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Nisemonogatari 5-6: Psicodelia

El cielo en la sala de tu casa

Toda manifestación psíquica puede ser considerada un estado psicodélico, en la medida en que los patrones de percepción se ven afectados por un efecto de sugestión. La realidad se distorsiona cuando es recreada o sugerida, para eso únicamente es necesario caer ante la fuerza de la hipnosis, o cargar con un nombre. En la configuración de la imagen en movimiento del cine o la televisión, la presentación narrativa se compone de imágenes y palabras, de ver y hablar, de superficies visibles y de campos de legibilidad. Poder de lo audiovisual para deformar, transformar y reformar a su gusto las experiencias empíricas o positivas del mundo. Cataratas de imágenes en medio de palabras, relámpagos verbales que jalonan los dibujos… Estos dos polos (lo visible y lo enunciado) no siempre coinciden, entre estas dos formas heterogéneas se establece una relación de variabilidad entre la luz (lo visible) y la espontaneidad de la enunciación (el lenguaje). En realidad no hay un isomorfismo entre lo que dicen los personajes y la forma manifiesta de lo que aparece en pantalla, cada uno sigue un camino independiente, en donde a veces se encuentran y convergen. La disyunción se hace notar con más fuerza en las escenas dialogadas entre los distintos personajes: Koyomi observando la construcción y reconstrucción de una montaña de lápices mientras habla con Hitagi. Araragi corriendo alrededor del globo mientras sigue a Mayoi por un San Petersburgo imaginario. Las voces van por un lado, como una «historia» que ya no tiene lugar, y lo visible por otro, como un lugar vacío que ya no tiene historia.

No se habla de lo que se ve, y viceversa. Sin embargo hay una primacía de las palabras sobre las imágenes. Estas últimas son irreductibles a las primeras, pero entran a ser determinables por parte de los enunciados, quienes organizan su contenido siempre problemático. A veces los gritos, los odios, los enojos, causan en el mundo físico temblor (Gahara-san amenazando a su novio con un lápiz a punto de clavarlo en su rojo, la hermana de fuego que planea patear a su adversario), otras veces son palabras cálidas que provocan la risa o la sonrisa (Karen hablando del amor, el dinero solo es lo más importante de todo, pero hay más). En ese doble juego es que nace la acción casi aburrida y letárgica de una historia que mantiene el suspenso. Es en su desvarío sistemático que no se encuentra ninguna dirección específica, es una esquizofrenia del paseante bufón y pervertido, un sueño de adolescencia que remite a un viaje surrealista por las capas más variadas de la psique.

El caleidoscopio narrativo es llevado a alturas insospechadas, mientras las estructuras se disuelven en paralelas y líneas, círculos y curvas. En la habitación de karaoke donde Kaiki espera a Karen hay un verdadero desenfreno visual, una especie de optical art que raya con el vanguardismo artístico, una conexión con lo insensato del abstraccionismo extremo, y donde la hermana menor del protagonista es bombardeada por pantallas de televisión, trazos de escritura, palabras desgarradoras, hasta terminar sufriendo una fuerte crisis psicótica. Esas líneas bailarinas confunden e hipnotizan. Esa discontinuidad es propia del espacio, mientras más nos alejamos de nuestro hogar más se va convirtiendo en algo extraño. No se trata de otra cosa que un movimiento que en la medida en que nos alejamos va cambiando su aspecto. Un nuevo ángulo se revela a cada paso del camino, un nuevo borde se devela en el horizonte. Al ser itinerante, el espacio se vuelca. Tal vez esa sea la razón detrás de ese devenir de la espacialidad en Nisemonogatari. Al ser la historia una configuración heterógenea, cada lugar por el que pasan sus personajes se va vaciando. La arquitectura de Shaft adquiere otro tono, místico si se quiere. Se hace tangible, difuso, móvil. Extrae su lenguaje de las catedrales, de los lugares sagrados de comunión y reposo. De ahí esa obsesión por los templos, por las veletas, por las líneas y ruinas. Un baño que parece un sitio de adoración, una sala parecida a una ventana al cielo, un jardín zen de adoración a la naturaleza. Metafísica de la luz que refleja la perfección y la armonía. Y al mismo tiempo esa arquitectura se mueve. Deja de estar petrificada para trastornar los sentidos. Se trata de un cierto instinto que no se preocupa por razonamientos precisos, prefiere la mirada distraída y la espectacularidad de la presentación. El contenido importa poco; solo el continente es necesario, hasta las palabras parecen perder su sentido. Es un deseo de estar juntos, de permanecer unidos en una larga caminata lo que parece pegar y mantener unidos a nuestro protagonista y su harem zodiacal, por eso, moverse juntos permite una vida en manada.

El signo

En cierta forma, esta reseña es una expiación a una vieja promesa que jamás he logrado completar. Volviendo sobre los comentarios de mis lectores, creo que sería oportuno dar algunos rudimentos de semiótica general. En una anterior reseña me preguntaron por “si Nisemonogatari  pretende abordar el tema de la suplantación de la realidad a manos de los signos fuera de control,” sin embargo este tema no es algo propio de la serie, en ella el juego de los signos es simplemente llevado un nivel más arriba. Cualquier anime es de por sí una suplantación de la realidad por medio de signos. En realidad la modernidad tecnológica e informática no es otra cosa que un sistema de producción de signos fuera de control, en el que nuestros mass-medias no cesan de crear y recrear realidades que oscilan entre un hiperrealismo consumado y un abstraccionismo insensato. Allí donde convergen esos dos niveles, el signo se funde en una capa transparente que no deja de resaltar su propia opacidad (aunque suene paradójico, el problema de la simulación y el artificio no dejan de toparse con ese sinsentido). En la anterior reseña había hablado de simulacros, en esta me dedicaré a hablar de signos. ¿Qué es un signo? “Algo que está en lugar de otra cosa”, esa es la definición más básica, pero no debe entenderse en un sentido de equivalencia la sustitución, sino en la apertura de una diferencia o de algo que simplemente no es lo que se sustituye, de ahí que no haya sinonimia. De hecho es imposible darle un valor de verdad total, pues nunca jamás un signo se corresponde isomórficamente con lo que representa, desplaza, aunque sea mínimamente, el contenido de lo que sustituye: Araragi lo expresa perfectamente cuando dice que la versión de Tsukihi y Hanekawa no es exactamente lo que pudo haber sucedido. Necesita ser interpretado como algo que sustituye a algo más y al mismo tiempo interpretar esa sustitución. El signo, así definido, no funciona como una bina (significante/significado), sino como una red. Normalmente se considera, desde un ámbito muy restringido, que un significante quiere decir algo que se encuentra codificado debajo o por detrás, es decir un significado que contiene su posible interpretación: algo así como una tabla de verdad matemática o la definición de un diccionario. Pero las cosas no funcionan así. Un significado puede tener muchos significantes. Ejemplo: pensemos en las formas de la angustia que despliega la serie: un conejo que llora en la mochila de un caracol, un gato que enfunda una preocupación compleja, un Onii-chan que absorbe el veneno de su hermana, una chica que proyecta la sombra de un cangrejo y afila lápices para cometer un homicidio. Y un significante muchos significados. Ejemplo: Mayoi dice que el “no” significa “sí”. Tsubasa entrega un trozo de papel en blanco que remite no sólo a un tiquete de expiación por no haberle dicho al ex vampiro que era amigo de sus hermanas, hay también un juego con el anime de Trigun, junto con una carga emocional fuerte que implica el odio eterno si el tiquete es usado de forma indebida. Todo lo que un animal, un humano o una máquina coloquen (interpreten) en lugar de la ausencia representada o simulada es un signo, por lo tanto la realidad misma no es otra cosa que un compuesto de signos. Incluso a nivel infra-verbal, hay composición de señales, pues gran parte de la experiencia fenoménica se experimenta de modo inconsciente (olores, sabores, colores, etc… son otros tantos elementos que funcionan en lugar de la presencia de lo que los emite). Hay signo cuando se interpreta que un contenido está ausente y se da en dos niveles: uno de intensión y otro de extensión. Intención: el signo se abre para dar una interpretación: Kaiki declara sus intereses monetarios, su afán por el lucro. Extensión: todo lo que podemos concluir a partir de su declaración: un villano capitalista, un estafador, un hombre perverso con un sentido bastante acorde con el sistema económico imperante, un propagador de rumores que siembra el odio y la desconfianza entre los niños inocentes. Hay una mantica del signo que acompaña esa doble función: se establecen tres tiempos donde se puede interpretar algo que sucedió, que sucede o que sucederá. En este caso la fiebre de Karen es signo del veneno de “la abeja que se quema” (presente), pero también es signo de su desafortunado encuentro con Kaiki (pasado), y de la posible solución que se puede encontrar a ese problema al confrontar a su causante (futuro). Ahora bien, los signos que se sustituyen entre sí siguen un proceso de sucesión ininterrumpida, como los signos están cargados de contradicciones, no podemos remitirlos a un sentido único o incluso a un sentido específico. En realidad a ellos no se les puede preguntar “¿qué significan?” sino “¿cómo significan?”. Si un signo está compuesto de dos series de oposiciones (significante/significado), estas no son más que términos móviles que se desplazan constantemente. Anteriormente, un símbolo era un pedazo de arcilla moldeado en forma de moneda. Las dos mitades se partían y solo cuando se juntaban los bordes aserrados de la pieza se reconocía el sentido que ambos tenían. Estos dos elementos pre-existen incluso al sentido y son quienes fundan ese sentido. En realidad es en la barra separadora, en el slash ( / ), donde yace el problema de interpretación, es la diferencia que provoca la contradicción. Un esquizo, una división. He ahí lo insensato de esta serie, lo contradictorio de sus premisas y lo decepcionante de sus explicaciones. Sobresale el fanservice, lo incongruente de los diálogos, lo ininteligible de las explicaciones, la “falta” de argumento… ¿no será acaso una falta de nuestro conocimiento? Esos signos enloquecidos que no dejan de provocar enigmas y dejar con un enorme interrogante la mente del espectador, no esperan ser comprendidos en lo más mínimo…

La historia dentro de la historia

Un código funciona a la manera de una tabla de valores que permite la correspondencia entre dos series de diferencias: si tomamos en cuenta la definición de signo hecha más arriba, podremos entender que a este nivel existiría una formalización muy fuerte de los elementos, donde cada uno tiene un valor único. A nivel estructural se ha planteado la posibilidad de que toda historia, todo modelo narrativo, hace parte de un mismo esquema o forma: “todo cuento no es más que el mismo cuento” (Propp). Hagamos una afirmación osada: Araragi no es más que una cara del héroe de los mil rostros, su viaje por diferentes instancias se compara a los múltiples caminos seguidos por Ulises en su regreso a casa (Pénelope/Hitagi). El resto es relleno. En la infra-estructura dura, la producción textual obedecería a un código finito que no hace sino producir muchos sentidos, una especie de máquina de dispersión que funciona por fuerza centrífuga. En la práctica, esta estructura cerrada choca con el residuo, con el dato insignificante. Allí donde la estructura parece clara y precisa, donde la historia es lineal y concisa, parece surgir una especie de interferencia, un remolino. Es increíble constatar cuantos desvíos, retardos, cambios bruscos o decepciones puede tener una trama, y Nisemonogatari es prueba de ello. La estructura narrativa fuerte y lineal que predominó en la primera temporada de la serie, se pierde en la segunda hasta un punto irreconocible. Antes que organizar la narración como una especie de flecha que alcanza un objetivo, lo que constatamos es un dispositivo audiovisual que abre y rompe las palabras e imágenes. En el texto, en la imagen, empieza a surgir un dato inútil, una especie de historia dentro de la propia historia, y su configuración no sigue un hilo determinado, sino que toma la forma de un archipiélago, donde múltiples islas van emergiendo. Uno podría decir que si el eje narrativo gira alrededor de Karen, fácilmente sobra lo sucedido hasta ahora. Pero el modo de organización estético de la narración no se configura de ese modo. Es lo bello, lo retórico, el adorno, lo que permite a ese componente visual y dialógico prosperar. Si Koyomi es un viajero en busca de una respuesta, quizás el camino más corto es el menos interesante de todos. Ese deseo de aventura conlleva perderse, sentirse arrastrado por las corrientes. Entonces vivir y experimentar el ser secuestrado, acosado, burlado y enfadado son otras tantas formas de hacerse parte de la narración.

Un verdadero narcisismo impera en Monogatari. Pero es necesario modificar la interpretación que tenemos del narcisismo, no a la manera de los psicoanalistas para quienes sólo es un amor desproporcionado del yo; al contrario, en la Antigüedad, se le reconocía a esa imagen una existencia aparte. A diferencia de las interpretaciones corrientes de este fenómeno, Narciso no se pierde en su imagen reflejada en el agua, sino en el estanque donde se proyecta esta imagen. La diferencia es importante en cuanto que el estanque simboliza la naturaleza en su totalidad, el dato mundano, estuche donde la persona, al perderse alcanza la plenitud de su ser o ser desgarrado por las fuerzas incontenibles de su psique. Eso es a lo que llamamos entusiasmo. Un arrebatamiento de la normalidad en que se esfuman el oído y la vista, igualmente la centralidad de la conciencia, un momento de extrema ambivalencia. En ese trance en que un dios habita el alma y conduce lentamente hacia la locura. No se sabe más si se está por encima de la razón o por debajo de ella. Para entender Nisemonogatari hay que aceptar esa invitación a ser entusiasta, en las sonrisas y juegos de lenguaje que despliegan los personajes, en sus caras de angustia y en sus perversiones exacerbadas, brilla esa fiesta y contemplación estética, de una autoconstrucción de un nicho ecológico para mundanizarse y ser mundano. El espacio es algo que se abre, se despeja, se habita. Por eso los personajes cargan con una visceralidad extrema, una opacidad completa. Los desnudos, la falta de ropa, los toques sensuales invitan a disfrutar, a relajarse, a ayudar a los demás (la escena de Karen siendo limpiada por Araragi no posee implicaciones sexuales, tampoco el beso que ambos comparten). Es más bien una penetración en el sentido de la apertura, donde uno se abre por medio de vasos comunicantes y deja que fluya la vergüenza, el amor, la amistad, el odio, la tristeza de un lugar a otro. Sólo las personas fuertes están dispuestas abrirse a los otros. Si ese es el reflejo en el espejo, entonces podemos decir que todo conocimiento de uno mismo no es más que narcisismo. Desde que hubo el primer reflejo en el agua todo ha sido un signo.

Una respuesta

  1. Mikel sXe

    Que locura que un nombre gringo adquiera tal complejidad en el idioma japones; eso me recuerda un poco lo que hizo Kinoku Nasu en Tsukihime con los 2 Shikis aprovechando la particularidades de ese idioma, eso fue ingenioso pero lo del nombre gringo que se complica ayayay… ayayay…

    20 febrero 2012 en 13:09

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