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Zero no Tsukaima F 4: Her Satanic Majesty Requests

Frutilicious

Los parámetros de verosimilitud que elige y propone cada serie suelen acoger algunos vacíos o inconsistencias típicos del género, pero también mostrarse coherentes de manera insospechada en otros aspectos. En anime y manga, abundan los relatos donde las responsabilidades heroicas recaen sobre un conjunto de adolescentes. La regla funciona con tamaña eficacia que olvidamos preguntarnos dónde rayos están los adultos. Nuestros héroes en Zero no Tsukaima son jóvenes aristócratas estudiantes de magia, cierto, pero suponemos que la célebre Academia de Tristain es una institución centenaria (para contar con semejante prestigio): ¿adónde se esfumaron sus antiguos graduados que –asumimos- tendrían mayor experiencia en combate? Si continuamos formulándole preguntas de similar lógica, la serie se desbarata, pues su grado de congruencia depende de cuán capaces seamos de obviar estas disconformidades menores. Como espectadores, estamos acostumbrados a suspender nuestra incredulidad y aceptar las circunstancias: a veces, ni siquiera nos percatamos. En consecuencia, nos asombraremos cuando se contradigan estos tópicos. Saito Hiraga, el salvador de Halkeginia, paseado en hombros, celebrado en obras de teatro baratas, idolatrado por las plebeyas, y para rematarla, instituido caballero y nombrado duque d’Ornielle por la mismísima reina, no podría deambular por calles solitarias como un sujeto anónimo, mientras nadie lo reconoce, ni tampoco encontraría obstáculos para casarse con Louise (principal motivo para concederle un feudo). Sin embargo, en muchas series de perfil épico, es materia corriente que los protagonistas retornen a su condición de don-nadies everyman después de salvar al mundo y no reciban un mínimo de gratitud o recompensa de parte del Estado (una pensión vitalicia, títulos nobiliarios o propiedades). Cuando Guiche menciona esa posibilidad, se cuela una pizca de realismo, aunque el propósito ulterior es introducir o complicar un enredo romántico. También resulta reveladora la queja de Maricorne: los muchachos son presentados como grandes héroes, pero no reciben condecoraciones. Les organizan una glamorosa fiesta con opíparos bocaditos (y sabrosos melones), pero vencer a un tirano psicópata no puede equipararse con un simple cumpleaños. Según Su Alteza, Tristain atraviesa una peliaguda crisis económica (cinco millones de parados, dicen las estadísticas): basta contemplar el aspecto nada apetecible del lonche franciscano que Henrietta honrando a sus invitados, potajes dignos de un comedor popular. No obstante, resulta llamativo que atendiendo al noblesse oblige, la soberana le otorgue a Saito un feudo, concediéndole parte de su territorio en señorío, porque, en lugar de meros “muchas gracias, perdón por obligarte a arriesgar tu vida”, la reina le confiere materialidad al agradecimiento.

Como explicaba, en Zero no Tsukaima existen dos hilos conductores paralelos que suelen alternarse para definir el tono del relato: la historia de aventuras y la comedia romántica. Esta segunda veta sirve para fijar “descansos” narrativos, es decir, períodos de paz y tranquilidad después de haber afrontado una batalla. Los personajes no necesitan lucir sus cualidades guerreras ni tampoco actuar con solemnidad o gravedad: entonces, se entregan al cachondeo, el jolgorio, las travesuras y demás situaciones asociadas a la comicidad, el melodrama y los entreveros de carácter picaresco. Son momentos de relajo, de placeres, como preparación antes del próximo pico dramático. Predomina la love comedy en sentido humorístico: los triángulos o polígonos amorosos (si medimos al milímetro el rango del harén de Saito) son motivos de bromas, jugueteos, tergiversaciones y rabietas de Louise que conducen al desenlace literalmente explosivo. A diferencia de otros leads masculinos, nuestro afortunado Gandalfr no sufre de indecisión crónica, pues ha confesado su amor con garantía de exclusividad en incontables ocasiones y su conflictiva relación con Louise, pese al maltrato tsunderesco y los constantes vaivenes, está consolidada, hay certeza acerca de sus mutuos sentimientos, además de compartir explícitos planes a futuro y, como demuestra su escapada del baile para besuquearse en el cuarto, Saito ha conseguido derretir las reticencias doncellescas de Louise y tornar más fluido el deseo con la sana impetuosidad y fogosidad que corresponde a unos adolescentes sin vigilancia paterna. El problema de nuestro asediado héroe sería su debilidad instintiva, en otras palabras, su propensión al ecchi, su incontrolable tendencia a la inofensiva perversión, lo natural para un inexperto varón de diecisiete años, frágil ante sus impulsos reproductivos, que apenas puede combatir su aturdimiento cuando se estrella con unos profusos senos. Por desgracia, ese talón de Aquiles erótico se convierte en fundamento para mantener encendidas las esperanzas del resto de candidatas al corazón de Saito, convirtiendo la lucha romántica en una competencia desaforada de seducción. Mientras Tiffania y Henriertta no ingresen al combate con actitudes beligerantes, la principal pretendiente a desestabilizar el paraíso amoroso de miss Vallière será Siesta: la mucama ha revalidado su estrategia de metiche, interfiriendo con (in)oportuna precisión para impedir o estropear cualquier escarceo calenturiento entre la pareja protagónica, no contentándose con interrumpirlos, sino aprovechando la distracción para emplear sus voluminosas y esponjosas armas para alborotar a Saito con su obsequiosa amabilidad. Pero además de congraciarse con carnosos tocamientos y ofrecerse en bandeja aprovechando su fetiche de maid, lo divertido de Siesta es que ejecuta su estrategia con conciencia: hostiga a Louise para irritarla y provocarla (aparte de imponerse mediante la humillación), pero cuando presiente la amenaza de otra adversaria mejor dotada de ubres, no duda en firmar una tregua y aliarse momentáneamente con la sulfúrica pettanko. Es asunto de volúmenes, la clásica e interminable confrontación de pechoplanos y pechugonas, de regalonas versus tsunderes. La pelirrosada ha bregado contra rivales que superan con largueza sus medidas (y encima, menos sádicas), sin embargo, pese a la escasez de recursos –en múltiples sentidos-, los limones vienen ganando la guerra de frutas. Los cocos se retiraron de contienda hace varias temporadas, aún esperamos que entren a tallar los melones, mientras las piñas continúan batallando por su causa perdida. A buen entendedor, pocas rodajas.

Aunque la postergaran a roles intrascendentes, Kirche sigue siendo mi personaje preferido del elenco secundario. Su caso es particular (en realidad, extraño), porque sufrió una degradación de funciones, pese a madurar y evolucionar en términos muy positivos. Pasó de revoltosa e intrigante devoradora de hombres, sin escrúpulos ni misericordia, a convertirse en la integrante más serena, juiciosa y moderada del grupo. A medida que avanzaba la serie, fue abandonando su papel de enemiga lenguaraz y primera rival de amores que Louise enfrentara. Kirche cayó varios escalones y cedió su puesto de vanguardia a Siesta, pero este descenso involucró también un desarrollo, un crecimiento notorio, poco frecuente en otros personajes secundarios que cambian, pero no se transforman (Montmorency y Guiche continúan jugando al mismo toma y daca de celos y reconciliaciones, de coqueteos y persecuciones; a Tabitha la conocemos mejor, pero pese a revelarse su lado más vulnerable y sentimental, sigue siendo una chica gélida y silenciosa). Para operar este giro radical, Kirche fue atenuando sus tonos más lujuriosos y calenturientos e interviniendo con diálogos más sensatos. Sigue usando su lado sexy para acosar y tentar a Colbert, pero abandonó sus épocas de slutty bitch colegial. Para redondear la idea y percibir el enorme salto cualitativo: de antagonista mordaz, cuyo rasgo característico era instigar rencillas (porque despreciaba e insultaba a Louise), Kirche pasó a personificar la amistad más leal, conmovedora y ferviente (su imagen ahora es indesligable de Tabitha). Ojalá regrese al ruedo alardeando con su chispa maliciosa o participando de alguna escena de asimétrica sugestividad yuri (bajo el hambriento asedio de Montmorency).

Pese a sobrarle los pretendientes, dudo que Tiffania consiga un novio mientras Beatrice y su trío de despeinadas adláteres insistan en boicotear y rechazar a cuantos incautos pretendan cortejarla. Por desgracia, las antipáticas del colegio han consagrado a miss Westwood como su ídolo privado, montándole guardia a modo de agresivas fangirls. Tiffa es demasiado noble para mandarlas al desagüe, demasiado bondadosa para entrometerse en relaciones ajenas, demasiado humilde para pretender sobresalir y demasiado tímida para atreverse a despejar la incertidumbre sobre su familiar. Es encantadora y quizá el personaje más adorable de toda la saga, pero su incapacidad para romper ese molde de shrinking violet y sacar una pizca de malcriadez cuando las circunstancias lo exigen, la descalifican como elemento disponible para producir conflicto, en especial, los embrollos amorosos (excepto si actúa en plan de víctima). Se atrevió a cometer una imprudencia cuando trató de arrancarle un beso a Saito, pero el contexto era confuso: necesita emprender una ofensiva urgente porque sus oponentes le llevan varios cuerpos de ventaja. Para enfrascarse en este combate tuttifruti, es requisito obligado demostrar una cuota de malas mañas, convencerse de participar en una disputa violenta, salvaje, con clara voluntad de despedazar sin piedad a sus rivales. Partir con actitud beligerante y nunca arrepentirse. Siesta e incluso Tabitha han adoptado esa postura de ataque para un malicioso juego de ajedrez donde lo trascendental es adelantarse, ganarle el vivo –ganarle las espaldas, en argot futbolístico- a cualquier adversaria, aunque sea su amiga. La futura reina de Gallia no tiene reparos en meterse a la cama de Saito sin pedir permiso ni preocuparse porque su monárquica investidura se mancille por rebajarse al nivel de una sirvienta resbalosa y lidiar con plebeyas en rencillas de cariz indecente. Tabitha se muda a d’Ornielles para descansar y despejarse la mente después de aceptar la corona de Gallia, aunque esta decisión parece más forzada por la coyuntura que consentida con agrado. Mata dos pájaros porque le permite interponerse en los avances territoriales de Louise usando la coartada de chica frágil e inocente a quien todos miman y respetan, excelente táctica para iniciar su invasión neutralizando las quejas. Mientras la heredera de Orléans se inmiscuye con un rotundo ataque relámpago, aún aguardamos que otra reina, Henrietta, retome sus efectivas incursiones seductoras que quedaron suspendidas desde el baile de Slepnir, aunque generaría un choque terrible si optara por poner en picota su amistad con la Usuaria del Zero. En materia de shippings, sus perspectivas son alentadoras: Louise la venera, la admira, jamás se atrevería a enfrentarla. Además, como demostró al usurpar la identidad de miss Vallière, sus estrategias son más sutiles y afectivas. Sin embargo, si decidiera embarcarse de veras en el meollo del harem, corroboraría su supuesta ineficiencia para gobernar en tiempos de guerra (no encuentra mejor idea para premiar a su mejor caballero que regalarle el feudo más maltrecho y deshabitado que posee). Cabe perdonarla porque apenas está aprendiendo los avatares de la monarquía y recién va adecuándose al trono, pero después de someterse con facilidad a los engaños del Papa, queda claro que Henrietta carece de manija política para negociar con tipejos maquiavélicos y pragmáticos.

Una respuesta

  1. teddy

    lo que mas me a hecho pensar es lo referente a el personaje de la ardiete chica morena. es verdad que a mejorado como personaje pero lo a hecho de manera discreta.

    11 febrero 2012 en 08:43

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