemos al dilema del barroco: las apariencias despistan al hombre, lo sensorial es breve e intrascendente, no podemos confiar en nuestros sentidos. La vida es sueño: al “despertar”, nos convertimos en polvo. Tremenda paradoja conceptual, elevada al cuadrado, pues vivimos muriendo, pero estamos condenados a existir, a gozar nuestra sensorialidad, aunque sea falaz.

Un episodio playero –según los cánones- exige dos elementos insustituibles: atractivas jovencitas y muchachos estúpidos actuando con sonora imprudencia. Esta clase de capítulos se distingue por intensificar dos facetas notables de lo carnavalesco: la sensualidad y la payasada. Se celebran los placeres carnales, el deleite erótico, la hilaridad, el ridículo. Como se festeja la fertilidad, la atención se concentra sobre el cuerpo joven, propiciando su lucimiento, pero también la interacción, la confianza para entrar en contacto, siempre de manera jovial y traviesa: Takako lo experimenta cuando sus compañeros de clase la alzan en peso para lanzarla al agua. Molestar chicas es parte del juego mixto de cortejo y camaradería. Siendo este tipo de secuencias y episodios típicos e infaltables en series con contenido ecchi, el propósito es convertir al público en voyeur, abrir una ventana para mirar a otros divertirse. También es frecuente centralizar el morbo, enfilar los reflectores sobre una muchacha del elenco transformándola en miss fanservice, objeto preferente del regodeo visual: se explota la figura de Akazawa subrayando sus rasgos sexys. Esta tendencia se adivinaba desde su diseño inicial, remarcando con sus largas coletas su carácter fuerte e indómito y atrayendo la mirada hacia el zettai ryouiki para presentarla como mujer madura y acentuando su potencial erótico; sin embargo, este episodio manifiesta la intención de deleitarse exponiéndola y enfocándola desde distintos ángulos donde resaltan sus atributos corporales, sin excederse en vulgaridad, acompañando con gracia los movimientos de su figura esbelta y proporcionada para reflejar la sensación de disfrute, de solaz, nada exento de voluptuosidad, pero bastante grácil. El paneo cuando desciende del auto sirve para recalcar cómo su autoridad emana de su presencia física. Aunque la secuencia del chapuzón es breve, se utiliza un curioso encuadre que muestra su entrepierna y luego se observa su de perfil su despreocupado ingreso al mar. Rato después, cuando recibe un salpicón, se aplica la ralentización para destacar sus gestos de alegría. Con igual énfasis la cámara se concentra sobre su silueta siguiendo sus quiebres al levantarse después de enterrar a Mochizuki en la arena. Sin embargo, esta exuberancia también se expresa mediante actitudes y ademanes: durante la conversación en el carro de Reiko, acerca de “juzgar un libro por su cubierta” (interesante pista que resulta premonitoria), la jefa de contramedidas le dirige a Sakakibara una antológica mirada de loba, que –apuesto- muchos trasladaron al papel tapiz. Por desgracia, su doble intento de seducirlo e intimidarlo fracasa porque el protagonista hiere su orgullo, pero sus ojos prepotentes serían elevados al estatus de service, aunque refinado, para fanáticos exquisitos. Esta predisposición a lucir las bondades del cuerpo femenino se extiende también a Reiko y Takako: la primera devela su faceta de conductora temeraria mientras la segunda sale del caparazón de chica tranquila y escolta de Akazawa. Su giro de rostro al soplar el viento es, pese al contexto trágico, un sabroso bocadillo de genial animación.

En contraste, Misaki aporta el moe-ness, una imagen enternecedora capaz de derretir al incauto (la añadiré a nuestra lista de favoritas para Saimoe). Sorprende su metamorfosis –como indicaba, la refamiliarización implica situar al personaje en instancias cotidianas-: la misteriosa y oscura mensajera de lo siniestro se convierte en una chica lánguida y taciturna, sensible a las cosas vistosas y diminutas. Esta imagen de niña silenciosa, meditabunda y algo torpe, que todavía conserva algunos ademanes infantiles, se torna patente desde su primera aparición, una apacible y poética escena donde aparece de cuclillas admirando una estrella de mar. A diferencia del resto, lleva un sukumizu o bañador escolar (con apellido incluido), un tópico del anime playero, a nivel del fetiche. Esa fascinación por las criaturas marinas más extravagantes se reitera cuando encuentra una especie de pulpo dentro de una botella. El cefalópodo le atrapa la mano concediéndonos la suerte de disfrutar de una Misaki asustada y horrorizada por asuntos tontos y corrientes. La secuencia del cerro de arena que traga la marea también nos regala una sonrisa a costa de la cándida Mei-chan, una situación impensable tratándose de la enigmática y lúgubre “chica inexistente” que fomenta el típico sentimiento moe: causa risa, pero provoca protegerla y abrazarla. Ese espíritu pueril también surge cuando trata de buscar comestibles arrancando algas de un charco. Otra circunstancia habitual en la playa consiste en los coqueteos o aproximaciones románticas: los personajes comparten su diversión y suelen acercarse propiciando el flirteo. La pareja protagónica ha concretado su vínculo: la imagen icónica de sus manos “haciendo contacto” bajo el montículo es dulce, inocente, pero concreta: Sakakibara le propone “conectarse”, todavía de forma tímida. No obstante, el diálogo dista del melodrama más sentimental e introduce -sin pretensiones dramáticas, aunque con melancolía- la compleja situación familiar de Misaki: dejando de lado la información, tratar ese tema requiere confianza plena hacia el interlocutor, un ambiente de intimidad y seguridad. Otro elemento básico de la love comedy nunca se asoma: la competencia entre heroínas, al estilo triángulo amoroso. La playa es escenario de conflictos amorosos sazonados con humor picante, pero Another apela a un registro más sosegado, elección que trasluce mediante una banda sonora nada enérgica ni rítmica, sino muy relajante. Las piezas de piano y guitarra sustituyen al pop, no participa la percusión ni los efectos cómicos, aunque la situación sea graciosa, como los infortunios que sufre el cabello de Akazawa o las incontables estupideces que promueve Teshigawara, cumpliendo strictu sensu el papel de “amigo del protagonista”, el clásico compinche, medio tarado pero harto entusiasta, con pésima suerte en el amor, y exagera sus reacciones con exclamaciones cósmicas. Para mantener el arquetipo, este fiel escudero es víctima del desprecio de Akazawa, quien no duda en ridiculizarlo, ningunearlo o llamarlo idiota, además de castigarlo cuando comete alguna barrabasada, convirtiéndolo en blanco preferido de su furia y procurando jocosas escenas de tortura o revancha física, como su espectacular lanzamiento de kombu. Por algún motivo, el vasto conocimiento en biología marina de Sakikabara se vuelve un chiste recurrente. El cuadro compuesto entre bromas tiende hacia el recuerdo nostálgico de tiempos felices, se festeja la paz, aunque se adivine endeble. Entre Akazawa y Misaki, la relación es poco cordial aunque el recelo no es recíproco: la delegada de clase no duda en mostrar su disgusto o desconfianza hacia la chica del parche, pero esa hostilidad no encuentra réplicas. La eliminación del título de “alumno inexistente” solo tiende una especie de tregua: las inquietudes románticas de Akazawa podrían entreverarse con su fiereza para combatir la maldición trasladando la disputa a ámbitos menos agradables. Planteado en términos más precisos, se torna comprensible y predecible: la confrontación entre una estudiante modelo, severa y disciplinada, contra una chiquilla con pinta de outsider y actitud desidiosa. Dos concepciones opuestas e irreconciliables acerca de la vida.

He comentado Another tomando como punto de referencia académico la historia de las religiones porque es innegable la presencia avasalladora de lo mítico, lo sobrenatural, lo mistérico. Sin embargo, todo culto, incluso los más primitivos, necesitan de fórmulas fijas, de verdades absolutas, que denominaremos dogmas. Estas afirmaciones determinan la realidad, son incontrovertibles y anteceden a cualquier otra formulación. Además, legislan el comportamiento del creyente. No tienen el estatuto de leyes o normas: están por encima o, mejor dicho, las originan. Por ejemplo, es ley respetar los templos, pero es dogma defender la existencia del dios o la reencarnación. Un sujeto puede incumplir la norma (existen diversos rituales que facilitan la reconciliación), pero si niega la infalibilidad del dogma, se vuelve un apóstata y abandona su religión. Mientras el mundo funcione según estos pilares conceptuales, el individuo reconoce su pertenencia a un universo justo y organizado. Sin embargo, cuando el dogma falla, el sistema entra en crisis. Los sucesos del episodio que analizamos se sostienen sobre la aplicación certera y estricta de un dogma que restringe el espacio de las fatalidades al territorio de Yomiyama, una certeza que garantizaba una mínima esperanza de escapatoria: los estudiantes podían eludir la muerte cruzando la frontera hacia otra circunscripción. El dogma es rígido, se espera que funcione con exactitud llegando a límites de paroxismo insospechados: los muchachos pasan del miedo al alborozo cuando atraviesan la carretera y observan el cartel de bienvenida a otra circunscripción. Reiko se permite el capricho de manejar el auto de manera impertinente: el efecto es liberador, los estudiantes se encuentran fuera del influjo nefasto del fenómeno, se sienten autorizados para abusar de su recuperada libertad tras varios meses de represión. Varias bromas o situaciones jocosas son parodias o chistes relacionados con aspectos serios como la muerte, el miedo o la maldición, en suma, una burla hacia lo sagrado. Quizá la muerte de Nakao fuera en compensación o retribución divina, pero su pésimo estado de salud venía anunciándose como causa de risa: un muchacho enclenque que vomita porque sufre de mareo automovilístico es una ridiculez común. Luego Teshigawara lo excluye del juego de recolección con un gesto cómico al verlo tendido cual piltrafa. La escena de introducción equipara el jugo de sandía con sangre, asimilando una inocente costumbre de verano con un evento macabro. El concepto de “inexistencia” es también objeto de chacota porque lejos de Yomiyama, la calamidad se supone lejana, inofensiva, domesticada. Los muchachos son invadidos por la soberbia nefasta de creerse superiores a lo sobrehumano. Incluso nuestras expectativas de consumo son burladas: el terror de Misaki porque esa pegajosa criatura plagada de tentáculos amenazara con comerle la mano estuvo precedida por un gesto de asco y espanto, como si hubiera descubierto un cadáver. Akazawa “ataca” a Sakikabara arrojándole una orca de plástico y Mochizuki se finge muerto para fastidiar a Teshigawara. En varias ocasiones, el peligro se resuelve con sonrisas. Cuando Nakao es triturado por la turbina del barco, esta certidumbre se quiebra y descoloca al sujeto respecto de la realidad: ni siquiera le alcanza valor para sentirse engañado porque le faltan cimientos para juzgar su existencia y establecer criterios de verdad o bondad. Es abandonado al absurdo, la negación absoluta, el vacío. Se expresan dos tipos de reacciones. La primera hace hincapié en el descreimiento: la voluntad de reformular nuestras creencias (en distintos grados, dependiendo de la gravedad del dogma). La segunda tiene matiz conservador y obstinado: tratar de negar las pruebas que contradigan la fe o ajustarlas con malabarismos lógicos para hacerlas compatibles a nuestras ideas. En ambos casos, la persona busca apoyarse en alguna estructura coherente de pensamiento que permita sobrevivir en un entorno adverso.

3 comentarios

  1. Creo que esa forma de arte pacificado y evasivo en Another tiende hacia un cierto kitsch, repetitivo y vano, mientras que el grueso del entramado estético se funda en el expresionismo alemán (El grito) y el barroco pesimista (creo que fue Cervantes quién dijo que el Siglo de Oro estaba hecho de hierro), es decir un arte que provoca reacciones en sus receptores, que reta, devuelve, como un espejo, el rostro deforme del universo. Durante este episodio me la pase pensando que algo iva suceder: ¿estallará el cilindro de gas, aparecerá un tiburón, se estrellarán en el camino? No fue un episodio tranquilo, excepto por las repetidas tomas de Akazawa y Mei, sobre todo esta última si que perdió su atractivo de “chica misteriosa”. Aunque me parece tierna la relación que tiene con el lead masculino: obviamente Sakakibara solo tiene ojos para Misaki. Esa pizca de romance es bienvenida, y el terror psicológico está muy bien trabajado, no sabes quien será el siguiente en morir…

    14 marzo 2012 en 17:10

  2. Tengo que admitir que durante la escena en que abandonan Yomiyana y son rebasados por el trailer yo también haya estado conteniendo el aliento y luego compartiera con ellos un suspiro de alivio luego de semejante expectación. Nuevamente me sorprende la impecable animación de PAWorks regalándonos escenas memorables como la mirada de Akazawa, las payasadas de Teshigawara (se atrevió incluso a nombrar el equipo de los “inexistentes”) ó el guiño de romance subterráneo entre Mizaki y Sakakibara (quien dicho sea de paso también le mueve el piso a Akazawa).

    Yo también comparto la opinión de Fortuna87, pese a la ligereza y a la jovialidad del episodio, a cada momento pensaba que algo malo podía suceder, en el momento menos esperado, había demasiados presagios (la enfermedad de Nakao, las sandías, el viento repentino).

    Pese a que el antiguo camarada de Reiko abre una pequeña luz de esperanza, el cierre del episodio solo nos sumerge nuevamente en la desesperación. Al final todo pareció una broma cruel, despiadada, toda esperanza de alivio y seguridad se hace añicos al contemplar el cuerpo sin vida y destrozado de Nakao; la fatalidad es ineludible, inexorable como el hado de los dioses y el hilo del destino, nadie puede escapar, solo queda esperar la muerte.

    14 marzo 2012 en 22:09

  3. YOQUIENMAS

    Buen capitulo, aunque realmente sea de extencion, puesto que en el manga no existe,se veia venir pero es un poco equivocada decir que nakao murio en la playa, segun el anime el se callo de las escaleras de su casa por la mañana antes del viaje, provocandole un golpe interno mortal en el cerebro (afirmando el hecho de que el murio realmente el pueblo), que de ningun modo nakao hubiera pensado que era fatal, craso error, por lo que la logica dicta que el ya estaba muerto antes de llegar a la playa , sosteniendo todabia el hecho de que es posible evitar esa “maldicion” (digo “maldicion” por que en ningun momento se dice que algun estudiante o el estudiante muerto hase 26 años haya lanzado una maldicion) alejandose de el lugar lo mas posible ( el hecho que el padre de sakakibara se encuentre en un lugar tan lejano como la india, puede ser tomado como algo natural un profecional en su trabajo, aunque tambien me hace pensar que es como una “precaucion”), bien entonses esto es una maldicion? lo dudo, creo que se podria decir que fue causa de una “sugestion colectiva”….segun teorias los seres espiritules (dioses,entidades astrales ,etc) existen segun cuanto creamos en ellos en nuestra mente, la mente tiene poderes desconosidos e ilimitados, asi que mas que abrir una puerta de la muerte, creo que los estudiantes abrieron una puerta cerrada de la mente…ellos lo “materializaron” por desirlo asi, asi que lo que esta ahi no lo tildaria de espiritu..mas bien como una sombra mental del verdadero,por lo tanto cualquier metodo utilizado para lo mistico (bendiciones,exorcismos, etc) obiamente no tendrian ningun resultado, asi cual sera la solucion mas adelante, creo que esto tendra que ver por lo menos con uno de los estudiantes de esa generacion, asi donde todo empeso ahi debe terminar, exelente analisis seriusman, me encanta leerlos, bueno suerte para el proximo.

    20 marzo 2012 en 16:23

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