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Another 6: Watashi no Romantic

Las leyes engendran sus maneras de transgredirlas. La magnífica escena de rocanrol onírico que ocurre en las ensoñaciones adolescentes de Sakakibara-kun manifiesta este impulso subversivo, activado como estrategia de resistencia o revancha ante un entorno hostil, revirtiendo los sinsabores de la marginación, o transformando esa marginalidad recién adquirida en medio de afirmación personal. Suena contradictorio, pero imaginemos la siguiente situación hipotética: un sujeto es designado persona inexistente. Su reacción inicial sería de desasosiego, bronca, hasta un cuadro de depresión. Sin embargo, al trascurrir las semanas, pierde las esperanzas en recuperar su dignidad ante un colectivo cobarde que opta por denigrarlo de forma canallesca, y descubre que, siendo un elemento insignificante, de valor cero, dentro del salón de clases, ninguno de sus actos o palabras será respondido, resondrado o censurado. Su exclusión le otorga una libertad ilimitada y, aunque sea paradójico, le concede un poder omnímodo para manipular al resto de alumnos. A final de cuentas, ha sido socialmente extirpado y neutralizado, no tiene nada que perder. Está autorizado a patear el tablero y gozar de la impunidad. Puede escabullirse sin permiso, bailar una polka, insultar a diestra y siniestra, andar desnudo, pellizcarle las nalgas a Akazawa, soltar una bomba apestosa, jugar con el gameboy, poner a todo volumen su disco de Rage Against the Machine, porque apenas el primer incauto ceda a sus provocaciones, habría infringido las reglas abriendo camino a la maldición. Cualquier muchacho presa del resentimiento, convertirá su ostracismo en ocasión propicia para el terrorismo colegial: intentar frenarlo implicaría devolverle su carta de ciudadanía, reintegrarle su condición humana, declararlo “existente”. Ningún exiliado se atrevió a aprovechar la rigidez de estas normas absurdas porque la locura quijotesca de enfrentarse en solitario a una comunidad entera requiere de harta valentía. A Sakakibara-kun le atrae la idea de burlar ese mandato porque encuentra en Misaki una cómplice, una camarada, una pareja de lucha. Al formar su pequeño grupo, asumen otra identidad, otra pertenencia. La contramedida solo termina fortaleciéndolos, creándoles un espacio para comunicarse.

P.A. Works ha realizado un trabajo impecable. Jamás me cansaré de reconocerlo. Es innegable su calidad para recrear escenarios de tesitura hiperrealista, pero también destaca su esmero por darle fluidez al movimiento y regocijarse en detalles mínimos, como el quiebre del cristal en añicos, el giro de Misaki, sus pasos de twist, el brillo solar atravesando las ventanas de la biblioteca auxiliar e iluminando el rostro de Chibiki. Son pequeñeces que otorgan credibilidad a un universo visual que acompasa el proceso de refamiliarización que atraviesan los “exiliados”. Como indicáramos, esta circunstancia es contraria al enrarecimiento o desfamiliarización (origen de lo ominoso) y consiste en reencontrarse con la cotidianeidad, recuperar la conciencia de las cosas simples dentro de un orden funcional. La imagen de Misaki se despeja al disminuir su aura fantasmática, al aclararse sus circunstancias y otorgarle una justificación a sus rasgos más característicos, aquellos que configuraban su apariencia extraña y enigmática. Los misterios alrededor de la oscura chica del parche se disipan: comprendemos su situación familiar, su pesimismo, su actitud desganada, su vocación por lo lúgubre. La silenciosa crueldad de una madre que cosifica o ignora a su hija nos genera indignación y solidaridad hacia la víctima. Lo arcano y nebuloso se esclarece por vías racionales, con explicaciones comprensibles que refieren a situaciones nada místicas. Misaki pierde el ojo izquierdo porque le extirparon un tumor maligno. Una experiencia dolorosa, pero inteligible, según el discurso científico de la medicina. Otro método de normalización del sujeto radica en mostrar al personaje realizando acciones comunes y corrientes, en cuya simpleza se halla cierto regocijo poético. La muchacha rara, cuya anormalidad provocaba inquietud, expone su lado más anodino y rutinario, pero en lugar de ensombrecerlo, lo alumbra mediante su belleza. Quizá sus atributos gráficos nos incitaban a prejuzgarla, nos dejamos confundir o fascinar por su palidez, su peinado, su vocecita monocorde, su indiferencia, su mirada trunca. En realidad, aunque Misaki sostenga una visión sombría del mundo, más crítica y punzante que cualquier quinceañera promedio, esa melancolía es habitual entre los jóvenes que desarrollan un incipiente talento artístico, porque su sensibilidad y percepción han alcanzado una excepcional madurez que desentona con su edad. He mencionado en otras ocasiones el tópico de puer senex (“niño viejo”), sin embargo, pese a su inteligencia, el artista adolescente sigue siendo inexperto y dependiente. Vemos a Misaki jugar en el parque, comer unos sándwiches, mojarse las manos en un riachuelo, lamerse las yemas de los dedos con deleite, sonreír furtivamente, hablar de sus aficiones (mirar libros de arte) y admitir sus escasas habilidades culinarias (si calentar precocidos en el microondas se considera cocinar). Al departir esos momentos de armoniosa, pero delicada calma, hasta el ambiente tétrico de la azotea resplandece con un brillo veraniego, cuando, en capítulos anteriores, estaba encapotado de nubes negras, bajo un manto de penumbra, sometido a vientos inclementes. La naturaleza incurre en simpatía cósmica, acorde con las emociones involucradas, como si reaccionaran al estado anímico del personaje. Para redondear este redescubrimiento de Misaki, solo faltaba que terceras personas la tratasen con normalidad, desbaratando su supuesto carácter tenebroso: cuando regresa al Club de Arte, sus alborozadas kouhai la reciben con algarabía y admiración. En este hábitat -ajeno a reglas paranoicas-, goza de prestigio, es querida y respetada. A pesar de ciertos altibajos, es una muchacha normal. El oasis de ominosidad es el salón 3-3.

Este proceso liberador de retorno a la familiaridad es complementado por otro, de carácter análogo, pero inverso, que denominaremos “asimilación de lo anómalo” e involucra la integración de lo extraño (o extraordinario) como elemento partícipe del ritmo de vida común. En otras palabras, cuando un individuo acostumbrado a la normalidad, como Sakakibara-kun, es expuesto a eventualidades violentas que acaban por separarlo o expulsarlo del espacio privilegiado de socialización, al hallarse convertido en un sujeto marginal, tarde o temprano buscará, por necesidad, habituarse a su flamante condición de excluido, hasta sentirse a gusto, orgulloso o identificado con su marginalidad. Misaki lo subraya con ironía dándole la bienvenida “al club”. Al encontrarse acompañado en su “desdicha”, empieza a transformar ese contexto desfavorable en su nuevo estilo de vida, llegando a divertirse y disfrutar su estancia en el colegio, olvidándose por varios días de la atmósfera nefasta que respiran sus compañeros. En especial, disfruta su complicidad con Misaki, porque le permite compenetrarse con ella, compartir algo especial, único, intransferible, ser distintos, tener su propio “nosotros”, inaccesible al resto. Nadie se sorprendería si identificara este sentimiento con un germen de romance, nacido de la curiosidad que suscitaba la chica del pupitre estropeado en un muchacho sensible como Sakakibara. Esta inquietud es satisfecha al descascararse esa capa de misterio que solía cubrirla, pero al comprender mejor a Misaki, la magia no muere, sino que reconduce el deseo hacia el enamoramiento. La narración adquiere un tono acorde con este vuelco emocional, acercando transitoriamente el relato a la cadencia sosegada del slice-of-life. El Arte (con mayúsculas) interviene como catalizador en distintas instancias que marcan hitos simbólicos para esta –todavía latente- relación de pareja. En general, la estética y los quehaceres artísticos son leit motifs recurrentes en la serie: Mochizuki es admirador de Edvard Munch, el pintor que retrató la angustia del mundo moderno en su expresión más demencial, una influencia sintomática si consideramos el clima de zozobra permanente que oprime al alumnado del 3-3. Obsesionarse con el grito sordo del famoso cuadro de Munch manifiesta de forma pictórica esas ansias reprimidas por el miedo, esa imposibilidad de pronunciar el pánico. La fabricación de muñecas también está enmarcada en una percepción decadente del arte contemporáneo, el embrujo de los cuerpos degenerados, de figuras inertes que seducen, tentando a la necrofilia, a bordear la muerte. Es probable que Sakakibara también tenga intereses estéticos: sabe identificar marcas de estilo (¿cuántos chicos de junior high school en Japón conocen la obra de un expresionista noruego?), manifiesta una susceptibilidad hacia estímulos sublimes o sobrecogedores, aprecia la belleza aunque sea horrenda y habla acerca de visitar museos. Predomina una visión romántica, aquella que derivará en una exaltación por la libertad, el lirismo, el imperio de las pasiones, pero también la tenebrosidad, lo satánico, lo grotesco, la crueldad, la enfermedad, las experiencias límite. La poesía se convierte en actitud, en performance. Llevar una muñeca como ofrenda a la morgue es un perfecto acto romántico. También la conciencia de artificialidad, del arte como fallida competencia contra la Creación (por ejemplo, el ojo verde, hermoso pero carente de vida).

Another plantea una interacción entre historia de terror mítico y ficción detectivesca, un subgénero que podríamos designar como pesquisa paranormal. Se sostiene sobre una contradicción aparente: el propósito de investigar, empleando la razón humana, un fenómeno que 1. se admite como sobrenatural; 2. entraña un peligro de muerte o contacto con entidades de otra dimensión; 3. incluso mediante conceptos religiosos o mitológicos, es misterioso o imposible de discernir; y 4. compromete las emociones, pulsiones o sentimientos de los personajes (en particular, cuando la pesquisa está condicionada por el espanto, la tribulación o la urgencia). Estas cuatro características diferencian al objeto a investigar del típico caso policial. Se propone una carrera contrarreloj para intentar salvaguardar nuestra confianza en el intelecto frente a la enormidad del pensamiento primitivo que nos tienta a someternos a las fuerzas divinas o demoníacas. Para desarrollar este tipo de relatos deben cumplirse dos requisitos. El primero: la racionalización del horror. Los personajes reconocen que existen leyes o tendencias que rigen el funcionamiento del fenómeno macabro, sean maldiciones, fantasmas o apariciones monstruosas. Las circunstancias no son aleatorias, las muertes siguen un patrón discernible que permite establecer un marco de predictibilidad análogo a las hipótesis científicas. Debe trabajarse, entonces, aplicando el método cartesiano. Chibiki recopila información, la guarda en archivos, aunque sirva de poco para evitar las calamidades. Explica una “norma” acerca del ámbito geográfico y genealógico donde se ciñen las muertes, imponiéndole limitaciones. En adelante, los protagonistas tendrán que recoger, interpretar y organizar las pistas para enunciar una verdad que resulte útil. En segundo lugar, los implicados deben abrigar la esperanza de alcanzar una solución, también apoyada en criterios racionales, por ejemplo, los antecedentes de promociones pasadas que lograron detener ese tren de fatalidades. Para el análisis, suele destacarse tres años en particular: 1972 (ciclo inaugural de tragedia), 1983 (año de nacimiento de Sakakibara) y 1996 (cuando las muertes cesaron en agosto). Por desgracia, solo disponen de información adulterada. La investigación no cuenta con avales institucionales ni apoyo de ningún tipo de normatividad o legalidad oficial, es fruto del estado de desesperación. La pesquisa se lleva a cabo de forma subterránea, apelando al conocimiento poco confiable de sujetos aislados de sus respectivas sociedades, a nivel micro (como Chibiki, que emprende un exilio voluntario a modo de penitencia). El colegio tampoco ofrece garantías ni concede al problema del aula maldita carácter de oficialidad, sino de facto, casi a escondidas. También los maestros sucumben a la locura: Kubodera-sensei extrae de su maletín un cuchillo ante la mirada estupefacta de sus estudiantes. La coyuntura obliga a jóvenes como Akazawa o Sakakibara a actuar obedeciendo criterios racionales, sin embargo, también los empuja irremisiblemente hacia la enajenación, pues pese al esmero de Chibiki, sus conclusiones se apoyan en correlaciones, no en causalidades. La investigación tendría como objetivo restablecer el orden habitual, devolver a los colegiales a su adolescencia sin sobresaltos, eliminando todas las vicisitudes innecesarias. Porque no resulta natural sentarse a meditar acerca de la infalibilidad de la muerte mientras otros muchachos, los hijos del vecino, juegan playstation, flirten y coquetean, aprenden a bailar pegado o sueñan con volverse futbolistas o modelos: el ordo naturalis ha sido violentado imponiéndole a indefensos adolescentes unas preocupaciones dignas de filósofos cincuentones. Si acaso parece viable afanarse en labores de detective cuando alrededor la gente muere obedeciendo al mandato de fuerzas perversas.

4 comentarios

  1. La escena de Mei y Sakakibara bailando me recordó los sueños que solía tener cuando estaba en la secundaria. De verdad que la interacción de los personajes fue magnifica en este episodio… Lo siniestro es una de las formas de lo sublime, a través de él las personas pueden expresar su estado de animo, exorcizar los demonios que atormentan la psique, es un verdadero irracionalismo el que habita este pueblo maldito…Todo ese énfasis en el arte, la literatura, el misterio parecen conducir por otro polo que no es necesariamente el de la racionalidad científica que sigue pujando con fuerza mientras se intenta contener un fenómeno que es desconocido. Realmente, la racionalización es el primer crimen en contra de lo numiniso, no podemos esperar explicar la voluntad insondable de los dioses o del mundo, intentar hacerlo es seguir un camino distinto…

    22 febrero 2012 en 20:35

  2. El baile me hizo recordar a “Pulp Fiction”.. de hecho podría asegurar que el movimiento de los brazos a la altura de los ojos es una clarísima emulación del baile de Uma Thurman; luego casi confirmado por el cuasi-tango que se mandan

    22 febrero 2012 en 23:47

    • Es bastante probable. La serie está ambientada a finales de la década del noventa y Pulp Fiction es un clásico noventero. Sin embargo, en aquella época, Sakakibara no hubiera podido verla en el cine, porque -creo- la película tenía la categoría +18. De todas formas, es una alusión directa para todo nostálgico de los felices y convulsos 90s.

      23 febrero 2012 en 01:19

  3. rolo2k

    Yo también opino que la escena del baile fue poética… aunque no recordaba la alusión a “pulp fiction”. Esta escena para mí es quizá la escena más memorable del episodio, en especial porque rompe el carácter lóbrego y deprimente que ha llevado esta historia (aunque todo esto haya ocurrido únicamente en la imaginación de Sakakibara), que como dices fue una declaración de rebeldía, de transgresión, de libertad frente a un grupo que los trata sino con odio al menos con desprecio.

    Ciertamente la decisión Akazawa de “borrar” a Koichi, expulsándolo de la existencia cotidiana, al final terminó liberándolo, hermanándolo con Mei, la chica invisible y anómala, dándole la oportunidad de humanizarla y verla finalmente como lo que es: una joven hermosa, tal vez excéntrica, pero injustamente marginada. Ya antes había mencionado que el pasar del sótano a la sala había sido como un transición, un paso a una dimensión paralela; y en eso coincido que hay que aplaudir el excelente trabajo de animación de PAWorks al retratar este tránsito, ya que al compartir el exilio, los chicos parecen convivir en la verdadera realidad, más llena de luz y colorido (incluso la noche parece menos atemorizante); a diferencia de la atmósfera gris de aquellos considerados “normales”, con sus rostros y actitudes estáticas. A estas alturas es obvio que en su relación con Mei Sakakibara ha pasado ya de la curiosidad, o más bien fascinación (¿pensaste que era un fantasma?) al plano afectivo… aunque aún está lejos de ser romántico.

    Otro punto importante es la participación ahora activa del bibliotecario y otrora profesor Chibiki, al menos como apoyo emocional para los chicos, ya que aporta nuevos datos acerca de la maldición que persigue a la clase 3-3

    Muy interesante tu apreciación acerca de la “pesquisa paranormal”, muy al estilo de “expedientes X” ó mas reciente a “Fringe”; también en lo referente al Romaticismo literario y artístico (del cual Poe y Goethe fueron grandes representantes), ya que una de sus vertientes fue precisamnte la inclinación hacia lo oscuro y tenbroso.

    A pesar de que la escena final muestra que los próximos capítulos encauzarán de nuevo la trama al terreno macabro, me gustó mucho este episodio.

    23 febrero 2012 en 06:50

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