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Senhime Zesshou Symphogear 3-4: Cantos, ruido y silencio

Popping the cherry

El tema común que desarrollan ambos episodios puede resumirse bajo el concepto extenso de pérdida de la inocencia, ruptura de una virginidad mental o moral, encuentro traumático con el desencanto, la desesperación, la soledad. Dejemos pendiente las insinuaciones y jugosas amenazas -con inquietantes connotaciones lésbicas- por parte de Ryouko y concentrémonos en otra clase de desfloramiento que Hibiki deberá afrontar en su accidentado camino al heroísmo, si acaso podrá mantenerse fiel a sus principios idealistas y sobrevivir a los próximos desafíos sin tornarse trágica u oscura, como sucediera con Tsubasa. El oficio guerrero exige al sujeto que renuncie a su sensibilidad, que esté dispuesto a sobreponerse al remordimiento, que acepte su dimensión más violenta y maliciosa, su lado más demoníaco o lóbrego, que admita la maldad consustancial a todos los seres humanos. El poder marea, enceguece, idiotiza, pero también el supuesto discurso épico puede volverse pernicioso si encapsula al héroe en un destino amargo, casi al borde del sentido común y corre el riesgo de empujarlo al sadismo, al masoquismo o la anomia. La fuerza proviene de las pulsiones desatadas, pero muchas veces el individuo es incapaz de controlarlas, entonces sus pasiones desbordan el cauce y termina hundiéndose en su tenebrosidad más oculta. La violencia es, paradójicamente, su principal herramienta y para saber explotarla, Hibiki debe aprender a dominarla antes de acabar subyugada por sus propios impulsos, enloquecer y darle rienda suelta a esas energías subconscientes que brotan en forma de destrucción, allí donde se confunden el goce, la frustración, el odio. Aunque la serie trata este proceso con perspectiva más melodramática (llanto, pesar, depresión) y los golpes anímicos que recibe Hibiki le provocan pena o conmiseración antes que generarle algún conflicto existencial, algunos detalles, nada secundarios, afean el panorama de nuestra voluntariosa heroína. Las reliquias entrañan potenciales peligros para la estabilidad emocional y espiritual del usuario: emplearlas sin cuidado, sin medir los límites del poder, es arriesgarse al extravío moral, a dejarse corromper, a diluirse en la perversidad, es encontrarnos con ese lado dark que nuestra conciencia reprime y aflora con nuestros descontrolados afectos, es inocularnos del mismo veneno que pretendemos combatir.

La rabia del héroe es un leit motif épico de larga data. Muchos grandes guerreros de la antigüedad eran comparados con animales por su fiera conducta en batalla que insinuaba su mentalidad instintiva antes que racional: su potencia tenía como motor sus pasiones más irracionales, exacerbadas por los impulsos más primarios (placer, supervivencia, rencor), y mientras más vehemente y brutal, más poderoso y temible. Los berserker de la tradición mítico-histórica escandinava eran guerreros que entraban en trance para insensibilizarse y habiendo perdido los escrúpulos del sujeto racional, sus energías íntegras se entregaban al ejercicio de la muerte. El cierre del primer episodio auguraba una reacción similar de terrorífica en Hibiki después de enfundarse el symphogear, sin embargo, este arranque bestial duró pocos segundos, mientras culminaba su transformación. Una situación de urgencia, con despliegue total de adrenalina sería la causante. Esta ocasión, el contexto es distinto: la sensación que estimula el estado berserk es negativa (el resentimiento, la desilusión) y vinculada al ámbito emocional del personaje. La cólera que Hibiki utiliza como catalizador para viabilizar su poder es reflejo del enojo que siente por haberle tenido que mentir y plantar a Miku. La imagen es barbárica porque contrasta con la imagen habitual (inocente, alegre, bondadosa) de nuestra torpe y adorable heroína, quien, de pronto, se transforma en una máquina macabra de aniquilamiento, poseída por un deseo mórbido de despedazar sin piedad. La adolescente entusiasta y tontorrona, que sufre para escribir una composición de tarea, sufre una transfiguración demoníaca, se vuelve un monstruo e infunde una mezcla de admiración y miedo. Como luchadora, es espectacular, pero asusta que adquirir semejante fuerza signifique traicionarse, abandonar su candidez original. Sin embargo, Hibiki, pese a embrutecerse de ira, reclama su derecho a recobrar su apacible rutina de colegiala común y corriente, a recuperar sus tardes con Miku y acompañarla a divisar la lluvia de estrellas fugaces. Le molesta quebrar su promesa, tener que sacrificar su intimidad, su vida sentimental, los escasos momentos de complicidad amorosa que podría disfrutar en medio de tantas reuniones, combates, salidas intempestivas. Pero el reclamo de Hibiki podría trascender la esfera romántica, pues enfatiza su inconformidad porque pelear contra el Noise está menoscabando su identidad. Culpa a esas criaturas de “quitarle las cosas que salen de su corazón”, como acusándolos de contaminar su espíritu enturbiándolo con sentimientos malévolos, pues le arrebataron “su mundo lleno de paz” y “su vida cotidiana de ensueño”. En suma, parece maldecirlos por obligarla a madurar a la fuerza, por hacerla adulta contra su voluntad, cuando ella únicamente anhelaba prolongar sus fantasías adolescentes, esa cápsula de armonía utópica, su paraíso privado junto con Miku. Hibiki conoce de cerca la muerte, ha presenciado una matanza: es probable que reaccione contra estos recuerdos tratando de preservarse ajena a estas experiencias horrendas. Más adelante, comprenderá (otro paso usual hacia el heroísmo) que también ella tiene motivaciones personales que la empujan a participar en esta guerra. Atestiguar por segunda vez el espectáculo luctuoso del canto del cisne remueve sus cimientos, la sangre de Tsubasa resucita el pasado para invocarlo en el presente. Su decisión de aprender artes marciales bajo la tutela de Genjurou (quien ofrece convertirla en una especie de Bruce Lee moe… o algo parecido) marca el inicio de otra etapa: adaptarse a sus nuevas responsabilidades, emprender una evolución. Obviamente, detrás se encuentra el estereotipado estribillo optimista del “sí, se puede”, que encubre lo nefasto revistiéndolo de heroísmo cómico y vibras positivas, pero se aplica un tópico de muchas series de acción: el héroe revive del letargo después de una circunstancia dolorosa. La escena debe transmitir un aura de renacimiento.

La presencia del componente yuri (o subtexto, cuando está disimulado o únicamente insinuado) viene convirtiéndose en una constante temática del heroísmo femenino. La mayoría de casos es premeditado, un efecto previsto para atraer al espectador (de base, masculino) con guiños humorísticos (la sexualidad es fuente inagotable de chistes) o mediante la fascinación que suscitan los romances o relaciones lésbicas, en particular cuando bordea los límites extremos de la ambigüedad. Esto ocurre porque protagonista y deuteragonista (o compañera de aventuras) pertenecen al mismo sexo y entablan una relación cargada de afectos explosivos. En Symphogear se manifiestan ambas vertientes: la picardía de Ryouko para coquetearle a una colegiala con travieso descaro y la abrasadora ternura de ambas parejas de amigas (Hibiki-Miku y Tsubasa-Kanade), vínculos cimentados alrededor de dos conceptos susceptibles de interpretarse como expresiones de amor sublimado: la fidelidad y “estar juntas por siempre”. En ambos casos, con diferentes grados de emotividad e ingenuidad, el eros se mantiene a nivel platónico, y aunque la afectividad sea intensa e incluso se traduzca físicamente (dormir en la misma cama, abrazarse, tomarse de la mano), no llega a expresarse, a hacerse efectivo en el lenguaje o mediante hechos determinantes. Mientras tanto, la descripción más precisa sería “espacio de homoafectividad”, una atmósfera de fuerte intercambio afectivo, pero de erotismo restringido y amplísimo margen de incertidumbre. Insisto: antes que abundar en definiciones, importa observar los alcances del fenómeno. Nuestras heroínas son pasionales: su faceta más íntima y profunda influye sobre sus conflictos y complejos. Postergar su cita con Miku enciende el furor en Hibiki: su frenesí le permite liberar de forma inconsciente sus deseos reprimidos. Cuando declara ante Tsubasa que ella “también tiene cosas que proteger” no parece referirse a su madre y abuela (a quienes menciona de manera tangencial), sino a su inseparable roommate, en quien encuentra inspiración para luchar. Sucede igual con Tsubasa, aunque las consecuencias sean distintas, más ásperas e hirientes. Su actitud frente a Hibiki es deplorable y engreída. Ha llegado a degradarse como persona, negándose la naturaleza humana, considerándose un arma cuya única función y utilidad es exterminar. Asume una posición trágica: obedece a un destino sin remedio, se cosifica. Sin embargo, aunque esta postura suena pedante y desabrida, no procede de un capricho, sino de remordimientos, de culpas que arrastra cual grilletes pese a no concernirle y confundiendo la eficiencia en combate con un falso endurecimiento. Atribuirse esos pesos es injustificado y, siendo crueles, hasta hipócrita, pues pretende ejercer su venganza bajo un modelo de imperativo moral, de carácter severo y caballeresco, muy grave, muy solemne. En este esquema, la esperanza no tiene cabida: Tsubasa no pelea en nombre del futuro, sino anclada al pasado. Para explicarnos el espinoso tránsito emocional del personaje, Symphogear inserta “puntos muertos”, es decir, paraliza el relato principal para retrotraerse cinco años atrás, mediante un flashback cuyo propósito es captar la benevolencia del público hacia los dilemas de Tsubasa haciéndonos partícipes de su historia. Sus retos altaneros y despreciativos provocan antipatía, pero sopesados sus traumas y lamentos, esa matonería intolerante que muestra hacia Hibiki, aunque sigue siendo reprochable, se vuelve más comprensible. Su temprana adolescencia, el momento cuando germinan los sentimientos más puros, honestos y duraderos, estuvo marcada por la presencia de Kanade, una muchacha desconocida y furibunda, que representaba el carácter opuesto a Tsubasa, pero cuya voluntad férrea le ganó su respeto y fervor. La pelirroja ocupa un lugar icónico en la imaginería sentimental de Tsubasa: sin imaginárselo, al pretender suplantarla, Hibiki toca la tecla equivocada que desencadena el torrente de amargura acumulada por la cantante.

¿Quiénes son los villanos? Si aplicamos el modelo actancial (bastante útil para los relatos míticos y épicos) a nuestra historia, habiendo avanzado un tercio de temporada, el esquema continúa siendo dudoso, pero provee algunas certezas provisorias. Cada narración heroica requiere de seis actantes (lugares funcionales no necesariamente cubiertos por un solo personaje o concepto): el héroe, el objetivo, el ayudante, el oponente, el destinador y el destinatario. Hibiki es el sujeto central de esta serie. El propósito de su lucha es, dentro de una lógica idealista, la paz. Se denomina destinadores a quienes le encomiendan la misión al paladín: esta función la cumplirían Ryouko, Genjurou y la organización que representan. En sentido lato, el Estado. El beneficiario de estas acciones es también un concepto colectivo: la Humanidad. La 2nd Division Mobile Disaster Response Corps se asimilaría al papel de ayudante, aunque ese rol de compañera está mejor personificado por Miku. No obstante, lo provechoso de este método no consiste en ajustar una historia al patrón, sino observar qué sucede cuando algún elemento se niega a cuadrar, pues estas discordancias son gérmenes del conflicto. Se supone que Tsubasa encarnaría la función de aliada, pero su relación con Hibiki continúa siendo disfuncional y contradictoria, tanto que Genjurou interfiere, badass, para restituir el orden. Esta disconformidad ocurre porque existen agendas paralelas: Tsubasa renuncia a subordinarse al protagonismo de su novata colaboradora; en respuesta (o represalia), diseña en su subconsciente otro sistema actancial donde ella ocupa el papel central. Defiende esta versión cual dogma, persuadiéndose de verdades impostergables: por ejemplo, no reconoce al Mobile Disaster como destinador, porque sus intereses como heroína están supeditadas al juramento tácito de vengar a Kanade y obedeciendo su sombría y melancólica visión del destino. La introducción imprevista de fichas al tablero propaga el caos, trasgrediendo la normativa de su reducido universo, violentando su narrativa de lánguido heroísmo (para colmo, determinista, porque no caben escapatorias). Hibiki deberá remontar esta cuesta empinada: solucionar esta disfunción para impedir la equivalencia entre ayudante y oponente, una labor espinosa mientras la pugna se libre en paralelo con la trama principal del combate contra el Noise. Además, la naturaleza e identidad del antagonista (por ende, sus intenciones) son un enigma angustioso. Hibiki complementa la información que disponemos acerca del Noise y Genjurou los emparenta con los demonios mitológicos: son insensibles, mecánicos, solo persiguen a seres humanos, sus apariciones no obedecen pautas específicas y arrasan de forma indiscriminada. Carecen de conciencia, son instintivos y viscerales. En resumen, se conducen como zombis. Son enemigos despersonalizados, sin discurso ni ambiciones: combatirlos se asemeja a contener los brotes de una plaga. La revelación de Nehustan y aquella misteriosa usuaria del symphogear capaz de invocar al Noise merece una explicación más detallada, aunque no resulta ilógico que, siendo activadas por medio de ondas sonoras, las reliquias puedan generar ese tipo de emisiones que identificamos como “ruido”, pues, siendo hallándose en las antípodas de la cadencia musical, la bulla sería una especie de gemela diabólica, hermana rebelde, oveja negra, nacidas ambas (disonancia y armonía cósmica) de la misma matriz sensorial. Se confirma la sospecha de Ryouko: la neutralidad volitiva del Noise invitaba a suponer que tras esta ofensiva se encuentra una conciencia malévola que instrumentaliza el ruido como método terrorista. El enemigo abandona el terreno del azar, la coincidencia, lo casual. Se torna más terrorífico: se personaliza.

2 comentarios

  1. Ahora que lo pienso, si hay algo en que convergen mística y ciencia sería en la música. Increíblemente, muchas de las ecuaciones usadas para explicar la mecánica cuántica son las mismas que se usan para medir el sonido de los instrumentos musicales, hay una convergencia que es difícil de obviar. La conexión no es gratuita, pues la música siempre a servido como un meta-código que explica los fenómenos más variados del universo: la armonía de los planetas, el movimiento del electrón, la funcionalidad del lenguaje como sistema de oposición, etc., son conceptos sacados del terreno musical. Dicen que cuando Dios creo al mundo empezó a vibrar (“Al principio era el Verbo”), y de ahí la materia surgió por escalas sonoras, incluso la actual teoría de cuerdas no ha propuesto nada nuevo, pues el mundo sigue siendo producto de una resonancia… ese ruido que interfiere en la sinfonía del universo mancha el orden de la creación…

    2 febrero 2012 en 20:18

  2. davidvfx

    mmmm…. me gusto tu tema seriusman sobre el heroismo y marcando la diferencia entre Tsubasa, Kanade, y Hibiki.

    me llamo mucha la atencion el doble sentido de las palabras de Miku con respecto a “no oculyar secretos”…. Bien es se puede presumir que estaba dirijiendole un obia indirecta a Hibiki, por que miku al mas estilo Ringo-chan ya hiso su labor de espionaje en su entrenamineto…. y debo decir que tine grandes cualidadess de stalker ya que asumiendo que Genjurou es un gran artemacialista tiene los sentidos maxificados….. no deteto la presencia de Miku?…. o Miku supera a los mismos nijas o Genjurou se esta haciendo de la vista gorda. La Indirecta buscando hacer sacudir la conciencia de su amiga para que le confie lo que ella obio ya sabe, o posiblemnet especula, sea realmente un grito desesperado de que ella tiene un GRAN secreto que no puede revelar.

    3 febrero 2012 en 13:05

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