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Nisemonogatari 9: Ocultar

No aliens, robots, QB o fantasmas

Los detractores de Nisemonogatari seguramente continuarán emitiendo opiniones en contra de la forma en que esta serie es presentada (incluso a nivel de escritura, para quienes conocen la light novel, hay muchas quejas) y denunciarán que el arco de Tsukihi tiene muy poco de Tuskihi. Si el arco de Karen les resulto aburrido, seguramente este los hará chillar. Como los impostores siguen siendo impostores, no importa que tan hermoso decoren sus exteriores, el comienzo de este arco marca la clausura de una historia de falsos presupuestos. Quizás el entusiasmo que despertó Nise va en contravía a las especulaciones: como sabía a qué atenerme desde un principio, estaba seguro de que causaría una reacción crítica, que intentará lanzar sus ofensivas por varios flancos: 1) el descarado uso del fanservice de esta serie que normalmente es asociado a una connotación peyorativa. Crítica que no comparto: si alguno de ustedes ha observado con cuidado, Bakemonogatari estaba lleno de mucho fanservice. 2) La falta de un argumento que permita a la historia desenvolverse de modo coherente. Lo cual está bien para series que tienen grandes aspiraciones, pero no para Nise. 3) La predisposición psicótica y neurótica de los personajes centrales, que causan aversión en sus comportamientos. Si Araragi era un reprimido en Bakemonogatari, en Nisemono sale a flote esa parte de su personalidad, no como grifo descompuesto que gotea, sino como un torrente que arrastra detrás de sí el detritus de pasiones y visceralidades que despiertan en la mente de un adolecente a punto de graduarse…

Si no lo han notado, todo el cast femenino (excepto por Mayoi, cuyo estatuto sobrenatural suprime el paso del tiempo) ha cambiado su apariencia física, ya sea antes o en el transcurso de esta aventura. Eso se debe a que los personajes no son estáticos, a la manera de los slice-of-life donde adquieren un carácter principalmente determinado por la función: ellos se mueven y cambian, viven el devenir y el cambio de relaciones, con sus duelos, risas y tristezas, de lo que sus problemas con lo sobrenatural son solo un efecto de esa extrañeza que los hechiza. Adelantándonos un poco a la trama, tal vez sería buena idea presentar a las misteriosas mujeres aparecidas en este episodio. De todos modos, los nuevos personajes introducidos en este arco nos siguen guiando por la antigua pandilla de Meme, al habernos encontrado con Kagenui Yozuru y su shikigami Ononoki Yotsugi. La experta en espíritus inmortales y su familiar han venido de cacería guiadas por la perspicaz mirada del estafador Kaiki. A pesar de ser un falsificador, el viejo compañero de Oshino tiene ojos muy agudos (vio a través de Araragi, de Kanbaru, de Tsukihi). Kagenui es una esotérica conocida como omyooji, es decir una persona versada en la adivinación y el control de espíritus. Los shikigami son seres sobrenaturales que asumen la forma de pequeños niños parecidos a un oni, y que pueden causar daño y embrujar a las personas por orden de su amo. Ononoki es, además de un familiar, un tsukomogami, una clase de yōkai y obake que comprende artefactos de una casa que han cumplido cien años y que adquieren vida al alcanzar su centenario. Su nombre, Ononaki, le fue dado por Kaiki. Originalmente humana, fue revivida por Yozuru con la intención de ser su compañera. Desde un principio se señala la relación de esta con el antiguo sensei de Koyomi, ya que busca la ubicación de la escuela abandonada que sirvió de base a las operaciones de extirpación de lo sobrenatural de la temporada anterior, aumentando la incertidumbre de que tan valioso es ese lugar que exhala un aire embrujado y místico. Sitio de reunión anhelado por los cazadores de lo maléfico, de las extrañezas, hablando con el vocabulario proporcionado por la serie.

Lo transparente, lo opaco:

Las críticas lanzadas en contra de Nisemonogatari eluden la transacción continua de signos que produce, al igual que ocurría con su predecesora. En ella los dispositivos visuales y las palabras flotan en una sopa de letras que hace aparecer un kanji, una imagen, una pronunciación elegante, un mandato extravagante, un cambio de roles, etc., como si se tratase de un choque de perspectivas incoherentes e irreconciliables, juntándolos a la manera de un esquizofrénico que se contenta con unir los contrarios y crear fracturas. Nise es un verdadero rompecabezas, que en vez de apaciguar, llama a la actividad, a la conciencia inquieta de observar y escuchar con sagacidad las expresiones y las presentaciones. Esta nueva entrega prolonga esa misma perspectiva, sólo que en ella hay una disyuntiva que se pronuncia con mucha fuerza: por un lado tenemos el arte abstracto, minimalista, repetitivo, geométrico y sacrosanto de los lugares, los sitios. Casi vacíos de sonido, de vida, de gente, son representaciones vanguardistas que pasan por varias corrientes artísticas, creando un collage que toma elementos de diferentes lados y les da un sentido completamente nuevo. Si la creatividad humana posee como directriz esa inventiva constante que hace de elementos divergentes una unidad simbiótica con otros fines (tomar un cepillo de dientes y usarlo para proporcionar placer), entonces Monogatari debe ser celebrada y admirada por su gran esfuerzo. Ese poder de la geometría insensata que parece vaciar el espacio y uniformizarlo (los fondos, a pesar de su belleza, carecen prácticamente de vida) se vuelven una presentación luminosa y relajada, un universo armonioso construido a partir de líneas, planos, esquemas: son lo que son, no poseen ningún sentido oculto, se insinúan intencionalmente, no disocian al ojo de lo que ve. Pareciera que le sustrajera a la realidad su dosis de caos diaria, y existiera por sí mismo esa belleza proporcional e inacabada. Igual a los bloques de construcción del lego, la ciudad se encuentra en perpetuo cambio y construcción, haciéndose a la marcha. Vigas, letreros, demoliciones, están llamados a advertir ese perpetuo remodelamiento, ese espacio aun abierto que invita a llenarlo o suponer algo sobre él. En el otro extremo de esos signos que se quedan en la forma, tenemos los siempre curvilíneos y pronunciados cuerpos femeninos, junto a los poderosamente esculpidos pectorales de Araragi,  que se exponen en cada ocasión. Cuerpos atléticos, forjados en la dieta y en la hoja de papel del diseñador artístico. Cuerpos que no operan, como los anteriores por simples líneas y puntos, al contrario, están cargados de un poder sexual y de una fuerza biológica que empantana al objeto en las pulsiones, excitaciones y deseos. En este, la piel, las caras, las piernas y los pechos son enfocados constantemente. Las tomas dirigidas hacia las caderas y los lugares indebidos abundan. Aquí, el signo ya no responde a una lógica matemática, antes bien se lo hace entrar en una materialidad, si se quiere obscena, que marca un paso por la simbología sexual o la correspondencia con un ideal. Aquí, a diferencia de la transparencia de la arquitectura, de los monumentos, de los escenarios, surge la indescifrabilidad, la opacidad de los cuerpos, que, además, están sellados herméticamente. Sus vísceras e intestinos no son visibles, sus órganos internos están ocultos a la vista. Esa imposibilidad del ojo de penetrar, a menos que se practique una disección, marca también una diferencia fundamental entre el sitio y las individualidades. Entre lo que es visible y lo que se oculta. Los personajes, a diferencia de los lugares, despiertan la inquietud y el entusiasmo, porque cargan con una voluntad que no puede ser reducida a ninguna fórmula posible. Aunque, ese espacio es la producción que permite o que crea la interacción entre cada uno, la arquitectura tiende a la inmaterialidad y los cuerpos humanos no dejan de caer en la mundanidad. La carne y la piedra se entrelazan en su oposición, juntando y separando sus propios características y aspectos. De todos modos, la perspectiva oculta y revela, sirve de escondite para secuestros, para peleas, para viajar a través del cascaron de la tierra. Es un espacio itinerante, aunque vacío: se llena de cuerpos que chocan, celebran, acosan o sufren por golpes. Esta división, sin embargo, no es absoluta, porque al fin y al cabo también la arquitectura sirve para cubrir y encubrir (pensemos en el juego de sombras que despliega la habitación de Kanbaru o la imaginación espacializada de la mente del protagonista). También los cuerpos humanos tienden a alzarse, elevarse hacia los cielos y volverse más ligeros, asumiendo una tendencia vertical que da pasos alados: una hermana que lleva sobre sus hombros al ganador de un concurso llegando a imaginarse en el techo del cielo, sobrepasando la atmosfera; una misteriosa mujer que ha hecho el voto de no tocar el suelo, parecen ascender, mientras no ponen sus pies en la tierra en reposo. Esa doble función sería inexplicable al menos de que intentemos preguntarnos por lo secreto…

Sonrisas

 El gusto por el secreto

El engaño siempre va acompañado de un secreto, de un misterio. Un signo sella, ausenta, una información. Pero sería ingenuo creer, como ya hemos criticado, que un código pre-existe a su propia recepción (al menos que haya sido establecido de antemano, pactado, de lo contrario debe ser organizado y secuencializado por un interpretante). El poner el énfasis en el mensaje permite pensar en una semiótica interpretativa. que se preocupa por observar los procesos por los que se crea la significación. Aún así, un signo carga en su interior esa posibilidad de ocultar algo, de ausentar algo, o hacerse pasar por algo para ocultar un significado. Lo que se dice es menos de lo que se piensa. En Nisemonogatari es obvio que los personajes saben más de lo que dicen. Hanekawa lo dejó claro en un pequeño comentario. El elenco femenino es experto en aplicar las leyes del secreto. Parecen conspirar entre ellos, tener enemistades o servidumbres (Hanekawa-Hitagi) que no expresan directamente, al menos que se tomen los gestos y las palabras de negación como una indicación en sentido opuesto. Sugieren, no hablan. Un silencio incomodo que se abstiene de hablar. Su visión penetra en los objetos y encubre lo que expresan. Ahora bien, Nise y Bake son series adeptas a dejar incompleto el cuadro, en permitir la suposición y la especulación: no hay besos, sexo y apenas abrazos (ni el beso con Karen, ni la solicitud de Gahara-san son presentados, y el acercamiento a Hachikuji en esta ocasión fue interrumpido con violencia). Kanbaru se niega aclarar las intensiones de Nadeko hacia Araragi, mientras el senpai queda dubitativo acerca de tan extraño comentario. Es igual a un juego de póker, en que los jugadores arrojan cartas a sus adversarios mientras ocultan información valiosa a sus rivales. Sus manos permanecen lejos de los ojos indiscretos que pretenden hacerse una idea de a qué le están apuntando. Mientras se pasan y dan tarjetas, cada protagonista del harén de Koyomi se cuida de que el resto reciba una misiva encubierta o simplemente elude la función que se le ha asignado. En esta historia en que nadie puede estar seguro de nada, porque lo que se oye es una ilusión, porque lo que se ve es una ilusión, el velo de Maya ciega los ojos, encubre sus propios rastros. La comunicación, que no está compuesta únicamente de mentiras, se especializa en tapar sus propios vicios. Un secreto es poner aparte algo que no se desea ver, o ponerlo en donde es imposible analizar eso que se desea no ver. Permanece lejos, arrojado del seno de lo visible, en una especie de sótano, tapado por infinitas capas de tierra, ropa o hasta cartón.

Elvis aún vive...

Ya hemos definido los signos como aquello que esta puesto en lugar de otra cosa, una presencia que sustituye a una ausencia, creando una diferencia, un desplazamiento (ver Nisemonogatari 5-6). Un signo es aquello que se dice de muchas formas (siempre varía el nombre, la idea, la significación). Compone una red que se extiende en amplitud. Todo signo reduce, o selecciona, unas características de un continuum y diferencia porciones de este continuum de modo arbitrario. Se trata de una reducción de la multiplicidad a una unidad que entra en juego en una cadena de sustituciones que compone sistemas, subsistemas, direcciones, géneros, clasificaciones, etc. Un signo se enlaza con un objeto, una palabra, o con una imagen, e incluso puede ser necesario un tercer signo para enlazar otros dos. Pero no nos dejemos engañar, esas selecciones arbitrarias siempre están en crisis, porque es imposible ponerle tope a la producción de signos. Se pone en tela de juicio cada selección, le es imposible a un sistema detener esa regresión infinita de la cadena sígnica. Es por eso que se produce la llamada semiosis ilimitada, la capacidad (inconsciente) de tomar diversas unidades culturales para poder explicitar otras en una cadena de sustituciones continua. Es decir, nunca se agota. En cierta forma, esta sería la razón por la cual todo anime (en un sentido más amplio, cualquier producto cultural ya sea de extracción baja o alta) termina reuniendo en su interior el resto de circuitos interpretativos propias de su contexto, creando una especie de meta-texto: Araragi posa igual que Elvis, o sufre la metamorfosis que lo asimila a un personaje de JoJo’s Bizarre Adventure. Ejemplo: Kagenui llama a Koyomi “niño demonio” (gaki, 餓鬼, este último sería el termino correcto, pero no es el que usa), técnicamente seria niño “grosero” (kichiku, 鬼畜, así es como lo nombra), BRUTO, de donde Araragi supone que se refiere al hecho de ser descaradamente cargado sobre los hombros de su imouto. Ononoki llama a Araragi Oni-oni-chan (鬼兄ちゃん). El nombre de un vampiro en japonés, (kiyuketsuki, 吸血鬼),  literalmente se traduce en ogro, fantasma, que succiona sangre (吸血). La partícula que conecta a estas palabras es oni, ki (鬼), ogro, demonio, etc… Ese ki funciona como conector y seleccionador, especie de copula que permite el paso de una palabra a otra, convirtiéndose en un nudo de intersecciones, una tensión de interpretaciones. El juego de palabras se enlaza en el campo semántico a partir de un interpretante que traduce o sustituye cada uno de los términos, no solo como palabras (porque en esta ocasión no estamos enfrentando un texto puramente novelesco), sino también en imágenes, sonidos, gestos (ojos con letras, momentos de tensión, pronunciación de los seiyuu, etc…). Diseños de personajes, tomas, especulaciones, ambientes, modos de interpretación son otros tantos procesos que entran en ese círculo interpretativo que se basta a sí mismo para producir y desplazar los códigos y los significados. La semiosis arrastra consigo la baba y el detritus de cada cosa que se encuentra a su paso, sea histórica, cultural, social, ideológica o filosófica. Estos procesos de construcción semiótica siempre caen en el riesgo de la auto-referencialidad, como si se tratasen de fenómenos aislados que no están permeando las expresiones y contenidos de la cultura misma, sin embargo, el mensaje por el mensaje mismo nunca deja de tentar a la mente humana. Sellar esos procesos o codificarlos ha representado uno de los aspectos primordiales de toda relación de fuerza, de poder, que existe. Como el simbolismo (la semiosis) es el fundamento de la libertad humana, no sorprende que siempre haya habido quienes desean reprimirlo, de ahí que toda crítica semiótica desemboque en crítica política. Es en definitiva la fuerza del proceso semiótico mismo. Todos esos sentidos vienen a ser aclarados únicamente cuando se detienen a pensar, a elucubrar esos caminos que llevan a diferentes expresiones a entrar en juego, pues de lo contrario permanecen como un secreto…

Una respuesta

  1. nicolas

    muy pero muy buena descripción, me mantuvo entretenido…

    3 junio 2012 en 01:31

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