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Rinne no Lagrange 6-7: Manzana de la discordia

El concepto de leit motif proviene de la nomenclatura musical y alude a ciertas estructuras melódicas, recurrentes en una composición y asociadas con determinados personajes, situaciones o ideas. Trasladando esta noción al análisis literario, nos referiremos por motivos a determinados elementos o signos reiterativos, que pese a tener variantes, preservan un núcleo constante de sentido. El aparato simbólico de Rinne no Lagrange se sostiene sobre esta recurrencia. En algunos casos, varía el significante. Por ejemplo, las orcas de Laffinty: un peluche, un libro, un adorno del pijama. El entramado de connotaciones es amplio pero redunda alrededor de Vox Lympha, que representa al agua en la tríada elemental. En otros casos, la variación opera sobre el significado (afectando la interpretación del signo): las flores son objeto de fascinación estética, imagen de libertad, vinculada a la pureza infantil, la nostalgia de tiempos idílicos a punto de derrumbarse, pero desde el sexto episodio, participan en un fenómeno perturbador que presagia desgracias. Otros motifs duran apenas un capítulo, aunque concentran una tremenda carga significativa. La manzana que Muginami encuentra en el desayuno del hospital le recuerda sus penurias de niñez. La fruta simboliza un intercambio generoso y desinteresado, pero también remite al desahucio, la deshumanización, la desesperada lucha por la supervivencia, un contexto donde compartir el alimento es el máximo gesto de amor y solidaridad. Califican como motivos el maru, Kamogawa, el océano, las sillas, el jersey. La profesora de Madoka identifica de inmediato la preocupación de su alumna cuando percibe que falta su clásica indumentaria y su coleta característica. La ciudad es mencionada en cada título subrayando que los sucesos determinantes que decidirán el futuro del cosmos transcurren en un apacible y paradisíaco rincón provinciano.

Tres series de invierno destacan por la preeminencia del heroísmo femenino en escenarios de ciencia ficción: Rinne no Lagrange, Senki Zesshou Symphogear y Mouretsu Pirates. Pese a sus notorias diferencias, se percibe una constante, ciertos puntos de coincidencia que permiten esbozar un patrón común. Sus protagonistas, además de entusiastas y voluntariosas, eran –antes de aceptar su misión como guerreras- chicas de clase media con vidas simples en entornos apacibles, una cotidianeidad que valoraban y atesoraban, pese a asumir una extraordinaria responsabilidad al descubrir (o aceptar) su vocación épica. No reivindican una existencia anodina, son propensas a buscar experiencias divertidas o estimulantes, pero esas emociones también se circunscriben o están enmarcadas en cierto ritmo rutinario o situación de normalidad. El propósito del Jersey Club es brindar colaboraciones, no revolucionar el mundo. Nuestras heroínas de febrero son típicas estudiantes de preparatoria, que pasarían desapercibidas entre la multitud, son peatones anónimos, que cumplen sus tareas, tienen trabajos part-time o realizan actividades extracurriculares, como cualquier adolescente. Una trama habitual consiste en mostrar cómo el oficio heroico altera su rutina escolar y los arduos intentos por compaginar o satisfacer en simultáneo ambos quehaceres. En cuanto al perfil del personaje, aparecen algunos rasgos comunes: son empeñosas, optimistas, muy animadas, tienen coraje, les sobra fuerza de voluntad, no tardan en identificarse con ideales de lucha, pero además, salvando las diferencias de grado, actúan con cierta ingenuidad, torpeza o atolondramiento que las humaniza. No destacan por sus aptitudes intelectuales, pero disponen de una inteligencia práctica, un talento especial, innato, para hallar soluciones espontáneas a problemas complejos y urgentes en situaciones de alta tensión. Podemos establecer una gradación: Hibiki Tachibana es menos ingeniosa porque su performance depende bastante de su fuerza bruta, pero el entrenamiento la proveyó de recursos en combate. En cambio, Marika Kato, encargada de capitanear una nave, aunque sea una airhead convicta y confesa, requiere emplear una gama más amplia de habilidades intelectivas para definir estrategias o administrar y procesar una mayor cantidad de información. Madoka se encuentra al medio, sus reacciones son pasionales, se lanza con prisa a buscar venganza, y salvo golpear primero, carece de sentido estratégico. Incluso despliega su máximo poder (provocando el brote de Lagrange) como respuesta instintiva a un estímulo perturbador que genera un exceso de emotividad. Sin embargo, es perspicaz y versátil, cuenta con mediana experiencia en múltiples disciplinas, además de poseer un discurso principista. Antes que su excepcionalidad, Madoka destaca por su simplicidad y sentido común, aunque esté rodeada de gente tomarse las cosas en serio y realizar centenares de cálculos mientras ella alcanza una solución con meras sumas y restas. Como protagonista, casi nunca falla (en términos narrativos): ese carácter sencillo y campechano le permite pedir perdón cuando se equivoca, ser honesta con sus sentimientos de rabia o indignación y mostrarse comprensiva y abierta con los temores, traumas o manías de sus compañeras. Para redondear la descripción, Madoka asume la actitud correcta del héroe inspirador, una virtud de consenso que muchos espectadores admiran: no tiene miedo de pelear, no renuncia, toma la iniciativa. Las palabras hirientes de Muginami implantan la duda, pero Madoka no ceja en su postura combativa.

El manejo y disposición del humor suponen otro acierto estructural de la serie, pues permite equilibrar el tono del relato, evitando un exceso de solemnidad. La mayoría de personajes masculinos son objeto de burla. El patrón recurrente acopla un evento o diálogo serio con gestos o acciones humorísticas en paralelo. Por ejemplo, el ayudante de Youko se lamenta cuando pierde la oportunidad de un beso indirecto cuando su jefa bota a la basura los palillos del ramen instantáneo. Tadakoro suele perder la paciencia, importunado por obedecer las sugerencias de alienígenas caprichosos e impertinentes. Un operador de cabina es fanático de las figuras de acción (y sospechoso de pervertido por culpa de su condición de otaku). Hiroshi es mangoneado (con justa razón) por su implacable sobrina, y encima, ostenta un dudoso olfato para la moda. Pese a su actitud cachacienta, Moid no resulta nada gracioso, porque incluso su sarcasmo suena incómodo y subraya su carácter intrigante. No podemos acompañarlo en sus bromas mientras sospechemos que oculta algo grave. El esquema de Rinne no Lagrange integra tres vías de elaboración del humor. El primero, mediante el contraste: se contraponen los hechos frente a las expectativas, el “ser” contra el “debe ser”, sorprendiendo y descuadrando al público, cuyas previsiones son transgredidas. Por ejemplo, los enemigos de Madoka son terriblemente ineptos, demasiado atropellados y carentes de astucia. Fueron despojados de la dignidad épica que distingue al piloto de mecha, degenerando hasta convertirse en tristes bufones humillados por Villagiulio. Sin embargo, los muchachos –en especial Kirius- pretenden mostrarse solemnes; he allí lo gracioso, porque invierten su seriedad y circunspección para hablar de temas ínfimos y maximizar su importancia, interpretándolos de manera desproporcionada, como sucede cuando prueban los refrescos energizantes. Otra variedad de contraste es la ruptura del estereotipo a través del arquetipo. Madoka y Laffinty salvaron a Kamogawa de una hostil incursión extraterrestre conduciendo a su antojo sendas naves espaciales capaces de transformarse en robots (y dotadas de gigantesco armamento), pero sucumben a risueñas circunstancias cuando les proponen cazar anguilas dentro de una piscina –con innegables referencias al hentai de tentáculos-. El segundo tipo de humor podría denominarse de “quiebre lógico” y suele manifestarse en dos modalidades: por recurso al ridículo o apelación al absurdo. A veces, la diferencia es demasiado sutil y ambas variantes suelen complementarse o confundirse. Laffinty sale a batallar visiblemente afectada por haberse saturado de taurina o cafeína, Madoka declara a gritos por los pasillos del colegio que saldrá de comando porque no trajo un calzón extra, Watabe-san olvida sacarse un rulero, Lan-chan practica un dramático strip-tease ante sus compañeras. Quizá debamos diferenciar entre chistes provocados por una torpeza o impericia circunstancial y humor proveniente de situaciones incomprensibles o alocadas. Madoka ha escuchado el nombre de Villagiulio decenas de veces, pero nunca lo pronuncia correctamente, incluso en contextos melodramáticos. Incluso funda una rutina cómica donde otro personaje intenta corregirla. Siendo la deformación del nombre un método para restarle relevancia al sujeto, dudamos si acaso la chica del jersey no cometerá esas imprecisiones lingüísticas para expresar su desprecio por Shabadaba, perdón, Giuvigiuvio.

Una tercera veta humorística la conforman la ironía y el sarcasmo como figuras del discurso, aunque también podríamos preguntarnos si existe una “actitud irónica” compuesta de ademanes burlones con intención de lastimar al interlocutor, minimizarlo o provocarle incomodidad. Esta forma de comicidad corrosiva suele concernir a los villanos o personajes que asumen alguna posición controversial, pues manifiestan cierto afán destructivo, sea oponiéndose al sistema o encarnando una forma de poder oscuro. Muginami lo practicaba para incordiar a Laffinty, quizá porque lo aprendió de Giuvigivaro, quien provee un ejemplo típico de socarronería cuando declara su combate contra las tres Vox como “harem night”. Sería extraño que el príncipe defenestrado de una nación interplanetaria conociese los tópicos predilectos del otakuísmo, por tanto, utiliza esta imagen como metáfora, erotizando de broma el combate. Sin embargo, esta sexualización no es connotativamente inocente: desde una visión patriarcal, declararse el “dueño” o “amo” del harén significa establecer una relación de poder, una jerarquía, insinuando que las mujeres aludidas están subyugadas, sometidas o, mejor dicho, poseídas en sentido carnal. Funciona como chiste porque Villagiuvio adopta la patanería discursiva de un galancete de barrio bajo, pero no obviemos su trasfondo machista. Lo subrayo porque corremos el riesgo de simpatizar con el villano engañados por su retorcido sentido del humor. Ni siquiera la picardía criolla de Giviguvio puede ocultar las pruebas de su perversidad, evidenciada cuando intenta asesinar sin piedad ni clemencia a Muginami, pagando con brutalidad la nobleza de una niña hambrienta que sacrificó su porción de manzana para socorrerlo cuando moría de inanición en el planeta U-go. Aparte de ingrato, ese cañonazo fallido (gracias a la intervención oportuna de Laffinty) demuestra su nivel de frialdad y crueldad, incluso contra quienes lo aprecian y apoyan. No quedan dudas de cuán desquiciado está si observamos el inmenso agujero creado por ese disparo nada disuasivo. Vigiuviguo apuntó a quemarropa. Aquí termina la broma, el chongo, la cachaza: aunque los testimonios de Lan-chan y Muginami reivindiquen su pasado gentil, el líder de Kiss se esforzó por degenerar. Estamos ante un monstruo sin límites, no importan sus intenciones ni tampoco su irreverencia barata: que Moid lo supere en malignidad no atenúa la barbarie que recubre sus actos. Por desgracia, escogió el camino equivocado. Pese a su ambigüedad como referente (ignoramos qué ambiciona, además de destruir los Vox), aniquilar a una aliada sin mediar explicación es intolerable e imperdonable. Esta consideración no invalida la pregunta acerca del verdadero villano de la serie aunque nos sitúa en un escenario accidentado, donde se entrecruzan diversos intereses. No existe consenso dentro del bando que se arroga la representación del Bien. Youko y Tadakoro desconfían de Moid, que obedece su agenda particular, ocultando información, propiciando eventos por morbo, usurpando autoridad y planeando movimientos por debajo del tablero. Durante el florecimiento de Rinne –como designa al enigmático fenómeno-, abandona su venenosa serenidad para exaltarse con emoción malévola por algún motivo desconocido, pero –dada su reacción sádica- no podemos aguardar gratas noticias. Según los indicios, Moid emplearía a Novomundus como plataforma para gestar un evento descomunal o crear las condiciones que aseguren alguna cuota de poder a determinado sector en disputa, pues actúa como operador intermediario (se infiere que trabaja como diplomático o emisario de LeGarite). Consideremos además al misterioso hermano mayor que Laffinty suele mencionar. El rompecabezas continúa incompleto, aunque la mayoría de fichas están reunidas y visibles. Nos hallamos ante una superabundancia de significantes que operan pese a ignorarse sus significados. Sería como jugar ajedrez sin conocer el valor de cada ficha: solo sabemos que debemos ganar, pero nadie aclara los motivos, objetivos y funciones.

Lan: Para ser honesta, yo también quería tomar un baño con ustedes.
Madoka: ¿Cómo?
Lan: En… ¡En LeGarite, cuando te conviertes en parte de la familia, todos deben tomar un baño juntos!
Muginami: No lo creo…
Lan: ¡Es verdad! ¡Yo, la Princesa Laffinty, inventé la regla! ¡Lo decidí ahora mismo! ¡Así que debemos bañarnos… las tres!

Amor y desengaño son las principales fuerzas rectoras del drama en Rinne no Lagrange. La mayoría de personajes que desestabilizan el tinglado u originan desequilibrio actúan obedeciendo a sus pasiones o encandilados por sus sentimientos, como ordenan los cánones consuetudinarios del melodrama. El único sigilosamente racional es Moid: el malestar que transmite deriva de esa fingida neutralidad, esa máscara de tibieza y buenos modales, porque impide trasparentar sus auténticos pensamientos y niega todo acceso a su subjetividad, frustrando su reconocimiento como ser humano. Su rostro impasible obliga a suponer que esconde sus propósitos bajo una fachada de cordialidad demasiado estática e imperturbable. Moid juega el papel de engañador taimado que saca provecho del entramado pasional que incentiva mediante sus intrigas, haciéndose pasar por inocente. La imposibilidad de determinar al antagonista (o individualizarlo) fomenta la incertidumbre dentro de la estructura (en particular, si el enemigo principal y el destinador de la acción se solapan), dificultando la definición de los parámetros morales válidos para juzgar los actos dentro de criterios de corrección o incorrección. El único propósito discernible es defender la Tierra (partiendo de Kamogawa), pero ignorar el resto del antecedentes nos deja parcialmente impotentes como espectadores, casi compartiendo las dudas de Youko y Tadakoro. Mientras el resto sufre, llora, se enoja o cuestiona sus certidumbres, el embaucador se sienta a contemplar el espectáculo y suministrar el porcentaje de caos necesario, procurando manipular indirectamente a ciertos personajes para emplearlos como herramientas. Por contraste, nuestro trío de heroínas adolescentes tienden a exteriorizar sus emociones y declarar su estado de ánimo tanto por medios verbales como gestuales. Laffinty procura de manera infructuosa reprimir el sinceramiento, quizá porque procede de un entorno de formalidades, etiquetas y protocolos. Su condición de princesa le impone un régimen de prudencia, mesura y delicadeza. Esta disciplina inflexible le sirve como escudo para intentar disimular su timidez en asuntos sentimentales. También influye el orgullo clásico de la nobleza, que Lan-chan utiliza para aparentar fortaleza y determinación: aunque en temas de guerra esta actitud es beneficiosa, cuando se trata de confesar su deseo de bañarse desnuda de noche en la playa, resulta ridículo ordenarlo por real decreto. Sin embargo, siempre está dispuesta a defender su amistad con Madoka por encima de cualquier desencuentro, como demuestra al confrontar a Muginami cuando intentaba marcharse. La escena nocturna es conmovedora, al margen del humor y los desnudos -enfocados con cierto esteticismo-, porque prima el mutuo perdón, el anhelo de comprenderse y aceptarse, los ideales juveniles de solidaridad, unión, intimidad, privilegiando sus vivencias como amigas, como familia postiza, en lugar de remover las heridas del pasado y presente. En anteriores reseñas hemos descartado la viabilidad del componente yuri, pues la serie favorece otra clase de vínculos, cercanos a la hermandad femenina (sisterhood), una forma de homoafectividad restringida al ámbito más intenso de las experiencias amicales. Sin embargo, Madoka destaca como factor aglutinante y ordenador, que otorga soporte psicológico, emocional y moral a sus compañeras, quienes se supeditan al discurso provisto por la carismática chica del energy-drink, no porque caigan seducidas, sino porque Madoka les ofrece una camaradería sincera y desinteresada, además de confianza y lealtad, un entorno de seguridad, de amor fraterno. Méritos innegables para nuestra protagonista que sabe arrepentirse y portarse con caballerosidad en momentos oportunos. La secuencia del chapuzón de medianoche culmina de manera simbólica con una manzana arrastrada y devuelta por la marea, la última incidencia del leit motif en concomitancia con las aguas del océano, escenario asociado al espíritu de Kamogawa, las aguerridas Kamo Girls y la sensación de pertenencia que profesa Madoka hacia su terruño, sugiriendo que Muginami efectúa un cambio de afiliación, incorporándose a un nuevo hogar.

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