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Zero no Tsukaima F 7-8: Orejas puntiagudas

Siguiendo su acostumbrado modelo pendular, Zero no Tsukaima cierra otro período de comedia romántica ligera y descocada para oscilar de nuevo hacia el relato de aventuras, jugando su carta inverosímil –pero funcional- de “política adolescente”: los eventos bélicos o diplomáticos más candentes son resueltos por chiquillos de dieciséis años que definen mediante sus actos osados el curso de la Historia, aunque suene rimbombante. Los adultos ocupan roles secundarios o aparecen, muchas veces, como villanos o figuras ambiguas. Quienes están convocados a transformar al mundo mediante sus gestas heroicas son los jóvenes. Sin duda, la serie no pretende reflexionar sobre este tema porque lo utiliza como un tópico, casi a manera de automatismo, sin necesidad de criticarlo: así funciona la dinámica que sostiene la narración. Se cancela un ciclo romántico, de frivolidad y correteos eróticos para empalmar directo al drama del secuestro. La ratificación del amor entre Louise y Saito en los baños termales culminaba una etapa en su evolución como pareja, proceso que corre en simultáneo con sus hazañas guerreras: la aparición de nuevos desafíos épicos implica también que surgirán amenazas en el terreno amoroso, poniendo en entredicho la –todavía no consolidada- relación de los protagonistas. Ese peligro andante se llama Tiffania, la última haremette del grupo que reclamaba hacía rato su cuota de estrellato. Asuntos graves como la enemistad entre humanos y elfos, sus inconciliables diferencias religiosas, las repercusiones del Elemento Vacío, y la encarnación del cuarto usuario fueron dejados en suspenso mientras la exuberante Tiffa reprimía sus inquietudes sentimentales. Al convertirse en master se Saito, aplica una triple vuelta de tuerca, complicándole a Louise un escenario que creía resuelto y entrampando cualquier intento de solución inmediata, pues –según entendemos- un familiar está obligado a servir con devoción y lealtad a su respectivo mago, bajo una perspectiva feudal: son casi inseparables. La voluptuosa rubia tendría derecho a exigir una parcela en el superpoblado colchón de Saito, aunque (a diferencia de otras competidoras) le cuesta actuar con descaro o suele hacerlo con torpeza e ingenuidad. No obstante, este defecto podría transformarse en su mayor virtud estratégica. Comparada con Louise, a Tiffania le sobran rasgos positivos, aspectos que configuran su imagen de chica buena, retraída, tímida, cándida y bienintencionada, nada maliciosa ni ofensiva, incapaz de agredir a nadie, de temperamento asequible y paciente. Sin embargo, pese a su demoledora ventaja, la tsundere posee la carta de triunfo: vuelve a revelarse el Libro de Oraciones del Fundador, otorgándole a la pelirrosada poderes misteriosos que ni siquiera sus profesores logran definir, pero además de influjos cabalísticos, el rescate de Saito se gesta gracias al nexo espiritual de los enamorados, nivel inalcanzable para la bondadosa Tiffa.

Los elfos son figuras recurrentes en los relatos de corte aventurero-legendario: aunque son personajes provenientes del folklore pagano europeo y están ligados al tema de la magia por asociación con otros referentes célticos (como los druidas), en realidad, el anime adopta este tópico como herencia directa de los juegos de rol (RPG) con ambiente mágico pseudo-medieval, donde los elfos suelen conformar una raza aparte y preservan un conocimiento místico superior, figurando como expertos hechiceros o semi-deidades. El clásico noventero Elf wo Karumono-tachi (también llamado Those who hunt elves) adapta estos esquemas bajo una mirada burlesca y pícara, bajo la premisa de capturar elfas y desnudarlas, convirtiéndolas en objeto preferencial del fanservice. En Zero no Tsukaima podemos observar algunos detalles atípicos que vale la pena resaltar: en principio, respecto de los elfos, sigue el patrón usual para describirlos como una raza exótica, misteriosa y poderosa, que desconfía de la Humanidad –e incluso, llega a odiarla y despreciarla. Este exotismo guarda consonancia con la arraigada curiosidad del público japonés hacia la cultura occidental. Sin embargo, a través de Luktiana accedemos al proceso contrario: algunos elfos tienen un interés, digámosle, antropológico por los seres humanos y sus costumbres, interpretándolas erróneamente, partiendo de sus prejuicios o adoptando una perspectiva pintoresca, que desea hallar algo maravilloso o folklórico en cualquier manifestación cotidiana. Aunque resulte paradójico, hasta el siglo pasado, algunos estudiosos empleaban un punto de vista similar cuando se dedicaban a registrar las tradiciones, acervo o creencias de las civilizaciones indígenas. Su actitud era ambigua porque, gracias a sus investigaciones, obtuvimos información sobre pueblos aislados y desconocidos, pero al estudiarlos, se aplicaban ideas preconcebidas que terminaban calificando al Otro de salvaje o barbárico, y ensalzando a Occidente como única cultura evolucionada o civilizada. Cundía la incomprensión, por ende, también la deformación. Con Luktiana sucede al revés, pero igual: los humanos son objetos de estudio, bichos raros, gente extraña y anormal que causa fascinación. La mirada se invierte, pero mantiene el mismo enfoque: el sujeto exótico contempla al hombre “normal” como una cosa extravagante que merece analizarse en cautiverio. Sin embargo, mientras la chica del oasis se dedica a indagar la verdad por experiencia directa, sus gobernantes se empeñan en conservar de manera obcecada sus miedos y suspicacias, perseverando en sus mentiras y generalizando de forma abusiva a todo el género humano. Parece una parodia involuntaria, porque semejante mezcla de odio, fanatismo, terquedad e ignorancia es exhibida, en nuestro mundo real, por ciertos líderes mundiales cuando promueven –basándose en engaños o estereotipos- una guerra con matices religiosos, usando como recurso retórico el infundir miedo o propagar amenazas terroristas entre la población. Se basan en antecedentes (de miles de años atrás), relacionados con la fundación del culto a Brimir, pero antes que dialogar o negociar, buscan encender las pasiones, apelar al inconsciente colectivo y azuzar sus resentimientos. Tienen al frente un potencial interlocutor, pero se niegan a conversar porque están obsesionados y empecinados en demostrar la superioridad de sus pensamientos.

Podría tildársele de racismo o supremacismo en sentido estricto porque las soluciones al conflicto aportadas en el congreso élfico no contemplan ninguna forma de reconciliación o pacto: van desde el aislamiento (los moderados) hasta la aniquilación de los sucios, violentos e incultos humanos (tesis defendida por los radicales). Ambas especies no pueden mezclarse ni convivir, por ello, los extremistas consideran a Tiffania una aberración, además del fruto de una traición, porque incluso tiene la habilidad de manipular un poder demoníaco. Bajo esta ideología, toda creencia ajena al sistema oficial es condenada como diabólica o monstruosa. Luktiana piensa distinto porque –de nuevo el aspecto generacional-, debido a su juventud, los convencionalismos le resultan inconvincentes, pero también pesa su carácter: Zero no Tsukaima necesitaba un personaje femenino revoltoso e inteligente, muy osada y tenaz, lo suficiente para generar desequilibrio, que provoque revuelo por andar curioseando o indagando. Su rebeldía y espíritu científico la llevan a involucrarse en problemas, pero tiene una vocación por averiguar más aunque termine metiéndose en embrollos. No necesita fingir inocencia, malicia no le falta. Se trata de agudeza intelectual, es bastante perceptiva, del tipo de mujeres difíciles de engañar porque logran captar la atmósfera al instante, en especial cuando su principal objeto de análisis son las relaciones íntimas. El surgimiento de Tiffania como rival podría abrir una veta opcional para Luktiana como colaboradora o gestora de enredos. Aparte de perspicaz es bastante suelta de lengua y –aunque al principio le molesta el tamaño de sus senos- confronta sin rodeos a Tiffa con intención de animarla a confesarse. A Louise le costaría barato enfrentarse a una contendora timorata y apocada, pero le demandaría el doble de esfuerzo soportar la ofensiva cuando los enredos fueran incitados a propósito por una metiche sagaz con ánimos de alcahuetear. Cuenta también su dinámica de dominación con Arie, manipulándolo con eficacia para sofrenar sus arranques de idiotez. Una muchacha capaz de torcer la voluntad masculina chantajeándolo con su matrimonio merece atención porque sabe tejer los hilos correctos contra el sexo opuesto, a diferencia del resto de quinceañeras de la escuela de Tristain que, obsequiosas, ponen sus mejores atributos a disposición de Saito en lugar de plantear una relación dominante (sorry: a Louise le sobra brutalidad y le falta elegancia cuando intenta imponer su soberanía).

El regreso del misterioso libro de hechizos coincide con el retorno de otro filón argumental de capital importancia ¡en la primera temporada!: la aparición de tecnología moderna, es decir, proveniente del universo alterno donde habitaba Saito. La roca al centro del oasis resulta la cola metálica de un avión cubierto de algas y enterrado de pico dentro de la laguna. Nuestro héroe posee la habilidad de maniobrar cualquier objeto diseñado para funcionar como arma (por ejemplo, no podría emplear un palo de escoba para usarlo como espada), pero la aeronave necesita refacciones (y combustible, seguro): las habilidades mágicas de Gandalfr no alcanzan para mover semejante mastodonte de acero. El tema queda en suspenso, sembrado como posible elemento de intriga en próximos episodios y, aunque falten pocos para el anunciado final, dudo que hayan desperdigado una pista falsa. A escasos cuatro capítulos para despedirnos de Zero no Tsukaima, vienen arrastrándose y acumulándose varios nudos que deberán resolverse en poco menos de ciento veinte minutos de animación. No hablamos de pormenores minúsculos: el descubrimiento del avión es presentado como cliffhanger, pero al cambiar de episodio, el asunto pierde resonancia, no ejerce ningún efecto sobre el desarrollo posterior e incluso acaba siendo olvidado. Los elfos ignoran el significado de tamaño armatoste y, acaso si llegaran a enterarse de su utilidad, los talibanes del gobierno se rehusarían siquiera a tocarlo. El único capacitado para operarlo y darle sentido es Saito, pero ante la sucesión de eventos desafortunados (incluido convertirse en familiar de Tiffania y lidiar contra sus celosas guardianas), el detalle pasa al segundo plano. Otra interrogante abierta es la naturaleza definitiva del Libro de Oraciones, un ítem mágico análogo al famoso Espejo del Fundador: el texto reacciona al deseo inconsciente de Louise, pero al actuar, parece tomar posesión de su usuaria. Finalmente, deberán hallar una respuesta al dilema de Saito: fungir de familiar a doble turno vale mientras haya tiempo para suscitar algún barullo melodramático o picaresco, pero no funcionará por siempre. En cualquier caso, este tema dispone de mayor flexibilidad porque el harem como género está acostumbrado a desembocar en desenlaces con poligamia o bigamia.

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