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Zero no Tsukaima F 3: Injusticia poética

Lo acepto: jamás volveré a intentar hacerlas de sibilino con Zero no Tsukaima, en especial porque la historia está escrita y publicada –oleada y sacramentada- desde hace años en formato light novel. Sin embargo, como prefiero mantenerme ignorante a los sucesos de la fuente original –para evitar atragantarme de spoilers-, el romántico suicidio de Joseph y Sheffield continúa sorprendiéndome por motivos variados, además de ocurrir apenas al tercer capítulo, sin siquiera darle mucha oportunidad al villano de sembrar el pánico a escala continental ni generar cuantiosas pérdidas materiales o teñir de muerte su demencia megalómana. Como antagonista, el barbudo decepcionó, o quizá mis expectativas respecto de su grado de maldad eran desproporcionadas; no obstante, aun cuando Joseph representase una amenaza de escala inferior, nuestros héroes resuelven con extrema facilidad y rapidez su combate definitivo contra el sujeto que, durante la tercera temporada, era descrito con tremendismo y truculencia dignos del final boss y encarnaba la esencia de la perversidad. Además, desde la perspectiva del espectador de anime (distinta al lector de novelas), cunde una sensación de desorden, de corte súbito y abrupto, que merma la unidad de la trama y afecta la congruencia del relato. Otras objeciones atañen al planteamiento y desarrollo de la materia narrativa, es decir, su disposición temporal. El ritmo del episodio es acelerado y trepidante, una virtud indispensable para cualquier serie de acción o aventuras. Por desgracia, no siempre la velocidad es conveniente: a veces, es necesario bajarle el ritmo, imponer algunas pausas o volver al pasado en determinados puntos muertos, porque se corre el riesgo de incurrir en apresuramientos, en mutaciones o transiciones intempestivas que menoscaban la verosimilitud alterando su estructura de valores. En concreto, si después de varios capítulos de calamidades, intrigas, amarguras y ensañamientos, pretendemos justificar (o inspeccionar las causas que expliquen) el comportamiento del villano mediante un argumento psicoanalítico, esta exploración merece, cuando menos, un flashback o capítulo de retrospectiva que plantee ese contexto problemático porque, de lo contrario, el cambio resulta moralmente chocante, se concede al malvada por antonomasia una dignidad que parece injustificada debido a las tropelías cometidas, y para colmo, el público menos enterado del pasado del personaje presiente que algo no cuadra, no cuaja. De repente, el tipejo prepotente que estuvo a pocos milímetros de asesinar a Saito, se convierte en una víctima de sus propios traumas y, con total frescura y desfachatez, puede darse el lujo de morir con solemnidad heroica en brazos de su amante y secuaz.

El desenlace es incómodo pese al triunfo del Bien porque el malhechor que ameritaba pagar caro sus fechorías, termina saliéndose con las suyas, pese (o quizá, debido) al suicidio ritual y sentimentaloide que efectúa en compañía de una cómplice enamorada que solicita al enemigo retirarse de la escena: destila un sabor amargo porque el héroe no impone su justicia, no escarmienta al malvado. Saito no derrota a Joseph en combate: el tirano es malherido a consecuencia del bombardeo de Louise y Tabitha. Lo justo –según los códigos heroicos y también en términos de justicia poética- sería que muriese peleando contra el protagonista en una lucha épica, o falleciese desbordado o apabullado por sus propias creaciones maléficas o que, estando maltrecho y abatido, fuese llevado a prisión. Si Charlotte hubiese optado por ejecutar su venganza habría corrompido su corazón de odio, convirtiéndose en una homicida, un monstruo. Escogió el mejor camino: entregarlo a Romalia para encarcelarlo, pero Sheffield se interpuso para impedir esa humillación. Joseph no recibe el castigo correspondiente, pues aunque muere, preserva esa especie de derecho aristocrático de elegir su muerte, escapándose de la ley, que acaba siendo burlada. El balance es inconfortable: un hombre perverso y desquiciado puede envenenar mujeres, matar inocentes, infundir el caos, la desolación y bastan apenas veinte minutos para evadirse de toda sanción y matarse con una demostración de lirismo. La paz fue restaurada, el mundo se libró de tremendo rufián, pero los eventos transcurren excesiva prisa y sospechamos – inquietados por la bronca- que esta victoria se empaña al permitirle a Joseph un último capricho. Saito –vaya casualidad, el único personaje dispuesto a defender sus valores en cualquier circunstancia (incluso delante del papa)- manifiesta esta disconformidad: “Maldición. Los capturamos solamente para después soltarlos”. Louise lo considera correcto, pero no oculta su pesar. Prefiere regresar a casa y reiniciar el ciclo. Los aportes de miss Vallière fueron destacados: la usuaria del Vacío debería olvidar sus inseguridades y complejos después de consumar tamaños actos heroicos que le valieron fama y prestigio. Seguir pensando con la mentalidad inestable de Louise la Cero en lugar de asumir su posición como la Santa de Aquileia sería frustrar su evolución. Nuestra heroína puede pecar de humildad, en particular cuando esa sumisión está supeditada a jerarquías nobiliarias, porque pareciera subordinarse demasiado a la opinión del papa, de Henrietta o cualquiera a quien entrega su devoción. Aguardaba un cambio de actitud cuando Saito desenmascara el plan de Julio (“keikaku doori”, sic), pero prefirió una respuesta pragmática ante la indignación de su familiar. Por suerte, el caballero de Hiraga mantiene su capacidad de sublevarse ante una triquiñuela alevosa del obispo haragán (nunca tan acertado el comentario de Guiche), que admite con desparpajo (su pesadumbre me suena fingida) que utilizó a Louise como herramienta de provocación para crear el ambiente propicio y convocar una cruzada. Ahora se comprende su ausencia mientras el pueblo de Romalia era atacado. Quizá el mayor mérito de Saito y compañía fue obstaculizar los proyectos bélicos del sacerdote de pacotilla. Resulta ridículo que jamás hubiese presagiado que Louise enfrentara tantos peligros, porque su secuestro estaba previsto (y nada más peligroso que dejarla a merced de un enemigo desalmado). El alegato del papa no convence porque las previsiones de Julio desmienten su pretendida inocencia a medias. El tipo es pésimo estratega o se pasa de hipócrita (¡y encima se disculpa sin ofrecer una compensación!). Se comparte la rabia de Saito: el verdadero héroe valora su honra.

En cambio, en combate, Louise mostró su cara más eficiente: ingeniosa para aprovechar una esquirla de vidrio y soltarse las ataduras, fuerte para tumbarse a un demonio al primer empujón (oiga, estamos hablando de una loli pettanko, enana y delgada), y espectacular por corajuda al lanzarse del barco volador inspirada por su confianza ciega en Saito. La pelirrosada tiene casta de guerrera, no tolera quedarse amarrada jugando el papel de damisela en aprietos, sino intervenir en batalla con los recursos más desesperados, aunque apelar a una maniobra suicida bordea el heroísmo, el martirio y algo de locura. Desde que vistió los hábitos de sacerdotisa papal, la temeridad de Louise experimentó un upgrade, como si esta designación la llenara de audacia y confianza, sin embargo, su fidelidad religiosa puede resultar tan conmovedora como inoportuna. Exigirle al villano más orgulloso de la saga arrepentimiento por sus pecados es un exceso de moralina eclesiástica (aunque se compensa porque el cosplay de monja miko le agrega un doble plus fetichístico al arco de Romalia). Otro pronóstico fallido fue vaticinar una mayor participación de Tiffania, engañados por la trama paralela acerca de su familiar y porque intuí que poseería un nivel de poder similar a Louise o superior, dados sus conocimientos de magia élfica. Aunque su intervención es fundamental para frenar la ofensiva contra la ciudad, la rubia tiene talento y voluntad, pero su timidez le apaga las ideas y necesita que Siesta (la chica más despierta e ingeniosa de la serie, una lástima que carezca de poderes) le recuerde sus habilidades. De nuevo, se postergó su revelación como heroína y rival de amores, pero estos asuntos pendientes no pueden dejarse flotando, son nudos abiertos y subrayados durante la última escena, cuando Saito y Louise salen tomados de las manos mientras Tiffania se detiene a admirar con sana envidia su fuerte vínculo como pareja. Además, el primer plano sobre su rostro emocionado cierra la secuencia de celebraciones. El personaje continúa proyectándose como trascendental o influyente en los próximos arcos. Dudo que desperdiguen pistas falsas, además, su presencia en pantalla le añade a Zero no Tsukaima un matiz distinto de ternura, más sosegada y delicada, a diferencia de la vehemente explosividad de Louise. Aunque aguardamos un eventual tête-à-tête entre Lemon y Melon-chan, la serie no descuida al resto del elenco proveyéndole a cada integrante unos segundos de figuración. Sobresale Tabitha porque la coyuntura la obligaba a inmiscuirse y su revancha venía arrastrándose desde la temporada previa, sin embargo, su irrupción en la trama, aunque era previsible, resultó también apresurada y, peor aún, aligerada. No acompañamos el proceso emocional de Charlotte, sus sentimientos son obviados o resueltos con brevedad, alejándonos del personaje: su parquedad no puede usarse como excusa, porque entonces parecerá un instrumento sacado debajo de la manga, sin preámbulos que recuerden su importancia en la historia. El afán de celeridad e intensidad –nada despreciable si hablamos de generar adrenalina- jugó una mala pasada a los encargados de planificar la adaptación.

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