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Rinne no Lagrange 8: Loli pop

Una loli arriba a Kamogawa: el título del episodio es engañoso si basamos nuestra interpretación en criterios occidental porque una lolita, desde la década del cincuenta, es una nínfula, una niña-mujer que atraviesa sus primeros años de pubertad pero destila una sensualidad peligrosa que arrastra al delirio a ciertos hombres. Aunque posee una carga semántica similar, en jerga de anime, el término loli se aplica con mayor amplitud. Puede referirse a niñas (por convención, menores de trece), pero también a adolescentes que lucen y actúan como mocosas de quinto grado de primaria. La carga erótica es opcional, aunque, por default, el arquetipo se vincula a conductas infantiles como candidez, engreimiento, ternura. Un tercer filón de significado procede del estilo de vestuario denominado lolita fashion. El título combina estas variantes para componer la identidad de Asteria Lizamarie de Roschefall, la bisnieta del presidente de Novomundus, que ingresa al ruedo complicando el panorama de facciones involucradas en esta disputa galáctica. Caracterizada como una muñeca de porcelana europea con rostro angelical y actitud señorial, la pequeña rubia de ojos azules y vistoso ropaje victoriano llega cual espíritu decimonónico a imponer orden. Antes que remitir al modelo habitual de loli, esta sagaz negociadora de modales ingleses proviene de la vieja estirpe clásica de muchachas cerebrales y perspicaces, pero envasadas en cuerpos diminutos con rasgos pueriles, que invocan al enternecimiento. La finalidad primordial del tópico puer senex es generar sorpresa mediante el contraste radical entre emisor y mensaje, entre sujeto y conducta: una nena asume el mando, dicta las órdenes, toma las decisiones más impopulares, mangonea al presidente de Estados Unidos, trasviste a un hombre, manosea el busto de Madoka y destruye las ilusiones de Laffinty. Los tiempos de diversión y armonía se quiebran, la verdad se abre camino, las mentiras se desmoronan: the Wan is a lie.

La figura del puer senex (“niño viejo”) es frecuente en anime porque los jóvenes, adolescentes o infantes suelen ocupar los roles preponderantes y encargarse de las funciones heroicas. Este ejercicio los obliga a madurar por adelantado al experimentar y presenciar los horrores de la injusticia. En otros casos, las niñas reciben la responsabilidad de gobernar o comandar, quizá porque fueron criadas para desempeñarse en posiciones de liderazgo o porque poseen un intelecto superior. Podemos citar una infinitud de ejemplos. Resulta sintomático el éxito de esta imagen en la cultura popular de Oriente, donde la sabiduría, el afán de conocimiento, la eficiencia y la creatividad son valores inculcados desde la escuela. La tradición histórica japonesa suele resaltar el protagonismo del sabio. La idea que subyace al puer senex es afirmar mediante el asombro –y provocando el desconcierto- que la verdad carece de edad: se encarna en individuos privilegiados, pero su contenido no cambia. Sin embargo, en sentido discursivo, las palabras enunciadas por una loli sabihonda tienen distinta acogida que los proverbios pronunciados por un anciano monje. Uno inspira reverencia, la otra estupefacción. Además, para el público promedio del anime, afecto al moe-ness, las intervenciones de una muchacha tierna y hermosa son asimiladas con mayor agrado, por razones estéticas, y logra mezclarse con otros atributos, aptos para un contexto que mezcla épica, drama y comedia. Por ejemplo, aunque siempre mantiene un perfil serio y altanero, tiene ciertos toques de trickster y humor ácido con picardía sarcástica: lo demuestra estafando a Laffinty para luego hundirla en vergüenza y toqueteando impunemente a Madoka para comentarlo con desencanto. Su mañosería tiene la intención de corroborar su autoridad, adelantarse a sus subordinadas para ponerles en claro su autoridad y establecer una jerarquía. La chiquilla se impone gracias a su venenosa astucia: todo queda en broma, aunque en ocasiones, la malicia termine siendo una virtud provechosa. Debido a su fisonomía y edad, Asteria necesita ganarse el respeto e infundir obediencia, porque conduce una organización de carácter militar donde –chistes apartes- existe una estructura de mando. Su poderío radica en la información que dispone. La reunión con Youko transcurre en un ambiente relajado pero la tensión es subyacente: los personajes hablan en sentido figurado acerca de padres, hijos y herencias. Bajo un lenguaje de metáfora o parábola, se arriba a conclusiones que satisfacen a ambas contertulias, que prefieren reservarse el significado de ese diálogo obscuro y confuso. La aparición de Asteria devuelve el equilibrio al cuartel general, que acusaba la ausencia de un líder categórico. Aunque el éxito de Novomundus debe atribuirse al aporte de sus pilotos, desde la comandancia se evidenciaba una crisis de autoridad: ignorábamos de dónde emanaba el poder. Tadokoro es un empleado, un mando intermedio, mientras que Moid, un colaborador, había adquirido demasiada preponderancia dándose el lujo de cederle el Vox Ignis a Muginami sin previa autorización. Cuando la loli manifiesta su propósito de ordenar la casa, el organigrama luce menos acéfalo.

Su escrutinio comienza de manera metódica evaluando las causas del incidente. Como corresponde, contrasta la versión oficial, suministrada por la base, con los testimonios particulares, pues necesita reunir la mayor cantidad de piezas dispersas para armar su propio rompecabezas, determinar la gravedad del asunto y formarse un juicio. Por desgracia, los últimos eventos han exigido soluciones improvisadas. Les confiaron a tres adolescentes los puestos de vanguardia y consintieron que sus asuntos personales afectaran su desempeño en combate o permitieron que semejantes conflictos emocionales se enredaran con temas serios que atañen la seguridad planetaria, inmiscuyendo las angustias juveniles en pleno escenario de guerra. Madoka es incapaz de confrontar a Asteria en el terreno retórico porque, en cuestiones discursivas, es poco hábil y apenas conseguiría sostener una discusión. Se percibe el ridículo cuando trata de explicar sus motivos para discutir con Muginami: aunque hablar de amor es usar palabras tremendas, en semejante contexto, suena absurdo o frívolo. Quizá resulte paradójico que, siendo un asunto tan complicado (psicológico y filosófico), también provoque vergüenza. Rinne no Lagrange se encarga en varias ocasiones de constatar que el significado está condicionado por la situación: en batalla, el guerrero cumple un servicio público, se sacrifica en nombre del bien común, defiende a un colectivo, está obligado a superponer la victoria frente a cualquier interés circunstancial. El amor atañe al individuo, a la esfera íntima, privada. Cuando se entreveran estos campos, se produce un desfase, un desajuste. Este enredo empeora el problema por partida doble: el combatiente no logra concentrarse en su misión, mientras que cualquier conversación seria acerca de cuestiones románticas se verá perturbada y adulterada por el stress, la excitación, la sensación de urgencia. Moid califica esa discusión como una pelea entre chiquillas y Asteria comparte esa opinión. Sin embargo, los espectadores presenciamos la escena, nos enteramos del trasfondo pasional que involucraba. Al usar la palabra “amor”, Madoka peca de amplitud, no describe con precisión el meollo del dilema, la encrucijada moral que enfrentaban ambas pilotos, la dificultad de establecer lealtades que trasciendan los límites del bando. Un acontecimiento de gravedad, un hecho doloroso y complejo, se torna estúpido, una muestra de incompetencia. Luego del interrogatorio, donde emplea un tono intimidante e incisivo, Asteria cambia de registro y escenario para dialogar con Youko en un entorno elegante y delicado. La loli sabe adecuarse al interlocutor: frente a la arqueóloga, no funcionará un discurso dominante y severo. Habrá que engatusarla situándose al mismo nivel, platicando como iguales, otorgándole dignidad para participar de una negociación. La prima de Madoka lo concede, asombrada por la precocidad y agudeza de Asteria, sin embargo, no baja la guardia ante tamaña exhibición de hegemonía y mide sus respuestas con idéntica sutileza: atestiguamos un breve pero interesante duelo entre mujeres astutas y cautelosas que ocurre durante un tranquilo lonche. El análisis es sustituido por una figura poética, un juego de símiles y suposiciones más fructífero que cualquier diagnóstico académico. Después de contrastar los datos, la pequeña mandamás confirma sus intuiciones y toma la decisión de suspender la actividad de Midori y prohibirle a Madoka que maneje al robot.

De inmediato, la loli enfrenta las consecuencias de quebrar la unidad del grupo protagónico. Asteria había manifestado su extrañeza porque una chica tan sencilla y atolondrada como Kyouno tuviese el potencial para reactivar la leyenda. Cuando se piensa en alguien predestinado o elegido, solemos imaginarlo de forma idealizada, concentrando en su hipotética imagen un cúmulo de virtudes, un compendio de perfección, una especie de redentor. El motín de Laffinty y Muginami le permite a Madoka lucir sus cualidades prácticas. La ocasión es propicia para exhibir sus facultades como líder y certificar su habilidad para controlar una situación enrevesada, convenciendo a sus compañeras a aceptar incluso las órdenes más odiosas y aparentemente inadecuadas. Esta oportunidad se presenta como prueba de fuego: este hermoso gesto de solidaridad es también un reconocimiento al liderazgo moral que ejerce Madoka brindándoles un hogar, una mística, una inspiración. Las muchachas han asimilado el espíritu empeñoso y servicial que transmite su anfitriona y encuentran en nuestra heroína, además de amistad incondicional, una razón para luchar, el alma del Jersey Club: su perseverancia y coraje para cumplir cualquier tarea es suficiente para ganarse su admiración y convertirlas en camaradas. El dominio escénico que demuestra al agradecerles su preocupación, comunicarles sus sentimientos y persuadirlas a deponer su huelga con tanta honestidad y simpleza convence a Asteria sobre las aptitudes de Madoka, aunque mantenga su veredicto. La chica del buzo rojo posee ese talento, esa genialidad: crear vínculos emotivos gracias al encanto de su inquebrantable voluntad. Su mensaje es trascendente, no reúne aliadas ni pretende liderarlas de manera intencional, carece de maquiavelismo y le repugnan las palabras solemnes: Madoka es un imán, su carisma contagia a las personas sensibles en busca de respuestas simples y contundentes. No ofrece una hermandad momentánea, no junta socias para pelear una guerra que probablemente no comprende: recién descubre las implicancias de pilotar un aparato fatídico, signado por la maldición, elevado al estatus de leyenda negra por sus terroríficos antecedentes. Sin embargo, no duda con impotencia hamletiana. Aunque Orca y el cuco compartan escasas semejanzas, para Madoka, pelear implica responder con claridad pese a la incertidumbre, actuar en consonancia con la moral sin detenerse en vacilaciones. Por encima del verum (la verdad), se encuentra el bonum (la bondad, lo bueno): para una persona campechana y jovial, el mandato proviene de interpretar las circunstancias según nuestros principios. El imperativo categórico no es abstracto, se observa en los actos. Asteria pudo atarantarla y doblegarla en el terreno oratorio, pero brindando soluciones efectivas a crisis intempestivas, Madoka es the boss, la mujer de infinitos recursos, la reina del harén amical.

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