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Mouretsu Pirates 3: Velas y ¿buen viento?

Ichigo parfait ga tomaranai

Arquetipo seminal del antihéroe contemporáneo, la figura literaria del pirata, forjada en la imaginación lírica del Romanticismo, ejerce una fascinación irrefrenable entre niños y jóvenes porque comporta una reivindicación moral del rebelde, del inconforme, del desobediente, porque glorifica la mala conducta, la autonomía, la liberación sin restricciones. El pirata es análogo a Lucifer: una figura envuelta en un halo simbólico de maldad (sus emblemas de calaveras y espadas buscan infundir el terror), que declara su insubordinación ante la normativa social. Además, el pirata congrega sobre su imagen las coordenadas opuestas (o negativas) al estilo de vida burgués: aventura, incertidumbre, excitación, violencia, precariedad, inestabilidad, instintos. Permanente estado a la deriva, ir donde te lleve el viento, rechazar la rutina o, mejor dicho, entregarse a la rutina de perseguir lo impredecible. Oferta insuperable para cualquier adolescente con ansias de mirar con rostro desafiante al infinito del espacio. Marika se define con orgullo como una airhead volátil y gaseosa, sin embargo, aunque insista en recalcar su inocencia, no consigue ocultar su creciente interés por las temerarias peripecias que conlleva el oficio de filibustero galáctico. Suena frívolo, a chiquillada, a inquietud juvenil por probar cosas nuevas y gozar la adrenalina, pero esa propensión todavía trivial podría ser fermento de una auténtica vocación aventurera. La escena del combate informático carece de emotividad, pues la operación transcurre de manera súbita y algo críptica (el diálogo es técnico en exceso, pero existe cierto grado de comprensibilidad: la batalla de hackers es crucial para la piratería astronáutica porque tomar el control del sistema supone el preludio de una invasión física); no obstante, la espontaneidad algo inconsciente de Marika salva al grupo de un ataque malintencionado: la euforia que provoca jugar con fuego revela algunas virtudes heroicas de la heredera del Bentenmaru, incluyendo su hambre de hazañas y su magnífica suerte. El azar la socorre, pero ese golpe de fortuna nunca hubiera sucedido sin voluntad de pelear, aunque se exprese por cauces infantiles, a manera de travesura. Si parte de los trajines diarios del bucanero es desafiar al destino, se requiere buena estrella para salir al encuentro de la casualidad.

Además, este episodio muestra el fluido entendimiento que cunde desde temprano entre la protagonista y su pareja épica. Aunque Chiaki continúa honrando su indescifrable condición de “enigmática alumna transferida”, ocultando con sigilo sus verdaderos objetivos, si pretendiera perjudicar a Marika, oportunidades no le faltan: su nivel de malicia concuerda con los estándares del arquetipo de adolescente oscura y esotérica, pero sus reacciones inmediatas (sorpresa, alegría, vergüenza) nos permiten vislumbrar por segundos sus debilidades juveniles y bucear en su capa más profunda de sentimentalidad. Eso descarta –por ahora- que Chiaki se revele como probable antagonista o enemiga, sino como una aliada entre comillas. Una chica que adore tanto los parfaits no puede ser malvada (ley 854 del moe-ness). Su carácter prudente y reflexivo (aparentando una inflexible madurez) permite moldear el perfect match, la combinación ideal para una protagonista despreocupada y atrevida. En reseñas anteriores, he discutido acerca del principio compositivo de geminación, que consiste en presentar un dueto de personajes que actúan (e interactúan) siguiendo un patrón de unidad simbólica. Por ejemplo, las hermanas Araragi en Nisemonogatari o las senpai de Rihoko en Amagami SS (por citar casos recientes y disímiles). Una estructura recurrente, asociada a esta fórmula se denomina coincidentia oppositorum que suele manifestarse en forma de confluencias o parejas cuyos integrantes son opuestos y complementarios. Subyace la idea del equilibrio de fuerzas contrarias como señal de armonía y perfección (yin-yang), una noción afín al pensamiento oriental, distinta al “justo medio” (preferida por Occidente desde los griegos). Es atractiva para narrar porque el balance se origina del potencial conflicto y porque propicia un contacto dialógico. Las conversaciones entre Chiaki y Marika acaparan varias secuencias donde se contraponen, antes que argumentos, actitudes; sin embargo, pese a subrayarse las diferencias, la plática es fluida, transcurre con naturalidad y tranquilidad gracias al espíritu inocente y tolerante de Marika, dispuesta a esbozar una sonrisa para amortiguar cualquier intento de provocación, aunque cabe felicitar su inteligencia para responder al inquisitivo y severo lenguaje de Chiaki. Esta antítesis es válida para el análisis, pero debemos cuidarnos de evitar la simplificación y creer que oponemos contrarios radicales. En realidad, si arrinconamos a Marika en el arquetipo de chica entusiasta con escaso cociente intelectual, faltaríamos a la verdad: la hija del pirata detenta una habilidad innata para la navegación aérea, es una eximia piloto y luce un envidiable conocimiento sobre materias náuticas (espaciales, aunque en Mouretsu Pirates, mar y cielo son equivalentes: las naves tienen mástiles). Se muestra bastante lista y seria cuando debe responder a situaciones que exigen manejo de tensión. Además, sabe asumir una posición de liderazgo. Como indica Chiaki, la batalla electrónica “le estremece” de emoción y azuza su deseo de combate, pues enciende su olfato de aventurera. Marika lo niega por falsa modestia o porque no pretende apostar su futuro a vivencias excitantes que todavía considera dignas de una travesura ocasional. La transición entre sus impulsos lúdicos (jugar a alucinarse pirata porque es divertido) y dedicarse como profesión a realizar pillerías interestelares necesita de tiempo y experiencias, aunque el bichito de aceptar la responsabilidad se encuentra latente: cuando Kane le pregunta si siente miedo al confrontar el vacío, Marika responde reafirmando su temor pero también sus ansias.

Además del apartado musical (en especial, un excelente soundtrack con tonadas de aire renacentista), otro elemento destacado es la personalización del entorno cercano de Marika, en concreto, el otorgarle unos rasgos específicos y una personalidad diferenciada a cada miembro del yatch club, sin negarle la posibilidad de funcionar como una entidad colectiva. La práctica generalizada de muchas series es completar los salones de clase con personajes genéricos, y cuando utilizo este adjetivo, no tiene una intención crítica, sino descriptiva: son figuras (la mayoría de veces, ni siquiera hablan) que responden al molde del chico común, sin ningún aditamento visual o conductual que destaque su presencia. Es funcional, porque alivia el presupuesto, sin embargo, el universo narrativo donde se desenvuelven los protagonistas se presenta soso, repleto de seres sin individualidad. Para inyectarle vida, sería necesario dotar de particularidades incluso a los llamados “extras”. Mouretsu Pirates realiza esta labor a mediana escala: cada elemento del elenco más próximo a Marika (sus compañeras del club) poseen una identidad propia, aunque sus intervenciones sean mínimas. Por ejemplo, Lily Bell, la morena o hindú de cabello plateado (que sobresale por esta configuración gráfica) se revela como una juguetona pervertida. La presidenta Jenny Dolittle está ligeramente vinculada al perfil oujo-sama, aunque también comparte aspectos relacionados al esquema de la senpai madura y responsable (liderazgo, cautela, disposición diplomática, frialdad para tomar decisiones, capacidad de observación). Sin embargo, su aura de calmada sensatez no debería engañarnos: ella comparte el espíritu fresco y audaz que caracteriza al club. Para lanzarse al espacio y asumir la dirección de una nave de gran calado, se necesita una pizca de temeridad, mucho de osadía y cierta cuota de locura genial. Océano y Cosmos son análogos: ambos connotan una serie de referentes semánticos regidos por el signo de lo descomunal, lo infinito, lo inabarcable: un desafío intelectual y moral para la mente humana porque confronta al sujeto a concebir y definirse frente a lo ilimitado, y porque implica aceptar nuestra pequeñez e insignificancia como individuos. Tomarse este reto a broma es indicio de ingenuidad o inconsciencia, pero esa insensatez –aunque en Mouretsu Pirates se confunda con el atolondramiento infantil- es requisito para aventurarse a descubrir lo desconocido. Es una virtud psicológica (manejo de emociones), nada incompatible con la cordura intelectual. Mientras se enfundan los trajes de astronauta en el vestuario, las chiquillas actúan con actitud relajada, pero cuando se abren las compuertas, todas aguardan con solemnidad el instante de saltar al espacio exterior. Como insistí respecto de otras series esta temporada (Symphogear y Rinne no Lagrange), esta mezcla inusitada de registros cómicos y épicos es consecuencia directa del proceso de feminización del heroísmo, pero otro factor cuya influencia faltaría determinarse sería también la impronta de la comedia estudiantil, del high school life, que aporta un conjunto de ingredientes compositivos (clubs, uniformes, jerarquías, familiaridad), además de establecer un microcosmos narrativo de base y disponer de una amplia paleta de tipologías (bishoujos, para precisar). El ambiente colegial se entremezcla con otras capas superpuestas (un subtexto político con diversas facciones en disputa, el relato de acción con discurso tecnológico) alrededor del núcleo pirata y la historia de aventuras con fondo de ciencia-ficción. A ello, habríamos que sumar el juego de espejos entre el futurismo inherente a la soap-opera y sus equivalentes pasatistas en analogía con los corsarios marítimos. Esta conjunción le confiere a Mouretsu Pirates su sabor peculiar.

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