Tu pasaporte en español para disfrutar de un fuwa fuwa time intelectual

Zero no Tsukaima F 5: El Imperio contraataca

La comedia romántica exige zozobra perpetua, no existen treguas ni tiempos de calma: la vida cotidiana es escenario de conflictos fugaces, de guerrillas relámpago, de enmarañadas escaramuzas, que casi nunca trascendían el nivel del malentendido, la desafortunada coincidencia o la mañosería ocasional. Sin embargo, en ocasiones, el relato de altibajos se precipita hacia un cráter más profundo o escala hasta picos de tensión extrema. Entonces, el daño se torna serio, el sufrimiento es desgarrador, la decepción es honda y abunda esa emotividad crepuscular tan habitual en las desventuras adolescentes. Cuando el sistema de personajes –como ocurre en Zero no Tsukaima– adopta la estructura del harem, con numerosas candidatas pugnando por un beso, un matrimonio o inclusive un embarazo (Siesta y Tabitha no ocultan su propósito de aprovechar la maternidad como estrategia de captura), son habituales las reyertas de corta duración, trifulcas que duran máximo una escena o conatos de invasión sin trascendencia, resueltos con castigos al malaventurado protagonista. Sin embargo, aunque esta rutina es divertida, para plantear un nudo de veras problemático, el polígono debe reducirse hasta convertirlo en triángulo amoroso. Dos contrincantes se despuntan en la competencia, mientras las demás oponentes se reubican formando alianzas o manteniendo una momentánea neutralidad. La love comedy es la plataforma genérica de innumerables guerras frías en nombre del hambriento erotismo, pero esta coyuntura repetitiva se quiebra cuando la mujer más hermosa y poderosa del reino interviene en el escenario bélico inclinando la balanza a favor del bando monárquico, desplazando a la nobleza de rango menor (sorry, Louise) y dando inicio a una auténtica conflagración internacional. El contraataque del despotismo ilustrado obligará un reposicionamiento táctico, lanzando ardorosos ultimátums o huyendo entre lágrimas como una cobarde.

Después de prometer un armisticio, Henrietta retoma las hostilidades y encabeza una ofensiva fulminante, sin rodeos ni simulacros, sin bromas, sin distraerse en atacar a Louise ni gastar pólvora en insinuaciones o demás ambigüedades, una embestida directa al objetivo, desconociendo cualquier pacto o formalidad diplomática y convirtiéndose -con su gesto soberano- en la única rival capaz de encender la pradera del deseo y sostener un verdadero duelo de titanes contra miss Vallière. Suena injusto con Siesta, considerando su loable esfuerzo por librar una lucha reñida pese a la disparidad de condiciones sociales, pero sin desmerecer sus relativos éxitos (como sacar de quicio a Louise o lograr infiltrarse bajo las sábanas de Saito esgrimiendo un documento oficial), una meido –sin importar cuánto eficaces sean sus asedios al estómago del héroe- jamás conseguiría equipararse a una joven y atractiva reina. Por desgracia, la función de Siesta en este reconfigurado mapa de poderes se limitará a interferir los avances de Louise, aferrándose a sus habilidades culinarias como única tabla de salvación. Días antes, solamente Tiffania se despuntaba como obstáculo digno de temer. La convivencia de tres adolescentes revueltos de hormonas y compartiendo el mismo lecho en una mansión presagiaba un incremento en los enredos eróticos (conociendo además el carácter descarado y saleroso de Siesta). La irrupción de Tabitha, aunque fuera una princesa, no modificaba mucho el panorama debido a su timidez. Mientras se extendiera el predominio del triángulo cómico, la mucama podría conservar sus esperanzas, porque Louise es experta en generar sus propios descalabros, culpa de su obstinación, sus parámetros estúpidos, su temperamento dictatorial, en resumen, su exacerbado tsunderismo. El método de Siesta parecía rendir frutos: bastaba con tener paciencia y continuar azuzando a miss Vallière con sus burlas agudas (nyan!) para provocar que la minina tsuntsun desate su furia contra el gato grande, porque la Usuaria del Cero es experta en anotarse autogoles y dinamitar la confianza de Saito con sus desaforadas muestras de terquedad. Aunque el muchacho se acostumbrase a la cuota diaria de sadomasoquismo con fuete, los griteríos impunes y los caprichosos abusos rebasaron el extremo de la tolerancia. El contexto ha cambiado: ese jovencito despeinado ha ascendido de vulgar lavandero de calzones a caballero y terrateniente. Tiene derecho a exigir respeto después de portarse como hombre delante de Eleonore y proclamar su amor por chibi-Louise, además de tolerar sus retahílas insensatas acerca del rancio abolengo y el orgullo nobiliario, soportando las ofensas majaderas de una hermana entrometida que desprecia su título de lord, como si esta solterona cuatroojos olvidara las incontables veces que aquel “noble improvisado” le salvó el trasero a la engreída nobleza de Tristain. De recompensa, Saito recibe un innecesario curso intensivo de charm porque, antes que valorar el romanticismo viril de su familiar, Louise sigue pensando con las coordenadas obtusas y cuadriculadas de una aristócrata clasista y busca congraciarse con la ideología retrógrada de su onee-sama. No aprendió nada, insiste en mover sus fichas a lo bestia y favorecer a sus enemigas dejándoles el novio en bandeja. Debería agradecer que Saito, un otaku pervertido y amante del nutritivo oppai, sea también leal y condescendiente. El cariño es honesto, pero la indignación es justa. Tras la disputa conyugal, el ambiente pintaba perfecto para Siesta. La maid se quedó literalmente dormida, le faltó atrevimiento (mucho ruido, pocas nueces) o juzgó inconveniente atacar de noche.

Henrietta satisface de sobra los requisitos para provocar un terremoto de magnitudes melodramáticas, porque, a diferencia de Siesta, sus asedios no tienen talante burlesco ni juguetón, pues haciendo gala de sobriedad imperial, y utilizando su persuasiva retórica cortesana, la princesa irrumpe con contundencia, y sus incursiones culminan siempre en conquista, pese a su escasa participación en combate, como certifican los besos acumulados desde la segunda temporada. Pocos augurábamos que entrase a la refriega, pues apenas aparecía en el radar con regularidad. Sin embargo, su experiencia como soberana le enseñó a diseñar y ejecutar con prudencia sus planes de guerra. Su método consiste en atacar cuando llega el momento crítico y luego retirarse con dignidad a descansar sembrando el germen del deseo, pero apartándose con cautela de Saito para evitar caerle antipática o fomentar el hartazgo. Además, aplica sus conocimientos en gestión política, portándose con la cuota correcta de descaro, audacia y dominio, midiéndose con sobriedad para no parecer desfachatada, sino solemne y llena de autoridad. Le propone al futuro esposo de su mejor amiga que sostengan un romance furtivo y adúltero, siguiendo el ejemplo de su abuelo, pero su ofrecimiento es claro, rotundo, sin mostrar ningún empacho, sino bastante determinación, propagando un aura de hegemonía y amorosa prepotencia, tan imponente que Saito es incapaz de oponérsele. Henrietta es bella, adorable y gracias al infartante camisón, su índice de sensualidad se elevó hasta dimensiones infinitesimales. Como corresponde a Su Majestad, también es inteligente, sensata y bastante moderada. Incluso cuando coquetea. No tiene miedo a arriesgarse, pero transmite una imagen de serenidad y buenos modales, lo contrario que Louise. No menciono el aspecto físico en términos cuantitativos porque humillaríamos a la pelirrosada, pero si nuestro héroe valorara su tranquilidad cotidiana como prioridad, Henrietta sería la opción preferente. Puede acusársele de traidora y desvergonzada, pero la reina aduce con resignación que su personalidad está fragmentada: no finge ni pretende comportarse como una dama, esa gentileza es producto de su oficio, aunque le nazca de manera natural; sin embargo, cuando la circunstancia lo requiere, puede sacar a relucir ese “lado oscuro”, no siniestro, pero menos delicado. Henrietta puede ofrecerle a Saito el obsequio más tentador –que únicamente Tabitha conseguiría igualar-: el poder supremo, ser rey. Como comentaba Kirche, las reinas son aterradoras cuando se proponen conseguir algo: olvidan su orgullo e incluso llegarían a obviar sus valores más preciados o saltar por encima de cualquier impedimento para alcanzar sus metas. Aunque sean bondadosas y bienintencionadas, su puesto de vanguardia como gobernantes les exige ser fuertes, nunca rendirse y afrontar sus empresas sin titubeos, comprometiéndose a plenitud con esos anhelos, porque si flaquearan o tomaran estos asuntos en tono de broma, como mera diversión, se precipitarían al fracaso, un resultado inconcebible para una mujer obligada a ganar, a tener éxito. Las personas con poder –debido a la crudeza de sus responsabilidades- adquieren un alto grado de autoestima, no permiten que nada ni nadie los detenga, no tienen reparos en valerse de cuantos recursos dispongan porque son conscientes de su mandato omnímodo. Esta voluntad inquebrantable, de ignorar el significado del verbo “rendirse”, las convierte en temibles antagonistas porque carecen de frenos. A diferencia de Louise, que malgasta su tiempo, neuronas y bilis en imponerle a Saito las ridículas pomposidades de su clase social (a costo de alienarlo), desesperada por agradarle al resto de nobles, si Henrietta decidiese casarse con un héroe nacional, apenas encontraría una tibia oposición, se encargaría de eliminar todos los impedimentos. Ni siquiera Agnèse se animaría a contradecirla. Para agravar la situación, mientras Saito ha rechazado (con cierta complacencia y nerviosismo) los acosos de Siesta y la reciente avalancha besuquera de Tiffania, pero no opone resistencia al acercamiento pausado, pero letal, de Henrietta. En lugar de escaparse, se nota que disfruta el contubernio, que acepta sin objetar. Ese consentimiento le permite superar al resto de competidoras. Su audacia tuvo frutos, hizo tambalear el piso.

Una excusa para explicar el comportamiento inhabitual de Saito consiste en justificar su docilidad ante la princesa como consecuencia del desencuentro con Louise, en resumen, que reaccionó por despecho, seducido por la posibilidad de consolar su amargura degustando tan delicioso botín. Sin embargo, no percibo intenciones desleales en el protagonista, que parece estupefacto y abrumado por escuchar una confesión tan honesta. Abundan motivos para quedarse petrificado, sin saber cómo responder, sin contar la consabida inexperiencia juvenil: para comenzar, el enorme respeto, la casi veneración que Louise profesa por Henrietta, pero también la incapacidad para asimilar una declaración de sentimientos tan rotunda y franca, su dificultad para rechazar los afectos de alguien que abre su corazón con semejante mezcla de desesperación y melancolía. La bronca que masticaba ayudó a confundirlo, a bloquearlo, incluso a dejarse absorber por la compasión. La rendición de Louise reafirmaba nuestras sospechas sobre la peligrosidad de Henrietta como competidora: la Usuaria del Vacío concibe su amistad bajo una perspectiva jerárquica, colocándose siempre por debajo de la reina hasta el absurdo de tragarse entre llantos cualquier humillación o frustración y renunciar a competir contra su idolatrada amiga porque su cariño es respetuoso y temeroso. Como noble, le resulta escandaloso o insensato rebelarse ante su reina. Tiene demasiadas reglas embutidas en la cabeza. Ocurre igual (o peor) con Tabitha, a quien tolera, perdona y consiente en sus intentos de inmiscuirse y capturar a Saito. Esa falta de decisión se torna patética y estúpida cuando Charlotte la desafía con palabras crudas, amenazando con arrebatarle al novio valiéndose de triquiñuelas, y Louise no replica con coraje a tamaña bravata, ni manifiesta indignación, solo termina deprimiéndose y enredándose en sus lamentos. El episodio cierra con inmerecida victoria para la Chica Cero: el desenlace es decepcionante porque aguardábamos que extendieran el conflicto melodramático complicando el triángulo con situaciones de desquiciante tensión lacrimógena (y alguna pizca de fanservice). Además, causa cierta disconformidad que Louise se reconcilie de forma tan sencilla con Saito, sin mayor autocrítica, sin haber aprendido de sus errores, sino movida por la inercia. El contexto era perfecto para propinarle una lección a través del sufrimiento y obligarla a luchar, porque –al menos en materia amorosa- los premios parecen lloverle gratis. El triángulo amoroso posee su propia ley pitagórica: dos catetos de deseo y una hipotenusa de repulsión, pero cuando esta animadversión se entrecruza con una larga amistad, la combinación augura una angustia difícil de resolver. La participación de Kirche es trascendental para la recuperación de Louise como contrincante: antes lamentábamos que postergaran a la ardiente pelirroja al plano anecdótico pese a experimentar una evolución radical, adquiriendo una serie de cualidades bastante útiles para reconducir el relato. Esta ocasión, sus consejos fueron el punto de quiebre para sacudir a Louise de su marasmo emocional, al interpretarle la actitud de Tabitha y ponerle en claro su escasa valentía, su amor pusilánime. Causa gracia que recibiera ese resondre de una antigua rival, ahora que proliferan las enemigas y todas, excepto Tiffania, han declarado con firmeza sus propósitos. Quizá la reina ingresó a la reyerta demasiado tarde, cuando la pareja protagónica ha tendido vínculos irrompibles y comparten un código de cursilería típico de los enamorados. No obstante, para confirmar esa unión, necesitábamos que el gallinero se alborotara de sopetón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s